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COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

 Cuba después de Fidel Castro
EDITORIAL DE EL UNIVERSAL, MÉXICO
27 de diciembre de 2006

 

  Un gastroenterólogo español reveló ayer que el presidente de Cuba, Fidel Castro Ruz, no tiene cáncer, mas lo importante es lo que el médico no dijo, sino avaló, con el conspicuo respaldo diplomático de su país, el primer inversionista extranjero en la isla: Castro estaría vivo, aunque con complicaciones, a partir de una operación realizada en julio pasado, si no por otra cosa, por sus muy intensamente vividos 80 años.

Es probable que el ex guerrillero que gobierna la isla desde hace casi medio siglo muera increíblemente en su cama, habiendo librado decenas de atentados, porque, al menos físicamente, eso sí, no es inmortal.

Castro cedió el mando a su hermano Raúl, hombre de máxima confianza, tampoco un joven él a los 75 años, pero con el vigor suficiente para manejar el Ejército, una de las instituciones más relevantes de la isla, la dirección del Partido Comunista y enviar incluso incipientes señales de una disposición inédita a revisar las relaciones con Estados Unidos, deterioradas desde que el gobierno revolucionario cubano expropió empresas de ese y otros países sin indemnización -se declaró "territorio libre de América"- y finalmente al fragor de una intensa guerra fría se acogió al amparo de la URSS.

Ese estado de cosas puso al mundo al borde de una conflagración nuclear en 1962 ante el establecimiento, a 100 kilómetros de Florida, de ojivas de las que, según relata en sus memorias el embajador soviético en Washington de la época, Castro no solamente estaba enterado sino que en los aciagos días de octubre ofreció que el pueblo cubano sería el primero en morir en la línea de defensa del comunismo.

Icono de la izquierda latinoamericana, junto con el legendario Che Guevara, Fidel devino en mandatario absoluto de un país bloqueado económicamente que logró la igualdad de condiciones mínimas, abatió el analfabetismo, tuvo avances en la ciencia y ganó medallas en las competencias deportivas, pero no concedió el voto ni respetó la libre expresión, ni toleró las disidencias, y sí vulneró los derechos humanos de quienes intentaron ejercer las prácticas de la libertad en las democracias occidentales.

Para México, Castro y Cuba son un referente básico. Ha habido de todo. Desde el apoteósico rechazo de su expulsión de la Organización de los Estados Americanos, pasando por la histriónica declaración lopezportillista: "¡Lo que le hagan a Cuba se lo hacen a México!", hasta hacerle trabajo sucio a Washington y fichar a quienes viajaban a la isla o caer en el despropósito foxista del "comes y te vas".

En los últimos 12 años las relaciones bilaterales han registrado más fricciones que momentos felices; si fuera un bolero de aquellos que tanto gustan a ambos pueblos, el estribillo hablaría de desencuentro e incomprensión.

Con Fidel en la distancia es deseable no perpetuar esa inercia. México no puede ser ajeno a la inevitable transición cubana porque sus efectos económicos y geopolíticos nos impactan.

Ante ello EL UNIVERSAL inicia hoy una serie de reportajes y crónicas para registrar tanto las luces y las sombras de Fidel, como las postales que nos envía una isla que habrá de vivir sin él para tratar de contestarnos cómo se perfila, al adentrarse el siglo 21, la relación de México con su cuarta frontera: Cuba.

 

 

 

Luces y sombras en medio siglo de poder


Salud y educación son los pilares de la Revolución cubana, pero al gobierno se le ha cuestionado la falta de libertades

 

CÉSAR GONZÁLEZ-CALERO. CORRESPONSAL,  El Universal, Diciembre 27, 2006

 

LA HABANA.- A lo largo de su casi medio siglo de mandato, Fidel Castro ha pronunciado decenas de discursos dedicados exclusivamente a sus dos temas preferidos: la salud y la educación, los dos pilares sobre los que se edificó la revolución cubana. Han pasado 48 años desde que Castro y su Movimiento 26 de Julio tomaran el poder en Cuba (1 de enero de 1959), y las comparaciones entre la Cuba prerrevolucionaria y la actual deben pasar ineludiblemente por el tamiz del largo tiempo transcurrido.

A finales de los años 50, la isla contaba con unos seis millones y medio de habitantes, frente a los 11.2 millones de 2006. Entre 1952 y 1959, Cuba estuvo gobernada con mano de hierro por el dictador Fulgencio Batista, sostenido gracias a la ayuda de Estados Unidos. Aunque la isla ocupaba el quinto lugar en ingreso per cápita dentro del hemisferio, las desigualdades económicas y sociales eran notorias, especialmente en el ámbito rural, donde el analfabetismo era predominante y la atención médica casi inexistente.

En los primeros nueve meses de 1959, el gobierno revolucionario de Fidel Castro promulgó unas mil 500 leyes y decretos, poniendo patas arriba todo el andamiaje jurídico preexistente. Desde reformas en la política de vivienda (con rebajas sustanciales en los alquileres) hasta la nacionalización de las principales industrias del país. Pero, sin duda, la ley de más calado aprobada en esos primeros meses fue la reforma agraria, que limitó considerablemente la extensión de las propiedades agrícolas y expropió los latifundios. La campaña nacional de alfabetización y la progresiva extensión de los servicios médicos a toda la población completaron las prioridades sociales de una revolución que, en el plano político, se enfilaba cada día más hacia el comunismo ortodoxo en la órbita de Moscú.

En un discurso pronunciado en julio de 2003, con motivo del 50º aniversario del asalto al cuartel Moncada, Castro hizo un repaso de los logros de su revolución y de la situación en que se encontraba el país en 1953. Seiscientos mil cubanos estaban entonces sin trabajo, 200 mil campesinos no tenían una vara de tierra donde cultivar y más de la mitad de las tierras estaban en manos de compañías extranjeras.

Además, casi tres millones de habitantes de las zonas rurales carecían de luz eléctrica y 90% de los niños estaban mal nutridos y devorados por los parásitos.

Según el dirigente cubano, 75% de las viviendas actuales fueron construidas después del triunfo de la revolución. Pero un estudio oficial admitía recientemente que la mitad de las edificaciones de la isla se encuentra en mal estado. Precisamente, la vivienda y el deficiente transporte son los dos problemas más graves que enfrenta la población, además de la precariedad de los salarios (menos de 15 dólares mensuales en promedio), aunque el régimen insiste en que los servicios subvencionados (luz, agua, gas, sanidad, educación, etc.) equilibran el ínfimo poder adquisitivo de los cubanos.

En 1953, 22.3% de los cubanos era analfabeto mientras que en 2002 ese porcentaje se había reducido hasta 0.2%. Los graduados universitarios han pasado de menos de 60 mil a finales de los años cincuenta a más de 700 mil en la actualidad. En Cuba hay ahora cerca de 300 mil docentes, según datos oficiales, lo que situaría a la isla en un lugar privilegiado a escala mundial.

La paradoja de esta revolución educativa es que, hoy día, muchos profesionales tienen menos ingresos que un simple bell boy de un hotel de Varadero.

Los avances en la salud también han sido notables en las cinco décadas de gobierno revolucionario. Hoy, Cuba tiene un índice de mortalidad infantil envidiado por sus vecinos de la región: 6.5 por cada mil nacidos vivos. Y la esperanza de vida, 77 años, está a la altura de los países desarrollados. Pero la aguda carencia de medicinas y el deterioro de muchos hospitales ponen en entredicho todo el armazón de su sistema sanitario.

Los opositores al castrismo, dentro y fuera de la isla, siempre le han reprochado a Fidel la "falta de libertades", y el inmovilismo de un régimen de partido único. Pero a Castro le ha dado más quebraderos de cabeza el deterioro moral que ha percibido en una parte de la sociedad cubana, tal y como resaltó en su relevante discurso del 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Ese día, Castro alertó sobre la imparable corrupción detectada en el país y, por primera vez, admitió que la Revolución podría destruirse a sí misma, un escenario que siempre descartó.