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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Suspicacias ante un spot televisivo de la televisión cubana

 

Sin dudas alguien intenta confundirnos y hasta trocarnos en culpables de nuestro “destino trágico”

 

Ernesto Pérez Chang, en Cubanet

 

LA HABANA, Cuba.- La mujer compra una libra de frijoles, pero comete el error de hacerlo en el quiosco de una joven vendedora del sector privado. De inmediato la señora se reconoce estafada y entonces acude a la honestidad de un viejo bodeguero del sector estatal para que le compruebe la mercancía. Este, con una sonrisa que representaría la profunda bondad de un sistema, le advierte que ha sido víctima de un robo. Así, la justicia interviene con la severidad de una inspectora, por supuesto que estatal, quien descubre y castiga a la cuentapropista ladrona.

 

La historia, maniquea hasta el delirio, pertenece a un spot de RTV Comercial, emitido por el Canal Educativo 2 de la Televisión Cubana, y tiene el “mérito” de difundir y reiterar más de un mensaje subliminal dirigido a una audiencia que, aunque hoy es menos dócil y crédula que ayer, continúa ávida de una explicación sobre por qué las cosas cada día van de mal en peor cuando se suponía que, en una década de “cambios económicos” y “nuevas mentalidades”, la mano dura de Raúl Castro llegaría a poner orden en el caos que heredó del hermano.

 

A sabiendas de lo que sucede en una realidad mucho más compleja que un duelo entre buenos y malos frente a una balanza trucada en el chinchal del barrio, el anuncio provoca más risa que reflexión, pero no es precisamente algo para divertir sino más bien para temer.

 

El spot se vale de códigos extraídos del más rancio discurso oficialista donde lo privado, lo individual y lo independiente no son complementos positivos y dinamizadores de lo social sino entidades adversas y, por tanto, condenadas de antemano a permanecer bajo sospecha o ser eliminadas.

 

Así, el anuncio concluye con la clausura del negocio particular. El chiringuito, vacío, queda congelado al fondo del mercado, mientras sobre la imagen última, como esquela mortuoria, aparece una frase de Cicerón acerca de la honradez.

 

Si reparamos en que la “malvada” y “ladrona” cuentapropista es una joven de mirada esquiva, que contrasta en su actitud con la generosidad de un anciano trabajador estatal, no será difícil intuir las verdaderas intenciones de una narración compuesta por los principales tópicos de cierta corriente del discurso oficialista, esa que intenta enmascarar los fracasos políticos y económicos erigiendo culpables entre las propias víctimas y convirtiendo en causa lo que sin dudas son los efectos de estrategias fallidas.

 

A la luz de ese torcido concepto, el robo y la corrupción registrados en la base de la pirámide económica cubana, lejos de ser la consecuencia y el reflejo de eventos y fenómenos que acontecen en la cima, serían la raíz de nuestros males, agravados por un embargo económico que si, por una parte, no es justo negar sus efectos, por la otra deja muchas dudas entre los cubanos que no acaban de entender por qué no es posible importar un fármaco antineoplásico o cuerdas de violín mientras las grúas descargan en el puerto cientos de contenedores con cerámicas, vidrierías, platerías y demás componentes para el exquisito mobiliario de un hotel de lujo o una “casa de protocolo”.

 

¿Y en qué equipaje llegan y con qué dinero se compran las piezas Polo, Lacoste, Tommy y Adidas de nuestros “cuadros de dirección” que, más allá del buen o mal gusto que connoten o del precio que cuesten, contradicen la normativa de sustituir importaciones proclamada por ellos mismos, además de mostrar desprecio si no bien por los buenos sastres y costureras que tenemos en Cuba, entonces por las producciones textiles de una industria estatal necesitada de un buen espaldarazo?

 

¿Por qué los médicos cubanos distribuyen medicamentos de manera gratuita en los barrios de Caracas mientras en las farmacias de Cuba los anaqueles permanecen vacíos o el precio de un antibiótico, cuando lo hay, ocupa cerca del 10 por ciento de la pensión de un jubilado?

 

¿Por qué a algunos “revolucionarios” quejosos les preocupa más que en las tiendas no haya bolsas para llevar las compras que la desdicha cotidiana de cientos de miles de cubanos que jamás han podido hacer compras para llenar una jaba y un estómago vacíos?

 

¡Pues a rompernos la cabeza con esos enigmas! Y con tantos otros misterios de arriba que, en comparación con los atropellos de abajo, despertarían en nosotros la compasión por el bodeguero que nos roba las onzas de frijoles, la empleada que nos cobra unos centavos de más y hasta por el ratero que pilla nuestra ropa en la tendedera.