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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba es el juguete roto de un niño mimado

 

Maykel González, en Cibercuba

 

Cuba es el juguete roto de un niño mimado. Cuando Fidel Castro se aburrió de usarlo como le dio la gana, roto, se lo regaló a su hermano. Raúl trató de enmendar las piezas, pero tenía una visión limitada.

 

Aunque Sófocles haya compuesto la última tragedia de Edipo a sus noventa años, la verdad, no se le puede pedir a un octogenario de poca agudeza que enderece el timón en un país acostumbrado a ir como a la deriva. Sin un libreto hábil, además, Raúl se vio superado cómoda y públicamente por los asesores de Obama. A Raúl lo asistió un diletante coro de papagayos. Raúl, en fin, no pudo con el juguete roto que heredó de su hermano, y fue lo que pasó a las manos de un infeliz que supo menos aun cómo arreglarlo.

 

El mayor salto cualitativo de Díaz-Canel ha sido, podría decirse, bailar un casino patitieso y tocar bongós. El coro de papagayos descerebrados ha seguido siendo tal cosa. Y el presidente se volvió, más o menos, un saco de boxeo, un vodevil. Díaz-Canel debe sentirse como si lo hubiera abducido una nave que después lo abandona, solo, en un campo de trigo con una venda en los ojos.

 

Para más pruebas, le ha tocado lidiar con calamidades de tamaño histórico. Díaz-Canel busca a tientas y no. No sabe gobernar Cuba. No puede. No debe. Díaz-Canel es, al gobierno, lo que un profesor emergente a la educación. Los que miren con ojo crítico toda esa camarilla en pleno, verán que no hay, fíjense, nadie en quien depositar esperanzas de aquí a veinte años. Esto es, sobra decirlo, una sentencia. Por delante, lo único que hay es abismo.

 

Si Díaz-Canel no suspendió la marcha de las antorchas, si no tuvo sensibilidad, no fue únicamente por tarugo, sino porque -insisto- no sabe gobernar Cuba, no sé qué tal se las arreglaría con Naurú, pero con Cuba, que es un país con necesidades urgentes, mal llevado desde su economía más básica hasta el plano emotivo, no da la talla.

 

Al cabo, lo peor del asunto no es Díaz-Canel, lo peor es la defensa inefable de sus gestiones, que incluso puede venir de dos o tres cabezas con juicio. Esto me ha hecho creer que, si entre la claque de Díaz-Canel, que ya no lo acompaña el aura épica del Moncada, hay gente con algo de inteligencia, entonces serían, más que hipócritas o interesados, un bando que actúa de mala fe.

 

Hay maldad o sadismo en aplaudir lo que es, expresamente, la más pura ineptitud. Luego, se le puede perdonar a un inepto bajo presión que no dé más de lo que está limitado a ofrecer, su fatuidad es del todo predecible, pero es la maldad lo que siempre merece rechazo. O al menos, lo que siempre debería no estar entre lo que anhelamos.