Cubanálisis - El Think-Tank

COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

 

 

LA ÉLITE CUBANA ANTE LA NUEVA REALIDAD

 

Juan F. Benemelis, Miami

I

 

 La coartada ideológica del comunismo quedó herida de muerte con la perestroika. En aquellas comarcas del ex bloque soviético donde el ejército secundó o propulsó las transformaciones que aniquilaron al comunismo -Rumania, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental-, éste no participaba de la indiscutible ecuación del poder, en manos del Partido Comunista y la burocracia estatal apuntalados por las bayonetas soviéticas. Sólo cuando Mijail Gorbachev decretó que sus blindados no intervendrían en las contingencias de cada satélite, fue cuando estos ejércitos nacionales antagonizaron a las partidocracias comunistas. Así, la presión "desde adentro" en favor de cambios no estuvo obstruida por un líder carismático a lo Castro, o por un ejército ceñido al régimen. Es una falacia peligrosa creer que la disolución del bloque soviético se proporcionó por la sublevación popular callejera, y no por un escenario complejo en el cual intervinieron las alas reformistas de los partidos comunistas, la debacle moscovita, el gambito militar y el desbalance estratégico con Estados Unidos.

 

La teoría del dominó comunista falló en Cuba por que el triunfo de la revolución no fue causa de una división de tanques soviéticos, sino por la lealtad que hasta el último momento ha sostenido la élite con  su paladín, y el temor de las masas al cambio. No obstante, ante el ascendiente de Castro, el partido comunista y la burocracia estatal no fueron más que débiles entelequias. Reclinado en la clique de sus viejos guerrilleros el Líder rehuyó aplicar una emulsión civilizadora a la crisis, pues su absolutismo no incluía el margen para recapacitar, por pánico al quebranto de su autoridad.

    

Es desconocido cómo dentro de esta burocracia, a lo largo del castrismo, se anidaron corrientes a favor de cambios, ya desde la década sesenta cuando, salvo pequeños grupúsculos, el entramado del poder era totalmente anti-soviético. Por eso, el malcontento de esta burocracia no surge con la perestroika, por el contrario, arranca desde que los viejos bonzos comunistas querían implementar formas y métodos de control económico análogos a la URSS, y cuando Castro con un par de ideas desacertadas del Che, declinaba ladinamente para no dejarse atrapar en una camisa de fuerza apparatchick. En los setenta, la técnico-burocracia y su eminencia gris, Humberto Pérez, tras ilustrarse de los intentos centro-europeos por darle un “rostro humano” al socialismo, y animada por las reformas económicas húngaras, forcejeó infructuosamente por institucionalizar la maquinaria estatal, vis a vis el Líder. Para la tecno-burocracia, parapetada en instituciones financieras y ministerios de producción (azúcar, agropecuario, industria pesada, alimenticia y ligera) era evidente que Fidel Castro resultaba el obstáculo insalvable para imrpmir desarrollo, y sólo apartándolo de la dirección operativa, era posible elevar la producción y los servicios.

    

También es inédito el que la disidencia y la oposición, y los laudos por los derechos humanos no arrancan en la década de los noventas, sino a fines de la década sesenta, cuando la juventud que había abrazado la revolución y el marxismo se frustró ante el descarnado totalitarismo de Fidel Castro.  Luego de apagarse los combates en los lomeríos del Escambray, surgieron en las universidades, centros de estudios, organismos metodológicos, etcétera, grupos anarquistas, trotskistas, marcusianos y toda una gama de herejías, defensores de la social-democracia, promotores de la democratización, que se precipitaron a la confrontación ideológica con la línea oficial, estimulados por los sucesos de Praga, el movimiento mundial del 68 y el fiasco absoluto de la llamada “estrategia azucarera” con su zafra decimillonaria. Así, la raíz del cultivo disidente y opositor en Cuba nace como un desgajamiento primero y confrontación posterior con el castrismo, de quienes habían suscrito inicialmente “la utopía”.

    

Como expuso el intelectual polaco Adam Michnik en su libro The New Evolutionism, a partir del aplastamiento de la Primavera de Praga cualquier cambio significativo al sistema se dilucidó fuera del Partido Comunista y de la burocracia estatal, en comunidades de intelectuales, de ex comunistas purgados, de agrupaciones sociales. El objetivo ya no se circunscribiría a modificar al Estado-Partido, sino en la restauración de la sociedad civil para obligarle a adecuarse a un escenario distinto donde accediese a entregar esferas de la sociedad. Así surgió la contracultura del samizdat y sobre todo Carta 77 en Checoslovaquia, que daba fin a la esperanza revisionista de un socialismo con rostro humano, y con una de sus vertientes más reiteradas: el Eurocomunismo.

    

La no-violencia como el método de lucha de los reformistas y de la disidencia, ya fuese de Solidaridad, Carta-77, o del Foro Húngaro, nacía de la consideración pragmática de que las insurrecciones armadas, y los levantamientos populares no se imponían en el marco de un Estado totalitario con pleno dominio de sus órganos represivos, como demostró Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1978.

    

La actual disidencia y oposición cubana cuenta con la ventaja de la globalización de la información, mientras que la de los sesenta, setenta y ochenta pululaba en el más absoluto y vulnerable anonimato, a pesar de una audacia, actos de rebeldía y masividad superior, ante una no menor represión. Es justo recordar el temprano choque de la juventud del PSP enarbolando la desestalinización ante su viejo partido y el nuevo PC de Castro, el encarcelamiento masivo de los ex miembros del clandestinaje habanero a inicios de los setenta por su anti-comunismo, la efervescencia de las universidades de Santiago de Cuba y de La Habana, la protesta masiva en las calles de Santiago de Cuba, la huelga en los puertos de La Habana y Matanzas, la rebelión de los sindicatos durante todo el proceso del XIII Congreso, etcétera.

 

A medida que la crisis en el bloque oriental se bosquejaba, Castro despojó al Partido Comunista y al Estado de cualesquiera prerrogativas de reformas, purgando los elementos perestroikos, saneando los órganos de seguridad e inteligencia, atemorizando la cúpula con el fusilamiento del general Arnaldo T. Ochoa, acrecentando su diktat, y descartando a potenciales delfines. El aparato de seguridad, uno de los pilares cruciales del régimen, fue asaltado prácticamente por las fuerzas armadas con el leal general Abelardo Colomé Ibarra a la cabeza. Al igual que sus homólogos de la KGB, los veteranos agentes desahuciados se parapetaron en instituciones y empresas del área dólar, proyectándose como una cofradía a considerar para cualquier transición.

    

Repudiado por una burocracia que añora reformas; perdido su monopolio de propaganda ante las transmisiones radiales del exilio iniciadas por el CID de Huber Matos y la Fundación Cubanoamericana de Jorge Más Canosa; con menos defensores en el exterior, Castro, el último comunista, luchó denodadamente porque la crisis económica y la creciente oposición no se transformasen en el fin definitivo de su poder, y de su revolución petrificada. Por eso, el mito revolucionario sería un absurdo de la élite para sostenerse y alimentar el lenguaje, los símbolos y las viejas banderas de la izquierda tercermundista, señalando que el resto del planeta estaba equivocado, enarbolando su guerra santa anti-yanqui en medio de un diseño de regresión a una economía natural.

 

II

 

    

El aislamiento del pueblo con el exterior, y del Líder con el pueblo, ha hecho que esta dirigencia se aterrorice ante cualquier brote de oposición, o tendencia de opinión, siempre tildada de agente imperialista. Eso no quiere decir que dentro de la nomenclatura no existan poderosas corrientes reformistas capaces de llevar el actual andamiaje a una economía de mercado y a una transición a la democracia, más inclinada a la monopartidista del antiguo PRI mejicano, pasando por las de Albania, Moldova y Rusia hasta las del merengue dominicano. Carentes de medios para ejercer presión sobre Castro, la maquinaria de las purgas los mantuvo a raya, la misma máquina que también utilizó el Líder para que no se patentizara el descontento poblacional y para que la oposición de la década dos mil se mantuviese débil y desprovista de maestría política.

    

Algunos opinan que el régimen permanece estacionario y, por tanto, es mejor compartir la caza con el cazador, que ser cazado; o, de que, concediéndole las alternativas, puede optar por una neutralidad reformista de la que podrían obtenerse beneficios. Una de las escuelas predominantes (los pacifistas) es la de observar y esperar, para salvaguardar la integridad del territorio ante la guerra civil. Para otros (los apocalípticos), la armonía que proyectan los medios masivos del régimen es proporcional a las dimensiones del anhelado estallido postcastrista, ya que el dilema moral es de tal magnitud que concurren todos los ingredientes para una espantosa catástrofe nacional.

    

La agenda política de casi todos los movimientos opositores contemplaría una solución nacional pacífica, y pese a que sus actividades han estado confinadas a pequeños cónclaves privados y sus exiguas demostraciones públicas, de inmediato desbaratadas, han construido una amplia red de contactos con organizaciones o individualidades con gobiernos y funcionarios extranjeros, con instituciones internacionales y con el exilio. Pese a que se hallaba y está frente a un clan agresivo, primitivo y sitiado, su membresía se multiplicó en universidades, sindicatos, círculos periodísticos y religiosos, de forma tal que ésta incipiente sociedad civil ya es imposible destruirla. 

     

Por otro lado, la disidencia interna cubana, masiva si es comparada con otras del ex bloque soviético, carece del nivel de consistencia teórica y ético-intelectual que poseía  la que lideró el proceso chevoeslovaco o húngaro, y no alcanza la masividad y el rigor político de la polaca. Es decir, no se presentan los escenarios internos semejantes o análogos a los que convinieron en el ex bloque soviético para la transición, como élites en el poder comprometidas con el cambio, ni las que facilitaron las transiciones latinoamericana, la presión de la sociedad civil y de los partidos políticos.

    

Puede esperarse que, ante la contingencia de un incremento de la oposición presionando por la democratización política, se apliquen fórmulas pactistas con algunos de sus más destacados integrantes. Aunque se considere una despenalización parcial del código penal, la reforma en la cual se embarcará La Habana no mejorará en esencia la situación de los derechos humanos, pues no contempla un poder judicial independiente. La actual apropiación de empresas, por altos militares y jerarcas del Minint, acentúa la violación de los derechos humanos y la implementación de la discriminación racial.

    

Lo que asombraba al observador foráneo no era que Castro fuese un autócrata obcecado con el poder, sino que los cubanos dentro y fuera de la Isla se le encararon con una no menor apasionada tenacidad. Es cierto que el tirano no se rindió, pero sus antagonistas no le concedieron un segundo de respiro. Concedamos a los cubanos, en justicia histórica, el haber sostenido la oposición a ultranza durante cinco décadas, el intentar casi todas las recetas del laboratorio político: desde la lucha armada y el tiroteo costero hasta el diálogo y las tácticas “ghandianas”; el gardeo a presión sobre los funcionarios norteamericanos, europeos y latinoamericanos; el bombardeo radial sobre la Isla; el diluvio de libros, publicaciones y conferencias internacionales; las acusaciones de violaciones de derechos humanos en organismos internacionales; el piqueteo constante; las flotillas; el rescate de los balseros; las muestras de rebelión popular contra el Estado; los apedreamiento de edificios y ómnibus; los motines.

    

Pero analicemos lo siguiente: la lucha guerrillera fue impracticable como instrumento para derrocar a Castro, y las acciones y sabotajes probaron su dilución; el tiranicidio estuvo imposibilitado por una impenetrable guardia pretoriana; el lobby del exilio  en Washington en estos casi cincuenta años ha resultado un laberinto sin salida; el diálogo político Castro-exilio, en su momento, resultó una parodia; la resistencia pasiva, que tuvo su época dorada en los finales de los sesenta y la década de los setenta, ya no es la alternativa que considera la población; la presión internacional ha resultado una quimera y la nomenclatura que heredó el poder no contempla el abandono voluntario del mismo.

    

Hay una ausencia lastimosa en la agenda de los defensores de la sociedad civil en Cuba; en la Isla existió, existe y existirá lo que puede considerarse como la Organización No Gubernamental más organizada, poderosa y resistente, de tipo masónico-religioso: la Sociedad Secreta Abakuá, una transculturación africana, que resistió exitosamente la represión y acoso del colonialismo español, la desidia de la República y la vigilancia nerviosa del régimen.  También ha sido sintomático en Cuba, durante el castrismo, que los actos de rebelión popular se han desarrollado en las áreas marginales sin conexión con la disidencia o la oposición, y es allí, en tales conglomerados pobres, infortunados y de alta composición de negros y mulatos donde reside el fermento de cualquier protesta masiva, pero que nunca tendría como motivo fundacional los principios ideo-democráticos sino económicos.

     

Los cambios económicos realizados por la cúpula en el poder no beneficiaron a la población negra, que actualmente está al margen de los sectores económicos donde es viable obtener dólares. En la actualidad, las empresas de capital mixto y las posibles futuras los negros y mulatos están y estarán menos representados, por lo cual serán menos beneficiados en este proceso de conversión de la elite político-militar en propietaria de bienes estatales.

     

En los albores de los abordajes comunistas, la eufórica intelligentsia se alineó en masa, y se sometió a la catarsis experimental. En la década 1970, los húngaros György Konrád e Iván Szelényi, utilizando categorías del marxismo, que por la época aún retenía cierta vitalidad, especulaban que bajo las condiciones de la posguerra en la Europa del Este, la intelligentsia había devenido en una clase dominante. Y es que la proclamación de una sociedad ordenada científicamente ejerció gran atractivo en la intelligentsia, sobre todo por que sus talentos fueron convocados para la construcción del nuevo orden. Los cautivó la supuesta oportunidad de eliminar los escollos que históricamente impidieron el pleno desarrollo de la creación. Los convenció la revelación de un compendio científico que barrería tales obstáculos mediante una planificación racional.

    

A diferencia de la intelectualidad del ex bloque soviético, que se volcó en masa a la oposición, en circunstancias incluso más represivas, la cubana, por largo tiempo circunspecta, ha sido copartícipe del régimen de manera oficial; estableció una “distancia ilustre” para con el castrismo, con vistas a mantener su derecho a la divulgación de su obra y a viajar al extranjero. En los casos más “decorosos”, éstos han reservado su discurso anti-castrista para después de su expatriación u optaron por esa nueva modalidad criolla de exilio semioficial y nebuloso, bautizado de “terciopelo”. Tal cosa no implica reconocer la presencia de sus enfant terrible, a lo Guillermo Cabrera Infante, pasando entre otros por Walterio Carbonell, Heberto Padilla, Reynaldo Arenas, Maria Elena Cruz Varela, y los poetas excarcelados Armando Valladares, Ernesto Díaz Rodríguez y Angel Cuadra.

 

 

III

 

    

A partir de consideraciones morales, éticas (nunca la base de la realpolitik, desde tiempos de los faraones) y de no diferenciar entre un régimen de fuerza y un régimen totalitario, esta élite quedó ignorada como objetivo a trabajar para que se resquebrajara y de disolviera su lealtad alrededor del Líder. Algo que fue una constante categórica en todos los procesos de transición de Europa central, Europa oriental, Rusia, el Cáucaso, Asia Central. Si algo existe en común en las transiciones, es que las mismas (incluyendo la checa, la polaca, la rumana) surgen y se desarrollan a partir de las alas reformistas de los partidos comunistas, convencidas que las alteraciones estilo Primavera de Praga ya no eran la solución, sino que se debía ir más allá. Por eso lo que asciende al poder en la Revolución de Terciopelo es una coalición de apparatchiks reformistas y de disidentes, encabezada por el viejo comunista Alexander Dubcek y por el escritor Vaclav Havel. Precisamente, el dilema de Mijail Gorbachev es que quedó a medio camino dentro del Buró Político, entre el ala de status quo de Yegor Ligachev y la aperturista de Boris Yeltsin.

    

Tras la caída del Telón de Hierro, los partidos comunistas en el poder se dividieron en facciones, en las que invariablemente el ala pro-reforma hizo causa común con las ideas de las oposiciones, llevando a efecto los pactos y las negociaciones para el desmantelamiento del totalitarismo, y finalmente deviniendo en actores políticos de la transición. En este escenario, la disidencia y la oposición del Este accionó con impunidad precipitando una revolución que se movió en dos planos simultáneos, desde arriba y desde abajo, y de ahí sus éxitos iniciales.

    

La élite cubana sabe que el sostenimiento del viejo modelo castrista o la caricatura de un “Estado proletario marxista” no los legitima, como ilustra el aleccionador ejemplo del bloque soviético y de China. Allí, donde la decadencia del sistema avanzó demasiado y la nomenclatura no enrumbó hacia la economía de mercado (Belarús, Moldova, Ucrania), la población rechazó el viejo arquetipo y se mostró dispuesta a abandonar al Estado benefactor por las incertidumbres de una sociedad de consumo, en cuanto tuvo la libertad de opción.

    

Castro y la nueva élite que le ha sucedido rehusaron y rehusan pactar la transición y, por el momento, ante la consideración de perder legitimidad histórica, impiden cualquier innovación que lleve a la democracia y al respeto a los derechos humanos. Aunque se halla acorralada, la élite  piensa que dispone de mecanismos e instrumentos políticos, comerciales y económicos no sólo para sobrevivir, sino para impulsar un desarrollo, al contar en su favor con el ejército, factor decisivo en el desplome del comunismo, lo que imposibilita, por el momento, la mezcla letal con cualquier insurrección o demostración popular. A esto se suma el ingrediente de las potencias internacionales, abúlicas por la suerte de Cuba.

     

La renuencia de Castro al cambio acentuó el consenso (silencioso) general de la élite por un cambio, la cual está preparada mentalmente para una tenaz resistencia política, sin importar costos humanos y, llegado el caso, valerse de la violencia, el instrumento de oro de los extremos en todas las épocas. Aún está por ver si la élite sucesora (Raúl-Ramiro) a diferencia del “Gran Timonel” consideraría como una ventaja táctica autenticar la oposición del patio y con ello disolver la combinación “oposición-exilio” y los oficios en favor de reformas, tanto de gobiernos como de personalidades internacionales, despejando el camino para cualquier negociación con Washington.

    

El binómio Raúl-Ramiro, heredero del ritual, impedirá la crítica a los errores pasados y a todo lo oculto del poder castrista, a lo Nikita Jruschev o Mijaíl Gorbachev (que llevó al derrumbe del sistema político totalitario), pues ello le privaría de la autentificación necesaria, entronizando una sensación de ruptura peligrosa para la continuidad. Al verse privada la élite de poder demonizar, exorcizar o des-legitimar a Fidel Castro, la sucesión aborta la transición política y se ve inclinada a imitar la táctica vietnamita, o la de Den Xiaoping de mantener la vigencia maoísta y reformar por detrás, proceder que sustentó la hegemonía política de la nomenclatura.

     

Privado de alimentos primarios, carente del transporte imprescindible, de las libertades esenciales de viajar, de reunión, de asociación, el ciudadano ante una nueva elite no se permitirá la abstención, ni se quedará cruzado de brazos: de ahí el reto inminente al duplo Raúl-Ramiro. La mayoría desea, al menos, el fin del castrismo, de no ser posible una transformación política. No son dables los paliativos de las alteraciones constitucionales, las estadísticas de salud y educación, las medallas olímpicas o las promesas.

    

Si bien es cierto que no constan las reformas económicas, previas a la caída del comunismo, que en los casos de Georgia, Polonia o Hungría facilitaron la transición hacia una economía de mercado, la ideologización de las masas es irrisoria, la crisis económica es congénita, el exilio vinculado familiarmente a la Isla es trascendental para el futuro, el modelo castrista murió sin instituciones, y el rechazo popular es general. Por ello, el experimento socialista cubano no ha coagulado como para mantenerse ahora que se ha producido la desaparición política del Líder.

    

Si sobre Cuba como fondo de una tragedia clásica, se irguió un caudillo totalitario cruelmente desconfiado, en posesión de vidas y haciendas, que señalaba agentes provocadores por doquier, y que sin considerar el Apocalipsis humano, sostuvo una neurosis revolucionaria que enclaustró celosamente la nación del mundo exterior, ahora sus leales, sumidos en una estremecedora orfandad ideológica, y con un entorno geográfico en democracia, se encuentran ante disyuntivas que decidirán el futuro de la Isla.

    

¿Será capaz el entramado político y gerencial postcastrista de hacer frente, con tolerancia y flexibilidad, a las reivindicaciones sindicales y obreras? ¿A qué compromiso llegará con la descomunal crisis de la salud? ¿Mirarán hacia la salomónica solución que implementó nuestra vieja republica en ese campo? ¿Cómo se balancearán en la educación y los deportes los extremos de rentabilidad pura por un lado, y carga estatal por otro? ¿Se consumará el arbitrario despido masivo de mujeres en las industrias en pos de rentabilidad, cuando ellas componen el quórum primordial de la fuerza técnica? ¿Existirá la vista gorda en la prostitución, en aras de amparar el lucrativo turismo sexual? ¿Se mantendrá la actual composición racial en la estructura de poder político y económico? ¿Se desplegará una estrategia de protección al cuenta-propistas para transformarlos en la columna vertebral de un salto en el consumo y los servicios, o seguirán rumiando con los remedios macroeconómicos? ¿Habrá reparto de tierra en usufructo a lo Deng Xiaoping?

     

La economía doméstica cubana, con sus medios actuales, pero tras un cambio drástico estructural, es capaz de producir volúmenes comerciales anuales por un monto de $8,000 millones de dólares, sin el gas y el petróleo. Su industria azucarera es la única en el planeta que puede operar con ganancia. Es uno de los primeros productores de cítricos del mundo y puede transformarse en un exportador neto de frutas y vegetales a Estados Unidos y Canadá. Su industria farmacéutica puede resultar atractiva a la norteamericana. La Isla dispone de trece aeropuertos internacionales, once puertos de aguas profundas, y una densa red ferroviaria. Asimismo atesora todos los materiales de construcción (salvo la madera), la mayor reserva mundial de mármol fuera de Italia, el segundo depósito de níquel del planeta y el quinto de hierro, así como yacimientos de cromo, manganeso, zeolita, mercurio, los platinos, etcétera. Y cuenta con 1,200 cayos e islotes, cuenta con 330 playas casi todas vírgenes, tantas como el resto del Caribe.

     

Al mismo tiempo de ser el país con mayor porciento de universitarios del continente, es un microcosmos lingüístico, corolario de su vínculo al ex bloque soviético y su relación con Estados Unidos, algo decisivo para una potente economía de servicios y amplias posibilidades de desarrollo en el terreno de la televisión, el cine, la computación, las grabaciones musicales, la producción de libros.

    

Es debatible si la nueva élite profundizaría la actual imbricación de las fuerzas armadas en el manejo de la economía, como ha venido practicando hasta ahora y como se ha hecho en China, facilitando el enriquecimiento de los mandos militares, necesario en un régimen de fuerza. Hasta ahora, la élite se ha dedicado a transferir la propiedad estatal a manos suyas. Por eso, sin haberse aún declarado reformista y con una inexistente sociedad civil, Cuba puede enfilar hacia el autoritarismo típico de los países latinoamericanos.

    

Entonces, para legitimarse políticamente ante la ciudadanía, se vislumbra que el nuevo poder quiere, al menos, adquirir cierta legitimidad económica. La única posible, por el momento, para aliviar la crisis alimenticia y restaurar una sombra de nivel de vida es retornar las reformas congeladas de 1975, las del Nuevo Sistema Económico y no las actuales del Minfar, vinculando los salarios con la producción, concediendo una mayor liberalización a la agricultura, los mercados campesinos, la independencia de la propiedad privada y cooperativa de la tierra, permitir los negocios privados familiares, pequeños y medianos, desembarazar al Estado de toda la chinchalería de servicios locales, etcétera. Esto sería una mejoría sólo porque estaría comparada con los precarios términos actuales. A largo plazo, el carácter estatal de la economía y una nomenclatura enemiga de la libre competencia, sólo acrecentaría el deprimido consumo y nivel de vida, perdurando el descontento de la ciudadanía.

    

Es irreal temor de la actual élite cubana de que este acceso a la propiedad y la posibilidad de crear nuevos gestores económicos, independientes al Estado, entorpezca la capacidad de maniobra que necesita para imponerse sobre el resto de la ciudadanía, y que la misma generaría un conflicto entre los empresarios nomenclaturistas y los surgidos de la sociedad civil.

    

La nueva élite debe considerar que para cualquier desarrollo económico tiene que incluir algo que Fidel Castro desestimó, y que es el elemento básico para toda economía: los recursos humanos, el talento humano, la iniciativa humana, el desarrollo de la individualidad y su iniciativa. Sin ello, estarán fracasados. Ello implica meditar y re considerar los procedimientos represivos, restaurar los valores humanos en la esfera del derecho y de las libertades individuales. Algo que se fue de la mano a Gorbachev y que actualmente ya tiene recapacitando a las dirigencias china y vietnamita.

    

Pese a todas las sendas por las que se transite, Cuba concluirá en un sistema democrático, cuyas características (neo-liberal, social-demócrata, economía mixta, parlamentario, congresista, transición de terapia de shock estilo Polonia, economía dual estatal y privada a la China, privatización paulatina, etcétera) dependerán de las corrientes de reformas en la élite , conjuntamente con las de la sociedad civil, que se transformarán en partidos políticos. No se puede forzar la aplicación de tales modelos como si éste o aquél fuese el perfecto o el salvador. Las organizaciones políticas, con sus agendas privativas, tendrán que coexistir con el resto.

    

Es cierto que se está en presencia de una población para la cual el futuro es incomprensible y donde lo válido es sólo el presente. Pero no es necesario el deslizamiento de Cuba a un final sórdido, en un medio de coerción política, moral, económica y policial. Cuba no debe continuar su eterno ciclo de caudillos ungidos por las masas, de auto-próceres salvadores de la patria; de capillas promotoras de revoluciones; de la violencia como el utensilio cardinal del cambio y de la solución de las querellas políticas.

   

 Por eso, la élite enfrenta de inmediato problemas económicos, institucionales y sociales de magna importancia. Por eso, el punto crucial de los delfines es si con los recursos humanos y económicos actuales y las posibilidades del petróleo en el futuro inmediato, liberarán a la población de la creciente escasez o la mantendrán sin esperanza hundida en un mar de magritudes económicas. Y si dispondrán del coraje suficiente para irrumpir en el camino de las libertades democráticas.