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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Diáspora cubana ante una trascendente disyuntiva

 

El gobierno cubano anuncia que la nueva Constitución deberá ser aprobada también por los cubanos exiliados y, como en muchas otras ocasiones, la diáspora cubana se divide en bandos irreconciliables.

 

Deutsche Welle

   

Más de dos millones de cubanos habitan hoy fuera de la isla. Y, según la última decisión del presidente Miguel Díaz Canel, también ellos deberán ratificar las propuestas de cambio que la Asamblea Nacional del Poder Popular hizo a la todavía vigente Constitución de 1976, instaurada bajo el mandato de Fidel Castro. Aunque otros cambios en las últimas dos décadas de Raulismo puedan cuestionarse, esta decisión es, sin dudas, histórica.

 

Desde 1959 Fidel Castro consideró traidores a todos aquellos cubanos que por cualquier causa decidieran salir definitivamente del país. Esa etiqueta ideológica se materializó primero en las confiscaciones de las casas, fábricas y negocios de los representantes del derrocado gobierno del dictador Fulgencio Batista y, de acuerdo a estadísticas de la época, de casi el 92 porciento de la alta y mediana burguesía que abandonó la isla entre 1960 y 1975. En esos años, se miró a un lado cuando la población pobre ocupó apartamentos y casas confiscadas, mientras el gobierno confería a sus altos cargos la propiedad de las mejores mansiones de la burguesía.

 

Luego, con el lógico surgimiento de la oposición y, posteriormente, con las "traiciones” masivas de los éxodos de 1980 y 1994, sobre ese amplio sector inconforme de la población cayó también la espada de la confiscación de bienes, mediante un proceso humillante: una vez conocida la decisión de irse a otro país, hacían presencia las autoridades, contabilizaban las propiedades del "traidor”, desde las plantas del jardín, las joyas, hasta el papel sanitario o los utensilios de cocina, se precintaba la casa y el traidor y su familia debía alojarse en casa de algún pariente, irse a un hotel o dormir en la calle hasta el día de su salida.

 

Fidel Castro incluso consideraba traidores a quienes mantenían comunicación desde la isla con sus familiares exiliados. Creó así un muro infranqueable entre la isla y el exilio.

 

Cambios paulatinos a conveniencia

 

La Revolución en esto siempre ha tenido doble agenda: en las primeras décadas permitió la entrada de la entonces llamada "Comunidad Cubana en el Exterior” porque necesitaba ese ingreso líquido de divisas para adquirir productos imprescindibles que no llegaban a Cuba a través de la subvención de Moscú; y en la década de gobierno de Raúl, las aperturas fueron lógicas: en medio de la crisis venezolana, los cuatro mil millones de dólares que anualmente llegan a la isla mediante las remesas fueron obligando al gobierno a pensar en establecer nuevos mecanismos para dinamitar la negativa de cientos de miles de cubanos adinerados o en buena posición social de enviar dinero o invertir sus recursos en la isla.

 

Por primera vez en seis décadas, se elimina definitivamente la etiqueta fidelista de "gusanos” pues, además de permitirles la repatriación y concederles el derecho a la doble nacionalidad, se les invita a "valorar el documento aprobado en la Asamblea y proponer los cambios que consideren necesarios”, según palabras de altos funcionarios del gobierno de Díaz Canel.

 

El exilio cubano, usualmente posicionado en dos bandos irreconciliables, ahora está más dividido. Unos, los más radicales, cuestionan a quienes ya han decidido dar su voto, pues opinan que esta es una estrategia del régimen para eliminar otra de las acusaciones que se le hacen internacionalmente: la de no considerar cubanos a los exiliados. Un sector no tan amplio, pero importante, ya que se trata básicamente de intelectuales, académicos y profesionales de la cultura, opina que es vital participar con opiniones críticas y proponer cambios radicales al sistema; "incluso aunque no nos escuchen”, considera el académico Pablo Venegas, residente en Canadá. Otro sector mayoritario se lamenta de que esto podría convertirse en un nuevo mecanismo de control del gobierno: "quien no vote o de una opinión crítica puede recibir represalias en su status migratorio”, opina el escritor Ángel Santiesteban desde la isla. Y un cuarto grupo, exiliados que viajan frecuentemente a Cuba y que dicen ser ajenos a la política, asume que nada cambiarán con sus opiniones y por eso dirán sí a la propuesta gubernamental.

 

En cualquier caso, según se ve en las redes sociales, buena parte de quienes darán su voto, cuestionará la existencia de un partido único y la inmutabilidad del sistema. El gobierno cubano, entonces, se encuentra también ante una disyuntiva: demostrar al mundo que escucha y aplica a la nueva Constitución las propuestas de cambio que le llegarán desde la diáspora cubana.