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COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

Los diálogos pendientes

 

Desde que Fidel Castro traspasara a su hermano menor, con carácter provisional, la responsabilidad de dirigir el país, el general Raúl Castro ha hecho dos declaraciones públicas dando a conocer su voluntad de iniciar un diálogo con el gobierno de Estados Unidos. La primera la hizo a la prensa oficial cubana antes de las elecciones legislativas estadounidenses y la segunda después de la victoria demócrata, que el pasado mes de noviembre puso fin al control que el partido del presidente George W. Bush ejercía sobre ambas cámaras.

La primera declaración, basada en un añejo documento oficial, fue correspondida con una declaración del subsecretario de Estado para América Latina, quien a su vez desempolvó un críptico mensaje de un discurso de George W. Bush en el que se daba a entender que ciertos pasos de parte de La Habana podrían permitir la consideración del levantamiento del embargo, aun si la Isla no había arribado a una democracia "certificable" según los criterios que exige la Ley Helms Burton.

La segunda declaración de Raúl Castro fue respondida por un vocero del gobierno de Estados Unidos, quien precisó, sin mayores consideraciones, que el diálogo que tenía que iniciar el gobierno cubano era con su pueblo.

Ahora, un grupo bipartidista de congresistas, con una clara trayectoria de oposición al embargo comercial, tomó la iniciativa de visitar la Isla para supuestamente explorar el alcance de las declaraciones del general Raúl Castro.

Las interrogantes que todo esto ha levantado merecen algunos comentarios. ¿Debe ser tomado seriamente el mensaje del general Castro a Estados Unidos?

Fidel y la retórica de paz

Las ofertas de diálogo de Raúl Castro, si bien se parecen a otras empleadas en el pasado por la retórica de su hermano, resultan relevantes y sería criminal pasarlas por alto sin darles el beneficio de la duda.

Fidel se encargó de complicar y finalmente sabotear cada oportunidad que se abrió para una normalización de relaciones con Estados Unidos después de la muerte de John F. Kennedy. Así sucedió con Nixon-Ford, Carter y Clinton. El caudillo cubano no sólo intentó impedir a cada instante que su retórica de paz llegara realmente a materializarse, sino torpedeó, en la medida en que le resultó posible, los procesos de distensión internacional entre Estados Unidos y la URSS.

Su estilo de gobierno se desenvolvía mejor en el clima de guerra fría que polarizaba al mundo, lo que le permitía entrar en alianzas geopolíticas con potencias y bloques de países que subvencionaran su armamentismo y sostuviesen con subsidios sus desastrosos experimentos económicos. Al terminar aquella guerra fría, se dedicó a buscar aliados con los que poder construir otro frente internacional de confrontación y polarización, y con quienes establecer nuevas alianzas geopolíticas que subvencionaran el inoperante modelo de desarrollo del socialismo de Estado cubano.

Raúl Castro y la nueva clase corporativa-militar que ha emergido en Cuba tienen otros intereses. Quieren estabilidad externa para obtener inversiones, mercados y tecnologías que le permitan un suave aterrizaje en el capitalismo autoritario de corte chino, que creen poder emular. Desean dirigir una economía de mercado desde el monopolio, exclusivo y excluyente, del poder político.
 

Lo que parece escapárseles, al menos por el momento, es que China es el segundo exportador e importador de mercancías a Estados Unidos, es la principal potencia de Asia, representa un mercado de miles de millones de personas, su sistema se apoya en una cultura milenaria de autoritarismo, mueven miles de millones de dólares en inversiones y comercio en todo el mundo, y tienen armas nucleares y cohetes de mediano y largo alcance.

La represión interna, la corrupción y los daños medioambientales que padecen están a mucha mayor distancia que las 90 millas que separan a Cuba de Estados Unidos, mientras que sus miles de productos inundan los Wal Mart y la vida cotidiana de cientos de millones de estadounidenses. Nada tienen en común China y Cuba, que no sea la vocación política totalitaria de parte de su élite de poder.

Eso no quiere decir que la nueva clase corporativa militar cubana descarte la posibilidad de alguna alianza geopolítica, si fracasaran en ese intento de ser definitivamente aceptados por Washington y la Unión Europea. Pero tendría que ser de una naturaleza tal que les ahorrase los sobresaltos del pasado.

La fantasía en este caso consiste en pensar la posibilidad de que China o Rusia, ahora operando sobre criterios de mercado y sin querer por ello provocar demasiado al vecino del Norte, estuviesen dispuestas a incorporar la Isla a sus grandes planes comerciales e inversionistas, y asumir sus ineficiencias y deudas como símbolo de internacionalismo proletario.

Acertada, pero insuficiente

Por otro lado, la nueva clase cubana no da muestra del mismo entusiasmo profesado hasta ahora por Fidel Castro a Chávez, a quien, al parecer, no se considera un aliado responsable. Es por ello probable que intenten continuar beneficiándose de los acuerdos petroleros con Venezuela, mientras eso no conlleve ser arrastrados a grandes aventuras globales, ni el malestar interno por la desproporcionada y permanente sangría de médicos cubanos contribuya a alentar alguna crisis de gobernabilidad.

Pero, desde su perspectiva, la mejor opción para ellos es llegar a un acomodo definitivo de las relaciones con Estados Unidos para dedicarse en paz a los negocios. A sus negocios. Tan interesados están en esa posibilidad que, pese a todas las condenas internacionales, nadie se ha preocupado por revocar la promesa formulada por Raúl Castro de atrapar a cualquier talibán descarriado que hubiese escapado de Guantánamo y devolverlo a sus atormentadores, mientras allí exista ese centro de detención arbitraria.

¿Es errada la respuesta del gobierno de Estados Unidos al reciente discurso de Raúl Castro?

La respuesta es acertada, pero insuficiente. Cuba tiene un conflicto —no un simple "diferendo"— con Estados Unidos, que llegó a poner al mundo entero al borde del cataclismo nuclear. Con México, por poner un ejemplo, tiene un diferendo respecto al voto de ese país en la ONU en lo que concierne a las violaciones de derechos humanos en la Isla, pero el resto de las relaciones bilaterales son más o menos normales. No podría decirse lo mismo de las relaciones entre La Habana y Washington, por lo que caracterizar como diferendo a ese conflicto que se ha generalizado a casi todo el espectro de la relación bilateral, siempre ha sido un error conceptual.

La legítima agenda bilateral de ese añejo conflicto incluye elementos que ambas partes desearían discutir. Entre ellos se destacan la solicitud de compensación por las empresas nacionalizadas a quienes eran ciudadanos estadounidenses en 1959-1961 y los reclamos cubanos por una indemnización que compense los daños causados al país por la política de Estados Unidos.

También se solicitarían garantías recíprocas y medidas de confianza para asegurar la seguridad nacional de ambos países, ya que EE UU teme el desarrollo o emplazamiento por segunda vez en Cuba de algún tipo de arma de destrucción masiva, sea nuclear, biológica o química.
 

El tratamiento que los dos gobiernos otorguen a inmigrantes excluibles y prófugos de sus respectivos sistemas de justicia es otro tema de mutuo interés, como lo son la cooperación en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, la normalización de los flujos migratorios, el levantamiento de las sanciones económicas contra La Habana, y la cooperación sanitaria y ambiental. Pero la necesidad de abordar esa agenda bilateral no le resta razón al gobierno de Estados Unidos cuando señala al de Cuba que es necesario que dialogue también con su pueblo.

Sin lugar a duda, el primer núcleo de conflicto que tiene que atender y resolver de manera definitiva el gobierno cubano es el existente entre el modelo totalitario y el pueblo.

El lazo que, de algún modo, anuda las dos agendas es la curiosa necesidad que tienen los estadounidenses por que los cubanos tengan algún tipo de democracia, Estado de derecho y se respeten sus derechos políticos y civiles básicos de pensamiento, expresión y asociación.

Lo que permitió que surgiesen algunos de los más graves elementos que caracterizaron la relación bilateral con Estados Unidos —como la instalación de cohetes nucleares en la Isla— fue precisamente la ausencia de democracia en Cuba. Esa realidad impedía ejercer cualquier control crítico independiente en el ámbito nacional sobre las políticas que desarrollaba el gobierno, y tampoco existieron las mínimas garantías de transparencia que aseguraran de manera estable y confiable el respeto a lo acordado. Los balances de poder y transparencia que ofrecen, con mayor o menor eficacia, los sistemas democráticos se han convertido en una necesidad de gobernabilidad internacional en un mundo globalizado.

Democracia, condición sine qua non

Llevada por esta comprensión dialéctica de la relación existente entre políticas internas y la gobernabilidad regional, es que la OEA hizo de la democracia, en los años noventa, una condición para participar en el sistema interamericano. En el mundo actual, la soberanía de cada país queda acotada por el entramado de convenios y pactos concluidos por la comunidad internacional.

Incluso si se partiera del supuesto que lo único que le interesaría a Estados Unidos es obtener las garantías necesarias de que en esta ocasión se cumpliría con los compromisos adquiridos en una negociación bilateral, sería improbable que Washington aceptase la buena fe de una clase política que pretendiera permanecer en el poder de manera permanente, y más allá de todo monitoreo y control democrático interno o internacional.

Es por eso que el tema de la democracia no es asunto exclusivo de la agenda doméstica cubana, sino también está inevitablemente entrelazado con la normalización de relaciones con Estados Unidos, aunque su solución no ha de ser discutida bilateralmente con Washington, sino con el pueblo cubano.

A los futuros gobernantes cubanos y al propio pueblo de Cuba también les corresponde, por supuesto, el derecho a contar con garantías tangibles dentro del sistema político y económico estadounidense que aporten seguridades de que el nuevo proyecto de país que se llegue a consensuar, esta vez por vías democráticas, será respetado, sin interferencia alguna, por cualquier gobierno que ocupe la Casa Blanca en el porvenir.

¿Cuál sería el posible contenido de un diálogo con el "pueblo cubano"?

El contenido de un diálogo entre el gobierno y "el pueblo cubano" —concepto que debe incluir pero no limitarse a los disidentes, opositores y exiliados, sino que abarca a todos los millones de ciudadanos de esa isla— es el de definir cuál modelo de desarrollo sustentable, democrático y humano, podría sustituir el actual sistema totalitario. En dos palabras: el contenido de cualquier diálogo debería dirigirse a delinear el proyecto de nación que puede ser consensuado —no impuesto por una élite o una mayoría— de ahora en adelante.

Ese diálogo pluralista debería preceder a un proceso electoral, porque primero se hace necesario fijar por consenso hacia dónde, en líneas generales, desea encaminarse la nación, y luego elegir al equipo de gobierno más capaz para administrar ese proyecto por un período limitado de tiempo, hasta que otro lo remplace, en nuevas elecciones, rotando de manera obligada esas funciones.
 

El pueblo somos todos

¿Habría precondiciones a un diálogo del gobierno con el "pueblo cubano"?

Las que impone la realidad. El gobierno tiene primero que tomar por sí mismo la iniciativa de crear las circunstancias adecuadas para que un diálogo nacional sea posible, y no la repetición de la vieja parodia de consultas populares —con micrófonos controlados y represalias posteriores contra las voces discordantes— que han desarrollado en el pasado.

Eso supone, al menos, la inmediata suspensión y posterior derogación de todas las leyes vigentes que reprimen las libertades de pensamiento, expresión y asociación civil para fines no violentos. Esto ha de incluir también la supresión de aquellos reglamentos que las coartan al interior de las instituciones oficiales, como sindicatos, prensa, organizaciones de masas.

Lo mismo se hace necesario respecto al propio Partido Comunista, donde tampoco ha podido practicarse la democracia desde su fundación y en el que una parte significativa de su militancia —hasta ahora silenciada— puede ser un importante agente de cambio. La liberación de los presos políticos sería una primera y necesaria señal de que se pretende avanzar con seriedad en esa dirección.

Pero el "pueblo", al que se refiere el gobierno estadounidense al recomendarle al cubano dialogar, es una abstracción compuesta de muchos sectores y realidades. El pueblo no sólo está compuesto por disidentes anticomunistas, sino también por otros disidentes socialistas, por los comunistas y, sobre todo, por una amplia variedad de ciudadanos con agendas e intereses diversos que tienen que ser escuchados y acomodados. Y el "pueblo" también incluye a quienes marcharon al exilio o simplemente decidieron radicarse en otra parte —cerca de dos millones de personas—, que también tienen derecho a participar en un diálogo sobre la construcción de un nuevo proyecto —esta vez incluyente— de nación.

¿Por qué dialogaría el gobierno de Cuba con el pueblo si está en control de todo el aparato represivo, la disidencia es pacífica y la mantiene hostigada y acorralada, y Estados Unidos está muy comprometido en otras zonas geográficas y no le da igual importancia, no ya a Cuba, sino a América Latina y el Caribe?

Porque es más barato y seguro pactar el porvenir que asumir la incertidumbre que acarrearía el intentar mantenerse en el monopolio del poder político por la fuerza. Eso lo entendieron en su momento los franquistas y los irlandeses, por mencionar dos ejemplos.

Se ha llegado a un punto en que se ha abierto por primera vez la posibilidad del cambio no violento y la reconciliación nacional. Dejarlo pasar sería un crimen. Deberían al menos pensar en sus propios hijos y el país que le dejarán en breve, porque casi todos los altos funcionarios tienen ya edades avanzadas.

Diálogo, negociación y acuerdo

Lo nuevo es que el gran saboteador de la convivencia pacífica y los cambios en Cuba está ya fuera de juego. Hoy influyentes actores de la oposición, el exilio y el gobierno de Estados Unidos están por primera vez genuinamente preparados para explorar y emprender con seriedad el camino que conduce a ese compromiso. El que, por el momento, no parece haber llegado a comprenderlo y obrar en consecuencia es el gobierno de La Habana.

Dialogar no es negociar, ni mucho menos supone claudicar. Dialogar no obliga a llegar a un acuerdo. En el menor de los casos representa simplemente la posibilidad de explorar y conocer todas las posibilidades antes de tomar la decisión de entrar en conversaciones de mayor alcance.

El gobierno de Reagan dialogó en varias ocasiones con los sandinistas en Manzanillo, (México), pero no llegaron a vislumbrar las bases de una posterior negociación y acuerdo. La guerra desangró a Nicaragua inútilmente por varios años más y hoy el mismo presidente, Daniel Ortega, ha retornado al poder por vía electoral, hablando de reconciliación y acompañado por algunos de aquellos a quienes antes se enfrentó con las armas. El African Nacional Congress (ANC) dialogó con los representantes del régimen de apartheid y llegaron a la conclusión que podían cambiar la historia de África del Sur y de que todos cabrían en ella si lo hacían por vía no violenta.

El camino de los cambios pactados, graduales y no violentos hacia la reconciliación nacional, sobre la base de un proyecto consensuado, permitiría concentrar todas las energías del país en su desarrollo y facilitaría la obtención de cruciales recursos materiales y accesos privilegiados a mercados, capitales y tecnologías que se necesitaran en ese empeño; además de hacer posible la cancelación de una parte significativa de la deuda externa.

El desarrollo requiere una atmósfera de paz, gobernabilidad, seguridad respecto a las reglas del juego y Estado de derecho. Irlanda es hoy el mejor ejemplo de los dividendos que trae pactar la paz y, pese a estar en Europa, tiene más en común con Cuba que lo que a simple vista pudiera suponerse. Quizás convendría mejor a las autoridades de la Isla analizar lo que allí sucedió, que fijar sus ojos exclusivamente en el caso de China.

La Habana debe comprender la oportunidad irrepetible y transitoria que —por ahora— se presenta para asegurar un futuro de paz y convivencia en que quepan todos para el bien de todos.

El general Raúl Castro no debe vacilar en dar desde ahora los primeros pasos para, al menos, explorar las posibilidades de llegar a iniciar todos los diálogos que tiene pendientes: con los diferentes sectores que en la Isla y el exterior constituyen "el pueblo cubano" y también con el gobierno de Estados Unidos.

Si se decidiese a explorar seriamente el potencial que hoy existe para sentar las bases de una nueva convivencia, es seguro que sea sorprendido por la receptividad y espíritu constructivo que puede llegar a encontrar entre aquellos a los que, hasta el presente, se ha venido refiriendo el gobierno cubano bajo la imprecisa etiqueta de "enemigos".