Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Donald J Trump, el candidato “imposible”

 

Era “imposible” que lograra la nominación republicana

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

En noviembre del 2008, cuando ganó la presidencia de Estados Unidos, escribí en Cubanálisis-El Think-Tank “Barack Hussein Obama, el presidente imposible”, destacando los despistes y absurdas predicciones de quienes consideraban ilusorio que  pudiera triunfar en las elecciones presidenciales.

 

No defendía a Obama ni apoyaba sus posiciones, sino analizaba las insuficiencias estratégicas y analíticas de las burocracias partidistas, prensa y supuestos “expertos” que no fueron capaces de comprender el nuevo fenómeno que representaba quien llegaría a ser el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Las emociones y pasiones obnubilaron el entendimiento y la capacidad de analizar fríamente realidades y evidencias, y de ahí las conclusiones erróneas.

 

Vuelvo a lo mismo ahora que Donald Trump ha sido electo candidato presidencial del Partido Republicano en la convención de Cleveland, Ohio, y tampoco pretendo aquí  defenderlo ni apoyar sus posiciones, sino revisitar las insuficiencias estratégicas y analíticas de las burocracias partidistas, prensa y supuestos “expertos” incapaces de ver el nuevo fenómeno de este “outsider” millonario, carismático y ajeno a las estructuras políticas tradicionales, y lo condenaron a la “imposibilidad” hace un año. De nuevo emociones y pasiones aplastaron los análisis fríos y las evidencias.

 

En todas partes, y destacadamente en la prensa, radio y televisión en español en Estados Unidos, Trump fue convertido en villano al que atacar por todo y por todos, y aparentemente para algunos no existían limitaciones profesionales ni morales a la hora de organizar el aquelarre para liquidar al bellaco de rubia melena que se autofinanciaba su campaña y, por lo tanto, no debía favores a casi nadie.

 

Los primeros enfoques fueron de burla, subestimación y desprecio, asegurándonos que el fenómeno Trump era pasajero y que en unas cuantas semanas el globo se desinflaría ante el avance y solidez de los portentos del Partido Republicano, que esperaban tranquilos, sentados sobre millones de dólares, para arrasar en las elecciones primarias.

 

Surgieron pintorescas teorías, como la de que Trump era un “topo” lanzado por los Clinton para debilitar al Partido Republicano. ¿Evidencias? ¿Quién se preocupa de esas nimiedades en casos como estos? Abundaron los epítetos de supuestos expertos y estrategas, calificándolo desde “payaso” hasta “adefesio” o “fascista”, así como comparaciones con Fidel Castro, Hugo Chávez, Adolf Hitler y Benito Mussolini, entre otros, y juramentos de no votar por él en ninguna circunstancia.

 

Posteriormente surgió el bulo de que Trump sería capaz de formar un tercer partido en caso de no alzarse con la nominación, lo que debilitaría a los republicanos y daba nueva fuerza a quienes sindicaban al magnate como peón de los Clinton.

 

Para presionarlo, el partido pidió a todos los aspirantes a la candidatura que se comprometieran por escrito a apoyar a quien resultara ganador de las elecciones primarias. Trump firmó tranquilamente su compromiso, aunque los inquisidores alertaban que muy fácilmente sería capaz de no cumplirlo.

 

La furia anti-Trump era tanta que cuando agitadores profesionales, dícese que pagados con dineros de un prominente donante demócrata, “reventaron” un acto de campaña en Illinois, o buscapleitos en Arizona y California provocaron incendios y dañaron vehículos policiales y particulares, en vez de condenar a los vándalos mucha prensa pretendió justificarlos con el argumento de que el lenguaje incendiario del millonario provocaba comportamientos violentos. Como cuando se acusa a la mujer violada de vestir minifalda.

 

En el desespero anti-Trump resucitaron al candidato derrotado en las elecciones presidenciales del 2012 para desprestigiar al magnate y pedir que votaran por cualquiera menos por Trump. Ilustres pensadores calificaban de “sensatos” a quienes rechazaban al empresario neoyorquino, con lo cual, automáticamente, declaraban insensatos a los millones de personas que votaban por él. Se habló incluso de crear un tercer partido si Trump fuera nominado por los republicanos; es decir, hacer por parte de los barones lo que acusaron al magnate de que intentaría hacer si las cosas no le salían bien.

 

El tiempo pasó, y pasó un águila por el mar, y los demás candidatos fueron quedando en el camino mientras Trump ganaba estado tras estado, seguido muy de lejos por Ted Cruz, y en el extremo de la cola por el inefable gobernador de Ohio, que solamente ganó su estado.

 

Entonces -oh, burocracia- parte de los próceres republicanos propuso desconocer los resultados de las elecciones primarias y dar un golpecito de Estado en la Convención Republicana (disfrazado de reinterpretación de las reglas), desconociendo la voluntad de los votantes para imponer la de ellos. Para hacerlo, hablaban de la pureza del partido de Abraham Lincoln y Ronald Reagan, como si no fuera también el partido de George W Bush, Richard Nixon, y el Tea Party. Pero el golpismo no prosperó.

 

En cuanto al compromiso de apoyar a quien resultara ganador en las primarias, cayó bochornosamente en saco roto con diferentes aspirantes superados por Trump. El caso más bochornoso es el del gobernador de Ohio que, con la convención celebrándose en su propio Estado, ni siquiera acudió a dar la bienvenida a los delegados de su partido. Tendrá derecho a actuar así si desea, pero no tiene derecho a que yo crea en su palabra si la incumple tan flagrantemente; y no me importan las justificaciones que ofrezcan para no cumplirla tanto él como otros que dan tan poco valor a la palabra empeñada.

 

En el colmo del pataleo de ahorcados, durante el primer día de la Convención hubo otro intento de forzar las reglas para arrebatar la candidatura a Trump, que tampoco prosperó. Lo que fue una discusión de procedimientos, resuelta por simple mayoría, mucha prensa lo presentó como “caos”, y un iluminado en la televisión en español de Miami dijo que demostraba “la tendencia dictatorial” de Donald Trump, aunque quienes intentaron quebrar la legalidad fueron sus adversarios, pero los iluminados no se detienen en esas boberías. Ni siquiera aplastantemente derrotados parecen capaces de recapacitar.

 

Desde ahora hasta las elecciones presidenciales de noviembre habrá muchos debates, ataques, errores, acusaciones, contraacusaciones, revelaciones y escándalos, en una campaña presidencial que se anticipa demasiado fuerte y nada elegante, donde prácticamente (casi) todo vale.

 

Corresponde a cada ciudadano con derecho al voto decidir a quién se lo entrega o  quedarse en casa y desentenderse de la disyuntiva electoral. Es asunto de cada cual.

 

Lo que si parece evidente, después de este año de experiencias y fracasos con el magnate neoyorquino, es que las burocracias partidistas, la prensa y los “expertos” tienen que reinventarse y dejar de guiarse por sus emociones cuando intentan analizar eventos, si pretenden ser verdaderos profesionales y no quieren continuar haciendo ridículos como los hechos hasta ahora ante el fenómeno de Donald Trump, el candidato “imposible”.