Cubanálisis - El Think-Tank

COLECCIÓN: DOSSIERS

DOSSIER # 2: CUBA DESPUÉS DE FIDEL CASTRO:  ¿DESPLOME DEL RÉGIMEN,  CONTINUIDAD, SUCESIÓN O TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA?

 

DOS CONCEPTOS DE REPRESIÓN

 

Alejandro Armengol, El Nuevo Herald, Enero 3, 2007


EL NUMERO DE ENERO/FEBRERO de la revista Foreign Policy dedica su artículo de portada a discutir el legado del gobernante cubano Fidel Castro, confrontando las visiones de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, y el periodista y escritor exiliado Carlos Alberto Montaner.


Para defender sus puntos de vista —tan divergentes como la revolución cubana y el exilio de Miami—, ambos periodistas trazan un retrato esquemático y apresurado de un proceso largo y complejo, recurren a una serie de simplificaciones que restan valor al análisis y terminan en un careo donde los ataques mutuos compiten con los argumentos en favor o en contra del régimen castrista. Al terminar la lectura da la impresión de haber leído, más que un intercambio de opiniones, la transcripción de un debate radial en esta ciudad.


Creo que buena parte de la responsabilidad de tal apresuramiento al exponer las ideas —que hace que en muchas ocasiones el texto se limite a repetir estereotipos— recae en Foreign Policy y no en los participantes. Me temo que eso fue lo que le pidieron: un intercambio dinámico, sólo que terminó en un rosario de frases hechas.
Publicar este tipo de confrontación responde a un estilo adoptado por la revista desde hace un tiempo, donde el estudio a profundidad y la exposición académica han cedido el puesto al texto periodístico más inmediato, para integrarse a una tendencia en alza de la prensa analítica norteamericana, la cual cada vez más depende de los temas políticos del momento —vistos con una óptica similar a la adoptada por los diarios— y huye de las elaboraciones más detallas, que requieren una mayor atención del lector: las leyes del mercado se imponen hasta en una publicación del Carnegie Endowment for International Peace.

Para quienes siguen la evolución de la situación cubana, nada nuevo aporta este debate, cuyos participantes se limitan a repetir criterios expuestos con anterioridad en otros trabajos.


Si el lector se detiene por un momento a contar las exageraciones, Ramonet le gana por mucho a Montaner.


Hay sin embargo una afirmación del analista cubano que me parece simplifica en exceso el mecanismo de represión establecido por el régimen cubano y lleva a una conclusión errónea.


Detenerme en ella no implica que el intercambio se limite a este punto y tampoco limitar lo expuesto por el escritor exiliado a una afirmación. Sólo que me llamó la atención este aspecto, porque considero que tiene una gran importancia para entender la situación actual en la Isla y su futuro.


“La razón por la cual el comunismo no se derrumbó en Cuba, al igual que no ha ocurrido en Corea del Norte, es por la completa represión existente en el país. Es una forma de represión asociada por completo a un hombre que agoniza. Cuando él desaparezca, así lo hará gran parte del miedo que su régimen inspira en la población”, afirma Montaner.



Lo ocurrido en Cuba durante casi 50 años se aparta de esta óptica en blanco y negro.
Una de las razones que le permitió a Fidel Castro mantenerse en el poder —hasta que la enfermedad o la propia vida lo sacó del cargo— fue su capacidad para no ejercer una represión integra o absoluta, salvo en los momento en que veía más amenazado su mando. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.


Por ejemplo, durante la “primavera negra” de 2003 —y voy a referirme a lo ocurrido entonces para citar a un caso relativamente reciente— el régimen castrista condenó con toda severidad a 75 disidentes —también ejecutó a tres simples ciudadanos que intentaban salir del país— no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor mucho mayor.


Esto no libra al gobierno cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo empleado por el gobierno cubano para permanecer en el poder por tanto tiempo.
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de ésta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenada y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria que ha permitido la permanencia de un régimen por casi medio siglo no puede ser denunciada en términos tan simples.


El segundo error de análisis en las palabras citadas del escritor cubano es hacer depender de un hombre esta maquinaria de control.


Es cierto que la muerte de Fidel Castro sacará a flote una serie de expectativas —por parte de la población y de la dirigencia alta y media del país— que por muchos años se han mantenido a la espera.


Pero no hay que ilusionarse pensado que éstas se canalicen de inmediato, en una exigencia de un cambio total de la situación imperante en la Isla.
En primer lugar porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.


En los meses que seguirán a la muerte de Fidel Castro, las expectaciones de un cambio en la población se encaminarán fundamentalmente a mejoras en el poder adquisitivo, y por lo tanto del nivel de vida. Estas pueden obtenerse sin poder en peligro el engranaje que permite sobrevivir a la cúpula gobernante.


Por otra parte, la alternativa que enfrentarán los cubanos en un primer momento no será entre la libertad y la represión, sino entre el caos y la represión. En la medida en que un gobierno de Raúl Castro logre impedir el caos, permitir ciertos cambios económicos que no afecten su poder —e incluso atemperar la carga ideológica— y mejorar las condiciones de vida, tiene garantizada su permanencia como un gobierno de sucesión/transición, que durante un tiempo aún por determinar servirá de puente al verdadero proceso de transición.


No es un panorama alentador para quienes deseamos ver una Cuba democrática, pero creo que carece de sentido fundamentar las esperanzas en conceptos trillados y palabras fáciles.