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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

La Navidad cubana recuperada en Miami

 

Alejandro Ríos, en El Nuevo Herald

 

Al borde de la cena de Noche Buena mi esposa descubre que faltan los chicharrones. Se acicala y parte para el mercado La Bodega, en pleno corazón de Sweetwater, donde fríen los mejores de Miami. El ajetreo es grande, se organiza una cola, pero el despacho es expedito.

 

También hay otros comestibles, lechón asado, yuca, tamales, arroz congrí y blanco, tostones, mariquitas de plátanos. La Bodega pertenece a unos cubanos hacendosos. No paran de producir alimentos y de satisfacer a su clientela.

 

Una señora le dice a mi esposa que está esperando que frían más chicharrones, pues los que se dispensan ahora no le parecen bien, son como muy grandes. Majaderías de consumidora bien servida.

 

La estampa pertenece a la isla que han reproducido los cubanos en Miami durante seis décadas, donde se salvan para la posteridad los platos de la cocina criolla, que el castrismo fue disipando con alevosía.

 

Recuerdo a la chef nacional por antonomasia, Nitza Villapol y su legendaria Cocina al minuto, libro antológico y programa de televisión homónimos, que fue decayendo por un barranco de inoperancia, cuando comenzó a especular sobre el picadillo de gofio y propuso el engendro de una tortilla de yogurt, entre otros modos de “resolver” las carencias.

 

En principio, la Navidad fue prohibida por ser una celebración religiosa, después quedó pospuesta por respeto a los cañeros que trataban, inútilmente, de lidiar con el fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar en 1970, otro desvarío castrista.

 

El vendaval se extendió por décadas, cortesía de un dictador cruel y voluntarioso que le dio por celebrar, durante las festividades tradicionales de diciembre, su triunfo turbulento del 1 de enero.

 

Ya no hubo Santa ni Reyes Magos y los magros juguetes se distribuyeron en el mes de julio, en conmemoración de otro chasco histórico, el asalto al cuartel Moncada.

 

Un legado siniestro, donde ahora mismo falta la harina, que se importa, como tantas otras materias primas, en un país que ha perdido la capacidad de producir bienes, y el socorrido “pan nuestro de cada día” no aparece, se ha esfumado y todos conformes, como esperando el milagro de la libertad que no acontece.

 

Ya hay cubanos que afirman que “con Fidel era mejor”. Así ocurrió cuando Stalin murió. El totalitarismo tiene mecanismos diabólicos para horadar el sentido común.

 

Los cubanos libres, invaden mediante fotos y videos los medios sociales, dispersos por el mundo, con sus celebraciones pantagruélicas. Las imágenes tienen una alegría contagiosa. Mucho orgullo sobre nuevas familias fundadas y tributos a los mayores que nos abrieron el camino o que fueron rescatados de la ignominia.

 

Es la prueba de una Cuba posible, laboriosa, admiradora de la grandeza y generosidad norteamericana y de la democracia en otras naciones, pero aferrada a sus tradiciones.

 

Mi hijo mayor parte a conocer Londres con mis nietos. Mi hijo menor regresa, con su novia, a la añorada Nueva York, donde fue de pequeño y lo hice devoto por siempre. Son premios merecidos que se conceden, luego de un año de trabajo incansable.

 

Me sobrecoge imaginarme que no les hubiera podido ofrecer otra vida menos plena, coartada y frustrada por los desatinos de una ideología abyecta.

 

En Cuba la válvula de escape de la emigración o de la fuga, se cierra paulatinamente mientras una nueva constitución socialista obligará a más de lo mismo, como pesadilla kafkiana sin fin.

 

Sesenta años de dictadura resulta ser un fardo difícil de sobrellevar. Hay días que el daño parece irreparable, pero en Miami nunca ha dejado de anidar la esperanza de la Cuba futura que todos merecen.