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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Un éxodo masivo y silencioso

 

 Alejandro Armengol, Cuaderno de Cuba  

 

La cantidad de cubanos que han dejado su país se incrementó con fuerza en los últimos años, según un informe del Gobierno de la isla divulgado esta semana. El éxodo ha alcanzado niveles no vistos desde 1994, cuando decenas de miles se lanzaron al mar en balsas.

 

Esta semana se dio a conocer también que el Departamento de Estado está extendiendo la duración de la mayoría de las visas de visitantes para los cubanos desde seis meses a cinco años, permitiéndoles realizar múltiples viajes al país en ese periodo.

 

Cuba flexibilizó en enero las restricciones para que sus ciudadanos viajen al extranjero.

 

Se cree que los cambios en la política migratoria de ambos países podrían ser utilizados para facilitarle a los cubanos no solamente los viajes, sino el poder quedarse a trabajar en Estados Unidos por un tiempo y volver a la isla cuando quieran.

 

Según el informe demográfico anual de Cuba para 2012, 46,662 cubanos emigraron de forma permanente el año pasado, la mayor cifra anual desde que más de 47,000 personas dejaran la isla durante la “Crisis de los Balseros” de 1994.

 

En los últimos cinco años, los cubanos han estado emigrando a un promedio anual de 39,000 personas, según el reporte, el promedio más alto en un periodo similar desde los primeros años de la llegada de Fidel Castro al poder.

 

Este éxodo masivo y silencioso está conformando un nuevo panorama en el exilio, donde los conceptos de temporalidad e indefinición de fronteras cobran nuevos significados e importancia. Una situación que, por otra parte, hasta el momento se proyecta como beneficiosas para el gobierno de La Habana, en particular desde el punto de vista político, pero que también, y paradójicamente, de momento contribuiría al mantenimiento del statu quo político que necesita el sector de la comunidad conocido como “exilio histórico” para mantener su influencia política.

 

Unas veces en burla, otras de forma patética, una frase caracterizó por años la frustración y añoranza del exilio: “La próxima Nochebuena en La Habana”. La frase no fue un invento cubano -mucho antes los judíos habían lanzado su versión propia- y por supuesto que nunca intentó definir una singularidad. Pero sí servía para expresar un anhelo, más o menos fantasioso, más o menos profundo, más o menos irónico.

 

Ahora carece de sentido. Miles parten desde Miami en diciembre y celebran las Navidades en Cuba, con independencia de quienes gobiernan la isla. La frase que buscaba definir un fin se ha perdido en un limbo. Pero ese limbo que cada vez se extiende más, en que los cubanos recién llegados no demuestran en sus actos una particular vocación política, aunque sí una gran capacidad de adaptación adquirida en la isla, al tiempo que un fuerte apego al concepto tradicional de familia, mientras se omite o no se practica un aferrarse a la noción de patria que por años acompañó a la definición del hogar. Así Miami y Cuba están formando cada vez más un continuo donde la política y la ideología pasan a un segundo plano frente a la valoración y las necesidades familiares. Rompimiento que luego echó a un lado por la necesidad de recibir el beneficio económico de aquellos mismos que había rechazado e incluso castigado por el simple hecho de querer abandonar el país.

 

Sin embargo, ahora detenerse en ese recuerdo carece de sentido para las varias generaciones que han nacido en Cuba tras los primeros “viajes de la comunidad”.

 

Al mismo tiempo, el asentamiento de esos primeros cubanos en Miami —que en un inicio pensaron que sería por corto tiempo, pero luego se transformó en definitivo— facilita en la actualidad que el salto de una a otra orilla se realice dentro de una continuidad que va del idioma a la cultura.

 

Por supuesto que esta adaptación más pausada se realiza a un precio, y desde hace muchos años los que llegan se adaptan a patrones ya creados y no tienen —o no logran— establecer otros propios, salvo en aspectos muy superficiales.

 

Así que a la vez que los nuevos exiliados encuentran posibilidades de empleo, aunque carezcan de conocimientos del idioma inglés o de una educación y entrenamiento acorde a este país, también durante su vida tendrán que conformarse con un desarrollo laboral, social y económico menor. Para la mayoría de ellos, el límite no será el cielo sino algo más concreto: una vivienda o un negocio pequeño, y esto desde una perspectiva favorable. Un exilio de empleados y no de empresarios. El sueño americano en su dimensión más modesta.

 

A la subordinación económica se suma, por supuesto, la política. A estas alturas parece más sensato intuir que el anunciado cambio político, a consecuencias de un cambio demográfico, no se producirá. Los que llegan no muestran la misma urgencia en naturalizarse ciudadanos norteamericanos como caracterizó a los que refugiados cuando se dieron cuenta que el regreso no sería tan inminente como soñaban. En este sentido, el cambio generacional político viene realizándose dentro de un sector dominante del exilio, de forma vertical y no horizontal, con la exclusión de las oleadas de inmigrantes llegados ya hace más de treinta años, a partir del éxodo del Mariel.

 

Es por ello que, salvo en lo que respecta a los viajes, las remesas, algún concierto ocasional de artistas residentes en Cuba y un aislado evento deportivo, poco queda que logre alborotar las diferencias de puntos de vista, no solo en lo que se refiere a la actitud frente a la élite gobernante sino con respecto a Cuba como nación. Por años se buscó justificar este hecho con el argumento de una valoración anticastrista generalizada, pero en la práctica ha terminado por imponerse una explicación más simple: el rechazo ante el gobierno que por años se incubó en los cubanos, hasta que pudieron irse de la isla, se convierte en el exterior en apatía política.

 

Más allá de las ventajas y desventajas económicas que para el sur de la Florida significa esta entrada constante de inmigrantes, de momento cualquier otra consecuencia se verá solo a mediano plazo. No será una consecuencia política inmediata. El resultado que parece más probable es la creación de una red de trabajos por cuenta propia, y hasta de pequeñas empresas particulares en Cuba, que tendrán no solo su fuente de inversión en Miami sino también una vinculación con potenciales ganancias, que irán definiendo la creación de unos nexos capitalistas que aún está por definirse si logran superar el difícil tránsito del timbiriche al negocio exitoso. Mientras tanto, una buena parte de los recién llegados se va a caracterizar por aportar su trabajo a Miami y destinar parte de sus sueldos a cubrir las necesidades de quienes quedaron en Cuba. Con la posibilidad casi segura de la Nochebuena en Cuba, pero sin la entrada al reparto de la cena política, ni aquí ni allá.