Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Una cubanada de la Florida o la ley de los senderos que se bifurcan

 

Sergio Valdivieso, en CaféFuerte

 

Desoyendo todas las recomendaciones razonables de empresarios, cámaras de comercio y medios de prensa de la Florida, el gobernador Rick Scott estampó su firma hace escasas horas sobre el panfleto FBH 959 y convirtió en ley una propuesta para castigar a corporaciones internacionales que hagan negocios con Cuba y Siria.

 

La legislación, promovida por el senador estatal Rene García, de Hialeah, y el representante estatal Michael Bileca, de Miami, tiene como propósito evitar que los gobiernos locales firmen contratos por más de $1 millón de dólares con empresas internacionales que tienen vínculos comerciales con los regímenes -ya sabemos que totalitarios- de Damasco y La Habana. La legislación añade a estas dos dictaduras a un estatuto que ya limita la contratación a corporaciones que están bajo escrutinio federal por hacer negocios con Irán y Sudán.

 

En otras palabras, que la Florida tratará de impedir que los gobiernos locales se vayan a contagiar con empresarios que se han embarrado las manos y abultado sus bolsillos tratando con países metidos en la lista de terroristas por el Departamento de Estado. Se trata del dinero público, pues las empresas podrán continuar haciendo tratos y obras privadas en el Estado.

 

Suculento filón de politiquería

 

Como puede intuirse, se trata de una ley con un suculento filón para la politiquería. Y la ocasión se pintaba para sacar las fanfarrias en Miami con la implantación de una ley que -esperemos que ahora sí- termine por tumbar a los Castro. Y también de paso a Bashar Al-Assad, que no es octogenario como los Castro pero se está portando realmente como un dictador avezado.

 

El espectáculo era previsible. Scott -un conservador de pura cepa con antecedentes turbios en sus millonarios negocios privados- se personó en la Torre de la Libertad y firmó la ley entre aplausos y vítores de una nutrida representación de funcionarios locales y políticos cubanoamericanos. Entre ellos estaban los congresistas Ileana Ros-Lehtinen, Mario Díaz Balart y David Rivera (Marco Rubio está ocupado en otros asuntos, aunque le sigan apareciendo esqueletos, multas y fantasmas del pasado), los legisladores estatales y otros personajes de la siempre agitada política miamense.

 

La retórica del gobernador estaba a la orden del día. “Lo que estamos haciendo es lo correcto. Lo correcto por la libertad, la familia y el mundo. Por nuestro futuro”, afirmó Scott.

 

La prensa –la local y los corresponsales de otras latitudes destacados en Miami- hicieron su agosto. Unos para congraciarse con la política dura frente a los Castro (no hay muchos sirios viviendo en el sur de la Florida); otros pasa seguir empañando la imagen de la ciudad como una Meca de la intolerancia y el conservadurismo tieso que tanto agrada a la izquierda festinada –tan anquilosada como sus antagonistas.

 

Como era de esperarse -igual que cuando los aguerridos de Vigilia Mambisa rompen discos y vociferan en la Calle Ocho-, la noticia aparece hoy desplegada en las páginas del papelucho Granma para demostrar que los “duros de Miami” (la definición es de Bill Clinton) siguen reforzando el embargo contra Cuba.

 

A espaldas de esas versiones simplificadoras, un torbellino comenzó a crecer apenas horas después del performance del gobernador en la Torre de la Libertad.

 

Porque el propio gobernador emitió un comunicado que, en esencia, ponía en solfa el alcance legal del legajo que acababa de firmar. Y aunque era paradójica su actitud, echaba un poco de realismo a la pantomima que acababa de representar, mencionando que la ley plantea un conflicto entre lo que la Florida quiere hacer y lo que las disposiciones federales permiten.

 

Dice el comunicado de Scott: “Debido a que este conflicto podría existir, las restricciones no entrarán en efecto a menos y hasta que el Congreso apruebe y el presidente Obama firme, una ley que permita a los estados imponer independientemente ese tipo de sanciones contra Cuba y Siria (…) Por lo tanto, le pido al presidente Obama que introduzca una legislación federal que le permita a la Florida ir más allá de las dominantes y demasiado permisivas regulaciones federales”.

 

Una muestra de raciocinio

 

Pues sí, el gobernador Scott conserva aún un poco de raciocinio. Es la ley federal la que traza los asuntos del comercio exterior y la nueva legislación reconoce en una cláusula que “no sería activa” de violar el peso de la legislación superior.

 

Lo más hilarante del zafarrancho fue que el representante Rivera -ya eximido de problemas con la ley por la Fiscalía Estatal que lo investigó por supuestos desmanes fiscales- salió al paso para amenazar con que va a llevar al gobernador a los tribunales en caso de que no se cumpla la ley recién aprobada.

 

El descalabro se veía venir. En definitiva, esta es una ley pensada para hacer política en Miami, como si la Florida estuviera al margen de la nación americana.

 

El gobernador sabía lo que estaba entre manos. Los asesores legales del Estado pusieron en entredicho la constitucionalidad del proyecto legislativo. La Cámara de Comercio de la Florida y la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) también lo advirtieron en su debido momento. Hasta una persona bien ajena a “debilidades centristas” como el abogado del condado Miami Dade, Robert Cuevas, había cuestionado ya el alcance del engendro legislativo y recomendó no aplicarla en el territorio condal.

 

Scott viajó recientemente a Brasil y sabe lo que las inversiones y el turismo carioca están aportando al Estado floridano. En el 2011, el millón de brasileños que visitaron la Florida dejaron $1,600 millones a la economía estatal.

 

La ley estatal tomó además el peor momento para aparecer. En su primera visita a Washington, a comienzos de abril, la presidenta Dilma Rouseff y Barack Obama hablaron de ampliar el comercio bilateral, que alcanza los $74,000 millones anuales. Rouseff le manifestó a Obama su preocupación sobre los efectos del proyecto legislativo que asomaba la oreja en la Florida.

 

La preocupación también emergió por parte de Canadá, que junto a Brasil constituyen los dos principales socios comerciales del sur de la Florida.

 

La guerra contra Odebrecht

 

A decir verdad, el detonante de esta ley fue el conglomerado brasileño Odebrecht, cuya sucursal en Coral Gables ha sido responsable por importantes construcciones en el sur de la Florida desde los años 90 a la fecha: el estadio de la Universidad Internacional de la Florida, la American Airlines Arena (sede de los Miami Heat), la ampliación de la Terminal Sur del Aeropuerto de Miami, el Centro de Artes Escénicas y las nuevas obras del puerto miamense. A la vez, Odebrecht está enfrascado en las obras de modernización del puerto del Mariel en Cuba, con una inversión cercana a los $800 millones de dólares.

 

La gran tajada en juego a la que aspira ahora Odebrecht USA son los $700 millones de dólares del Airport City, un proyecto aún en ciernes y que incluye dos hoteles, oficinas y tiendas en áreas aledañas al aeropuerto internacional de Miami. El plan está en estudio por la Administración Federal de Aviación (FAA) y necesitará del visto bueno de la Comisión de Miami Dade, con los consejos del abogado Cuevas.

 

El alcalde Carlos Giménez y los comisionados de Miami-Dade tienen muchas tareas pendientes por estos días. Entre ellas, preocuparse por la suerte de un lote de vehículos adquiridos y abandonados por el condado, a un costo de $6 millones de dólares para los contribuyentes.

 

A fin de cuentas, hay una colosal ironía detrás de todo esto. La entrada de Odebrecht al sur de la Florida se produjo de la mano de un prominente exiliado que encabezó la lucha anticastrista hasta su muerte. Fue Church & Tower, una firma constructora de Jorge Mas Canosa que luego se convirtió en MasTec, la que abrió las puertas de Miami a la hoy controversial firma brasileña.

 

A mí me parece que la Ley de Scott va a correr la misma suerte que el capítulo tercero de la cacareada Ley Helms-Burton de 1996. Éticamente vigorosa, pero inaplicable por razones mayores de política exterior en tiempos de globalización.

 

Las dictaduras son despreciables en Cuba y Siria, y en todas partes, pero no será por escaramuzas legales a distancia que van a derrumbarse.