Cubanálisis - El Think-Tank

COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

PENSANDO LAS CUBAS POSIBLES

Juan Antonio Blanco, Ottawa, Canadá

 

I.                    Futurismo vs. Futurología.

 

Los historiadores al estudiar la sociedad humana suelen apegarse al análisis  del pasado y sus enseñanzas. Prefieren atenerse a lo que existe en el presente o existe como precedente. Los filósofos, por su parte, acostumbran derivar conocimientos de las reflexiones que les permitan incursionar en la zona del “deber ser”. A diferencia de los historiadores, los filósofos se arriesgan más en su vocación propositiva y de cuando en vez nos han sugerido mundos utópicos, realidades alternativas, -inexistentes, pero imaginadas por ellos-, que partiendo de sus concepciones consideran mejores formas de convivencia social que, a su juicio, “deberían ser” realidades futuras.

 

Cuando se invita a un historiador a aventurar un juicio acerca del futuro de un país ha de responder de manera abierta, sin sentenciar un curso inequívoco sobre el devenir. La historia es siempre una construcción abierta. En su evolución cohabitan, de manera latente, más de  un curso posible de acontecimientos. La forma definitiva que adopta la realidad depende del cruce de infinitas acciones producidas por un número ilimitado de actores. La historia que al final generamos nunca es del entero agrado de ninguna de las fuerzas en juego. Es el resultado de muchas acciones y omisiones de los seres humanos que la gestan. El nivel de incertidumbre sobre el curso y producto final de los acontecimientos se incrementa en la medida en que aumenta el número de actores y fuerzas en juego. No es lo mismo intentar anticipar lo que ocurrirá en una población pequeña y aislada, en la que muy pocos de sus habitantes se interesan por los asuntos de la colectividad, que en un país de varios millones de habitantes, con muchos ciudadanos con la voluntad de organizarse para ejercer influencia sobre el curso de su destino común. Más difícil aun es predecir lo que ocurrirá si esa nación opera en el marco de una interdependencia global en la que interactúa con otras, donde hay fuerzas poderosas que están igualmente interesadas en influir también en el curso de los acontecimientos de ese país. Las pretensiones de exactitud predictiva contenidas en los dogmas y propuestas de ingeniería social que nos aportan los futurólogos son por ello de cuestionable valor.

 

Los historiadores son más dados al futurismo que a la futurología e incluso que al utopismo de los filósofos. Aun así ejercitan el futurismo de manera modesta. A diferencia del utopismo o de las pretensiones futurológicas, el futurismo se limita a identificar las fuerzas en acción, las tendencias históricas que prevalecen y/o han prevalecido en el pasado curso del país que se analiza. A partir de esas consideraciones se puede llegar a describir posibles escenarios alternativos que – de mantenerse constantes las principales tendencias analizadas- constituirían los diferentes rumbos que podría adoptar el futuro inmediato en ese lugar. Del mismo modo que siempre hay más de un futuro posible podría decirse que hay varias Cubas posibles –unas mejores que otras-que hoy cohabitan, en estado latente, el presente de la Isla.

 

Resumiendo: Para poder responder a la interrogante acerca de la Cuba del futuro-que equivale a decir la Cuba de este siglo XXI- se hace necesario hacer un pequeño rodeo de observaciones preliminares y advertencias metodológicas que son imprescindibles para poder caminar sobe la fina línea que separa el utopismo y la futurología del futurismo.

 

II- Vivimos un cambio de época.

Desde el iluminismo hasta nuestros días, mezclar la vocación utopista del filósofo con el ejercicio de otras profesiones en ciencias sociales trajo, ocasionalmente, resultados nefastos. No todas las consecuencias fueron negativas, pero cuando esa mezcla se dio sobre la base de una visión positivista e instrumental de la ciencia las consecuencias fueron deplorables. “La modernidad crea monstruos” reflexionaba Goya al pensar en sus paisanos fusilados por las tropas napoleónicas de ocupación, odiosas representantes del nuevo credo que se esparcía por Europa. Diversos proyectos, fuesen capitalistas o socialistas, concebidos como una pretendida ingeniería social -desde los sueños del desarrollismo “socialista”de Lenin hasta los del desarrollismo “cepalino” del Dr. Prebisch- impusieron grandes costos humanos y ambientales sin llegar a entregarnos “la tierra prometida”. En nombre del “progreso” se sacrificaron millones de personas, ecosistemas  y recursos no renovables hasta llegar al presente punto crítico que ahora nos reclama de un radical viraje en nuestra concepción del mundo y del lugar que ocupamos dentro de él. El utopismo se aleja de su necesaria función de aportarnos ideales ausentes pero deseables en una sociedad alternativa, cuando se transforma en dogmas políticos o económicos en manos de aquellos futurólogos siempre listos a anunciarnos un nuevo paraíso terrenal si confiamos en sus doctrinas.

 

La fe ciega en los poderes ilimitados de la ciencia y la tecnología en los últimos cuatro siglos nos hizo creernos dioses. La humanidad llegó a tener la capacidad de crear nuevas formas de vida o destruir todas las existentes. Pero los nuevos conocimientos “divinos” no vinieron acompañados de sabiduría “divina” para su empleo. El siglo XX, como alguien dijo, elevó todas nuestras expectativas y sueños para luego hacerlos añicos. La causa radica en esa brecha creciente entre conocimiento y sabiduría. Cada vez recibimos más información y conocimientos que incrementan nuestra capacidad de impacto sobre la realidad, pero no ha crecido sustantivamente nuestra sabiduría para ejercerlos en un mejor beneficio de nuestra breve y siempre precaria aventura como especie en este planeta.

 

En el pasado -desde la Antigüedad- ocurrió con frecuencia que los filósofos intentaron cubrir nuestro déficit de sabiduría imaginando cómo podrían ser otras sociedades mejores y diferentes a aquellas donde desenvolvíamos nuestra existencia. Rebeliones y revoluciones se sucedieron durante milenios en pos de sociedades más justas y libres. Pero la revolución más radical y exitosa contra la esclavitud, que dio al traste con aquel régimen tomado hasta entonces como el único modo posible de organizar la convivencia social, no fue liderada por esclavos, sino por científicos y tecnólogos: la Revolución Industrial. Ella hizo que otros mundos deseables se hicieran finalmente posibles. Mientras la revolución en Haití es apenas una escaramuza entre esclavistas y colonizadores, una historia de corta duración, la Revolución Industrial marcó el inicio de una irreversible historia de larga duración que trajo radicales y permanentes transformaciones a nivel mundial. La Revolución Industrial hizo posible y necesario el triunfo del capitalismo. Con esclavos no podía desarrollarse el nuevo proceso civilizatorio del industrialismo.

 

El capitalismo, que apenas era un fenómeno embrionario y geográficamente limitado hasta entonces, pudo desarrollarse a plenitud gracias al vuelco revolucionario de la civilización industrial. La idea de que otro mundo mejor era posible compartida durante milenios por algunos esclavos y siervos con unos pocos miembros de los estamentos privilegiados, se extendió y materializó ante el revolucionario y radical empuje innovador de la burguesía en ascenso. La burguesía trajo al mundo, además de la revolución de la industria y de la sociedad del mercado, un tercer proceso revolucionario.

 

En el terreno de las tecnologías políticas para organizar la convivencia social el hecho más importante fue el descubrimiento del principio de poliarquía por los revolucionarios norteamericanos. Desde entonces hasta nuestros días siempre ha sido la poliarquía el elemento común que comparten los múltiples diseños de institucionalidad democrática la cual puede manifestarse de manera más o menos restringida según el modelo de democracia bajo el cual opera, pero es siempre el mínimo denominador común de toda genuina democracia. La poliarquía es una tecnología para la producción y reproducción de la convivencia social pacífica entre fuerzas e intereses diversos y contrapuestos que se contrapesan y gestionan cambios por vías políticas. Se trata de un principio que puede organizarse bajo diversos modelos institucionales, siempre que ellos permitan la autónoma y libre participación de actores diversos en búsqueda de constantes reequilibrios consensuados para sus siempre presentes e inevitables conflictos.

 

Pero el mundo que trajo el capitalismo era tan imperfecto como los seres humanos que lo concibieron y ejercían. Algo que entonces no se sabía es que no existe realidad social exenta de conflictividad, y pronto salieron a relucir los problemas del nuevo sistema de convivencia. La masa de personas libres pero desamparadas creció. Algunos llegaron a creer que las máquinas eran las responsables de su desgracia y arremetieron contra ellas. En casi todas partes la poliarquía se inició como privilegio limitado a minorías de hombres blancos y pudientes. Los ideales de libertad, fraternidad e igualdad habían sido traicionados por el capitalismo según lo percibían aquellos que no llegaban a acceder a los beneficios económicos del nuevo sistema, ni podían participar del principio de poliarquía para cambiarlo por vía pacifica. Algunos presentaron programas de reformas sistémicas y fueron a menudo brutalmente reprimidos, por lo que de esa experiencia otros derivaron que era necesario ejercer la violencia para derribar al sistema que la ejercía contra ellos. La promesa de otro mundo mejor y posible los aguardaba nuevamente, esta vez en el comunismo según los profetas de la revolución proletaria.  Sangrientas revueltas y luchas se sucedieron hasta que la primera revolución anticapitalista triunfó en Rusia. Pero ella tampoco trajo la libertad, la igualdad y la fraternidad que se esperaban, sino un vasto imperio “socialista” liderado por una autocrática clase dominante de nuevo tipo que no requería para serlo de la propiedad sobre los medios de producción, sino del libre usufructo de ellos por la oligarquía en el poder. En menos de un siglo el experimento de ingeniería social comunista se derrumbó estrepitosamente como resultado de su propio déficit funcional.

 

Pero el temor a perder la “Guerra Fría” combinado con la creciente presión política de sindicatos, movimientos por la igualdad racial y femenina y otros, contribuyeron a la incorporación de reformas al sistema que antes les parecían  innegociables a quienes detentaban del poder. Grandes sectores poblacionales comenzaron a acceder progresivamente a los beneficios de participar de la poliarquía y desde entonces hasta hoy podría decirse que la verdadera revolución inconclusa siempre ha sido la de la democracia. El beneficiario principal fue el propio sistema capitalista, pese a la miope resistencia inicial de su elite de poder, la cual a la larga salió reconstituida y fortalecida de esas reformas. Las fuerzas reformistas lograron cambios que incluyeron en los beneficios económicos del sistema a los sectores sociales vulnerables y convirtieron a toda la población en participantes formales del principio de poliarquía, aunque fuese con una hasta hoy persistente desigualdad de recursos para la competencia política.

 

Sin embargo, en el siglo XX el capitalismo se anotó un triunfo mucho más importante que el de su victoria en la “Guerra Fría”. Por segunda vez en su corta existencia como sistema de convivencia humano fue capaz de traer al mundo un nuevo proceso civilizatorio: la sustitución de las sociedades industriales por las de la información. La Civilización Cibernética o de la Información ha sido posible por las nuevas tecnologías de información y comunicaciones gestadas bajo formas de convivencia social marcadas por la poliarquía  y por la existencia del innovativo mercado capitalista (ahora consolidado en un sistema de mercado mundial).

 

Podría describirse el actual momento histórico del siguiente modo:

 

1- En la alborada de este milenio no asistimos a una época de cambios, sino a un cambio de época.

2- Ese cambio de época está determinado por el surgimiento de un nuevo paquete tecnológico con condiciones para su universalización e impacto en todas las áreas de la vida personal e institucional, constituyendo el núcleo tecnológico del advenimiento de un nuevo proceso civilizatorio.

3- La transición en los países desarrollados hacia ese nuevo proceso civilizatorio se realiza a través de las mismas instituciones y valores del capitalismo que lo trajo al mundo. Este, sin embargo, no parece que será capaz de sustentarlo (o sustentarse) sin una transición radical hacia nuevas formas y valores de organización más allá de las empleadas por el capitalismo que hoy conocemos. Sin embargo, el socialismo de estado, como el que todavía se ejerce en Cuba, ya demostró su incapacidad intrínseca para insertarse en esa nueva civilización desde su peculiar forma de cultura industrial.

 

En resumen: asistimos a una nueva transición de alcance planetario vinculada a la emersión de los procesos civilizatorios de la información. Es en ese contexto de transición global donde se sitúa lo que se ha dado en llamar hasta ahora -de manera tan simple como ambigua- “la transición cubana a la democracia y el mercado”. Adelantar el modo en que ella debe ocurrir, o la sociedad que nos dejará en herencia, reclama un ejercicio de sobrio y prudente futurismo que esquive por igual las pretensiones de ingeniería social de los futurólogos y las loables, pero poco prácticas, ensoñaciones de nuestros utopistas.

 

III- El contexto internacional.

 

Ahora bien, ¿cuál es el contexto geopolítico internacional en que se desarrolla esta transición epocal? Es posible resumirlo de la siguiente manera:

 

1- La arquitectura geopolítica de posguerra fría se caracteriza por la supremacía estadounidense en el campo tecnológico, económico y militar. Sin embargo, esta supremacía no es comparable a la que gozó EEU al concluir la II Guerra Mundial. Frente a ella hay auténticos esfuerzos por parte de Europa Occidental  e incluso Japón, dirigidos a reafirmar su autonomía para determinar políticas sin desconocer la interdependencia que ha impuesto la globalización. Por su parte, América Latina desde hace tiempo ha venido ensayando diversas fórmulas de integración multilaterales y bilaterales, incluso con Europa pero, pese a las reticencias en algunos aspectos, las elites de la región siguen dando indicaciones de que consideran la integración a un mercado único de las Américas como su mejor opción.

 

2-  Hay un desfase entre la nueva realidad mundial y las instituciones del sistema de Naciones Unidas que se erigieron al finalizar la II Guerra Mundial. Las Naciones Unidas requieren de una reforma que actualice su capacidad institucional de acuerdo con las realidades del mundo actual.

 

3-  La sociedad civil ha irrumpido con fuerza en escenarios nacionales e internacionales que hasta ahora eran coto cerrado de los gobiernos. Los principales avances, sobre todo de orden normativo, (nuevas declaraciones y definiciones de los derechos humanos, el desarrollo social y otros), se deben a su cabildeo y capacidad para ir introduciendo una nueva jurisprudencia y normatividad nacional e internacional.

 

4- La integración de las industrias de comunicaciones, información y entretenimiento han creado un nuevo instrumento de influencia internacional tan o más relevante que la fusión del capital bancario e industrial en capital financiero a principios del pasado siglo XX. En este campo mediático -en el que se gesta el capital simbólico internacional- la superioridad de las corporaciones estadounidenses es igualmente incontestable. Hoy vivimos en un mundo mediático global. La TV está al alcance de no pocas familias que viven por debajo del nivel de pobreza incluso en naciones en vías de desarrollo. Más importante que la realidad misma resulta la percepción que de ella tiene la ciudadanía. Sin embargo, si bien la creciente centralización de propiedad en esos medios, especialmente los transnacionales, impone un reto formidable a la diversidad de opiniones, las nuevas tecnologías (en radio, video, publicación y distribución digital, etc.) ofrecen múltiples canales alternativos a la expresión del disenso cuyo pleno potencial aún no ha sido explorado.

 

5-  La globalización tecnológica, económica y financiera, ha hecho sumamente interdependientes a las naciones, las cuales han perdido capacidad para ejercer una soberanía absoluta en esos campos. Las concepciones tradicionales sobre el modo de ejercer la soberanía e independencia nacionales son  revisadas para poder ajustarse a esta nueva interdependencia global.

Resumiendo: Cambio civilizatorio, cambio geopolítico y cambio hacia un reordenamiento neoliberal del sistema económico mundial, a partir de cuyos axiomas se le establecen pautas al proceso de globalización facilitado y acelerado por las nuevas tecnologías. Ese es el contexto internacional de cualquier transición en Cuba.

 

IV- Dialogar acerca de la sociedad decente.

 

Antes de iniciar el inventario de los rasgos deseables y posibles en una nueva sociedad cubana resultan pertinentes algunos comentarios preliminares.

 

1- Imaginar y consensuar los valores e instituciones que normarán la convivencia en la sociedad cubana del futuro requeriría el inicio de un amplio diálogo desde el presente. El mejor modo de facilitar el diálogo entre cubanos, educados por casi medio siglo en las fobias y filias de distintas corrientes ideológicas tan contrapuestas como intolerantes, es el de invitarlos a identificar los rasgos que les gustaría caracterizaran a una nueva sociedad cubana. Para ello se evitarían conceptos como socialismo, capitalismo u otros cargados tanto de emociones como de impreciso contenido. Se trata de imaginar e inventariar las instituciones que normarán las nuevas formas de  convivencia social. Al ciudadano de a pie, que insatisfecho con su angustioso presente teme el futuro, le gustaría saber concretamente cómo aterrizará, junto a sus seres queridos, en la nueva sociedad que se esconde detrás de los llamados a la democracia y la sociedad de mercado. El cubano que reside en la Isla viene de regreso de la política. De toda política. Está sobresaturado de ella. Prefiere que se le responda a sus muy concretas inquietudes, en lugar de catequizarlo con nuevos sistemas de ideas. ¿Quedará realmente desamparado si pierde el empleo como le vaticinan las autoridades, o podrá mejorar su situación como le aseguran los opositores? ¿Qué sucederá con su vivienda? ¿Podrán sus hijos tener acceso a un sistema universal de educación y salud? Cuando tenga respuestas satisfactorias a estas interrogantes podrá perderle miedo al futuro y se dispondrá a cambiar el presente.

 

2-  Es por esa razón que sería preferible, para iniciar ese necesario diálogo, que en lugar de denominar capitalista o socialista a esa futura “mejor sociedad” a la que podría aspirarse, se le identificara, simplemente, como la sociedad decente. Identificar los rasgos que serían deseables para la futura sociedad cubana y las instituciones y valores que sirvieran para normar su funcionamiento son temas que podrían ocupar desde el presente el centro de un diálogo ciudadano entre residentes en la Isla y el exilio. Ese diálogo no requiere la anuencia del poder ni tiene obligadamente que entablarse desde un inicio con aquel. Pudiera comenzar hoy mismo entre cubanos de cualquier afiliación ideológica. Si la discusión se enfoca hacia cuáles pudieran ser los rasgos de una sociedad de la información que fuese simultáneamente sustentable en lo ecológico, eficiente en lo económico, inclusiva en lo social, democrático- participativa en lo político y tolerante y pluralista en lo cultural es muy probable que esta sea una zona de extenso consenso. Esa sociedad sólo sería alcanzable y sustentable si Cuba se llega a transformar –en muy breve tiempo- en una genuina sociedad de la información, conectada a aquellas redes digitales de naturaleza comercial, financiera, tecnológica, política y cultural que hoy existen en el mundo y que puedan resultarle beneficiosas para alcanzar sus objetivos en esas áreas. 

 

3-     La discusión que resultará algo más problemática es la referida a los medios para construir esa sociedad sustentable, democrática, eficiente y decente. No porque todavía existan para entonces dudas significativas de que el mercado y la democracia sean imprescindibles pilares de esa construcción, sino porque cuando llegue ese momento los cubanos  habrán descubierto la inmensa variedad de modalidades institucionales que ambos conceptos albergan, una vez que les hayan sido presentados por diferentes partidos y organizaciones políticas. Escoger el esquema organizativo que se crea idóneo a la hora de combinar mercado y democracia para que se adapte de manera específica y óptima a las demandas de esa transición cubana será, sin duda, un ejercicio objeto de muchas controversias que redefinirán los términos del debate político –hasta ahora polarizado en el simple esquema Totalitarismo vs. Democracia- y de conceptos que han sido desvirtuados y desgastados por la propaganda del régimen actual, como los de “derecha” e “izquierda”.

 

4-     Sería aconsejable que todo diálogo sobre la transición en Cuba tuviese presente lo siguiente.

Las circunstancias (pacíficas o violentas; por colapso o pactada) y el contexto (nacional e internacional) en que se produzca la transición tendrán un impacto definitivo sobre sus límites y posibilidades.

La herencia negativa y positiva que nos deje la III República también le impondrá límites y le abrirá  posibilidades a la que vendrá a sustituirla.

 

La transición de la sociedad cubana dará inicio a una nueva historia local de corta o mediana duración, que estará enmarcada y condicionada por los procesos de transformaciones radicales globales signadas por la transición planetaria de la Civilización Industrial a la de la Información. Al igual que hace dos siglos a las clases vivas de la nación se les presentó el desafío  -vislumbrado por Arango y Parreño y la Sociedad de Amigos del País- de cómo insertarse competitivamente en el nuevo proceso civilizatorio y en la arquitectura geopolítica entonces incipientes, a la clase política cubana que emerja de esta transición local le corresponderá encontrar el modo más sabio de insertarnos favorablemente en el nuevo tránsito civilizatorio mundial con el que ahora se abre un proceso histórico de larga duración para la humanidad. Y tiene que encontrar el modo de hacerlo dentro de las realidades geopolíticas del mundo actual y partiendo de una ambigua herencia.

 

5-     El diálogo no es una polémica, ni una negociación. Es un ejercicio de comunicación humana mediante el cual cada parte reconoce que no monopoliza verdades absolutas y se dispone a complementar o a sustituir sus verdades con otros elementos de juicio que le aportan sus adversarios (a quienes tampoco percibe como enemigos a aplastar). De hecho, en un diálogo auténtico las partes desean explorar conjuntamente zonas de entendimiento que sirvan para el trabajo en común, porque creen que sólo trabajando de ese modo pueden alcanzar los objetivos que se tracen Los cubanos de dentro y fuera de la Isla están todavía poco familiarizados con estas metodologías y tienen propensión a sacralizar la verdad propia y a demonizar sus adversarios. Por ello es que se hablan pocas veces, y cuando lo hacen producen torneos de oratoria totalmente infértiles desde una perspectiva práctica. Aprender a dialogar es ya tarea del presente, no del futuro.

En resumen: Los cubanos necesitan desde el presente aprender las técnicas del diálogo y sus diferencias con las que se emplean en la polémica, el debate o la negociación. El mejor modo de preparar la transición es educando y practicando desde ahora los principios del diálogo en relación con las aspiraciones de los diferentes sectores y actores de la futura sociedad cubana. El diálogo debe estar también abierto a aquellas personas que, participando de diversos modos de la actual estructura de poder, comprendan su importancia y deseen abiertamente o de manera discreta participar en él. Pero no es necesario recibir la anuencia oficial del gobierno para iniciarlo ni su participación formal en él para garantizar su éxito.

 

V-  El legado: fortalezas y debilidades que dejará la III República.

 

Cuba, si atendemos a la secuencia de su orden constitucional, ha fundado ya tres repúblicas: la de 1902, la de 1940 y la de 1976 (aunque sea debatible si puede llamarse “república” a un estado totalitario). La revolución de 1959 heredó un país que se situaba entre los cinco primeros de América Latina por su desarrollo económico y entre los más avanzados desde el punto de vista jurídico por las cláusulas sociales contenidas en la Constitución de 1940. Cuba tenía un sistema de comunicaciones que nada tenía que envidiar al de un país del “primer mundo”; exportaba capitales; su migración tradicional combinaba la de aquellos inmigrantes que venían desde otros países a probar fortuna en la “próspera isla”, con la de cubanos que libremente se trasladaban a centros de poder económico, como Estados Unidos; existían seis millones de cabezas de ganado pese a tener igual número de habitantes; los sistemas de televisión, radio, telefonía y telégrafo estaban entre los más avanzados y desarrollados de las Américas. Todo ello prueba que las revoluciones sociales no ocurren allí donde hay retraso y miseria absoluta, sino en lugares donde las personas sienten que sufren abusos injustificados, para los cuales

creen tener remedios eficaces que no pueden desarrollar por las vías políticas tradicionales.

 

El hecho de que la primera revolución socialista en América Latina ocurriese en un país de próspera economía y con una avanzada legislación social se debió a la conjugación de una serie de factores, entre los que vale la pena recordar los siguientes:

 

a) no se supo emplear la riqueza para garantizar la inclusión social de significativos sectores marginados, pese al crecimiento y prosperidad económica que se experimentaba,

b) la expectativa moral y legal fijada por la constitución de 1940 a favor de los sectores sociales más vulnerables no se cumplía en los hechos,

c) la clase política, segura de la estabilidad nacional en el mediano plazo, no se percató de las vulnerabilidades subjetivas que presentaba a la todavía inexperta democracia cubana el golpe militar de Batista,

d) la cultura política cubana estaba demasiado sumergida todavía en las narrativas épicas derivadas de las guerras de independencia, la búsqueda de la salvación nacional en mesiánicos caudillos de izquierda y derechas, un estilo político matizado por el machismo y las actitudes gangsteriles y un nacionalismo exacerbado que, solamente en reducidos grupos, se expresaba por aquel entonces como antimperialismo.

 

Siempre puede aprenderse algo útil del pasado. En este caso la lección  posiblemente es que no se debería  confiar de nuevo en fórmulas simples. Construir una Cuba próspera sobre la base del libre juego del mercado y de un sistema democrático representativo formal con alternancia en el poder, no garantizará automáticamente la gobernabilidad en el futuro. Las cosas ya eran más complicadas en el siglo pasado y los son mucho más hoy día.

 

Se hace necesario responder algunas interrogantes: ¿a qué herencia se enfrentarán los cubanos del siglo XXI a la hora de la transición  y qué problemas y posibilidades se abren o cierran con ese legado? Por lo general son los economistas los que suministran datos acerca de las precarias bases sobre las que se inauguraría la transición. Pero hay otras áreas de la realidad que debieran ser igualmente examinadas. Un breve pase de revista al conjunto de la sociedad cubana actual indicaría la necesidad de confrontar, entre muchos otros, los siguientes problemas al iniciarse los cambios.

 

En lo social:

 

Una extensa masa de desempleados constituida por no menos de medio millón a un millón de personas, formada por quienes perderían su trabajo en fábricas irrentables al cerrar éstas; por el resultado de la reducción de las infladas plantillas de la burocracia pública; por aquellos que resulten licenciados de las FAR y el MININT; y por miles de personas que resulten amnistiadas después de haber incurrido en “delitos” que no lo son más según los estándares internacionales.

Acceso a sistemas universales de salud y educación, en franco deterioro, y que consumen buena parte de la renta nacional

Déficit significativo de viviendas y extenso deterioro de las existentes.

Tensiones sociales entre los que habitan la zona dolarizada de la economía y los que han sido excluidos hasta entonces de ella y aspiran a equiparase en niveles de consumo.

Discriminación racial / regional que ha estado latente y que se hará visible como confrontación abierta en un contexto democrático.

Envejecimiento acelerado de la población con bajas de crecimiento demográfico.

Un franco deterioro de los valores éticos, unido a una tergiversación de los valores patrios.

Corrupción generalizada

En lo ecológico:

Extensa salinización y deterioro de suelos fértiles.

Agotamiento crítico del manto freático en varios puntos del país, particularmente en zonas urbanas densamente pobladas como Ciudad de La Habana y Santiago de Cuba.

Disminución de mangles y deterioro de zonas costeras.

Contaminación ambiental de algunos ríos, bahías importantes y ciertas zonas mineras.

Extenso parque de vehículos obsoletos con emisiones de CO2

 

En lo económico:

Abultada deuda externa.

Parque tecnológico obsoleto en amplias ramas de la industria y la agricultura.

Bajas tasas de productividad y rentabilidad en la mayor parte de las ramas económicas.

Dependencia excesiva del conjunto de la economía sobre los siempre frágiles pilares de la industria turística y de las remesas familiares provenientes del exterior.

Enredadas normas burocráticas y barreras legales tanto a la inversión extranjera como al capital nacional hoy virtualmente bloqueado por el Estado.

En lo político:

Un Estado sobredimensionado, omnipresente e ineficiente con una cultura administrativa intrusiva y burocrática.

Una sociedad civil débil, neófita, sin tradición ni arraigo en las costumbres ciudadanas.

Ausencia de una cultura cívica de los derechos y responsabilidades ciudadanas en un contexto democrático.

Un periodismo falto de tradiciones investigativas y autonomía.

Una población acostumbrada a comportarse como una masa a ser movilizada por el Estado en lugar de actuar como ciudadanía, organizada y autónoma, en relación con el Estado y el Mercado.

En lo cultural:

Una cultura de intolerancia que ha acostumbrado a los residentes en la Isla a la supuesta existencia de verdades unívocas e inequívocas que normen todas las áreas de la vida pública y privada.

Debido a lo anterior y al desconocimiento de las técnicas de diálogo, una propensión a encaminar las diferencias de opinión por la vía de la confrontación y los debates destructivos en los que solo se concibe pueda existir un ganador y un perdedor.

Visión acrítica por parte de los sectores más distantes del gobierno, en el sentido de que un cambio a favor de la democracia y el mercado bastaría para crear una sociedad desprovista de conflictos significativos, lo cual puede conducir con rapidez a procesos de desilusión que podrían ser explotados por viejos y nuevos demagogos.

Administración de justicia:

Una extendida población penal por causas comunes y políticas que esperaría una amnistía y/o rápida revisión de sus causas y sentencias.

Una sobrecarga de pleitos en torno a las propiedades perdidas a partir de 1959 en los que –en particular en el caso de las viviendas- pueden haber varios propietarios legales confiscados en diversos momentos de la existencia por el régimen actual.

Reclamaciones por las violaciones graves de derechos humanos ocurridas hasta el inicio de la transición y las que se generen a partir de ese instante,

Vacío jurídico al quedar en entredicho desde el inicio toda la legislación “socialista” hasta entonces vigente.

Falta de credibilidad de tribunales, fiscales y jueces.

Cultura popular de transgresión masiva de las leyes vigentes para “resolver” por fuera de lo legislado.

Frente a este conjunto de debilidades para iniciar la transición ¿qué rasgos positivos y fortalezas acumuladas pudieran identificarse que ayudasen a conducirla de manera exitosa? Podrían anotarse las siguientes:

Una población con alto índice de formación profesional que aunque relativamente desactualizada en ciertas ramas no sería difícil de reciclar.

Un potencial de capitales y know-how empresarial acumulado por la diáspora.

Una industria turística con amplias perspectivas de desarrollo y capaz de irrigar el resto de la economía y a las pequeñas y medianas empresas (PYMES) que surjan una vez que sean legalizadas.

La voluntad demostrada hasta ahora por los familiares en la diáspora de mantener un cierto nivel de remesas a los seres allegados que residen en la Isla.

La posibilidad de beneficiarse de diversas integraciones comerciales y otros arreglos de cooperación bilateral y multilateral con América del Norte (Canadá, EEU, México), el Caribe, subregiones de América Central y del Sur y Europa (Cotonú).

 

El conjunto de factores positivos y negativos inventariados más arriba pueden combinarse bajo múltiples diseños organizativos dando lugar finalmente –para bien y para mal- a alguna de las múltiples “Cubas” posibles que anidan hoy. Según sea el proyecto de transición que se adopte podrán potenciarse algunas fortalezas  (el empleo racional de la capa de profesionales existente, por ejemplo), pero de darse otros cursos a la transición esa virtud podría transformarse en problema (como podría ocurrir con aquellos contadores que llevan años perfeccionando sus técnicas para desarrollar delitos de “cuello blanco” si no se les reeduca en otra cultura administrativa).

 

En resumen: No todas las Cubas posibles representan necesariamente la mejor Cuba posible a la que se podría aspirar. Aunque sería imposible retrotraer la realidad a la Cuba de 1959, sí resulta posible repetir los viejos errores que hicieron igualmente posible una revolución.

 

Según los observadores optimistas la Isla saldrá rápidamente adelante por contar con una población y diáspora de alto nivel profesional, con espíritu creativo y emprendedor a la que basta otorgarle la libertad para que creen una nación próspera.

 

Los menos optimistas ven una población que espera no perder los servicios sociales y viviendas que hoy tiene y cree que pudiera salir adelante si se les da la necesaria libertad de empresa para ello. Pero que podría desilusionarse rápidamente si no ven sus expectativas materializarse en el corto plazo y caen en niveles de pobreza y desamparo iguales o peores a las ya conocidas.

 

A los pesimistas les preocupa que de ocurrir una desilusión con las altas expectativas que crea toda transición a la democracia se cree una situación de peligrosa inestabilidad interna e incluso amenazadora para sus vecinos. Una población no acostumbrada a otra cosa que a la intolerancia, con una cultura de trasgresión masiva de las leyes con tal de “resolver” su situación personal, desilusionada de todo proyecto político y en la que habitan centenares de miles de personas que fueron entrenadas en las FAR y el MININT a hacer uso de armas ligeras y emplear técnicas conspirativas constituyen una mezcla volátil al conjugarse con una isla cuya situación geográfica e industria turística era ya atractiva para las redes internacionales del crimen organizado desde mediados del siglo pasado.

 

(Los derechos económicos, sociales y culturales de la población, en ese contexto, dejan de ser tema de debates filosóficos entre izquierdas y derechas para situarse al centro de las prioridades sobre la gobernabilidad y seguridad nacional durante la transición. El que crea que los problemas que se deriven de esa realidad pueden contenerse con un buen servicio de policía y mecanismos de coerción judicial, podría estar invitando a un nuevo ciclo de violencia política al facilitar con esa respuesta el entrelazamiento de aquellas  justas reclamaciones de los sectores vulnerables con la demagogia manipulativa de elementos corruptos.)

 

(Si se reproduce una situación de exclusión social de sectores significativos, conjugada con una poliarquía limitada y formal (condicionada por una democracia representativa pero dominada por el poder de las finanzas y manipulada por el marketing político), es de esperar que, en relativamente poco tiempo, se abran espacios a demagogos de izquierda y derechas que podrían nuevamente ocultar sus ambiciones personales detrás de reclamaciones relativamente justas.)

 

Sería por ello deseable la elaboración – consensuada entre las principales tendencias y actores de la transición- de una agenda progresista que superase los vicios y errores de las anteriores tres Repúblicas que fundaron las constituciones de 1902, 1940 y 1976. ¿Pero, que definición pudiera dársele al concepto de desarrollo progresista en el siglo XXI? ¿Qué significado tiene hoy el término progresista si se desean adjetivar de esa manera los rasgos que se creen deseables a la hora de contribuir a materializar una de las Cubas posibles?

 

V- Tareas de un proyecto progresista de transición.

 

Parece cada vez más claro que ser una persona progresista a inicios del siglo XXI supondría, al menos, apoyar un  paquete básico de seis principios:

 

1- La defensa conjugada de las libertades individuales (derechos políticos y civiles) con la justicia social (derechos económicos, sociales y culturales) y promover, basados en ellos, la construcción de una democracia participativa.

2- La defensa del medio ambiente frente a la destructiva racionalidad utilitaria del   industrialismo en sus dos versiones conocidas (capitalismo y socialismo de estado).

3- El respeto a la dignidad individual de cada uno de los integrantes de la sociedad en  cuestión, sean o no sus nacionales o ciudadanos, y sea cual sea su raza, etnia, género,  creencias u orientación sexual, constituyan mayorías o minorías.

4- La promoción de los movimientos emancipatorios, como es el caso de la lucha contra el patriarcalismo, frente a todas las diversas y múltiples formas de opresión.

5- La defensa de la soberanía nacional concebida como soberanía ciudadana que se afirma al controlar la conducta del Estado.

6- La lucha, en esta época de globalización, por reformar y democratizar los mecanismos de toma de decisiones del sistema de Naciones Unidas y de otros organismos políticos y económicos multilaterales asegurando, entre otras cosas, acceso y participación  significativos de los representantes de la sociedad civil en sus deliberaciones.

 

En el siglo XXI se hace cada vez más difícil que se reconozcan las credenciales progresistas de aquellos individuos, organizaciones o Estados que, mientras se identifican con algunas de las luchas por la justicia económica o social, practican el autoritarismo, pretenden estancar el presente o retrotraer la historia humana a una versión idílica de procesos civilizatorios anteriores, discriminan a otras personas por razones ideológicas, de género, raza, etnia u orientación sexual y son portadores de otros “defectos” que se les perdonaban irresponsable y alegremente a ciertas izquierdas del pasado siglo XX.

Es por ello que si se desea que una Cuba de naturaleza progresista prevalezca al final de la transición, entonces hay que identificar no sólo los fines, sino también los medios que se escojan para perseguir ese objetivo.

 

En la clásica historia de Alicia en el País de las Maravillas, la protagonista le pregunta al Gran Gato “¿Y cómo se sale de aquí?” A lo que aquel responde: “Eso depende de a donde quieras ir”. En el caso de la transición cubana a la democracia la respuesta a la interrogante “cómo se sale de aquí” depende de la respuesta que demos a aquella otra, “a dónde queremos ir ahora”. La sociedad cubana que finalmente emerja en este siglo XXI es sólo una de las múltiples Cubas posibles que –impulsadas por diferentes fuerzas y proyectos de transición- pueden transformarse en realidad.

 

Pese a las diferencias que tradicionalmente han escindido a izquierdas y derechas en torno a los problemas de equidad social, lo cierto es que los cambios que vienen ocurriendo a nivel mundial han venido universalizando la aceptación del principio de justicia social. Por supuesto, permanezcan discrepancias acerca de las mejores instituciones para asegurarla y acerca del uso que ha de hacerse de cada una de ellas en ese esfuerzo. Tanto los neoliberales como sus críticos no son psicópatas. Pese a la existencia de algunos fundamentalistas en cada campo, por lo general son personas razonables que no se regocijan en ocasionarle mal al prójimo, sino creen sinceramente evitarlos con las ideas que impulsan. Es por eso que el diálogo basado en el respeto mutuo y la aceptación del principio de corresponsabilidad en la construcción de un mejor porvenir, si bien siempre difícil, es posible entre ellos. Quizás este no sólo sea el mejor camino, sino el único al alcance de los cubanos para trascender todo el pasado exitosamente.

 

Al igual que ocurrió con los cambios operados en la mentalidad de los esclavistas al iniciarse la Revolución Industrial, con la excepción  de algunas recalcitrantes pero aun poderosas minorías, ningún político o empresario inteligente asociado a las elites de poder rehusaría reconocer que, ya a inicios del siglo XXI, la pobreza no es solo rechazable en el plano ético, sino además innecesaria e inconveniente para el buen funcionamiento y la gobernabilidad de cualquier sistema. No sería por ello inconcebible que una parte significativa de las tradicionales izquierdas y derechas cubanas pudiesen alcanzar un acuerdo básico centrista para impulsar una agenda social y económica de amplio consenso para una Cuba progresista y posible.

 

Desde la alborada de la modernidad, por progreso se definió un desarrollo lineal capaz de ser comparado con el ya alcanzado por otros  (como se sobrentiende, por ejemplo, en las teorías de Rostow sobre el “desarrollo”). Incluso para Marx, la barbarie colonial inglesa en la India era progresista porque forzaba a esos pueblos a “civilizarse”, a “progresar”, a “modernizarse” se diría hoy. Por reaccionario se ha entendido, usualmente, a quien desea una vuelta al pasado, y por conservador a quien desea permanecer en el presente. Después de Auschwitz y los Gulags así como de Chernobyl y el agujero en la capa de ozono, esta noción del “desarrollo” y el “progreso” ha sido puesta a revisión. Dicho de otro modo: se va extendiendo un nuevo consenso en el sentido de que el creciente poder tecnológico no es sinónimo de “progreso,” ni una suma de conocimientos equivale a sabiduría, ni la prosperidad de la economía siempre implica un desarrollo social.

 

El desarrollo se equipara cada vez menos con estadísticas de crecimiento económico, para ahora medirse con nuevos y más holísticos indicadores que intentan captar el crecimiento del potencial humano de la sociedad. El nuevo consenso que se va consolidando tiende a situar al centro de cualquier evaluación la capacidad de los procesos de desarrollo para facilitar el pleno ejercicio de los derechos humanos en su totalidad (políticos, civiles, económicos, sociales y culturales.) Sólo las sociedades que progresan en potenciar ese desarrollo humano son consideradas “progresistas” (sea cual sea su poderío tecnológico o económico.) Canadá es menos “desarrollado” que EEUU en el modo anterior de definir ese concepto, pero hoy es oficialmente reconocido por el PNUD de Naciones Unidas como uno de los países más desarrollados desde el punto de vista humano (Human Development Index) en todo el mundo, pese a los problemas de inequidad con respecto a algunas minorías nativas que persisten hasta hoy en esa sociedad. Si bien resulta posible cuestionarse ciertas políticas del actual gobierno Liberal, no es menos cierto que el Estado canadiense, gracias a la presión y cabildeo de numerosos sectores de su población sobre éste y anteriores gobiernos, resulta mucho más avanzado, tanto en libertades democráticas como en justicia social, que aquellos Estados “socialistas” que conocimos en el Este de Europa y la URSS.

 

Partiendo de este nuevo criterio del progreso, a Cuba se le ha reconocido un puesto entre los países de desarrollo intermedio, no por su obsoleta industria, ineficaz sistema de explotación agrícola, el tiempo útil perdido en interminables colas, o por las limitaciones al ejercicio de libertades políticas y civiles, sino, principalmente, por sus hoy deteriorados servicios de atención universal y gratuita a necesidades básicas de la población en materia de salud y educación.

 

Definir cualquier progreso de la sociedad cubana en lo adelante implicaría atender, entre otros, los déficit señalados y mejorar los indicadores, no sólo de consumo individual sino de calidad de vida. Ese desafío para cualquier agenda política progresista en esta transición reclama soluciones adecuadas a un conjunto de importantes tareas entre las que se destacan, en el orden  interno, la necesidad de:

·        Secularizar al Estado liberándolo de la existencia de una ideología oficial que lo ha desvirtuado en un Estado teocrático y confesional en manos de la burocracia.

·        Desmilitarizar la cultura política a fin de poder retomar la relación ideológica adversaria como natural y conveniente con quienes hay que dialogar y negociar, en lugar de percibir la política como un campo de batalla en el que se enfrenta a enemigos que es necesario aplastar.

·        Restituir la autonomía de la sociedad civil y sustituir el actual sistema político de regimentación autoritaria movilizativa por un modelo de democracia que resulte esta vez tan representativa como participativa.

·        Socializar y equilibrar el poder que hoy monopoliza el Estado en favor de la ciudadanía. La única descentralización de poder no es la caracterizada por el desplazamiento del estado por un reducido grupo de representantes del capital privado nacional o extranjero Será necesaria la creación de canales participativos institucionales para garantizar la presencia de la sociedad civil en diferentes procesos de toma de decisión estatales, de particular importancia para el bienestar y seguridad colectivos de la nación. Las pequeñas y medianas empresas (PYMES) organizadas de manera individual o cooperativa y el llamado “tercer sector” no lucrativo pueden jugar un importante papel en esta transición y en la nueva sociedad que emerja de ella.

·       Asegurar que en el futuro la necesaria búsqueda de la rentabilidad y la eficiencia en el operar económico vaya acompañada del permanente monitoreo y ajuste de la eficacia del sistema económico con relación a sus responsabilidades ambientales y hacia los derechos sociales, económicos y culturales de la población. Una macroeconomía próspera debe conducir –y es sabido que no lo hace por sí sola- a microeconomías que lo sean también.

·        Garantizar los derechos de las minorías de cualquier signo en la nueva sociedad, e impulsar hacia una nueva y definitiva etapa las luchas emancipatorias de las mujeres contra el patriarcalismo, así como dar real solución al problema racial y erradicar la intolerancia hacia la diversidad humana como ocurre hoy, entre otros, con el caso de la homofobia.

·        Encontrar una solución adecuada, justa y duradera al problema de la reconciliación nacional después de la profunda escisión que dejara al país la segunda guerra civil que se inicio a partir de 1959 y que dividió en dos campos no sólo a la izquierda de la derecha, sino a los propios revolucionarios.

En el orden externo la agenda de transición tiene que buscar soluciones a:

·        La negociación de un acuerdo para el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, que permita en el futuro poder interactuar con ese país en áreas de mutuo interés preservando al mismo tiempo la soberanía e independencia nacionales, de las tendencias y actitudes hegemónicas e ingerencistas que aun padece ocasionalmente una fracción de su elite de poder.

·        La inserción más favorable posible de Cuba en el actual orden económico globalizado al mismo tiempo que se diseña e implementa el paquete de medidas sociales, políticas y económicas dirigidas a contener su lógica polarizadora y excluyente al interior del país.

·        La neutralización y erradicación –en estrecha cooperación con los países vecinos y de la comunidad internacional- de las redes internacionales de crimen organizado y terrorismo que intenten sacar partido al proceso de transición estableciendo nexos permanentes, si es que no los tuviesen ya, con elementos locales.

 

El paradigma moderno de desarrollo no permitiría asumir estas tareas de manera exitosa porque, en cierto modo, su cosmovisión está en la raíz misma de los problemas que habrá que enfrentar.  Sea en su versión capitalista o socialista, el paradigma de desarrollo de la modernidad fue visualizado como la construcción de una economía industrial, para lo cual se hacía necesario conquistar la naturaleza, cuyos recursos se consideraban inagotables y cuya capacidad de reciclar nuestros deshechos se suponía infinita. Dentro de ese paradigma hubo diferentes modelos de desarrollo pero estos, casi sin excepción, compartían una obsesión por el gigantismo corporativo, la organización del poder en grandes burocracias jerarquizadas y la percepción de los seres humanos como medios de desarrollo en lugar de constituir su finalidad. Desde esa perspectiva se suponía que lo bueno para la General Motors o para un complejo siderúrgico en los Urales era igualmente bueno para la sociedad en su conjunto. La macroeconomía se fue distanciando de la realidad microeconómica de los seres humanos, quienes quedaron atrapados por esa perspectiva. Cuando se hace necesario botar la producción excedente de leche para mantener un buen precio a ese producto, mientras hay gente bajo el nivel de pobreza que podría consumirla de tener dinero, no asistimos a una maldición divina sino a la incapacidad humana para encontrar mejores instituciones.

 

La experiencia de los últimos dos siglos nos dice que en los procesos económicos intervienen tres factores: los seres humanos, la naturaleza y el capital. Cuando la suma de esa ecuación se desequilibra para favorecer, exclusiva o desproporcionadamente, a uno de los tres elementos a costa de los dos restantes se presentan graves problemas sociales, ecológicos o económicos. La historia de la modernidad ha sido la de la tensión permanente entre estos factores dados los modelos de desarrollo que se adoptaron tanto por el socialismo de Estado como por los países capitalistas. Se requiere de una nueva comprensión del desarrollo para el siglo XXI.

 

Resumiendo: Se requiere un nuevo paradigma y modelo de desarrollo humano sustentable, lo que equivale a decir un modelo de desarrollo económico que se logra al apoyarse en  la promoción integral de derechos humanos, en lugar de en la supresión o limitación de algunos de ellos, sean los políticos y civiles o los económicos, sociales y culturales.

En realidad, una agenda adecuada para esta transición reclama, más que de una “nueva izquierda” organizada en partidos políticos, del surgimiento de un nuevo pensamiento y perspectiva para los cambios que han de iniciarse. Se hace imprescindible la construcción de un nuevo paradigma que esté dispuesto a explorar el abanico de posibilidades estructurales que se abre más allá del capitalismo y el socialismo realmente existentes y de las ideologías a ellos asociadas.

 

La sociedad cubana toda, como la sociedad internacional en su conjunto, pero de manera aún más perentoria, está necesitada de una revolución del pensamiento. Sólo después de una revolución de nuestra actual cosmovisión- sea de inclinación derechista o izquierdista, pero todavía  anclada en el siglo que dejamos detrás- podremos iniciar el camino consensuado hacia la construcción de sociedades decentes para todos y todas.

 

Observaciones finales y recomendaciones.

 

Puede resultar de alguna utilidad intentar unas observaciones y recomendaciones basadas en lo dicho hasta aquí.

·         La Cuba real del siglo XXI será inevitablemente la conjugación de elementos negativos y positivos (culturales, económicos, sociales, judiciales) que se heredará de la III República. Sin embargo, esa mezcla puede resultar positiva o perjudicial según sea la sabiduría con la que se conciba, acuerde y gestione la transición.

·         El nivel de incertidumbre sobre el porvenir es directamente proporcional al número de proyectos de transición que se promuevan e intenten imponerse. La capacidad de gestionar la transición con el menor nivel de incertidumbre posible está relacionada con la capacidad que muestren las principales fuerzas políticas para dialogar acerca de un proyecto que pueda ser consensuado entre ellas y hacerse corresponsables por el éxito o fracaso de aquel.

·         La diáspora tiene un importante papel que desempeñar en la aceleración del proceso de transición y en asegurar su éxito posterior. A los efectos de lo primero podría identificar y disipar los temores que explota la elite de poder cubana para mantener inmovilizada a la población. Se hace imprescindible responder –de manera inequívoca- a sus ansiedades acerca del futuro, lo cual requiere de compromisos concretos respecto al destino de sus viviendas y a la voluntad de garantizar un sistema de salud y de educación que, aun si difiere organizativamente del actual, se base en el principio de que nadie quede excluido de ellos por razón de sus escasos ingresos. También ha de responderse al temor a las posibles persecuciones por razones exclusivamente  relacionadas con la pasada militancia ideológica de los ciudadanos, así como las referidas a las políticas de fomento de empleos y seguridad social que se seguirán durante el periodo de transición. En estos temas hay ya fórmulas avanzadas desde distintos rincones del espectro político del exilio. Desde las presentadas por la STC acerca de la transformación en cooperativas de muchas empresas, hasta las sugeridas por Carlos Alberto Montaner sobre la vivienda y la declaración de una amnistía general. Todas ellas merecerían ser consideradas, junto a otras que han venido surgiendo, para configurar un proyecto de amplio consenso que pudiera ofrecérseles a los residentes en la Isla sobre estos temas.

·         El exilio podría elaborar una propuesta sobre el futuro de la deuda externa y la elaboración de un paquete de apoyo a la transición por cinco mil millones de dólares para los primeros diez años (sumando los rubros de créditos, cooperación al desarrollo y ayuda humanitaria), e iniciar gestiones exploratorias sobre esa base con Canadá, EEUU, la Unión Europea y Japón. El anuncio de un compromiso en este campo arrojaría un fuerte estímulo a favor del cambio, ya que la población y muchos de los funcionarios actuales sabrían que se cuenta con recursos para enfrentar los siempre difíciles procesos de ajuste de toda transición. Sería, además, una poderosa herramienta para, entre otras medidas, poder fomentar empleos, desarrollar PYMES y proteger sectores vulnerables.

·         Deberían acelerarse e intensificarse los estudios referidos a la transición. De hecho ya hay algunos con un serio trabajo iniciado. Sin embargo, es de particular importancia que al menos algunos de esos grupos de estudio estén integrados por personas que  representen un amplio abanico de criterios y valores, a fin de buscar zonas de consenso para un proyecto de transición que pueda ser abrazado posteriormente por los más diversos y significativos sectores de la sociedad cubana radicada en la Isla y en el exilio.

·         De particular importancia son aquellos estudios que pudieran aportar recomendaciones concretas para temas espinosos, tales como la justicia transicional y la reconciliación nacional. En este campo no sería baldío un esfuerzo por redactar una carta constitucional mínima. De esta manera se brindaría una propuesta sobre cómo ocupar el vacío legal y del sistema de impartición de justicia que puede crearse si se produce un colapso absoluto o relativo de las estructuras de poder en un momento dado. La experiencia de Europa del Este nos dice que allí donde se intentó la transición sin ninguna brújula constitucional el proceso fue más caótico y doloroso. Estos esfuerzos podrían realizarse de conjunto por personas radicadas en el exterior y por residentes en la Isla.

·         Se debería promover la educación en temas de resolución pacífica de conflictos, metodologías de diálogo y mediación, tanto en Cuba como en el exilio para ir promoviendo desde ahora una nueva cultura política matizada por el respeto al pluralismo y por el compromiso con las vías no violentas de resolver la conflictividad social. En este campo se pudieran preparar materiales para el estudio autodidacta, que podrían ser enviados a Cuba, donde no abunda este tipo de materiales. Otros temas para los que podrían elaborarse –o difundirse si ya existen- manuales para el estudio autodidacta son los referidos al inicio y desarrollo de PYMES, el papel que pueden jugar las ONGs de desarrollo y los think tanks en procesos de transición y otros temas de igual utilidad e interés.

·         Vivimos en una sociedad mediática y de entretenimiento, pero la política se ejerce todavía por muchos exiliados con medios tradicionales de propaganda. Sin embargo, está probado que el ciudadano de a pie en Cuba, ya sobresaturado de mensajes políticos, es más abierto a la reflexión que se genera a partir de la información que brindan productos culturales tales como novelas, tele y radio novelas, filmes -sean documentales o de ficción-, música y otros. El gobierno cubano ha reconocido en parte esa realidad por lo que ha incrementado los recursos que asigna a su aparato de producción cultural mientras le exige resultados en la “batalla de ideas” que dice librar. La creación de un International Endowment for Cuban Arts, que contase con fondos sustantivos, públicos y privados, estadounidenses y europeos, podría atraer a los numerosos y muy conocidos escritores, actores, músicos y plásticos exiliados y así contribuir también a dar a conocer la obra de los radicados en Cuba y de aquellos que son censurados en la Isla por razones ideológicas. Esos productos culturales podrían luego hacerse llegar a Cuba y circular en la Isla bajo diferentes formatos empleando para ello las nuevas tecnologías de comunicación.

 

Conclusión: Podría decirse nuevamente que a los cubanos no les aguarda una sola Cuba, sino varias Cubas posibles que hoy cohabitan, en estado latente, el presente. La que finalmente se transforme en realidad se parecerá, de modo más cercano o lejano, a algunas de las que hoy puedan desear diferentes grupos de cubanos, pero en ningún caso llegará a coincidir plenamente con sus deseos. El resultado histórico, aun cuando pueda alcanzar un estadio superior de convivencia, será siempre imperfecto y por ello insatisfactorio, pero de esa inconformidad humana se deriva el progreso.

 

La IV Republica no será un remanso de armonía, sino una sociedad conflictiva -como lo es toda democracia- en la que sería deseable se hubiese aprendido para entonces a preferir siempre avanzar por la vía del consenso, en lugar de elegir la confrontación. La calidad de una democracia no la determina exclusivamente la que muestre el equipo de gobierno, sino depende también de la calidad de la oposición. Se puede y debe aspirar a que en ella una nueva cultura de tolerancia y pluralismo sustituya a la de la intransigencia, el odio y la homogenización de ideas y conductas que ha prevalecido en el pasado. Habrá seguramente desigualdades, pero no por eso es inevitable que existan inequidades. Existirán personas con un nivel de ingresos privilegiados para satisfacer sus deseos, pero ello no supone automáticamente que el resto de la población no pueda ver cubiertas sus necesidades básicas. Todo depende de la sabiduría que se demuestre en la construcción de esa IV Republica de Cuba.

La mejor manera de asegurar esa Cuba -todavía posible- es aprovechando el cada vez más escaso tiempo que le queda de existencia al régimen actual para adelantar –en la Isla y desde la diáspora- los estudios, la forja de consensos dialogados y la educación en una nueva cultura administrativa y política que aseguren una transición exitosa.