Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

2,5 millones de electores se desmarcan de la Constitución

 

El Gobierno consigue ratificar la Carta Magna, pero los inconformes ya se miden en una cifra y no es pequeña

 

Reinaldo Escobar, La Habana, 14YMEDIO

 

Los resultados preliminares del referendo sobre la nueva Constitución confirman lo esperado: que el texto iba a ser aprobado por mayoría y que el proceso iba a dejar en evidencia el aumento de la inconformidad ciudadana al dotar de un número a ese grupo que rechaza la gestión de las autoridades.

 

Más de dos millones y medio de electores en todo el país se han desmarcado de la nueva Carta Magna, entre los votos por el No, nulos y en blanco, además de las abstenciones. Muchos han encontrado así el camino para distanciarse del sistema político y económico imperante en la Isla.

 

No obstante, hay que reconocer que el oficialismo logró que se ratificara la Constitución, le bastaba con un 51% de los electores registrados para declarar que la nueva Constitución había sido aprobada en referendo. Los números preliminares dados a conocer por la Comisión Electoral Nacional expresan que el 73,31% de los ciudadanos con derecho al voto marcaron la casilla del Sí. Para enfatizar la victoria, los medios oficiales mencionan que se trata además del 86,85%o de los votos emitidos, o sea sacando de la cuenta a los que se abstuvieron.

 

Pero esta no es realmente una victoria de la que pueda sentirse orgulloso un Gobierno decente.

 

A lo largo y ancho de todo el país la campaña oficial para persuadir a los electores para que votaran Sí fue tan abrumadora que prácticamente no quedó un espacio a donde mirar donde no se estuvieran machacando las consignas oficiales.

 

La televisión entrevistó a cientos de personas de diferentes niveles de escolarización, raza, sexo y profesión que reafirmaban con argumentos o emociones, o ambos inclusive, sus indiscutibles motivos para ratificar la nueva Carta Magna.

 

Indiscutibles, sí, porque ninguno de los más de dos millones y medio de cubanos que no marcaron el Sí en la boleta tuvo la oportunidad de explicar sus razones. Mucho menos los 706.400 cubanos que venciendo miedos hicieron su cruz en la casilla del No.

 

¿Qué hubiera ocurrido si una semana antes del 24 de febrero se hubiera llevado a cabo un debate público y televisado entre los argumentos encontrados? En la lista de los que podrían haber defendido el voto negativo estarían personas como Dagoberto Valdés, Manuel Cuesta, Rosa María Payá, Juan Moreno, Julio Aleaga, Miriam Celaya, Pedro Campos, José Daniel Ferrer o Eliécer Ávila. Pero además también debió haberse dado espacio a quienes proponían la abstención, y allí los electores hubieran escuchado a Antonio González Rodiles, Claudio Fuentes, Ailer González, Ángel Moya y a muchos otros.

 

Se ha querido hacer creer que la propaganda del Sí la hicieron las organizaciones de masas, no el Gobierno. Los electores tienen todo el derecho a conocer de dónde salió el presupuesto para sufragar esa campaña. En países con tradición democrática suele ocurrir que se pide la renuncia del que ha salido elegido presidente cuando se descubre que financió su campaña política con fondos oscuros.

 

Pero este "mono amarrado contra león hambriento" estuvo también amordazado. Casi todas las organizaciones opositoras del país han denunciado la persecución de la que han sido objeto los promotores del No y, junto a ellos, los que querían mantener una observación independiente sobre el proceso.

 

No solo se le negó un sitio en los espacios públicos a quienes se apartaban de la línea oficial sino que se les impidió reunirse pacíficamente para ponerse de acuerdo. Los asaltos a varias viviendas de los activistas de la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu) y las detenciones arbitrarias contra las diferentes entidades de observadores independientes fueron sistemáticas, también las amenazas verbales (nunca por escrito) emitidas por oficiales de la Seguridad del Estado contra activistas políticos y periodistas independientes. "No lo vamos a permitir", repetían acariciando la culata de sus pistolas.

 

Es básico en todo proceso electoral reconocer los resultados si las reglas previamente establecidas se cumplieron o, al menos, no hay evidencias de que se hayan violado.

 

El que fue a votar para decir No o el que se quedó en su casa para no hacerle el juego a lo que consideraba una farsa sabían que estas eran las reglas. Con ellas, el Gobierno logró que el electorado ratificara la nueva Constitución y eso hay que reconocerlo aunque las autoridades nunca reconozcan que jugaron sucio. No hay pruebas de que hayan cometido fraude, pero sí evidencias de que hicieron trampa.