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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

El efficciency

 

Camilo Loret de Mola, Miami, en Diario de Cuba

 

El hijo de Aldo aprovechó el almuerzo del domingo para "soltar la podrida": se va a vivir solo, tiene palabreado un lugar y es cuestión de días para que se lo entreguen.

 

Padre e hijo llegaron hace ocho meses a Miami y comenzaron a organizar sus vidas gracias a la nueva pareja de Aldo, una miamense de buen corazón que no hizo distinciones entre el "toro" y el "ternero". Enamorada del padre, no puso peros y los recibió a los dos en su casa.

 

Es la misma mujer que sin percatarse de lo contrariado que está Aldo, aplaude emocionada el anuncio de que el muchacho se marcha.

 

La miamense detiene su efusividad ante la falta de respaldo y como no entiende lo que pasa, vuelve a concentrarse en la comida. Entre bocado y bocado le ofrece la casa al hijo, nuevamente, "por si no puedes, por si hay regreso", le dice asintiendo al mismo tiempo con la cabeza y con la mano del tenedor.

 

Aldo empuja su plato, de repente perdió el apetito, "al menos espero que me expliques cómo harás para pagarlo", le reprocha, "y que me enseñes el lugar antes de mudarte".

 

"Aahh papá", dice el muchacho burlón y le acerca el plato que acaba de rechazar, "come tranquilo que estoy hablando de un efficiency, no de un palacio".

 

Efficiency, así es como se conocen los locales de renta más baratos en el mercado de Miami. Un eufemismo que pretende engrandecer, al menos en términos, el garaje de una casa transformado en habitación.

 

Hay efficiencies en todas las esquinas de Miami, son como una plaga que se extiende desde las elegantes manzanas de Coral Gables, hasta los edificios abarrotados de Hialeah. Pero por muy diferentes que sean los barrios, los inquilinos de estos cuartuchos siempre son iguales: gente acabada de llegar, matrimonios dispuestos a "comerse un tren de marcha atrás", o tipos solos, "haciendo agua y carbón" para reunir lo suficiente y traer a la pareja que tanto extrañan.

 

No hay mucho lujo en el interior de un efficency, pero siempre huelen a empeño, a disposición.

 

Aldo sabe de estos pequeños apartamentos por "el idioma de los balseros", así le dicen en Miami a los disparates de los cubanos recién llegados y de poco inglés. Un compendio de palabras mal dichas que hacen las delicias de quienes presumen años en el exilio.

 

En estos ocho meses varias veces se han reído de él por bautizar una autopista como "tunpaique", decirle a los bonos de comida "fustan" o referirse a los efficiencys como "fichens".

 

Su mujer le insiste en manejar su desgracia a largo plazo. "Aquí hay que pagar el derecho de piso, tienes que aguantar burlas y hasta ignorar el abuso de los jefes", le dice cada mañana, mientras le alcanza las botas de trabajo.

 

Aldo ya asimiló que no hay nada excepcional en su aparente desdicha, tiene claro que es uno más en la lista de médicos, ingenieros y abogados que renacen como constructores, camareros y empleados de poca monta.

 

"Aquí hay que hacer de todo, ser multitask, que es como tener varios oficios a la vez", le explicaba su pareja, "ya verás que en unos años me vas a dar la razón".

 

Aldo se siente ahogado en el efficiency, se le antoja pequeño y oscuro, a pesar de la puerta abierta de par en par. La única ventana del lugar está tapada por el cajón oxidado de un aire acondicionado que suena más de lo que enfría. El baño se ve viejo y maltratado.

 

Como padre Aldo se cree obligado y se enreda en una discusión con los dueños, reclamando mejoras y reparaciones. El muchacho, nervioso, le pide que le deje resolverlo solo, "papá, por favor, no me lo jodas".

 

Resignado, se aleja y espera en el estacionamiento mientras el hijo cierra tratos, entrega depósitos y recoge las llaves.

 

Desde allí comprueba que el efficiency tiene espacio para dos vehículos, "algo que sobra", comenta en su soledad y lo que trata de ser una risa burlona se transforma en un sollozo incontrolable.

 

Sin proponérselo, Aldo comienza a llorar, una humedad que resucita sensaciones infantiles.

 

Está llorando como cuando se cortó con un vidrio que alguien tiró en la fuente del barrio, o como aquella vez que se partió el brazo por hacer maromas en un árbol.

 

El llanto le hace recordar la mirada lasciva del ortopédico que lo atendió, "el cúbito y el radio", le decía a la madre mientras mostraba la placa. Entre lamento y gimoteo, un Aldo de cinco cuartas vigilaba la familiaridad que aquel tipo se tomaba y que despertaban sus celos de Edipo infante.

 

Al final no recuerda si lloraba por el dolor del brazo o por no poder defender a su madre de los avances irrespetuosos de aquel médico de turno.

 

43 años después y a 90 millas de distancia, Aldo vuelve a llorar con igual fuerza y siente la misma impotencia.

 

Este lunes su mujer le dedica un tratamiento especial, le acompaña hasta el camión y además de repetirle los consejos habituales sobre multioficios y tolerancia, le pide que se transforme en un rostro de piedra, "te toca ser duro, fuerte, sin sentimientos, solo así pasa rápido esta primera etapa".

 

Aldo es buen chofer, con habilidad se incorpora al expressway de nombre impronunciable, esa autopista mágica que conduce a todos los lugares de Miami.

 

Va calmado, tranquilo, seguro de que prefiere sufrir antes que comprarse el alma de concreto que le propone su mujer.

 

Aldo tiene claro que aunque se esfuerce por cambiarlo todo, hay cosas a las que nunca renunciará, como llorar por su hijo, ese muchacho que hoy, por primera vez, amanece fuera de su alcance.

 

Siente de nuevo el ardor de las lágrimas, pero no se detiene, no puede. Sigue su ruta, maneja y llora... llora y sonríe... todo al mismo tiempo... "¡Coño lo logré!, ¡soy multitask!", grita y acelera para aprovechar un pequeño hueco que, de repente, se formó a la derecha, entre dos autos.

 

Así va Aldo esta mañana, como muchos otros choferes que no conoce y nunca conocerá, con el volumen del radio a todo lo que da, tratando de no pensar en lo que le agobia, avanzando a trompicones entre interminables filas de autos y sollozando, incontrolablemente, como aquel día en que se cortó en la fuente, como aquella tarde cuando, en medio de una murumaca, se cayó del árbol.