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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Tres generaciones de “jineteras”

 

Iván García, Especial para Diario Las Américas

 

LA HABANA.- Historias de tres cubanas nacidas con la revolución de Fidel Castro. La mayor fue prostituta en la década de 1980. No le ha ido mal. Hoy reside en Italia, está casada y visita Cuba una vez al año. Su esposo desconoce su pasado.

 

La mediana ejerció la prostitución en los 90, en los años duros del ‘período especial’. Su casa era un infierno. Una familia compuesta por ex presidiarios, ladrones de poca monta y alcohólicos a tiempo completo. Dos veces estuvo presa por “jinetear”.

 

Ya es una mujer madura. Cuando se pasa de tragos, y le hacen una propuesta que le parece aceptable, se acuesta con desconocidos. Pero ahora se busca la vida vendiendo ropa y bisutería de fantasía en una céntrica avenida habanera.

 

La más joven reside ilegalmente en La Habana. Tras un viaje de casi 20 horas en tren, llegó desde una provincia oriental, decidida a hacer dinero, ayudar a los suyos y radicarse definitivamente en la capital.

 

De los ‘años felices’

 

“Yo no tuve una infancia traumática. Mi familia estaba integrada al proceso revolucionario. Me inicié sexualmente a los 13 años. Era lo habitual en las becas. Tus amigas se burlaban de ti si eras virgen. ‘Vacúnate, te decían, no hace daño’. Y de verdad que el sexo me encantó demasiado”, confesó la mayor de las entrevistadas.

 

“El primero fue un profesor de 40 años. A escondidas, pues si sospechaban que se acostaba con una alumna lo despedían. Éramos pobres, pero felices. No había internet, celulares ni redes sociales. Tampoco CD ni DVD. La gente no se quejaba en voz alta del gobierno, se consideraba un delito. Entonces la revolución tenía más seguidores”, dijo.

 

“No recuerdo a nadie hablarme de derechos humanos o libertad de expresión. Veíamos normal que no hubiera elecciones presidenciales. Y que Fidel, cuando le diera la gana, encadenara toda la radio y televisión y diera un discurso de 6 horas”, amplió.

 

“Todo lo bueno y lo malo dependía del gobierno. Desde un ventilador hasta un apartamento en Alamar. Por la libreta de racionamiento, el Estado te otorgaba una cuota más amplia que la actual: carne de res cada 15 días, leche condensada, caramelos y galletas dulces. Dejé los estudios cuando termine el bachillerato. Mi novio era ‘jinetero’, pero no tenía nada ver con la prostitución. ‘Jinetear’ era sinónimo de dedicarse a comprarle dólares a los turistas o venderles discos y tabacos. El dólar era ilegal. Si te pillaba la policía, te sancionaban a cuatro años de cárcel”, subrayó.

 

“Pero era un negocio de primera. Tú comprabas el dólar a 4 pesos -el Estado lo canjeaba a uno por uno- y con esos dólares le pagabas a un extranjero residente en Cuba, un dólar por cada dólar de compra en una tienda de divisas. Adquirías un lote de ropa y tenis baratos que luego se vendían cinco veces el valor de su costo. Me acostumbré a esa buena vida de restaurantes caros tomando cerveza checa en el restaurant Sofía, comiendo pollo a la barbacoa en el restaurante Polinesio del Hotel Habana Libre y andando en taxis por La Habana en unos Chevrolet y Ford de fabricación argentina, comprados a la dictadura militar”, apuntó.

 

“Mi novio se fue en una balsa. Me quedé al garete. Tenía miedo que la policía me cogiera comprando dólares en la calle. Una amiga fue la que me dio la clave. En diciembre, durante los festivales de cine de La Habana, en el hotel Nacional por las noches daban fiestas por invitación a los participantes en el evento. Ahí fue donde por primera vez me acosté con un ‘yuma’ (extranjero). Me dio 200 dólares, una fortuna entonces”, contó.

 

“Luego seguí ‘jineteando’ a discreción. Nunca fui detenida por la policía. Tenía pinta de universitaria. No usaba minifaldas ni vestidos provocativos. Más que por dinero, lo hacía porque me gustaba estar en ambientes de lujo y confort. Detestaba la pobreza en que vivíamos los cubanos. Una tarde, caminando por la Calle 23, conocí a mi esposo. Le hice el típico cuento de la niña buena. Llevamos 22 años casados. No me quejo. Vivo en una sociedad libre. Quizás, antes de morir, le cuente a mi marido fui jinetera. De momento, es mi gran secreto”, concluyó.

 

De ‘período especial’

 

“Ya tengo 35 años y no sé quiénes fueron mis padres. Me he pasado la vida averiguando. Unos me cuentan que están muertos. Otros, que residen en Estados Unidos. Da igual. Son unos perfectos hijos de p... Así y todo quisiera conocerlos”, declaró la mediana de las tres entrevistadas.

 

“Crecí en casa de una tía que la mitad del día andaba borracha. Mis tíos y primos eran unos perdularios. Ladrones de tendederas, depravados y marihuaneros. O andaban presos o los estaba buscando la policía. A los 14 años le daba dos o tres ‘patadas’ a un cigarro de marihuana. Tomaba alcohol de bodega filtrado con carbón y el sexo era casi un deporte”, señaló

 

“Una amiga del solar donde vivía fue mi primera ‘maestra’. Me dijo, ‘si no sales de esa mierda nunca llegarás a ser persona’. Comencé a jinetear en 1993, recién cumplidos los 15 años. Tenía un cuerpo de esos que hacen que los hombres vuelvan la cabeza”, explicó.

 

“Entre apagones de 12 horas y un hambre del carajo, pedíamos ‘botella’ (auto stop) y nos íbamos a la playa. En esa etapa apenas había guaguas. Sacábamos la mano y cuando el chofer de un auto o camión paraba, le hacíamos la propuesta. Si nos adelantaba, sexo oral. Y si nos dejaba en la playa, el sexo era completo”, apuntó.

 

“Andábamos con una navaja de barbero en el bolso. De noche pululaban los tipos borrachos que intentaban violarnos. Nos prostituíamos en la playa de Santa María y Guanabo. Solo con extranjeros. Pedíamos 100 dólares por la noche. Pero ya en esa etapa había tantas ‘jineteras’ que la competencia era dura y nos fajábamos entre sí. Si la noche estaba floja, por 20 dólares nos acostábamos con cubanos que trabajaban en turismo o choferes de taxis por divisas. En 1998 me detuvieron, durante una redada policial contra las drogas y prostitución. Me acuerdo que estaba con un español en el Salón Rojo del hotel Capri”, precisó.

 

“Estuve dos años presa. Aquello era la ley de la selva. Pero yo venía de una jungla. En la cárcel me enamoré perdidamente de una muchacha que fue mi compromiso casi diez años. Cuando salimos, alquilamos un cuarto. No pensábamos volver a ‘jinetear’. Pero la calle estaba muy dura. Trabajábamos limpiando pisos en un hospital”, relató.

 

“Con la miseria que ganábamos no podíamos comprar ni un chicle. Volvimos al fuego. Estaban de moda el sexo con lesbianas. Si el cliente era cubano, cada una ganaba de 25 a 30 cuc. En caso de ser ‘yuma’, la tarifa subía hasta 60 o 100 cuc para cada una. Los españoles eran muy tacaños y los mexicanos, racistas. Preferíamos canadienses y franceses. Aunque los mejores clientes que tuvimos era cubanoamericanos. Ellos son los que entienden mejor nuestras historias”, explicó.

 

“Después de separarme de mi novia, estuve con varias chicas, tan perdularias como yo. Nada serio. En 2008 volví al ‘tanque’ (cárcel) por año y medio. Ahora estoy tranquila. Vendo ‘pacotilla’ (ropa y otros productos) y gano dinero suficiente para comer. Cuando me doy unos tragos y se me pega algún tipo lo ‘jineteo’. Me acuesto con hombres solo por dinero. Soy lesbiana de cuerpo y alma”, enfatizó.

 

De la ‘era digital’

 

“Pertenezco a la tercera generación de ‘jineteras’ dentro de mi familia. Mi abuela lo fue, mi madre también. Nací en un pueblo de una provincia oriental donde después de laS 7 de la noche lo único que queda es ver televisión, tomar ron o hacer el amor”, confesó la menor de las tres mujeres.

 

“Mi madre se prostituía en una zona donde perforaban pozos de petróleo. Le decían ‘las rameras del petróleo’. Crecí escuchando historias de jineteras. Cuando algunas regresaban de la capital, parecían artistas de Hollywood. Venían cargadas de bolsos con artículos de calidad y fumaban Marlboro. Yo no quería ser una mesera ni una trabajadora agrícola. Deseaba ser una ‘jinetera’ de éxito”, señaló.

 

“Quería ligar (conseguir) un extranjero. Enamorarme de un europeo bien parecido y formar una familia. Pero antes, debía salir huyendo del caserío donde vivía. Porque los propios parientes, cuando se le sube el alcohol a la cabeza, intentan acostarse contigo. Es tremendo. Nos ven como hembras para apagar su fuego sexual”, puntualizó.

 

“Todo eso me asqueaba. Hasta mi abuelo me miraba con lascivia. Llegué a La Habana con 145 cuc que hice acostándome a la vez con dos turistas japoneses. Viajé en un tren lento y sucio. El trayecto duró casi 20 horas”, rememoró.

 

“Yo tenía un contacto, uno de mi pueblo que era chulo (proxeneta). Me alquiló un cuarto sin luz eléctrica ni agua corriente en un edificio de Centro Habana que se mantenía en pie por obra y gracia de milagro. Las reglas eran tajantes. Le debía entregar el 40 por ciento del dinero. Por ser paisana, hizo una excepción conmigo: el resto de las muchachas le tenían que dar la mitad. No me trataba mal. Y me buscaba clientes. En una noche me acostaba hasta con ocho hombres. Algunos apestaban. Me pagaban 10 cuc por una hora”, confesó.

 

“Unos meses después, este chulo se fue del país. Otras dos jineteras y yo hicimos una especie de sindicato. Una señora mayor, con una buena casa, es nuestra matrona. Tiene mal carácter y es demasiado ambiciosa”, afirmó.

 

“Por 20 cuc, un amigo nos colgó un anuncio en internet. También nos abrió cuentas en Facebook. Para camuflar la prostitución, aparentamos que deseamos conocer amigos. Tenemos fotos en poses artísticas y en trajes de baño. Por esa vía he conseguido algunos clientes, no muchos. El resto hay que salir a buscarlos a la calle, en los barrios pobres. Tenemos buenos contactos con choferes de turismo y carpeteros de hoteles, quienes nos informan de los extranjeros que viajan solos”, dijo.

 

“Las cosas van más o menos. Nunca he estado presa, aunque tengo dos actas de advertencia de la policía. No tengo papeles para residir en la capital. Espero gestionarlos pronto, cuando me case, por conveniencia, con un señor mayor”, indicó.

 

“Todos los meses le giro dinero a mi madre y a mis dos hermanitos. Unas veces 100 pesos convertibles, otras menos. Hago lo que puedo. Si no aparece el europeo de mis sueños y consigo marcharme de Cuba, La Habana seguirá siendo mi Miami”, aseguró.