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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Fidel Castro, el romance de la prensa y la imagen del comandante Playboy

 

Sarah Moreno, en El Nuevo Herald

 

Desde que en 1957 el reportero de The New York Times Herbert Matthews le dijo al mundo que Fidel Castro estaba vivo y peleando en la Sierra Maestra, la prensa norteamericana presentó un variado repertorio de imágenes sobre Castro, que se fueron transformando a medida que la actitud del gobernante cubano, la situación política mundial y las relaciones entre Estados Unidos y Cuba cambiaban.

 

Un Robin Hood, un revolucionario rebelde, un padre hogareño, Latin lover, un “monstruo” torturador, todo eso fue Castro en diferentes publicaciones estadounidenses, desde las más prestigiosas como The New York Times hasta las revistas de entretenimiento para hombres como Playboy y los tabloides de chismes.

 

En Fidel Castro. El comandante Playboy. Sexo, revolución y Guerra Fría, el historiador, ensayista e investigador Abel Sierra Madero (Matanzas, 1976) recoge esas imágenes de Castro, quien con su astucia mediática supo aprovechar la adoración que le profesaron muchos intelectuales de izquierda para manipular a los medios.

 

Convertido en una celebridad, Castro compartió titulares y fotos junto a estrellas de cine o a las conejitas de Playboy de turno en las numerosas entrevistas que le hizo la revista de Hugh Hefner, quien llegó a decir que Cuba y Castro eran la misma cosa.

 

“Fidel Castro fue una gran invención, una fantasía que respondió a intereses y necesidades muy específicas, tanto en Cuba como en Estados Unidos, también en los sectores intelectuales europeos. Fidel es un producto de la Guerra Fría. Fuera de ese contexto, es un personaje bastante anacrónico. Sin embargo, en torno a su figura se construyó una imagen tan poderosa que para muchos, ajenos por completo al drama cubano, Castro y Cuba eran prácticamente lo mismo”, dice Sierra Madero.

 

El historiador, que presenta su libro el 6 de julio en Books and Books de Coral Gables, retoma algunas frases memorables de la intelectualidad norteamericana para explicar por qué Castro encajó tan perfectamente en la imagen que los estadounidenses tenían de un revolucionario.

 

El escritor Norman Mailer dijo que Castro era como si “el fantasma de Hernán Cortés hubiera aparecido en nuestro siglo montado en el caballo de Emiliano Zapata”. Y el periodista John P. Wallach, quien trató de explicar el atractivo que ofrecía Castro sobre todo para los jóvenes, reconoció: “Hay que decir que si Fidel Castro no hubiera existido, lo hubiéramos tenido que inventar. El hecho es ese, que lo inventamos”.

 

Sierra Madero enfatiza como “este tipo de distorsiones y simplificaciones tuvieron serias consecuencias, porque Cuba, una noción más abarcadora y compleja, terminó asociándose con un hombre y con la revolución.

 

“Fidel se convirtió en la gran atracción de ese parque temático, de ese Disneyland socialista que él mismo creó para satisfacer las necesidades de turistas ideológicos y millones de personas, a las que muy poco les importó el autoritarismo, la represión, la pobreza o la falta de libertades de los cubanos”, apunta.

 

El activista político Abbie Hoffman, fundador del Youth International Party, llegó a comparar a Castro con un pene.

 

“Esa asociación fálica tiene que ver con la fascinación que producen en sectores intelectuales y de la cultura global, los dictadores de izquierda”, precisa Sierra Madero, quien reside en Miami.

 

“Estos proyectan un nacionalismo populista y sus políticas descansan fundamentalmente en el enfrentamiento con Estados Unidos. La frustración que les genera el sistema capitalista y las libertades de las que gozan, llevó a cierta izquierda a involucrarse en una relación de tipo religiosa y también erógena, con dictadores de la naturaleza de Castro o de Hugo Chávez. Fidel se erigió sobre la base de un erotismo ideológico y fue percibido como una figura impenetrable -sexualmente hablando- del imperialismo norteamericano”.

 

En la producción de estas fantasías también participó la propaganda revolucionaria, que supo sacar provecho de este tipo de narrativas, señala el historiador.

 

Desde el comienzo del castrismo se difundieron imágenes en las que se veía a mujeres que buscaban tocar al líder recién bajado de la Sierra Maestra, un cristo barbado, cuyo atractivo causaba desmayos entre las seguidoras.

 

Por su parte, Castro quiso exportar una imagen hermética de soltero vestido de verde oliva y sin compromisos, lo que el historiador califica como fundamental para asentar su imagen de Latin lover.

 

Aunque desde los años 1980 se dice que estaba casado con Dalia Soto del Valle, su vida privada nunca se dio a conocer ni para los cubanos. Tampoco en el exterior donde asistió siempre a los eventos sin la presencia de una Primera Dama.

 

En su análisis de la evolución de la imagen de Castro, Sierra Madero señala que este fue primero pintado como un rebelde o un bad boy a lo James Dean o Elvis Presley, y hasta como un padre en pijamas junto a su hijo Fidelito y un perro, como lo presentó el periodista Edward Murrow para CBS en 1959.

 

“Ese momento es significativo, porque Fidel, en un inglés muy malo, le dijo al periodista que solo se cortaría la barba después de haber cumplido la promesa del buen gobierno. Ya se sabe lo que pasó”, apunta Sierra Madero.

 

Asimismo, con la escalada de fusilamientos y las confiscaciones a compañías norteamericanas, comienza a deteriorarse la imagen de Castro, que ya convertido en aliado del principal enemigo de Estados Unidos, la Unión Soviética, es representado por las tabloides que venden millones de ejemplares como “un eunuco, un drogadicto, un ninfómano, pervertido e hipersexual o un violador atroz”, agrega Sierra Madero.

 

También Castro es personaje de historieta y blanco frecuente de las burlas de caricaturistas, que lo dibujan como una cabra, junto a Nikita Jrushchov, a quien le ponen cara de puerco.

 

“Durante la Guerra Fría las historietas y los cómics tuvieron un papel fundamental en la difusión masiva de los miedos y las fantasías de la cultura popular estadounidense. Uno de esos miedos era el comunismo. Los dibujantes más reconocidos ponían a sus héroes a combatir a los “rojos” y espías de los países de la cortina de hierro”, explica Sierra Madero.

 

Quizás las representaciones más extremas del caudillo cubano se producen en revistillas sensacionalistas del género pulp en las que Castro aparece torturando a sensuales mujeres semidesnudas, e incluso se le vincula con el bondage y las crueldades del nazismo.

 

“Las tramas de pulp fiction trataron de analogar el nazismo con la Revolución cubana y el comunismo. De este modo, Fidel Castro hizo su entrada en uno de los géneros más sórdidos y violentos de la imaginería porno: el bondage. En un sentido sexual, el bondage está ligado a prácticas masoquistas y se basa en esclavizar y someter. En el libro hay una mirada a este mundo perverso”, adelanta el historiador.

 

Por otra parte, mientras Castro daba entrevistas a Playboy, y se mostraba como “un dictador más dialogante y mesurado que reconocía la censura, la existencia de presos políticos, entre otras cuestiones de las que no hablaba en Cuba”, señala Sierra Madero, “los cubanos no tenían ni idea de que aquel hombre que hablaba de la pornografía como una lacra del capitalismo y se presentaba como una entidad moral, ofrecía entrevistas a la publicación de entretenimiento para adultos más importante del mundo”.

 

La represión a los intelectuales cubanos, que se desató con la censura al cortometraje P.M. (1961), que reflejaba la diversión en la noche habanera, es una de esas grandes hipocresías de un gobernante que mostraba una imagen diferente dentro y fuera de la isla.

Para muchos en el mundo occidental, Castro fue el gran estratega, el líder que se enfrentó a Estados Unidos y logró sobrevivir a 11 presidentes. Para los cubanos, no es sino el gran responsable de toda esta tragedia, concluye Sierra Madero.