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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Ser maestro, la última opción en Cuba

 

Por Iván García, Especial para Diario Las Américas

 

LA HABANA.- Estudiar magisterio en este siglo de revolución digital vale poco en Cuba. El régimen no ha dignificado la profesión. Un maestro de primaria devenga un salario de 400 pesos mensuales (15 dólares). A cambio, un policía de infantería, por estar 8 horas pidiendo carnet de identidad o velando por el orden gana 800 pesos al mes.

 

Los oficiales del ejército o de la Seguridad del Estado compran alimentos y artículos de primera necesidad a precios subsidiados. En verano, pasan sus vacaciones en villas de recreo exclusivas para militares y donde por el alojamiento, comida y bebida pagan precios entre un 50% o 70% más baratos que el resto de los cubanos.

 

Los maestros no tienen esos privilegios. Si laboran en escuelas primarias con seminternados, tienen derecho a almorzar en el comedor, donde  la alimentación es pésima. Las vacaciones veraniegas se las pasan delante de la tele viendo culebrones. De vez en cuando van al cine o el teatro. O a una playa o un campismo popular. Y para de contar.

 

Los bajos salarios y el poco apoyo del Estado al magisterio han repercutido en la deserción masiva de profesores. Como Orlando, 45 años, ex profesor de Geografía en una escuela secundaria en Diez de Octubre.

 

“No era fácil. A los salarios ridículos, súmale la presión del director del centro o los funcionarios de provincia, para que tuviésemos altos índices de alumnos aprobados. Esto traía aparejado la aceptación del fraude académico y poder enarbolar buenos resultados. Desde hace tres años me gano la vida vendiendo  frituras de harina. En un día suelo obtener lo que ganaba en un mes como maestro”, apunta Orlando.

 

Debido a los cientos de maestros que renunciaban y se iban a trabajar como maleteros en un hotel cinco estrellas o amasando pizzas caseras, a principios de 2001 Fidel Castro, optó por preparar en cursos acelerados a maestros sustitutos y los llamó ‘emergentes’.

 

Sólo en La Habana hay un déficit superior a 6 mil profesores de primaria y secundaria. En 2012, 14 mil maestros solicitaron su baja por licencia médica u otras causas.

 

El 80% de las plazas en carreras pedagógicas quedaron vacantes. Casi ningún joven quiere ser maestro. Algunos, como Yosbel, 23 años, aceptaron ser profesores para evadir el servicio militar.

 

“Cuando cumpla 28 o 29 años renuncio y me pongo a trabajar en cualquier oficio mejor remunerado. Ser maestro en barrios marginales habanero, como es mi caso, trae broncas y peleas con los alumnos o sus padres. Doy clases a adolescentes de 14 y 15 años que cursan noveno grado. El aula parece un ‘plante’ de abakuá. De los 14 varones, 5 son ñáñigos. Son violentos y portan armas blancas. Eso sin contar que aprobar a los alumnos se ha convertido en un negocio”, señala Yosbel.

 

Según Yenisbel, estudiante de décimo grado, todo es tan fácil como ofrecerle 5 pesos convertibles. “Existen alumnos inteligentes que no necesitan dar dinero. Pero ciertos profesores corruptos los evalúan con exigencia y les otorgan bajas calificaciones, obligando a sus padres a desembolsar dinero para que los aprueben. Porque si tienes bajas notas al terminar el bachillerato, no puedes optar por buenas carreras universitarias. Al final, la mayoría paga 5 cuc”, confiesa Yenisbel.

 

Semejante fraude y corrupción ha traído consigo un descenso notable de los conocimientos. Los ‘emergentes’, denominados ‘maestros instantáneos’ en el argot popular, son el primer eslabón de una cadena de desastres educacionales.

 

Por lo general son muchachos, hembras y varones, que si no fuera por el uniforme azul que le otorga el Estado, usted los confundiría con alumnos. Al no tener vocación por la profesión, imparten clases sin una suficiente metodología pedagógica.

 

Ernesto, 19 años, es maestro de español en una secundaria de Marianao. Viste como un rapero, con dos argollas en la nariz. Cuando no tiene deseos de dar una nueva lección, convierte el aula en una peña deportiva. El tema: fútbol internacional. “Ni yo quiero ser maestro, ni muchos alumnos tienen deseos de aprender. Por eso, lo mejor es a cada rato hablar de lo que les gusta, sea música, telenovelas o deportes”, dice Ernesto.

 

Todos esos desaguisados repercuten negativamente en la formación de futuros profesionales. A día de hoy, muchos estudiantes de secundaria y bachillerato se expresan en un español degradado, repleto de jergas aprendidas en sus barrios o dichas por sus ídolos del reguetón.

 

Su cultura general deja bastante que desear. Adolescentes de mecha corta, que pueden armar una pelea en cualquier sitio o pasarse horas en un gimnasio. De literatura universal, geografía o historia saben lo justo.

 

La pésima calidad de la educación en Cuba ha provocado que numerosos padres en horarios extra escolares, paguen a experimentados profesores jubilados entre 8 y 10 cuc al mes para que repasen a sus hijos.

 

La enseñanza primaria también la está pasando mal. Una profesora de segundo grado de la escuela Juan Oscar Alvarado, en el Reparto Sevillano, a escondidas de la directora, a los alumnos vende chiclets a dos pesos.

 

Una madre cuenta que la escuela donde estudia su hijo la han convertido en un bazar. “La auxiliar de limpieza vende jugo. Una maestra dulces. Otro ‘quema’ discos de video o audio. Es increíble”, dice alarmada.

 

Si en Finlandia, a la cabeza del planeta en educación primaria, los mejores y más calificados maestros dan clases en escuelas primarias, en Cuba no sucede igual.

 

Es en los primeros grados donde los niños aprenden a leer y a realizar operaciones aritméticas. Donde se supone sean forjados las mujeres y hombres del futuro. Alejandro, arquitecto de 46 años, no olvida a su maestra de cuarto grado, por lo valores que le inculcó, entre ellos el amor a la lectura. “A la vuelta de unos años, mis hijos no se acordarán del nombre de sus primeros maestros. Ellos no le han aportado nada”, acota.

 

Mientras el Estado y la sociedad no enaltezcan el papel de formador de generaciones de un maestro, la educación en Cuba seguirá cuesta abajo.

 

Heriberto es directo: “Un recogedor de basura gana más que un maestro. Igual que un chofer de ómnibus, un trabajador agrícola, un estibador o un militar. El que elige ser maestro  es por vocación. O porque no le queda ninguna otra opción”.