Cubanálisis - El Think-Tank

COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

Final de año… ¿año del final?

 

Diario Las Américas, 12-28-2006

Por Julio Estorino

 

Llegamos los cubanos a un final de año cuajado de interrogantes, de conjeturas y de contradictorias posibilidades, y como ocurre siempre que tales elementos se entremezclan, cabe decir que arribamos al final de este año 2006 en pleno desconcierto.

Triste es admitir que al cabo de 48 años de lidiar con el mismo problema no estamos en mejores condiciones en cuanto al entendimiento del mismo que lo que estábamos al principio de este largo via-crucis. Y está de más decir que si no entendemos bien el problema, malamente podremos buscarle solución.

 

No acabamos de curarnos de entusiasmos infundados. No acabamos de convencernos de que la complejidad de la tragedia cubana no admite simplismos. No nos resignamos a enfrentar las realidades que no nos gustan y preferimos un estado de negación que alienta el facilismo… “Castro se está muriendo y con él se acaba todo”… “Raúl no tiene carisma”… “Tenemos un amigo en la Casa Blanca”…

 

Hace 47 años, al final de 1959, la discusión era la misma. Argumentábamos sobre la posible durabilidad del régimen castrista, discutíamos si duraría más o duraría menos, seguros de que terminaría pronto, aunque entonces no era una enfermedad la que provocaba los cálculos del final, sino la confrontación de Fidel Castro con los vecinos del norte. Y nos preparábamos para el epílogo de la aventura castrista, afirmando campanudamente que “un régimen comunista no puede sobrevivir a noventa millas de los Estados Unidos”… casi tan campanudamente como afirmamos hoy que, sin Fidel Castro, no sobrevivirá el castrato.

 

¡Qué más quisiera yo que, como sensato sesentón, sé que cada día que pasa tengo más probabilidades de dejar mis huesos en el destierro!

 

Sin embargo, y precisamente por no querer ese destino, estoy obligado a ser muy realista para lograr que el mismo no se de y pueda yo, lo más pronto posible, saber que Cuba es libre para poder morir en paz, dondequiera que me toque.

 

De ahí que tenga que asumir el rol de aguafiestas, cosa que detesto, pero que me resulta preferible a encaramarme en el tren del ilusionismo político, del pensar que lo que quiero ver es lo cierto, antes de cerciorarme de que lo que creo ver, es lo que está ocurriendo en realidad. ¡Lástima que no encuentre una traducción buena para eso que los angloparlantes describen como wishful thinking, mal que ha sido nuestra maldición ya por demasiado tiempo!

 

No es cuestión de pesimismo, no. Comienzo por reconocer que los más optimistas en cuanto a la situación cubana, los que arguyen que el final físico de Fidel Castro equivale al final del sistema por él impuesto en la isla, los que confían que el descalabro total vendrá en un período de tiempo relativamente corto y que entonces “no tendremos problemas” porque “tenemos un amigo en la Casa Blanca” pudieran tener razón. Pero el caso es que sus suposiciones se basan en informaciones tan confusas, en conjeturas tan… conjeturas, como las de cualquiera que piense lo contrario.

 

Yo no soy de los que piensan lo contrario. Soy de los que saben que “lo contrario” tienen tantas probabilidades de ocurrir como lo otro…. y hasta un poco más.

 

Mientras Fidel Castro agoniza –o se mantiene, vaya Ud. a saber- su hermano se va consolidando en el poder y, si le falta carisma, más le faltan escrúpulos para tratar de sostenerse en él. No hay nada contundente que indique que en Washington haya más preocupación por la democracia en Cuba que por un posible éxodo de cubanos hacia estas costas. La explosión social que cabe esperar no se perfila todavía en magnitud considerable. Y, del 31 de julio a la fecha, ni la oposición interna, ni el exilio, pesan más de lo que pesaban entonces.

 

Sé que me voy a buscar la ojeriza de algunos por poner estas verdades sobre el papel tan crudamente. Ojalá que nos duela, a ver si reaccionamos. Pudiéramos evitar los escenarios peores si concertáramos esfuerzos los que queremos la libertad, primero, para analizar realísticamente el problema y tratar de entenderlo bien, después, para alcanzar en esos esfuerzos, juntos, lo que no lograremos separados: voz en la definición de nuestro destino como nación, eficacia interna y externa en los esfuerzos opositores, influencia real en Washington, en Bruselas y donde quiera que haya que ejercerla, verdadera capacidad de acción, y credibilidad real ante nuestro pueblo, ante nosotros mismos y ante el mundo.

Pudiéramos así aprovechar esta importante coyuntura política para acelerar ese final que pudiera estar al doblar de la esquina… o pudiera demorarse mucho todavía. Que no quede por nosotros.