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COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

 

CASTRISMO Y ANTICASTRISMO

 

Alejandro Armengol, Cuaderno de Cuba, Febrero 12, 2007


UNA PARTE DEL exilio en esta ciudad se aferra a la ilusión de que el régimen de Fidel Castro agoniza presa de su inmovilismo y la enfermedad que mantiene en cama al gobernante. No es así. El proyecto revolucionario original está agotado, pero los mecanismos de supervivencia permanecen intactos. Desaparecido el mandatario, Cuba iniciará una nueva etapa. No volverá la vista a un pasado de casi cinco décadas, será imposible borrar tantas huella y tampoco hay una voluntad nacional e internacional de que así sea.


En ese sentido, el aislamiento de Miami es total. Hay una paradoja que se quiere pasar por alto a diario: nunca un gabinete y un congreso estadounidenses han contado con una mayor participación e influencia de cubanoamericanos, pero al mismo tiempo ninguna administración anterior ha sido tan clara en dejar bien establecido que los actores políticos del destino cubano se encuentran en la isla.


Cualquier proyección sobre el futuro de la nación debe hacerse desde el presente. No intentando un regreso a los años cincuenta. La nostalgia ha servido para enriquecer a unos cuantos en Miami. No tiene sentido como programa de gobierno. El régimen castrista no es un paréntesis en la historia de la nación, un apéndice que se puede eliminar sin el menor rastro. ¿Quiénes de los tantos que repiten a diario su discurso estéril en la radio exiliada conocen la realidad cubana? El ejercicio de desconsuelo —el intento de vender el pasado bajo una forma de futuro— sólo ha logrado edificar altares de ignorancia y fabricar líderes de pacotilla.


Si obsoleto es el modelo imperante en la isla, igual resultan las ideas de los anticastristas de café de esquina. Demonizar a Castro es un ejercicio estéril para el futuro de la nación. No se trata de negarse a condenarlo. Es resaltar la necesidad de mirar más allá.
La ceguera política, una terquedad sin tregua de mantener al día la industria de la glorificación del pasado republicano, alimenta a unos cuantos y proporciona alivio emocional a quienes se niegan a escuchar y ver un mundo que ya no les pertenece, del que han quedado fuera por soberbia y desprecio.


Los que sólo se preocupan por echar a un lado las opiniones contrarias y mirar hacia otro lado, frente a una nación que lleva años transformándose para bien y para mal, no tienen grandes dificultades en Miami. La radio del exilio y algunos programas de televisión seguirán alentando rumores y dedicando su espacio a satisfacer el odio, la venganza y las quimeras de quienes entretienen su vida con fábulas y sueños torpes.


Este atrincheramiento se justifica en frustraciones y años de espera, pero ha contribuido a brindar una imagen que no se corresponde con la realidad de Miami. Por décadas, un sector del exilio miamense se ha identificado con las causas y los gobiernos más reaccionarios de Latinoamérica. Al contar con los medios y el poder para destacar estas posiciones, no sólo se han manifestado en favor de las más sangrientas dictaduras militares, sino defendido y glorificado a quienes colaboraron con estos regímenes, incluso en los casos de terroristas condenados por las leyes de este país.
En un intercambio de recriminaciones y miradas estereotipadas, en muchos casos la prensa norteamericana sólo ha querido mostrar las situaciones extremas y destacar las acciones de los personajes más alejados de los valores ciudadanos de este país. Al mismo tiempo, los exiliados han observado esa visión con ira y rechazo, pero también con un sentimiento de reafirmación. Ni Miami es siempre tan intransigente como la pintan, ni en ocasiones tan tolerante como debiera. Pero olvidar que es una ciudad generosa con exiliados de los más diversos orígenes resulta una injusticia.


Quizá la clave del problema radica en esa tendencia a los extremos que aún domina al exilio, donde falta o es muy tenue la línea que va del castrismo al anticastrismo, palabras que por lo demás sólo adquieren un valor circunstancial.
De esta forma, ser de izquierda en esta ciudad se identifica con una posición de apoyo a Castro, mientras que los derechistas gozan de las “ventajas” de verse libres de dicha sospecha. No importan los miles de derechistas, reaccionarios y hasta dictadores de ultraderecha que en Latinoamérica, Europa y el resto del mundo se han manifestado partidarios del régimen de La Habana y colaborado con éste. En Miami estas distinciones no se tienen en cuenta.


En igual sentido, cualquier posición neutral o de centro es vista con iguales reservas. Resulta curioso que mientras en Cuba se ha perdido parte de esta retórica ideológica, no en la prensa oficial pero sí en las opiniones diarias y hasta en los discursos de los funcionarios del gobierno, sobre todo a partir de la enfermedad de Fidel Castro, aquí nos mantenemos anclados en nuestro fervor “anticastrista”.


El problema con estos patrones de pensamiento es que resultan poco útiles a la hora de plantearse el futuro de Cuba. La figura de Fidel Castro —no importa si se lo ve débil y enfermo o en proceso de recuperación— actúa como un espejo en que aún reflejamos nuestras acciones y actitudes. En realidad, es un espejismo. Cierto las conclusiones del momento son que poco o nada cambiará en Cuba hasta su muerte. Pero confundir un paréntesis con un objetivo final resulta engañoso.


Una secuencia singular se repite desde el 31 de julio del año pasado: en Miami matan a Castro y en Caracas lo resucitan. No importan las fechas y el lugar de la puesta en escena: las representaciones no se realizan sin la presencia de actores extranjeros.
El castrismo y el anticastrismo se fueron de Cuba.