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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Un momento decisivo

 

Orlando Márquez, Palabra Nueva 

 

Cuando era un joven estudiante de secundaria, descubrí que no ser militante de la Juventud Comunista me ponía en desventaja social ante otros compañeros de clases. Ya conocía que ser católico o creer en Dios me merecía -a mí y a cualquier otro creyente como yo- la desconfianza, pero ahora añadía que esta condición también me impedía estar a la “altura” de mis compañeros militantes de la Juventud Comunista. En las reuniones de “méritos y deméritos”, mis compañeros militantes podían hablar de mis “debilidades ideológicas”, o de si conversaba mucho en clases -lo cual no negaba-, pero cuando llegaba mi turno de hablar y defenderme, al igual que otros no militantes, solo podíamos criticarnos entre nosotros o.

 

La situación se mantuvo en el Preuniversitario, la Universidad y hasta en el lugar de trabajo, y en este último ya se unían a los militantes de la Juventud, los del Partido Comunista. Ante las críticas de un militante comunista había poco que hacer. Ningún militante podía ser criticado en público, solo por otros militantes en su comité de base. Advierto que siempre me llevé bien con todos, pero en este sentido -y en otros muchos- ser militante era un privilegio que te podía mantener en otro nivel: ser intocable ante los no militantes. Parece insignificante, pero no lo es. De este modo se comenzó a abrir la brecha entre el ciudadano común y el militante, aquel que pertenecía a la “clase dirigente”. No obstante, asumir el “rol dirigente” constituye una grave responsabilidad. Hoy en día no sé cómo es, quizás haya variado en algo, pero no estoy seguro. De hecho, la condición de “vanguardia” o “dirigente” atribuida al PCC en la Constitución de la República, mantiene a sus miembros en una situación privilegiada sobre el resto de los cubanos ordinarios: pertenecen al partido que “dirige” a todos. Yo sé que los mismos estatutos declaran que el Partido “asume el mandato del pueblo”, pero en realidad no siempre es así. Basta con reparar en las antiguas quejas ciudadanas en contra de las abundantes restricciones de todo tipo, restricciones que comienzan a ser removidas por razones administrativas, no ideológicas.

 

Hace varias semanas se puso a disposición del público un texto llamado Documento Base para la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, que se celebrará a fines de enero del próximo año. De este modo se puede conocer el criterio del pueblo sobre el texto, lo que es, de algún modo, anticipar criterios públicos sobre la propia Conferencia. Yo no podría decir qué decisiones debe tomar el PCC en su próxima reunión, no me corresponde cuestionar su ideología o estrategia partidista; pero como ciudadano que depende bastante de las decisiones que se tomen en esta institución política, como cualquier cubano que quiere lo mejor para su país, como hombre de fe en Dios que vive aquí, puedo expresar algunas consideraciones.

 

Lo primero es que tal Conferencia se convoca, y debe desarrollarse, en lo que podría ser el escenario más decisivo de la historia nacional. Claro que hubo otros momentos decisivos y críticos. A fines del siglo XIX los cubanos lucharon por la independencia, y la conquistaron a medias. Más de cincuenta años después nuevamente hubo una guerra, esta fue civil y revolucionaria, para revalidar la soberanía nacional y la autodeterminación del país; la revolución social y radical hasta el extremo, se concretó con el compromiso de una mayoría de la población, al menos en la primera década posterior al triunfo de 1959. Pero el momento actual indica una lucha distinta, un reacomodo de intereses que debe resultar en un estadio nuevo al que deberíamos llegar por el camino civilizado de la paz, la ley justa, el consenso y la solidaridad nacional, y de lo cual se evidencian ya algunas muestras favorables: la independencia y autodeterminación del ciudadano frente al Estado, sin perder su vínculo con él.

 

En mi opinión, ahí podría radicar el mayor desafío que enfrentamos como grupo humano, y como ciudadanos. Con perdón de los redactores del citado Documento, y con independencia de unos cuantos puntos con los que puedo estar en desacuerdo, entiendo que el Documento carece de una visión de futuro, de un espíritu de proyección a mediano y largo plazos.

 

Los últimos llamados del presidente Raúl Castro a dejar atrás mentalidades retrógradas, prejuicios y “boberías” de algunos cuadros dirigentes que generan estancamientos económicos y hasta el daño a la dignidad de individuos, así como las importantes medidas económicas -inversiones en la creación de Zonas de Desarrollo, exploraciones petroleras o el todavía limitado pero válido aliento al trabajo por cuenta propia, por ejemplo-, pareciera que apuntan más a un mañana que es necesario levantar hoy: a una Cuba futura que debe haber superado la pobreza, la mediocridad y desaprovechamiento de su abundante talento humano; una Cuba que debe proponerse alcanzar un mayor nivel de desarrollo y que debe dar respuesta a situaciones tan disímiles como la necesidad de aumentar la producción nacional a pesar de la inminente escasez de mano de obra; o a la necesidad de relacionarse con el mundo en igualdad de condiciones, lo cual es difícil de lograr desde una posición de desventaja como resultado de la pobreza económica; o a la urgencia de superar la indiferencia de las nuevas generaciones ante un discurso que pareciera desconocer el que ellas ya elaboran como cubanos, aquí y ahora.

 

Aunque se hace eco de ciertas afirmaciones gubernamentales, el Documento Base parece más bien un intento de poner parches a los problemas del día a día, no una respuesta al reclamo de toda una sociedad cambiada y cambiante que busca asideros para un mañana que se percibe incierto.

 

El pueblo cubano es uno, pero ese uno lo constituye un conjunto de seres humanos, personas con su propia opinión sobre las cuestiones sociales o su responsabilidad social, con sus convicciones políticas, económicas, religiosas, familiares… Aun conservando la unicidad cultural o nacional identitaria como pueblo, y hasta la unidad política en un sentido más amplio del término, cada uno de nosotros mantiene su autonomía como persona y como ser social con intereses y propósitos únicos. La convergencia sana de esas autonomías y de esos intereses, por distintos que sean, es lo que nos debe llevar a compartir la vida en este territorio, que es común, como el bien que debemos procurar. Quien pretenda asumir el “mandato del pueblo”, asume no solo el de una parte, sino los criterios e intereses de todo el pueblo.

 

El deber de la autoridad política, por tanto, es garantizar la convivencia de esas autonomías e intereses, tanto individuales como grupales, y orientarlos hacia el bien común, el desarrollo económico, el avance individual y social, y el crecimiento espiritual de toda la sociedad. El sujeto principal de la acción política es la persona humana en toda su variedad existente, ella debe ser el origen y destino de todo el esfuerzo, de todo proyecto y de toda motivación política. A la persona, sus nobles aspiraciones e intereses, su búsqueda del bienestar propio y familiar, o el del grupo que integre o desee integrar por motivos de interés, deben servir el Estado, así como las instituciones civiles y políticas.

 

Es aquí donde, entiendo, está el meollo de la cuestión. Históricamente, los partidos comunistas que adoptaron el modelo del Partido de la Unión Soviética -incluido el cubano-, no solo afirmaban su primacía como clase dirigente de toda la sociedad, sino que vinculaban matrimonialmente el Partido con el Estado, y la “razón de Estado” -en realidad del Partido, o de su grupo dirigente- se superponía a todo interés individual o social, cultural o económico, familiar o espiritual. Todo debía ser decidido por el Partido y nada podía hacerse sin él. Desde luego que eso produjo grandes contradicciones, y todavía las genera entre nosotros cuando un militante debe elegir entre un interés familiar, o personal, y el Partido. Recientemente, el propio presidente Raúl Castro denunció un caso discriminatorio contra un militante del Partido por razones de fe religiosa.

 

Lo cierto es que el “centralismo democrático” leninista no fue tan democrático, y dejar todas las decisiones en manos de un grupo dirigente, o poner la cuestión ideológica y partidista por encima de los intereses económicos, sociales, culturales, familiares y espirituales, no sirvió para salvar a la misma Unión Soviética. Cuba no es la antigua URSS, ni los retos que enfrenta hoy incluyen otros de carácter étnico o multinacional, que también contribuyeron al hundimiento de aquella organización social. Pero los retos económicos y humanos son similares. Si al menos una lección fuera posible, es que aquel camino, aquellos métodos y aquella supremacía partidista, probaron su ineficacia, y sería bueno hallar respuestas propias a problemas propios.

 

Creo que en esto el pensamiento martiano podría ser de mucha utilidad. Para Martí lo esencial era la libertad humana, su humanismo se desborda de cada texto, de cada línea que escribió y de toda idea que trasmitió. Lo esencial para él no era la revolución, pues en ella vio solo el medio para alcanzar el fin y bien supremo: la libertad de los cubanos y la instauración de una república que diera cabida y posibilidad de concertación armónica a todos los intereses nobles y universales de los ciudadanos. Pero cuando el PCC, tanto en sus estatutos como en este Documento, quiere definirse martiano y marxista-leninista, solo toma del primero el ímpetu de su obra revolucionaria, que efectivamente fue su última etapa, pero que Martí no pensó perpetuar en la república tras lograr la independencia. Dejando a un lado que el propio Martí no comulgaba en absoluto con el marxismo y el odio de clases (no conoció a Lenin, y no vale la pena especular lo que hubiera escrito sobre él), y que no por ello dejó de denunciar los abusos capitalistas, como mismo lo hizo por aquel entonces el Papa León XIII, quizás sea tiempo de inclinar la balanza y ser ante todo un poco más martianos: es nuestro, es grande, sus ideas parten del ser humano y a él regresan, son universales y por tanto vigentes.

 

Claro que mucho dependerá la Conferencia de la postura que adopte el presidente Raúl Castro. Él lleva la doble responsabilidad de presidir el gobierno del país y encabezar el Partido único que dirige el país -pienso que no debería ser así, pero aún es así. A él correspondería hablar de actualización política, una vez que ha hablado ya de actualización económica. Desaparecidos los bloques políticos del ayer, y ante el surgimiento de un mundo nuevo, el gobierno del país no tiene más compromiso que con las necesidades y los intereses legítimos de los ciudadanos. Quizás tenía razón Alexis de Tocqueville cuando afirmaba que, el momento más peligroso de un gobierno en dificultades, es cuando trata de mejorarse a sí mismo. Sin embargo, la política, como la vida misma, puede ser un arte meritorio, de lo posible o lo imposible, da igual, pero arte al fin que beneficie a todos.