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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Zoe Valdés: «Desde dentro no se puede hacer nada

para combatir el castrismo»

 

La escritora cubana presenta en Cádiz su última obra, un retrato apasionado de su cultura, 'La Habana, mon amour'

 

Rocío Vázquez, La Voz Digital, Cádiz, España

 

Sueña con regresar a su país, pero a otra Cuba. Con la vuelta a una tierra que le obligaron a abandonar hace ya dos décadas tras la publicación de 'La nada cotidiana'. Nacionalizada española, residente en París, esposa y madre, escritora de poesía, novela y guiones cinematográficos, multipremiada, Zoe Valdés (La Habana, 1959) es conocida además por su posición anticastrista. La refleja también en su última obra, 'La Habana, Mon amour', (de la colección Ciudades y Letras de Stella Maris), una mezcla de ensayo y ficción en la que pinta La Habana de su vida. La idílica, pero también la decadente y nostálgica.

 

Este martes, Zoe Valdés llega a Cádiz (ya la ha visitado en otras dos ocasiones), al Centro Cultural Reina Sofía, para presentar este canto apasionado a la cultura cubana.

 

-¿Cómo es La Habana que describe en ‘La Habana mon amour’, la identificará el resto del planeta?

 

-La identificarán como una ciudad que existió pero que en parte todavía pervive. Como 'La ciudad perdida' de Guillermo Cabrera Infante. Quienes nunca llegaron a conocer a La Habana de antes se toparán con que no es tan idílica como se cree, es más la ciudad real que retrataron el propio Cabrera Infante, Reynaldo Arenas u otros escritores, una Habana con sus encantos, sí, pero también con sus demonios.

 

-¿Cuáles son los demonios de la capital cubana?

 

-La decadencia y el abandono en los que se encuentra. Ha habido una destrucción en todos los sentidos. Urbanística, culturalmente. Pero también de las personas que han tenido que exiliarse y que son precisamente las que habían hecho La Habana y Cuba.

 

-Los hay que se quedan, ¿resignados?

 

-Hay quien no puede irse o quien de verdad creen que pueden combatirlo, que las cosas pueden cambiar. Pero verdaderamente, yo no lo creo.

 

-Se marchó de su país hace ya dos décadas, ¿se sigue sintiendo amenazada?

 

-Sencillamente me siento apartada. Amenazada no porque vivo en París y no pueden hacerme nada. Lo que me siento es renegada, por ellos, los de allí, no por mí. Pero no me interesa vivir bajo una dictadura.

 

-¿Nunca pensó en hacer resistencia desde dentro y no abandonando su país?

 

-Durante un tiempo, desde 1989 hasta 1995, pensaba que podría hacer resistencia y serviría para algo. Pero entonces me di cuenta de que no se puede hacer nada desde dentro ante la autoridad policial y que o te quedas en casa encerrada, o vas a la cárcel. La otra opción era el exilio.

 

-Como muchos otros...

 

-Soy de las que piensa que merece la pena luchar por lo que uno cree, pero en ese momento pensé más por el futuro de mi hija, que entonces era muy pequeña. No quería para ella lo mismo que yo ya había vivido.

 

-Ha hablado de las sombras de su amada Habana, pero también están los encantos. ¿Cuáles destacaría?

 

-Es una ciudad luminosa, de bellos paisajes urbanísticos, pero esa imagen se ha ido perdiendo por la falta de cuidado y amor de quienes mandan allí.

 

-¿Qué es lo que usted mejor recuerda de aquellos años dorados?

 

-Aún recuerdo cómo andaban las mujeres por la calle, cómo se movían, andaban bailando. Hasta eso se ha ido cortando porque la gente se ha contagiado del entristecimiento del país. Lo que ha quedado es una vulgaridad que se quiere hacer pasar por alegría, pero es fingida.

 

-Es curioso, pero los paralelismos entre Cádiz y La Habana podrían ir más allá de su fisionomía. ¿Conoce al pueblo gaditano? ¿Encuentra algo de esa alegría dormida?

 

-No conozco mucho a los gaditanos, pero es posible. Es algo común a las gentes del sur, que enmascaran sus sentimientos. Tras la alegría, hay una parte de melancolía y tristeza profunda.

 

-¿Cree en un resurgimiento, ahora que tanto se anuncia un aperturismo?

 

-La única forma para acabar con la Cuba de ahora es que los Castro se fueran del poder. En España ya vivieron algo parecido, lo único que nosotros tenemos no uno, sino dos dictadores.

 

-¿La muerte de Fidel y Raúl Castro sería su solución?

 

-Sólo así se podría establecer un escenario de libertad y democracia, de pluralismo político. Está claro que se necesitaría de una transición, de que pasara mucho tiempo, porque el miedo está muy integrado en la mente de los cubanos.

 

-¿Usted vive en París, ¿no cree que en Europa vivimos sometidos a otras dictaduras, aunque con otro disfraz?

 

-No, dictaduras no. Aquí hay democracia, se puede elegir, puedo plantarme en la calle y gritar y denunciar que no me van a meter en la cárcel por ello. Sí es cierto que hay cierto totalitarismo, a veces me he sentido así al ver los medios de comunicación, pero el sistema es democrático.

 

-¿Por qué ha escrito ahora precisamente este libro? ¿Un pálpito?

 

-Sí, sentí un pálpito, pero es un libro que reescrito en mi mente durante mucho tiempo. Tiene muchos antecedentes, como mi primer poemario ‘Respuestas para vivir’. Deseaba desde hace muchos años escribirlo y ahora me ha surgido la oportunidad con Stella Maris.

 

-¿Hay un guión cinematográfico en 'La Habana mon amour'?

 

-No lo he pensado, pero probablemente, sí. Un guión minimalista para un Habana muy barroca.

 

-¿Le gustaría regresar a su país?

 

-Por supuesto que me gustaría volver, adoro mi cultura y mi país.