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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cuba, entre la esperanza y la incertidumbre

 

Xavier Díez de Urdanivia, en Zócalo Saltillo, México

 

A sesenta y tres años del asalto a los cuarteles de Moncada y Carlos de Céspedes, el 26 de julio de 1959, Cuba se viste de fiesta para celebrar la transición revolucionaria que encabezaron los “barbudos de la Sierra Maestra”, comandados por Fidel Castro.

 

Se apresta también -la ocasión es propicia- para celebrar el cumpleaños del ya casi nonagenario líder -nacido el 13 de agosto de 1926- con un largo asueto y una extensa gama de eventos políticos y culturales, dedicados a esos dos temas.

 

Mientras eso ocurre, La Habana se encuentra atestada de turistas, que atiborran las calles, las plazas, restaurantes y bares (en los que, casi indefectiblemente según la versión de cada sitio, fue parroquiano habitual Hemingway). Gente hay de Europa - muchos rusos, por cierto, todavía- sudamericanos, y orientales, entre los que destacan los chinos (lo que no es extraño, porque su país ha ocupado el lugar que tenía la U.R.S.S. en cuanto al dominio comercial).

 

Hoteles de cadenas españolas, principalmente, pero también nacionales, que abren cada mañana las compuertas de los ríos de visitantes que se vuelcan a las calles a visitar los lugares y edificaciones más significativos de épocas anteriores -incluidos templos y conventos que fueron cerrados al triunfo de la revolución- que el régimen ha querido hermosear, sometiéndolos a “restauración mayor”, de tal modo que parecen hoy ser signo de lo que se quiere que venga, más que añoranza de lo que fue y parece estarse yendo.

 

Flota en el ambiente un sensible dejo de paciente esperanza y una clara conciencia de que el bloqueo interior, que ha dado en un fracasado pero oneroso aislamiento, es peor que el impuesto por los estadounidenses.

 

El discurso oficial no cambia, pero ha dejado de ser pertinaz y hasta pareciera que intencionalmente va aflojando las riendas, como para no perder el control mientras cambian de rumbo los vientos de fronda y se prepara una nueva transición histórica, a la que no le faltan visos de retroceso.

 

Muestra de lo anterior es que el discurso conmemorativo fue encargado al vicepresidente cubano, y no corrió a cargo de Raúl Castro, además de que fue pronunciado en la ciudad de Sancti Spiritus, una plaza de muy secundaria importancia política en la Cuba de hoy, donde expresó la exigencia de más ahorro y trabajo para enfrentar la “compleja coyuntura económica” que su país atraviesa, oportunidad en la que exhortó al ya de suyo abrumado pueblo a demostrar “cada día, en cada puesto de trabajo y con hechos concretos, que sabemos estar a la altura de este nuevo reto”.

 

La gente no deja de sentir la situación nueva, a veces con un algo de resignación y fatalismo, a veces con una tímida esperanza.

 

Uno llegó a decir: “Somos pacientes. Ya esperamos sesenta años, podemos esperar unos más”; otro, “los americanos son malos, pero tienen todo lo bueno”. Cada uno y los dos reflejan mucho de la actitud anhelante que flota en el aire y permite atisbar la reacción en sentido contrario que ha generado el “bloqueo interior” a que se ha querido someter a los cubanos, con consecuencias que difícilmente pueden calificarse como propias de la dignidad humana.

 

Da la impresión de que los deslucidos festejos dan testimonio de que los vientos de fronda que vienen del norte van poco a poco barriendo los barruntos de un fallido empeño de sojuzgar las libertades perennemente, aunque cuando acaben de irse con seguridad dejarán dolorosos vestigios, entre los que no serán cosa menor las impunidades que, con seguridad, se están negociando ya.

 

Yayabera. Fue precisamente en Sancti Spiritus donde nace, a fines del siglo XIX, la guayabera, derivación de “yayabera”, nombre original de la prenda en referencia al río Yayabo, en cuya ribera se encuentra la ciudad. De ahí se extendió a todo el Caribe y cobró carta de naturalización en Mérida, de donde es sin duda emblemática hoy.