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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Un antiguo sueño de Fidel Castro, a punto de hacerse realidad

 

La Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe excluye explícitamente a Estados Unidos y Canadá

 

Eugenio Yáñez, Miami

 

Nunca es tarde si la intención es mala, podrá decir el parcialmente retirado dictador Fidel Castro con relación a la creación en Caracas este próximo fin de semana de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), institución que  agrupará a los países latinoamericanos y del Caribe, excluyendo abiertamente a Estados Unidos y Canadá.

 

Prevista inicialmente para ser creada el 5 de julio de este año en Caracas, tras haber sido acordada en una conferencia cumbre presidencial en Cancún a finales del 2010, la inauguración debió posponerse hasta ahora, cinco meses después, por el cáncer que se detectó al presidente Hugo Chávez.

 

Desde los años sesenta del siglo pasado, Fidel Castro soñaba con una organización de este tipo. Para fundamentarla, ponía el ejemplo de la entonces llamada Organización de Unidad Africana (OUA), posteriormente resucitada bajo la égida y los petrodólares de Muamar el Gadafi con el nombre de Unión Africana (UA), donde nunca participó Europa.

 

Naturalmente, ninguna nación de Europa tenía ni tiene por qué participar en una organización regional africana, de la misma manera que Sudáfrica, Australia, Tailandia o Panamá, por ejemplo, no tienen por qué participar en la Unión Europea.

 

La exclusión de Estados Unidos de CELAC, sin embargo, tiene una intención política marcadamente “antiimperialista”, antiestadounidense. Canadá queda excluido también para mantener una hoja de parra, y decir que se trata de una organización que agrupa países latinoamericanos y caribeños solamente. Pero no puede argumentarse afinidad con la situación africana, pues tanto Estados Unidos como Canadá son países del continente americano, geográficamente definidos desde siempre. La verdadera intención de la nueva institución es excluir a Estados Unidos.

 

Para dorar la píldora, Raúl Castro señaló en aquella cumbre de Cancún donde se tomó la decisión: “La importancia que tiene la CELAC es que es el primer organismo que surge, que estamos los que tenemos que estar, sin enfrentarnos con nadie, ese no es el objetivo”. Y funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores cubano insisten en estos días que “No tiene que ver con ninguna otra institución, ni está dirigida ni contra, ni a favor, ni en vez de, ni para complementar a nadie”.

 

Eso de que “estamos los que tenemos que estar”, aunque lo haya dicho Raúl Castro, en realidad es el viejo sueño obsesivo de Fidel Castro, que siempre pretendió una organización regional que desconociera a Estados Unidos, y es un claro anticipo de eventuales enfrentamientos, aunque se insista que “ese no es el objetivo”.

 

Porque sí lo es. Por eso el diario oficialista Juventud rebelde adelantaba que CELAC tendría entre sus pilares “consolidar la independencia” y “el respeto a la autodeterminación de los pueblos”, consignas de siempre de la izquierda emocional. E insistía que CELAC sería “el primer” organismo continental “en que no estarán Estados Unidos ni Canadá”.

 

Aunque desde el punto de vista del orgullo nacionalista todos los países latinoamericanos y del Caribe dieron su apoyo a la iniciativa de CELAC, en la nueva institución, que será financiada con petrodólares aportados por Chávez, y que no sería extraño que tuviera su sede permanente en Caracas -porque ubicarla en La Habana sería demasiado escandaloso- participarán treinta y tres naciones, y no todas, ni mucho menos, padecen las fiebres “bolivarianas” del socialismo del siglo XXI.

 

Si bien Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador encabezarán un bloque “antiimperialista” perfectamente definido, al que podrían sumarse en determinados momentos Paraguay, Argentina y México, y en ocasiones tal vez Brasil y Suriname, no será fácil unir permanentemente en esa comparsa, al menos por ahora, a Chile, Colombia, Perú, Uruguay, Panamá, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y Honduras, y mucho menos a Belice y las naciones-islas del Caribe.

 

Por eso el periódico oficialista cubano señalaba que la nueva organización deberá enfrentar “tropiezos y zancadillas”, en cierto sentido anticipando que cada fracaso, de los muchos que tendrá la institución, serán achacados a la labor de zapa “del imperialismo” y, claro, de “sus lacayos”.

 

Históricamente, las organizaciones políticas regionales en el continente se han movido entre la apatía, la abulia y la irrelevancia, a pesar de que en algunas de ellas participan también Estados Unidos y Canadá. Instituciones como la OEA, el ALBA, UNASUR, el Parlamento Latinoamericano o el Centroamericano, han demostrado con creces que si no existieran no se notaría demasiado la diferencia.

 

Las únicas instituciones regionales con algunas posibilidades de resultar efectivas en el continente son las que tienen que ver con la integración comercial y económica, en realidad los únicos intereses comunes reales de las élites latinoamericanas y caribeñas.

 

El fracaso de CELAC es cuestión de tiempo, aunque Hugo Chávez y Evo Morales prometan el cielo en Caracas, Fidel Castro “reflexione” sobre el tema próximamente, y Raúl Castro hable como si se creyera lo del éxito de la nueva comunidad. Pero tan pronto comiencen sus actividades, o no se enfrentarán a los verdaderos problemas de importancia para el hemisferio, o no podrán ni siquiera comenzar a resolverlos excluyendo arbitrariamente a Estados Unidos y Canadá.

 

Y entonces sus miembros se desgastarán en retórica, declaraciones abstractas, consignas emocionales, proyectos huecos, comisiones ineficaces, discursos vacíos, jugosos contratos para “expertos” favorecidos con empleos en el nuevo elefante blanco, esotéricas disquisiciones de intelectuales de izquierda y de derecha, y acusaciones al “imperio”, pero sin resolver ningún problema.

 

Porque, aunque Fidel Castro no quiera entenderlo, Hugo Chávez no lo sepa, Evo Morales no sea capaz de comprender, y a Raúl Castro en realidad no le interese, es imposible que la política en el continente americano pueda funcionar con efectividad desconociendo y pretendiendo ignorar a Estados Unidos y Canadá.

 

Así de sencillo.