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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Impunidad, dinastía o castigo,

cómo terminan sus días los dictadores latinoamericanos

 

León Hernández, en El Nuevo Herald

 

La impunidad a sus crímenes de lesa humanidad acompañó a Fidel Castro hasta la tumba. El ex gobernante cubano, fallecido el pasado 25 de noviembre a los 90 años, no ha sido el único dictador latinoamericano que se mantuvo libre a pesar de sus crímenes, aunque muchos otros gobernantes autócratas de la región sí pagaron con cárcel o violencia las atrocidades cometidas.

 

En la cama y aún en ejercicio de la presidencia de Venezuela, falleció Hugo Chávez, debido al cáncer, a los 58 años de edad, el 5 de marzo de 2013.

 

“La principal diferencia con la muerte de Fidel Castro es que Chávez no preparó la transición, no generó un sistema completo, como sí lo hizo el líder de La Habana, para que la misma élite se perpetuara en el poder. Tampoco pudo dejar a un familiar al mando. Esa es una notable diferencia, la capacidad de Castro de haber establecido un sistema que se adapta, se moderniza, para mantenerse en el tiempo”, señaló el historiador venezolano Tomás Straka.

 

“En el caso de Cuba, Fidel Castro deja el poder en el 2006 y comienza un proceso de sucesión que se consolidó a través de 10 años, donde Raúl realmente gobernaba el país”, destaca Frank O. Mora, director del Kimberly Green Latin American and Caribbean Center. “A pesar de que Fidel estaba vivo, habíamos entrado en la era post Fidel hace años. Su influencia había disminuido; su salud, también, a la misma velocidad. El impacto de la muerte de Fidel sobre el sistema político, como existe actualmente en Cuba, es realmente mínimo. En el caso de Venezuela, Chávez muere no por edad, sino por enfermedad. Murió relativamente rápido, no dejó un sistema realmente consolidado que pudiera superar o ir más allá de la muerte del líder. Cuando Maduro toma el poder la situación se deteriora realmente mucho más rápido. Al desaparecer el caudillo, y quizá aquí Fidel es la única excepción, el régimen empieza a debilitarse”.

 

No obstante, algo común, hasta el presente en ambos regímenes -el cubano y el venezolano- es que la muerte no acabó con la administración de los aliados que impusieron Castro y Chávez y que la impunidad se mantuvo hasta trascender a la continuidad póstuma de su voluntad y al hallazgo de cómplices en la comunidad internacional, que avalan su legado, sin importar las continuas violaciones de derechos humanos de sus sucesores, Nicolás Maduro y Raúl Castro, responsables de severas crisis económicas y sociales en sus respectivas naciones.

 

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, es buen ejemplo del galope del mito de Fidel Castro, por encima del sufrimiento de sus víctimas. Calificó a Castro como un líder que sirvió a su país por casi medio siglo, con significativos aportes en materia educativa y de salud.

 

“Sé que mi padre estuvo orgulloso por llamarlo amigo y tuve la oportunidad de conocerlo cuando mi padre falleció. Fue un honor reunirme con sus tres hijos y su hermano, el presidente Raúl Castro, durante mi reciente visita a Cuba”, señaló Trudeau en un comunicado.

 

Pero académicos estiman que la impunidad no acompañará a Chávez ni a Fidel en el juicio póstumo de la historia: “La historia no va a absolver a Fidel Castro, cuando hay historiadores y periodistas que van a narrar abiertamente lo que es el legado de Castro. No va a pasar mañana, pero lo veremos, creo que no dentro de mucho tiempo”, destaca Mora. “Con Chávez igual. No conozco a nadie que crea en los inventos de Chávez y de Maduro. Ni siquiera los que los apoyan. Diría que la historia va a ser incluso más cruel con Chávez. Todos los papeles y las pruebas van a salir y será indudable de que Chávez fue protagonista de un régimen autoritario que destruyó y empobreció al país y mantuvo al pueblo intimidado, destruyendo las instituciones. La historia no va a absolver ni a Fidel ni a Chávez”.

 

No obstante, el ex gobernante cubano no parece, a juicio de analistas, emular la institucionalización de una monarquía socialista, como sí ocurre en Corea del Norte, con la continuidad de abuelo-padre-hijo que ostenta hoy la tercera generación del mismo régimen en esa nación asiática, encarnada por Kim Jong-un.

 

“El caso de Corea del Norte es fundamentalmente una dinastía familiar. No creo realmente que eso vaya a ocurrir en Cuba. Creo que cuando Raúl ya no esté en el escenario, por la importancia de la biología, el poder no reposará necesariamente en una persona. Sostengo que las fuerzas armadas van a ser realmente el poder detrás del trono en Cuba. Claro, habrá una persona, no sé si Miguel Díaz-Canel (Primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba) u otros que van a tener cierta influencia, pero el poder va a estar en manos de aquellos que tienen intereses económicos y la fuerza armada es un sector importante. No veo esa sucesión dinástica”, indicó Mora, descartando que el hijo de Raúl Castro, Alejandro, tome las riendas de la isla, una vez culmine el mandato del hermano de Fidel.

 

La muerte encontró en su cama, también impune, a Alfredo Stroessner, cuya dictadura se extendió por 35 años en Paraguay, entre el 15 de agosto de 1954 y 3 de febrero de 1989. Tras su derrocamiento, fue aprehendido solo por unos días y enviado al exilio en Brasil, donde murió de cáncer a los 93 años, el 16 de agosto de 2006. No pagó presidio por sus crímenes, entre los cuales se destaca haber participado en la llamada “Operación Cóndor”, con aliados en las dictaduras militares de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador y Uruguay.

 

Entre procesos judiciales los veas

 

Uno de los aliados de Stroessner no la tuvo fácil con la justicia, pero también murió sin cárcel. Augusto Pinochet, quien gobernó a Chile durante 27 años, entre 1973 y 1990, quedó bajo arresto domiciliario una semana en el 2005, salió en libertad bajo fianza; pero de nuevo sus familiares y él reciben nuevas acusaciones y es puesto en arresto domiciliario en noviembre de ese mismo año. Aunque no pisó la cárcel como convicto, la historia culminó al sobrevenirle un infarto el 10 de diciembre de 2006, cuando ya contaba con una orden de aprehensión y cientos de denuncias por violaciones a derechos humanos.

 

Los venezolanos están entre los pioneros en América Latina en juzgar a sus dictadores a través de procesos judiciales, tras su derrocamiento, según destaca el historiador Straka. El general Marcos Pérez Jiménez ascendió al poder a los 34 años, en 1948, con un golpe de Estado -sin balas- a quien había sido el primer presidente electo en esa nación, Rómulo Gallegos, teniendo como aliado al propio ministro de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud, quien primero asumió el mando de la junta de gobierno militar. Pero en un altercado personal, un enemigo de Chalbaud, Rafael Simón Urbina, le da muerte y queda al mando Pérez, el hombre fuerte del régimen. Urbina es uno de los muertos de Pérez Jiménez, según el propio tirano lo confesaría en su exilio.

 

Tras el golpe de Estado de 1958, se erige en Venezuela un gobierno democrático encabezado por Rómulo Betancourt. En 1959, el socialdemócrata solicita a Estados Unidos la extradición de Pérez Jiménez, quien disfrutaba la fortuna habida con dineros públicos en Miami.

 

“Andaba en un Mercedes Benz deportivo. Tenía uno de esos que se le abrían las puertas hacia arriba, plateado, de dos plazas”, acota Carlos Martínez Barraqué, escritor y columnista, sobre Pérez Jiménez. “Se movía mucho por Miami. Tenía una mansión muy linda en Miami Beach, donde se daban unas fiestas espectaculares en los años 1961, 1962. Vivía como un príncipe aquí, hasta que el gobierno de John Kennedy lo extradita en 1963”.

 

Pérez Jiménez permaneció encarcelado cinco años, tras los cuales salió en libertad y se exilió en España en 1968, luego de intentos fallidos de reinsertarse en la vida política venezolana. Murió en 2001, a la sombra de los crímenes más atroces, pues se le condenó únicamente por peculado y malversación de fondos. Aún le alcanzaron los recursos para construir en La Moraleja, una exclusiva localidad madrileña, una mansión con un búnker, con 3,000 metros cuadrados de construcción.

 

También los dictadores argentinos ocuparon celdas u órdenes de presidio por sus crímenes. Uno de ellos, Jorge Rafael Videla, perpetrador de crímenes de lesa humanidad entre 1976 y 1981, fue juzgado y condenado a cadena perpetua en 1983, indultado en 1990, devuelto a la cárcel por 38 días en 1990, tras lo cual le concedieron el beneficio de arresto domiciliario. En 2008 perdió la prerrogativa y fue llevado a prisión. El 17 de mayo de 2013 fue encontrado muerto en el baño del penal de Marcos Paz, pasando a la historia como uno de los pocos dictadores del siglo XX que murió en prisión.

 

La muerte como castigo

 

En el otro extremo al caso del extinto Fidel Castro, quien falleció en el lecho de su hogar, figura el caso del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo, quien, a fuerza de balas, fue despojado del poder, con el empleo de la toma de la justicia por mano propia.

 

Carlos Martínez Barraqué fue escritor y columnista de The Miami Herald desde el 1961 hasta 1969. Cubrió el ajusticiamiento de Trujillo, dictador que gobernó con crueldad esa nación desde 1930 hasta su asesinato el 30 de mayo de 1961. Hace 53 años entrevistó a Antonio Imbert Barreras, uno de los participantes en el complot que dio muerte al tirano, tras lo cual fue declarado héroe nacional.

 

Coincidencialmente, Imbert vivió lo suficiente para sobrevivir a Trujillo 55 años, y casi para ver morir a Fidel Castro, pues falleció el 31 de mayo de 2016. Había sido amigo de Trujillo, quien le dio varios cargos. “Me contó que cuando lo tuvo de frente, en la carretera donde le bloquearon el paso a un Chevrolet 57, donde iba Trujillo con su chofer, cuando Trujillo salió del carro a defenderse con su revólver, a él le causó muy mala impresión porque habían sido amigos, pero así y todo, puso el honor del país y de la Patria y de él por encima y le disparó. Trujillo también le disparó varias veces, le rozó la cara. Eliminó al amigo y salvó al país”.

 

El magnicidio fue considerado un acto de valor en ese entonces, pues la muerte de Trujillo puso fin a una larga cadena de asesinatos y violaciones a los derechos humanos, en la considerada una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX, al dejar saldo estimado de 50,000 personas asesinadas.

 

Pero no es el único que no ha muerto por razones biológicas en la comodidad de su cama. El dictador nicaragüense Anastasio Somoza, quien condujo matanzas durante una guerra civil que se inició durante su régimen, con saldo estimado de 30,000 víctimas, fue asesinado por argentinos marxistas que no se conformaron con su salida del poder en 1979 y lo alcanzaron en el exilio en el Paraguay gobernado por el también autócrata y militar Alfredo Stroessner, en la entonces avenida Generalísimo Franco, -en alusión al dictador español y que luego fue bautizada como avenida España. Le dispararon con fusiles de asalto, rematando la destrucción de su cuerpo y de la limusina Mercedes Benz con la cual se desplazaba, empleando un lanzacohetes, en 1980. La fortuna que dejó fue estimada entre los $1,000 y $6,000 millones.

 

Ha habido otros, con procesos de transición distinto, con legados distintos, en otras naciones latinoamericanas, que no se citan por razones de espacio. Pero en suma, vemos que los dictadores de la región, en su momento encumbrados en tiranías largas y respaldados de la mentira, al final, como lo señalan los analistas, pasan a la historia sin pena ni glorias, encontrando, a pesar de la impunidad que algunos gozaron en vida, el repudio y la mirada global a sus atrocidades reveladas, para vergüenza de sus fanáticos y aduladores.