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COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

 

PRONÓSTICOS

Carlos Alberto Montaner, en El Nuevo Herald

 

 

CAPÍTULO II: EL HEREDERO

 

 

¿Sobre qué bases reales se asienta el poder del general Raúl Castro?

 

Raúl, en gran medida, tiene el control del aparato policíaco-militar y del Partido Comunista. Durante muchos años ha ido colocando a personas de su entorno en puestos de importancia.


Sin embargo, su peso en la Asamblea Nacional del Poder Popular, en los sindicatos, en el aparato cultural y en las otras organizaciones de masas es considerablemente inferior. 

 

¿Es indiscutible su liderazgo?

 

No. Raúl fue designado por su hermano como heredero, y nadie le niega “méritos revolucionarios” -su destacada participación en la ya remota lucha contra Batista-, ni ciertas dotes como organizador, o su carácter de buen padre de familia, dato desconcertante  que carece de importancia cuando recordamos que Adolfo Hitler era una persona cariñosa con sus allegados, pero la percepción general es que es una persona mediocre y sin ideas, aunque menos caótico que su hermano. Raúl, no obstante, es un ser humano con cierto balance emocional que le permite conjugar la dureza contra sus enemigos con una dosis afectiva genuina por sus allegados, sin ese detestable narcisismo que caracteriza al Máximo Líder. Naturalmente, no posee la fuerte personalidad ni el carisma de Fidel. Además, a lo largo de casi medio siglo se ha granjeado la antipatía y el rencor de muchos de los miembros del aparato que fueron marginados de la
cúpula en medio de las luchas burocráticas. Nadie le discutía a Fidel el liderazgo político del país, o el derecho a castigar o premiar a quien deseara sin dar explicaciones, pero hay numerosos dirigentes que creen tener más méritos y talento que Raúl, y que no aceptan sus decisiones sin que antes o después tenga que justificarlas. Esa es la diferencia entre un caudillo indiscutible y un mero jefe.

 

¿Quiénes, por ejemplo, cuestionan el liderazgo de Raúl?

 

Potencialmente, muchísimas personas. En las Fuerzas Armadas, todos los oficiales que pasaron por las buenas academias soviéticas y luego se foguearon en Angola y Etiopía. Para éstos, Raúl es un militar improvisado. Los tecnócratas como José Luis Rodríguez, Francisco Soberón o Abraham Macique podían aceptar las imposiciones de Fidel en el terreno económico, porque Fidel era un sabelotodo, aunque a ciencia cierta no fuera más que un diletante temerario afectado por una irreprimible tendencia a experimentar, pero a Raúl no lo respetan en ese terreno.


Lo mismo le sucede en los asuntos diplomáticos en su relación con Ricardo Alarcón o en los culturales desde la perspectiva de Abel Prieto, Roberto Fernández Retamar o Eusebio Leal. Nadie en la cúpula se subordina intelectual y emocionalmente a Raúl Castro como lo hacían con Fidel. Esa diferencia no es irrelevante.

 

¿Interviene en este fenómeno el factor psicológico?

 

Por supuesto. Ese aspecto es vital. Fidel Castro le ha impuesto su sello personal al gobierno cubano hasta extremos increíbles. Las instituciones no han servido para nada durante su prolongado mandato. Jamás ha habido una administración colegiada, pero toda la clase dirigente ha aceptado esa situación sin protestar porque se trataba de Fidel. Un hombre como Carlos Lage, que es un administrador laborioso, austero, razonablemente eficiente (aunque sin destellos de genialidad) en medio del desastre general del país,  ha vivido y aceptado durante veinte años la arbitraria jefatura de Fidel, por el carácter excepcional del Comandante, pero la de Raúl la tomaría, como dice la frase latina, “con un grano de sal”. A Fidel le suponían genialidad, inteligencia, memoria, formación e información cultural, y le atribuían la proeza de haber descabezado la dictadura de Batista y sobrevivido a la hostilidad norteamericana, aún tras la desaparición de la URSS, pero Raúl es otra cosa. Otra cosa menor concebida a una escala humana. A Raúl no le reconocen ningún síntoma de grandeza. Ni siquiera los hombres de confianza de Raúl -Abelardo Colomé Ibarra, José Ramón Machado Ventura, Jaime Crombet, Julio Casas Regueiro- acatan su jerarquía como consecuencia de la (limitada) admiración que les despierta, sino como resultado de un sistema de amistad personal y apoyos mutuos basados en la conveniencia recíproca.

 

¿Y qué sucede con los jóvenes talibanes?

 

Ése es un liderazgo muy débil fundado en la selección arbitraria de Fidel, dado que muchos de ellos provenían del llamado Grupo de apoyo al Comandante. Desaparecido Fidel, el peso de estos jóvenes, más allá de que tengan o no talento, se desvanece y deben establecer una trama de alianzas para sobrevivir políticamente. Felipe Pérez Roque, Otto Rivera, Hassan Pérez, Juan Contino Aslan, Carlos Manuel Valecianga apenas tienen anclaje en las instituciones y, desde luego, significan muy poco para la opinión pública.

 

Es una situación parecida a la de Randy Alonso, Lázaro Barredo, Reinaldo Taladrid y Rogelio Polanco, los usuales contertulios de Castro en la Mesa Redonda: son estrellas mediáticas coyunturales sin peso específico propio ni leyenda personal acreditada, aunque algunos procedan del Ministerio del Interior, como sucede con Taladrid y Barredo.

 

Pero quedan los viejos Comandantes

 

Todos con setenta y cinco años, ancianos y achacosos, atados a la antigua leyenda de la Sierra Maestra. Ni Juan Almeida, Ramiro Valdés o Guillermo García hicieron aportes significativos a la labor de gobierno a lo largo de medio siglo. A ninguno de ellos se le tiene por especialmente talentoso. Ramiro, por otra parte, que fue Ministro del Interior durante mucho tiempo, es percibido como un represor, como el Beria cubano, y ése es un papel escasamente atrayente. Los tres, además, sotto voce son acusados por sus compañeros de haber vivido como millonarios en un país en el que las limitaciones materiales a veces afectaban a la propia clase dirigente. En un gobierno que ha predicado la austeridad y el igualitarismo hasta la exasperación, y en el que la pobreza y la escasez son la tónica reinante, molestaban las casas suntuosas, los yates de recreo y el uso de los recursos de la nación  para complacer a las ex esposas o ex compañeras sentimentales de estos personajes.

 

 

CAPÍTULO III: TRES SOFISMAS Y UNA VERDAD OCULTA

 

 

En definitiva, ¿qué mantiene unida a la clase dirigente?

 

El discurso oficial establece tres sofismas que se repiten hasta la fatiga con el objeto de crear una suerte de legitimidad moral a la dictadura, pero en los que ninguna persona sensata parece creer seriamente:

 

·        Que las fuerzas Armadas y, en general, los revolucionarios o simpatizantes del sistema son los continuadores de la lucha de los mambises del siglo XIX, quienes supuestamente fueron traicionados por los políticos de la corrupta “república mediatizada”.

 

·        Que si los revolucionarios “se dividen”, Estados Unidos, junto a los cipayos exiliados en Miami, unos despreciables anexionistas, establecerían en la Isla una colonia de los yanquis vendida a los intereses capitalistas.

 

·        Que el fin de la revolución significaría el fin de las llamadas “conquistas revolucionarias”: la educación, la salud y cierto grado de igualdad racial que hoy existe en la sociedad cubana. Simultáneamente, una nube de codiciosos exiliados dominados por los deseos de venganza descendería sobre la indefensa sociedad cubana para apoderarse de las viviendas y recuperar los bienes confiscados tras el triunfo, convirtiendo a los cubanos de la Isla en verdaderos cautivos de extranjeros y desterrados.

 

De acuerdo con estas falsas premisas se monta una especie de silogismo: revolución, patria, nación, partido comunista forman parte de una misma ecuación (en la que antes, por cierto, incluían al propio Fidel). Si el gobierno comunista (la revolución) desaparece, también desaparecen la patria y la nación fagocitadas por la maldad de unos enemigos siniestros que esclavizarían al pueblo, empobreciéndolo en el plano material hasta niveles haitianos. 

 

Pero, ¿hay algo de verdad en estos planteamientos?

 

Ni una pizca. Esas son sólo las coartadas para mantenerse en el poder.

 

Es una obscenidad intelectual plantear que los revolucionarios de hoy, unos señores que invocan el marxismo leninismo como fuente de autoridad ideológica y el estado soviético como modelo de organización, son los continuadores de la lucha de José Martí y los mambises. Aquellos cubanos, como no podía ser de otra manera, eran unos liberales
del siglo XIX -en el sentido que se le daba a esa palabra en aquellos tiempos-
que aspiraban a crear una república clásica, democrática y con respeto por la propiedad privada, que nada tenían que ver con los experimentos totalitarios puestos en marcha en
la Rusia de 1917.

 

Estados Unidos, a principios del siglo XXI, no tiene el menor interés en anexionar a
Cuba. Por el contrario, su principal objetivo es que en la Isla se establezca un sistema democrático y próspero para que los cubanos no emigren clandestinamente a territorio norteamericano. Tampoco es relevante la cuestión económica. Para una economía como
la norteamericana, que se acerca a los trece trillones de dólares, el paupérrimo mercado cubano carece totalmente de importancia. Por el contrario, Estados Unidos, que cuenta
en su seno con una notable minoría cubano-americana a la que debe tener en cuenta, volcaría todo su peso económico sobre la Isla, e invitaría a Europa y a Japón a que hicieran lo mismo, con el objeto de mejorar intensa y rápidamente la calidad de vida
de los cubanos y así evitar una crisis migratoria.

 

Los cubanos exiliados, según las encuestas más solventes, no van a regresar masivamente a residir en Cuba (si las condiciones son favorables lo hará un 10%), ni van a desalojar a nadie de unas casas miserables que se están cayendo a pedazos por culpa de la incuria socialista. Los exiliados cubanos, no obstante, si hay garantías jurídicas, sí acudirían masivamente como turistas e inversionistas, y se convertirán en una fuente de desarrollo
y prosperidad para beneficio de todos, poniendo fin a una hostilidad artificialmente alimentada por el gobierno. Eso es lo que reflejan todas las encuestas y focus group que se realizan. El sur de la Florida y, en general, los sitios donde se concentran los exiliados, se convertirían en motores económicos que impulsarán enérgicamente la reconstrucción
y el desarrollo de la Isla. En cierto modo, la diáspora sería la provincia más rica de Cuba  
y la que más contribuiría a la prosperidad de los cubanos.  

 

Si esto es así, ¿hay alguna razón oculta que explica el inmovilismo de la clase
dirigente cubana?

 

Por supuesto: la clase dirigente cubana teme perder el poder y con éste los privilegios que comporta. La nomenclatura es víctima de la natural incertidumbre que provoca el riesgo de ver reducida su importancia social y laboral. Quienes pueden tomar decisiones temen por la suerte de sus hijos y el destino de la familia. Sienten miedo al cambio, y el miedo, a veces, es un fuerte cohesivo, pero un pésimo consejero.