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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

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Mariela Castro, entre la langosta y la ejemplaridad en Cuba

 

Editorial, Ciber Cuba

 

Uno de los platos favoritos de Fidel Castro eran los espaguetis con langosta. A su sobrina, la parlamentaria del Partido Comunista de Cuba Mariela Castro, la hemos visto comiéndose una langosta de buen tallaje en La Habana, en compañía de la cantante española Pastora Soler y de la diputada socialista en la Asamblea de Madrid, Carla Antonelli.

 

Pastora Soler se puede comer lo que le dé gana y es difícil criticarla porque ella no se dedica a la política ni tiene lo que tiene porque le pagan con dinero público. Carla Antonelli puede hacerlo siempre que la foto no salga en la portada de La Razón y los votantes del Partido Popular de Madrid (conservadores) no vean cómo se lo pasa la socialista a lo grande en Cuba mientras una mujer de 65 años del madrileño barrio de Chamberí se lanzó por la ventana de un quinto piso para evitar el desahucio porque no tenía dinero para pagar el alquiler de su casa. Habría que ver qué opinan los militantes socialistas de la foto de Antonelli codo a codo con la heredera de la dictadura cubana y comiendo lo que no se permiten las familias medias españolas.

 

En La Habana la gente se las ve y se las desea para comprar comida; incluso el pan está en busca y captura y la diputada más mediática de Cuba, más que comer, desactiva una langosta con la que seguramente las madres cubanas habrían inventado comida para una semana y hasta les habría sobrado para croquetas si es que aparecen el aceite y la harina.

 

Estamos acostumbrados al discurso de la élite comunista cubana: haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago. Si a Mariela Castro la invitaron o no a comer langosta es lo de menos. Aquí hay un problema de ejemplaridad. Y no sólo.

 

¿Estaba Mariela Castro en una paladar autorizada a vender langostas en su carta habitual o en una casa particular con langostas compradas en el mercado negro? Porque si estuviéramos hablando del segundo caso, entonces tenemos a una diputada de la Asamblea Nacional del Poder Popular, pillada en plena faena mientras se traga un delito.

 

Los cubanos estamos hartos de que los comunistas nos den lecciones de moral. Lo mismo nos encontramos al embajador de Cuba en España luciendo un Rolex que a Miguel Díaz-Canel viajando con su mujer y su hijastro por medio mundo. La ejemplaridad en Cuba hace aguas, pero no de ahora: de siempre.

 

Los dirigentes cubanos lo primero que hacen cuando tocan el poder es ganar peso. Todos (y todas) llevan kilos de grasa pegado al abdomen. Comen en las casas de visita y de protocolo como si no hubiera un mañana, mientras los cubanos de a pie, los que ganan 30 CUC al mes de media (y con mucha suerte) tienen que recorrer de arriba a abajo las tiendas en busca de perros calientes y pollo congelado.

 

Eso es lo que conoce la generación más joven de cubanos. Habría que preguntarles a ellos qué les parece la cena con langosta de Mariela Castro. A ver si ellos entienden que la hija del primer secretario del Partido Comunista de Cuba comparta un manjar con sus amigos, un día cualquiera en La Habana.

 

El proyecto de reforma de la Constitución suprimió la utópica intención de poner como meta para los cubanos llegar a una sociedad comunista. No hay que ser muy listo para entender por qué son los propios comunistas los que renuncian a su hipotético edén, manteniendo la contradicción de conceder más poderes al Partido Comunista.

 

Más que comunistas siempre han sido farsantes. Llevan un burgués metido dentro. Viven en Cuba, pero no como los cubanos. Intentan disimularlo y se les sale. No pueden ni siquiera mantener el personaje que han creado para las cámaras.

 

La foto de Mariela Castro comiendo langosta da vergüenza ajena. Y no sólo porque sea cubana, ni porque sea la hija de Raúl Castro  y Vilma Espín; ni siquiera porque sea la sobrina de Fidel Castro. Cualquier político honesto que represente a un país pobre y desabastecido debería renunciar al lujo. Y esto es justo lo que le flaquea a la izquierda cubana y a la internacional: la ejemplaridad. Entienden el poder como si fuera un violín: lo cogen con la izquierda y lo tocan con la derecha.