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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

En Cuba no mandan los militares

 

El día en que la Revolución se pudo ir a bolina

 

Alexis Jardines Chacón, en Cubanet

 

“Mi gran preocupación es que en el extranjero, donde esta Revolución es la admiración del mundo entero, no tenga que decirse dentro de tres semanas […] o una semana, que aquí se volvió a derramar sangre cubana para consolidar esta Revolución”. (Fidel Castro, Discurso en el Cuartel Columbia, 8 de Enero de 1959)

 

MIAMI, Estados Unidos.- Voy a contar un episodio conocido por muy pocas personas en Cuba y, tal vez, fuera de ella. En los primeros días del triunfo de la llamada Revolución, un numeroso grupo de los llamados combatientes del Ejército Rebelde decidió apoderarse de varias mansiones en la zona del Laguito. Estaban convencidos de que si ellos -los que habían hecho la Revolución- habían arriesgado el pellejo y habían salido vencedores de la contienda, pues tenían todo el derecho de participar del reparto del botín.

 

La felicidad de estos combatientes duró bien poco porque la mayor ave de rapiña, Fidel Castro, dio la orden de desalojarlos (como quedó claro más adelante, él -que se instaló inicialmente en el hotel Habana Hilton- también le había echado el ojo a aquella paradisiaca zona). Al conocer la orden de Fidel los rebeldes, armados hasta los dientes, decidieron resistir a tiro limpio. Llegaron a emplazar ametralladoras en las ventanas de las residencias y, parapetados, se dispusieron a ripostar cualquier intento de desalojo. La tensión fue grande durante varios días y el rifirrafe se solucionó por la intervención mediadora de Celia Sánchez. Los rebeldes -ignoro si todos- fueron reubicados en muy buenas casas por otros repartos (como Altahabana, Nuevo Vedado, Miramar, etc.) que igualmente harían alucinar a aquellos guajiritos venidos de la zona oriental del país. Hasta aquí manejé un testimonio de quien estuviera involucrado en los sucesos. La narración aporta un dato más sobre la tirantez de aquellos primeros días reflejada en el discurso de Fidel Castro del 8 de Enero en el Cuartel Columbia. Recuérdese que fue Camilo el primero en llegar a La Habana y el que tomó la ciudad y plantó el Estado Mayor del Ejército Rebelde, del cual era jefe, en ese mismo cuartel.

 

Por cierto, hace unos años se corrió un rumor sobre la frase de Fidel Castro en ese discurso dirigida a Camilo. Supongo que el primero en querer adulterarla haya sido el propio Raúl Castro, pues de la nada surgió una extraña interpretación que sustituía el “¿Voy bien, Camilo?” por el “¿Se oye bien, Camilo?”. Solo piensen en esto: ¿Qué demonios iba a escuchar Camilo que no escuchara Fidel si Camilo estaba trepado con él en la misma tribuna (personal) casi encaramado encima del Comandante y delante de los mismos micrófonos? Y digo más: la pregunta fue exactamente “¿Voy bien, Camilo?” y, para que se enteren, Camilo ni siquiera le respondió. En Cuba la gente asume que Camilo contestó con un “Vas bien, Fidel”, pero nunca hubo tal respuesta y puede verificarse en la versión taquigráfica que guarda el régimen de ese discurso.

 

Cuando Raúl Castro reveló al cabo de medio siglo que la arrestada frase de aquél primer combate en Alegría de Pío, tras el desembarco rebelde, a saber, “Aquí no se rinde nadie, cojones” le pertenecía a Almeida y no a Camilo Cienfuegos, siempre me pregunté: ¿y por qué lo dice precisamente ahora, al cabo de tantos y tantos años? ¿Por qué mantuvo engañado al pueblo? ¿Por qué permitió que ese error se reprodujera en la historia de la Revolución y en los libros de textos de las escuelas primarias? La única respuesta que me puedo dar es: no me lo creo. ¿Cómo habría de hacerlo si semejante sutileza venía justo del hombre que mató al que el Ché Guevara -otro carnicero de la cúpula rebelde, de quien más adelante los hermanos Castro también se deshicieran- caracterizó como “el más brillante de todos los guerrilleros”? ¿No fue acaso Raúl el que le dio el golpe de Estado en vida a Camilo al constituir las FAR y disolver, con la anuencia de Fidel, el Ejército Rebelde?

 

Ya todo ello se veía venir con la tardía entrada de Fidel a La Habana. El discurso del 8 de Enero en Columbia tenía un doble propósito: enfrentar el pueblo a los propios rebeldes y lograr así la aprobación del pueblo para desarmarlos. En ese nuevo escenario del binomio sagrado Pueblo-Revolución, no cabía ya el Ejército Rebelde. Ni siquiera las FAR, aquél sería en lo adelante el idílico reino de Fidel Castro:

 

Y por mi parte les digo que como al que quiero mandar es al pueblo, porque es la mejor tropa (recuérdese que el comandante rebelde más admirado por el pueblo habanero no era ni siquiera Fidel, sino, justamente, Camilo Cienfuegos - A. J.) y que prefiero al pueblo que a todas las columnas armadas juntas, les digo que lo primero que haré siempre, cuando vea en peligro la Revolución, es llamar al pueblo” (Discurso del 8 de Enero de 1959 en el Cuartel Columbia)

 

Fidel Castro justificó su cacería de armas alegando que una “determinada organización” se había llevado dos días antes un botín del cuartel de San Antonio y se preguntaba “armas, para qué?”. El proceso de recogida de armas a civiles y rebeldes fue largo, pero finalmente el cubano quedó totalmente indefenso ante el poder desmedido del Comandante en Jefe.

 

¿Las FAR, el MININT, o los hermanos Castro?

 

En 1968, ya muertos Camilo y el Che Guevara -protagonistas de la invasión que acarreara la derrota definitiva del gobierno de Batista-, se cerró el último negocito privado en la isla y quedó el terreno abonado para que en un futuro no lejano el “mariscal” Raúl Castro sovietizara las Fuerzas Armadas y, con ellas, a toda Cuba. Sin embargo, tras décadas de regocijo soviético -y ya sin la competencia de Camilo y el Che- el autoascendido general de cuatro estrellas se vio de nuevo relegado a la sombra. El campo socialista se vino abajo y el subsidio soviético tocó su fin.

 

Las FAR se convirtieron en algo incosteable para la deprimida economía cubana. Y mientras Raúl ideaba estupideces agroalimentarias y enviaba reclutas a trabajar en el campo, el Ministerio del Interior, su ministro José Abrantes Fernández y el Departamento MC se convirtieron en los salvadores de la Revolución. Por aquellos años, un oficial en activo de las Tropas Especiales del MININT me dijo que el único que tenía autorización para entrar en Punto Cero y despertar a Fidel a la hora que fuera era el ministro Abrantes. “Ni siquiera Raúl”, me aclaró. Y ya que hablo de eso, un coronel (retirado) de la Inteligencia me contó al detalle en Cuba cómo y quién había ultimado a balazos (mientras dormía en Columbia) al Comandante Cristino Naranjo por estar éste convencido del asesinato de Camilo, haberlo manifestado en público y andar averiguando sobre el particular. Lo curioso es que yo no conocía al coronel. Él me vio en plena calle diciendo en voz alta que a Camilo lo habían asesinado y cuando se disipó un pequeño grupo de curiosos se me acercó, se identificó y me narró el suceso cerrando con broche de oro: “Si dices que yo te lo conté te voy a desmentir”. Ya en el exilio pude verificar íntegramente y con una fuente fidedigna su relato.

 

El Ministerio del Interior se había convertido en una moda entre los revolucionarios, sobre todo los jóvenes. Y el pertenecer al MININT, en un estilo de vida: dólares, buena bebida, comida, lugares de recreación y esparcimiento exclusivo para sus miembros (Mabi, La Hiedra, etc.), carros, armas (¡made in USA!) Toda La Habana sabía, o tal vez Cuba entera, que un teniente del MININT tenía más poder y recursos que un coronel de las FAR.

 

Fue entonces cuando el receloso, mediocre y disminuido hermano atacó de nuevo. Se inventó la Causa 1 para inculpar al más brillante, exitoso y probado general de las Fuerzas Armadas: el Héroe de la República de Cuba, General de división Arnaldo Ochoa Sánchez, jefe del Ejército Occidental (el más importante de los tres de las FAR) cuyos soldados, según se comentaba en La Habana, sentían verdadera devoción por su jefe.

 

Hasta ahora la versión más plausible sobre las causas del asesinato de Ochoa es su simpatía manifiesta por la Perestroika soviética, el reconocimiento explícito de la necesidad de cambios en Cuba y, no menos importante, el hecho que Mijaíl Gorbachov se hubiera reunido en privado con él (no con Fidel ni Raúl) y hubieran mantenido la conversación en idioma ruso, es decir, sin intermediarios. Para los Castro esto fue un verdadero ultraje y la confirmación de la razón de su paranoia.

 

En cuanto a la gente del MININT implicada en las Causas 1 y 2, hay que decir que Abrantes, hombre joven, sano, practicante de deportes y asiduo al gimnasio fallece -según una práctica inventada por Lenin- producto de un infarto provocado justo a los dos años de encierro en prisión.

 

Creo recordar que fue por aquellos convulsos años que tuvo lugar el inaudito suceso de la muerte de otro de los ídolos de las anteriormente mencionadas Tropas Especiales del MININT. Esta unidad, la 20270 (Veinte-dos-Setenta, así lo leían los troperos), radicaba en Jaimanitas y estaba subordinada directamente al Comandante en jefe Fidel Castro. Uno de sus más legendarios miembros, un hombre-rana llamado Eladio, era el jefe de la escolta acuática de Fidel. Entre las anécdotas que rodeaban a este personaje estaba el haber enfrentado con un cuchillo a un tiburón que intentó atacar al jefe de la Revolución. Tras ordenarle a su segundo, Calimerio, que retirara del agua al Comandante, Eladio mató al tiburón, pero salió a flote con un brazo pendiendo de los tendones. Cuento esto por una sola razón: Eladio terminó sus días ingresado en Marín (la clínica psiquiátrica del MININT). Ellos (¿quiénes?) corrieron el rumor que el mítico buzo andaba diciendo que mataría al Comandante y lo encerraron por loco. Un guardia cuidaba de él las 24 horas en un cuarto de la clínica. Tras unos días de encierro Eladio se suicidó. La explicación que le dieron a los troperos fue que su valiente compañero se metió en el baño y se ahorcó con los cordones de los zapatos (tenis). Y uno se pregunta: a qué loco o prisionero se le dejan los cordones en los zapatos? Lo cierto es que de la Dirección General de Operaciones Especiales (DGOE), o, como se conocía más popularmente, Tropas, no queda ni el recuerdo, y en su lugar surgieron las Tropas Especiales de las FAR.

 

Raúl no solo desmanteló el MININT, sino que se apropió de su estilo de trabajo y de las estructuras y canales creados, cuyos orígenes estaban en el Departamento MC que dirigía el coronel Tony de La Guardia. Por la vía del saqueo del MININT Raúl hizo de las vetustas, sovietizadas e ineficientes FAR el emporio económico que es hoy. Si en el caso Ochoa el motivo era la traición, en el caso de la gente del MININT la acusación fundamental fue el narcotráfico. Sin embargo, Raúl y Fidel estaban al tanto de los detalles del asunto y se hicieron de la vista gorda por lo jugoso del negocio. Desde esta perspectiva se entiende por qué solo Abrantes podía interrumpir el sueño de Fidel en Punto Cero.

 

No poca gente dentro del MININT (particularmente, dentro de la Dirección General de Seguridad Personal) sabía que en el Centro de Investigación Médico Quirúrgicas (CIMEQ) se almacenaban toneladas de cocaína provenientes del narcotráfico. De ellas nunca se habló en los juicios a estos militares que habían ganado, para la Revolución que los sacrificó, las batallas decisivas en lo económico y en lo propiamente militar. Mientras los condenaban a prisión y muerte, Fidel y Raúl hacían planes con toda aquella cocaína cuidadosamente conservada.

 

Y qué decir de esos soldados y oficiales (¿cientos, miles?) que hoy languidecen en cárceles militares aislados de resto del mundo y, en algunos casos, de su propia familia? A veces pienso que en el ejército cubano tiene que haber algún potencial de cambio. Hay una relación de proporcionalidad inversa entre la inteligencia y el castrismo: los más brutos son los más fieles, porque son también los más adoctrinables. Esto es axiomático, aunque toda regla tiene su excepción.

 

Así es que, a modo de saldo y sin pretender agotar todas las barbaridades cometidas por los hermanos Castro, tenemos:

 

  • Muerte y desaparición de los más destacados guerrilleros del Ejército Rebelde.
  • Extinción, de un plumazo, de todo un ejército (el Ejército Rebelde) y anulación de su jefe, el comandante Camilo Cienfuegos, que quedó privado hasta de su escolta personal por orden de Raúl Castro.
  • Desmantelamiento de todo un ministerio (el Ministerio del Interior) y apresamiento y muerte de su ministro.
  • Ejecución de altos oficiales, entre ellos los más exitosos, incluyendo -además de un ministro- a un jefe de ejército, primero condecorado con la orden de Héroe de la República de Cuba.

 

Para concluir este punto echemos un vistazo al más alto nivel, a fin de decantar el papel de los militares en el poder. Al Secretario de los Consejos de Estado y de Ministros (en teoría, un civil) es a quien le corresponde el cargo de Comandante en jefe. En tiempos de guerra se le subordina, incluso, la temible Comisión de Defensa y Seguridad Nacional, usualmente al mando del hijo de Raúl Castro, quien no manda por coronel, sino por primogénito del hombre más poderoso de Cuba, cuya autoridad, como veremos en una tercera y última entrega, no proviene de sus cuatro estrellas.

 

Entonces, ¿quién manda en el país?

 

A nivel de barrio, o antes bien, a nivel de cuadra, controla el CDR. En los centros de trabajo controla el Partido Comunista. Imaginen por un momento que se han disuelto el Partido y los Comités de Defensa de la Revolución. ¿Qué pasaría? Se termina el control y, posiblemente, el régimen se venga abajo. No son los militares los que desempeñan la función de contención y control. Incluso el Departamento 21 del MININT, cuyo objetivo son los opositores, no tendría a quién recurrir en busca de esa información que, casa por casa, le proporciona el CDR. Lo mismo puede decirse de todas las instituciones estatales, desde los ministerios hasta el más modesto chinchal, sin la presencia de los llamados núcleos del Partido. Y es el Partido, a fin de cuentas, quien controla también a los CDR a nivel municipal, provincial y nacional, puesto que solo los militantes del Partido pueden aspirar a cargos de tal magnitud.

 

Por último, el artículo 5 de la Constitución de la República de Cuba deja claro que el Partido “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Pídanle a Raúl que en lugar de dejar La presidencia de Cuba (es decir, la jefatura del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros) deje en manos de otro el cargo de Primer Secretario del PCC y veremos qué contesta. Es obvio que si mantiene el control del Partido, mantiene el poder.

 

Veamos, pues, cuáles serían los posibles movimientos del régimen de La Habana tras la nueva política hacia Cuba del presidente Donald Trump. Esto nos hará preguntarnos de nuevo por el lugar de los militares en todo este entuerto.

 

Escenario 1

 

Consiste en la depresión deliberada del sector privado. Es este un escenario diseñado para el exterior y tiene como objetivo culpar a Trump de las penurias del país y recabar apoyo internacional para el levantamiento del embargo. En realidad se trata de algo que ya ha sido anunciado por el canciller cubano y no pasa de ser más de lo mismo. Las vías para llevarlo a efecto ya las conocemos: grupos de presión (sobre todo en los Estados Unidos), cabildeo en organizaciones internacionales, componendas con los gobiernos de la región, etc.

 

Escenario 2

 

Aquí hay que traer a colación las partes más visibles de la política de Trump hacia Cuba:

 

  • Firma del Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el fortalecimiento de la política de los Estados Unidos hacia Cuba.
  • Derogación de la Directiva Presidencial de Obama “Normalización de las Relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

 

¿A qué conducen directamente estas dos acciones de Trump? Recordemos los Lineamientos del VI Congreso del PCC, que son el reconocimiento tácito del fracaso irreversible de la economía no ya fidelista, sino raulista. ¿Para qué se inventaron las reformas? Para obtener a toda costa liquidez. Pero, precisamente, Trump apunta con su política a una reducción significativa del turismo y a la eliminación del comercio entre las compañías norteamericanas y las empresas vinculadas a las FAR y al MININT (en este último caso, se trata de los órganos de Seguridad e Inteligencia). Naturalmente, ambas cosas se implican y entrañan una drástica reducción de liquidez para el Gobierno cubano.

 

Sin embargo, desde la perspectiva estadounidense hay un punto oscuro, relacionado con el alojamiento en los hoteles del Estado (no vinculados al sector militar). Los militares no necesitan controlar nada, quien controla en Cuba es el PCC. Y si bien no todos los militantes son militares, todos los militares son militantes. Ahora bien, en Cuba el PCC, FAR y MININT, de ser necesario, se convierten -al menos en papeles- en una sola entidad. Cuando todo depende de la voluntad de un hombre cualquier cosa puede desaparecer, aparecer o transmutar de la noche a la mañana. No es el caso de la burocracia estadounidense. Así, pues, no hay manera alguna de saber si un hotel es controlado o no por los militares.

 

De los escenarios anteriores se desgajan, a su vez, dos sub escenarios.

 

Sub escenario 1

 

Este estaría relacionado con la falsa desmilitarización de la economía. La misma estaría acompañada de una proliferación del sector privado revolucionario (el cual debería capturar el dinero de las entidades norteamericanas dispuestas a negociar con los cuentapropistas).

 

Sub escenario 2

 

Este estaría signado por el traspaso del poder a un civil (o la falsa desmilitarización del mando). De ser necesario, Díaz-Canel abrirá paulatinamente espacios a la fabricada oposición leal. En el contexto acotado por el emergente sector privado revolucionario y la oposición leal no habrá lugar para el auténtico emprendedor ni para el verdadero opositor.

 

En suma, puede augurarse que vendrá una pseudoperestroika que consistirá, básicamente, en el florecimiento de un sector privado proveniente de las filas de los cuadros del Partido, así como el reconocimiento de una oposición leal. Esto último es menos probable, pues el régimen cubano es más dado a aplicar la fórmula de la apertura económica con apretura política. Por otra parte, es más que posible que se trate de engañar a Trump, utilizando su disponibilidad de empoderar al pueblo cubano, para que él mimo construya ese sector privado (que no cuentapropismo) con un empresariado revolucionario -que ya existe- graduado por la Universidad de Ciencias de la Administración del PCC, fundada en 2011 por Miguel Díaz-Canel Bermúdez quien, como cuadro de Raúl Castro, deberá asumir la presidencia del país en 2018 a menos que tras la muerte de Fidel alguna profunda desavenencia se haya instalado entre los miembros del Buró Político o entre la familia Castro Espín.

 

Concluyo diciendo que en el modelo cubano, copia fiel del estalinismo, el líder dirige a través del Partido (no a través del Estado, como lo hacía Mussolini). Es decir, en Cuba manda el Primer Secretario del Partido. Es risible escuchar que GAESA controla un 40, 60, 70 u 80 % de la economía. Señores, el Partido controla el 100% de la economía, el 100% de la política y el 100% de la sociedad cubana. Y lo hace poniendo todo el poder en las manos de su Primer Secretario: un asesino llamado Raúl.

 

¿Cuál es la moraleja de todo este recuento? Pues que Donald Trump no debe negociar con el Gobierno cubano hasta que no se disuelvan los CDR y el Partido Comunista de Cuba (PCC), los cuales controlan la sociedad, la familia y a cada ciudadano.