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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Cinco artículos sobre el régimen cubano y una tesis

 

Miguel Sales, Málaga, en Diario de Cuba

 

A principios del año en curso, decidí escribir cinco artículos sobre el origen, la evolución y las perspectivas de futuro del régimen instaurado en Cuba tras la revolución de 1957-1962 que fueron publicados en este diario y que el lector puede encontrar relacionados al pie de este artículo.

 

Seis decenios después de la implantación del comunismo y transcurridos 27 años de la desaparición casi universal de ese modo de gobierno, que apenas perdura enquistado en La Habana y Pyongyang, creí útil y legítimo examinar bajo el mismo prisma los dos periodos más recientes de la historia de la Isla, que al día de hoy han durado aproximadamente lo mismo: la República liberal (1902-1960) y la República socialista (1961-2018).

 

La atribución de una fecha de caducidad a la segunda no es caprichosa: Cuba se encamina ya hacia otro sistema, difícil de definir todavía, que probablemente combinará los peores rasgos de ambas etapas históricas. Algo así como un "socialismo salvaje" con atuendo litúrgico marxista-leninista y entraña de narcocapitalismo de casino.

 

El propósito de esos textos, dirigidos al 90% de mis compatriotas que no conoce la Cuba de ayer más que a través de la escuela y la propaganda del Gobierno actual, era y es contribuir a que esa evolución se oriente a una salida del totalitarismo y al mismo tiempo logre superar las deficiencias de las democracias hispanoamericanas.

 

Corrupción, violencia y narcotráfico son los azotes que amenazan hoy a muchas sociedades del continente, especialmente en México, Honduras, Colombia, Brasil y Venezuela. En Cuba, durante 60 años, esas actividades han sido monopolio ilegítimo del Estado. En cualquier transición posible habría que velar por que no se privaticen también.

 

Los artículos en cuestión están redactados desde la perspectiva del liberalismo clásico, que reivindica al ciudadano individual frente a la intromisión del Estado y considera prioritarios tres derechos básicos que hacen posibles todos los demás: los derechos a la vida, la libertad y la propiedad.

 

Otras ideologías ofrecen escalas de valores diferentes: la vida puede y debe sacrificarse en la consecución de objetivos superiores; la libertad es relativa y susceptible de limitación porque un fin más alto justificaría los medios; la propiedad es un robo que el Estado tiene obligación de corregir o el individuo debe inclinarse siempre ante los intereses colectivos. Pero en los dos siglos y medio transcurridos desde que comenzó a gestarse la independencia de las 13 colonias de América del Norte, el liberalismo ha demostrado su eficacia como instrumento para construir sociedades pacíficas, prósperas y razonablemente igualitarias, que amparan los derechos y en las que se disfruta de un alto grado de libertad. Ningún otro sistema político, en ninguna latitud, puede exhibir resultados comparables.

 

Muchos lectores no han compartido ni el análisis histórico ni los vaticinios contenidos en esas páginas. A sus comentarios deseo referirme aquí.

 

Por lo pronto, dejo a un lado a las ciberclarias y otros profesionales de la calumnia y la intoxicación informática. No suelo despilfarrar mi tiempo en polemizar con gente así. Pero los artículos suscitaron también muchos comentarios interesantes de quienes saben discrepar con respeto. A este último grupo van dirigidas las reflexiones siguientes.

 

Los argumentos críticos podrían agruparse en tres categorías.

 

La querella léxica

 

La cuestión de cuál es el nombre más apropiado para calificar al régimen existente en Cuba se repite en buen número de comentarios: socialismo, comunismo, caudillismo totalitario, marxifascismo, sultanato tropical, capitalismo de Estado, etc.

 

Se diría que hay cierto fetichismo nominalista en quienes opinan, una necesidad de etiquetar de manera rotunda y definitiva al castrismo para homologarlo con los grandes paradigmas históricos y poder archivarlo de una vez y para siempre en la casilla que le corresponde.

 

Pero, a mi modo de ver, el rótulo no es tan importante. En el mundo moderno hay mil culturas y una docena de sistemas políticos, pero solo hay tres maneras de organizar la economía: estatal, privada y mixta. Desde 1960 el régimen cubano se ha caracterizado por una economía estatizada y centralizada, bajo un sistema político de partido único, rígido control social y severa militarización.

 

Lo demás son matices derivados de la cultura, rasgos de la superestructura que no afectan a la base del conjunto, por usar un lenguaje caro a los marxistas. Antes señalé que este sistema va camino de transformarse en algo distinto. El nombre que se atribuya a esa nueva realidad, cualquiera que sea, no cambiará su sustancia. Por eso no vale la pena dedicar mucho tiempo a la taxonomía.

 

El mesianismo al revés

 

Otro argumento frecuente, al examinar el origen del régimen, consiste en culpar exclusivamente a Fidel Castro y sus secuaces de todo lo acontecido y creer que bastaría con su desaparición para que Cuba pudiera salir de la situación actual. Pero el refrán "muerto el perro se acabó la rabia" empezó a desvirtuarse hace 12 años, tras el eclipse y posterior fallecimiento del mayor de los hermanos y todavía sigue incumplido.

 

Dicho con la conocida fórmula de Ortega y Gasset, Fidel Castro fue él y su circunstancia. La interacción fue mutua. Y puesto que casi todos los críticos creen haber descifrado carácter del primero, sería bueno que alcanzaran a comprender también la índole de la segunda.

 

Esto nos lleva al tercer grupo de críticas.

 

La tentación del adanismo

 

Algunos lectores se han sentido ofendidos por lo que consideran una pretensión absurda de relacionar ideas y tendencias que tuvieron su origen en los siglos XVIII y XIX con la revolución de 1959 y la situación actual. En este sentido, el máximo grado de reduccionismo se opera cuando alguien me acusa de atribuir la victoria del castrismo a la muerte en la hoguera del cacique Hatuey a principios del siglo XVI o a que La Habana fuera punto de concentración de la Flota de Indias durante la Colonia, pasando por alto el resto del razonamiento. Es una crítica divertida, aunque revela un poco de mala fe.

 

Creo que esos comentarios están vinculados al "adanismo" consustancial al fenómeno revolucionario, que perdura todavía en muchas cabezas. La aspiración a que la revolución sea un "borrón y cuenta nueva", que la historia empiece de cero y que no sea preciso tener en cuenta nada que proceda del pasado. Por suerte o por desgracia, el peso del pasado sí existe y actúa sobre el presente por las vías más insólitas. Una de esas vías son los mitos.

 

Como señala Octavio Paz, "explicar el mito, desentrañar su sentido, es humanizarlo. Y al mismo tiempo, aclarar el sentido de nuestra historia. El mito es el jeroglífico de nuestro destino". Para prever con alguna probabilidad de acierto lo que va a ocurrir en Cuba de ahora en adelante, es preciso entender primero qué pasó en 1959. Y para hacerlo, además de las condiciones físicas (economía, política, etc.) y las decisiones de los protagonistas, es menester descifrar las creencias básicas que conformaron los mitos fundadores de la cubanidad y la mentalidad social del siglo XX.

 

En mi opinión, las claves del jeroglífico cubano fueron:

 

·         Creencia en la legitimidad y eficacia de la revolución, no solo como herramienta de liberación política, sino como panacea para todos los males del país. Es lo que José Martí llamaba ya en 1895 "el culto de la revolución".

 

·         Creencia en que la población cubana era (o podía llegar a ser) un conjunto nacional homogéneo, diferente de EEUU (lo cual era obvio) y de España (lo cual no era tan obvio) y capaz de autogobierno. Cabe señalar aquí que el nacionalismo arraiga con dificultad en la Isla. A finales del siglo XIX, Cuba era española por la historia, la lengua, la religión y las costumbres. Su cultura no era el "ajiaco" que describe la célebre ocurrencia de Fernando Ortiz, sino más bien un roble hispánico en cuyo tronco se fueron injertando grupos africanos y asiáticos venidos de cien regiones que hablaban docenas de lenguas distintas y practicaban costumbres muy diferentes. La hispanización o criollización de esas minorías, por parcial o deficiente que fuera, constituía el denominador común. Las señas de identidad del conjunto no eran la santería, la lengua carabalí o el arroz frito con cerdo agridulce, por muy "típicamente cubanos" que estos elementos puedan parecer en la actualidad.

 

·         Creencia en un destino grandioso asignado a Cuba por la Historia o la Providencia, que se haría realidad mediante la violencia política. Como he explicado en otro lugar, esta fe en la excelsa predestinación empieza a manifestarse con los anexionistas de 1850. A mi modo de ver, es un mito compensatorio elaborado por las capas cultas del país para aliviar la amargura del sometimiento a España, una potencia decadente que contrastaba con la riqueza y el desarrollo alcanzado en la Isla.

 

·         Creencia en la llegada de un caudillo iluminado que encabezaría los esfuerzos encaminados a hacer realidad todo lo anterior. Este mesianismo se agudizó tras la muerte, durante la guerra o poco después, de casi todos los próceres que dirigieron las luchas independentistas.

 

·         Creencia, acentuada tras los fracasos de 1855 y 1878 y la semivictoria de 1898, en que el agente principal de todos los males del país era EEUU, lo que transformó la superstición revolucionaria en el mito de la revolución inconclusa.

 

Durante la primera mitad del siglo XX, ese mito impidió la consolidación del Estado de derecho en Cuba e hizo posible las insurrecciones contra Gerardo Machado y Fulgencio Batista, además de innumerables conspiraciones, algaradas y pronunciamientos fallidos. Fue el contexto que generó las condiciones necesarias (aunque no suficientes) para que triunfaran los empeños de minorías violentas, decididas a asaltar el poder a punta de pistola. Y en la década de 1950 fue el caldo de cultivo del totalitarismo.

 

Todo lo anterior hay que explicarlo y recordarlo porque, como advirtiera Cicerón hace más de 20 siglos, los pueblos que ignoran u olvidan su historia están condenados a repetirla.