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COLECCIÓN: DOSSIERS

Friedman y la libertad

 

El hombre que volvió a hacer populares los mercados libres.

 

The Wall Street Journal

 

Los obituarios de algunas figuras públicas se podrían escribir con años de antelación. No es éste el caso de Milton Friedman.

 

Friedman, posiblemente el más grande de los economistas del siglo XX, obtuvo su Premio Nobel hace treinta años.  Su obra clásica “Capitalismo y libertad”, se publicó hace 44 años.  Murió el 16 de este noviembre a la edad de 94 años, pero hasta sus últimos días siguió escribiendo, pensando y explicando cómo la economía influye en nuestro mundo.

 

A principios de este año, volvió a examinar y puso al día las conclusiones a las que había llegado en “Una historia monetaria de los Estados Unidos, 1867-1960” sobre la Gran Depresión, que publicó junto con Anna Schwartz hace 43 años.  Sostenía que la Gran Depresión no fue, como la mayoría pensaba entonces, un “fallo del mercado”, sino un fallo de la política del gobierno.  La contracción de la oferta monetaria tras el crac de 1929 fue lo que convirtió un problema financiero en catástrofe económica.

 

Este descubrimiento se desprendía de la convicción del profesor Friedman de que “el dinero es lo que importa”.  Como observara la Real Academia Sueca al anunciar su Nobel de 1976, Friedman era una voz solitaria cuando argumentó la importancia de la oferta de dinero en la economía al comenzar a escribir sobre aquélla en la década de los cincuenta del siglo pasado.

 

A finales de la década de los setenta, la estanflación –la combinación de una inflación elevada con un alto desempleo—hizo evidente que el modelo keynesiano entonces dominante tenía grandes defectos.  Entre ellos se encontraban el efecto de la oferta de dinero sobre la inflación y el hecho de que la inflación y el empleo no se movían al unísono, como argüían algunos de los discípulos de Keynes.  Fue un descubrimiento fundamental que dio origen a lo que en la Universidad de Chicago y en los círculos económicos llegó a conocerse como la “escuela monetarista” y sentó las bases teóricas que permitieron que los bancos centrales pusieran fin a la gran inflación de la década de los setenta.

 

Al otorgar el Premio Nobel de 1976, la Real Academia Sueca de las Ciencias citó sus “logros en los campos del análisis del consumo, la historia y la teoría monetarias, y su demostración de la complejidad inherente a la política de estabilización”.  La cita abarca un campo inmenso del pensamiento económico y sugiere el alto rango y la coherencia teórica del profesor Friedman.  

 

En primer lugar, mostró que las personas no son tontas.  La gente gasta su dinero de acuerdo con las expectativas de sus ingresos a largo plazo, y no como respuesta a los “incentivos” ocasionales del gobierno.  Esto se conoce como la hipótesis del “ingreso permanente”, que cuestionó las nociones keynesianas de cómo el incentivo a corto plazo afecta la economía.  Además de sus descubrimientos monetarios, Friedman cuestionó el grado en que la política fiscal podría emplearse para “afinar” la economía ajustando las políticas de gastos, impuestos o la monetaria.  Hoy damos por sentado que todas éstas operan con retraso, pero fue Milton Friedman el que primero lo puso de relieve. 

 

No obstante sus logros académicos, el papel del profesor Friedman como popularizador de los principios del libre mercado probablemente haya sido más importante. Escribió una columna en Newsweek a partir de 1966 y durante 18 años, en la que predicaba la importancia de la libertad económica a una generación que nunca había oído hablar de tales cosas en sus centros de estudio.  Su libro de 1980, “Free to Choose” (Libre para elegir), fue un best-seller, y los videos que lo acompañaban, introducidos subrepticiamente tras la Cortina de Hierro, devinieron semillas de la revolución.

 

Friedman fue uno de los primeros en señalar que Hong Kong era un modelo del éxito del libre mercado, una lección que aún hoy está transformando la China comunista.  Fue el primero que propuso, en fecha tan lejana como 1955,  los vales educacionales destinados a rescatar las escuelas públicas en decadencia.  En años recientes creó una fundación para sustentar esta idea que no deja de avanzar pese a la feroz oposición de los sindicatos y otros arraigados intereses.

 

Este periódico ha tenido el privilegio de publicar los artículos de Milton Friedman en numerosas ocasiones a lo largo de muchos años. Alguna que otra vez no estuvimos de acuerdo con él, sobre todo en lo concerniente a los tipos de cambio y la legalización de las drogas.  Pero estas disputas siempre nos dieron motivos para reflexionar; hace veinte años, en medio de un debate sobre los beneficios de los tipos de cambio fijos, señalamos que “recibir unas nalgadas de Milton Fridman es una de las experiencias más humillantes de la vida”.

 

Lo cierto es que el profesor Friedman siempre discutió con urbanidad y un ingenio estimulante. Una de sus mejores pullas sobre el tamaño del gobierno: “Dada la estructura desmedida y monstruosa del gobierno, cualesquiera tres letras tomadas al azar probablemente designarán un departamento o una parte de éste que puede eliminarse para provecho de todos.”  También popularizó la frase “no existe nada que sea gratuito.” 

 

En “Two Lucky People”, que escribiera con su esposa Rose Friedman, quien le sobrevive como distinguida economista por méritos propios, Friedman describió muy bien el papel del intelectual público: “No influimos en el curso de los acontecimientos persuadiendo a las personas de que actuamos bien cuando hacemos lo que ellas consideran propuestas radicales.  Por el contrario, ejercemos influencia al disponer de opciones cuando algo debe hacerse en una época de crisis”.                     

 

Cuando murió Ronald Reagan, de quien Milton Friedman había sido asesor, éste escribió lo siguiente en las páginas del Wall Street Journal: “pocas personas en la historia de la humanidad hicieron una contribución mayor al logro de la libertad humana”.  Lo mismo puede decirse, y durante mucho tiempo se dirá, de Milton Friedman.

 

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Traducido del Opinion Journal del Wall Street Journal, noviembre 17, 2006.

Traducido por Félix de la Uz.