Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Radiografía de una muerte anunciada

 

Ariel Hidalgo, El Nuevo Herald

 

No mucho antes de su muerte, Juan Wilfredo Soto García, conocido con el mote de “El estudiante”, había alertado por vía telefónica a Radio Martí de las amenazas de un oficial de Seguridad del Estado por apoyar al conocido disidente Guillermo Fariñas: “Atente a las consecuencias que te puedan pasar”, le había advertido y Soto había responsabilizado a la Seguridad cubana y al Gobierno y la policía de Santa Clara “por lo que pueda sucederme de ahora en adelante”. En la mañana del jueves cinco de mayo es detenido en el parque Leoncio Vidal. Según la versión oficial, su arresto fue motivado por generar un escándalo público. Pero según versiones independientes, no estaba realizando protesta alguna sino conversando con algunos amigos y el único escándalo público consistió en haberse resistido a abandonar el parque cuando un policía lo conminó a desalojarlo. Los medios cubanos alegan que se trataba de un hombre enfermo, y que las razones de su muerte, tres días después, fueron naturales: una “pancreatitis aguda”. Pero algunos testigos alegan que fue objeto de una “brutal golpiza” con una porra de goma mientras estaba esposado. Es evidente que un porrazo en el páncreas puede causar, “naturalmente”, una pancreatitis aguda.

 

Cierto que sus problemas de salud databan de mucho antes. ¿Por qué se agravan a partir del mismo arresto hasta el punto de que un oficial ordena de inmediato su hospitalización? Es atendido en el hospital Arnaldo Milián Castro, y dado de alta esa misma mañana. En el trayecto de regreso a su hogar en un bicitaxi, se encuentra con un amigo y correligionario, el pastor bautista Mario Lleonart Barroso, quien se percata de su rostro contraído por el dolor. Soto le dice: “Me acaban de golpear salvajemente en el parque”. Y añade: “Me mataron”. En cuanto se separan, Lleonart informa a varios amigos comunes a través de un tweet que se registra a las 11:55 a.m. Debido a su creciente dolor, al siguiente día, en la mañana del viernes, Soto vuelve a la unidad de cuidados intensivos, donde muere dos días después, a las 12:30 a.m. del domingo. No hablen, por tanto, de “tres días” de diferencia para descartar una relación causal entre arresto y muerte.

 

¿Policías cubanos matando a alguien a golpes? No dudo que en Cuba haya policías amables y tolerantes, pero todo el que haya pasado una parte de su vida recluido en centros penitenciarios del país sabe perfectamente que hay otros muchos capaces de los actos más despreciables.

 

Independientemente de las diferentes versiones hay cosas que nadie ha negado: que su muerte se produjo tras su arresto y que su arresto se debió a su negativa a abandonar el parque. La consigna de que “la calle es de los revolucionarios”, no resiste el más ligero análisis. Ninguna dictadura anterior llegó tan lejos. Por supuesto que se entiende en este caso el término “revolucionario” como sinónimo de incondicionalidad al poder absoluto que rige actualmente en Cuba y no en su original sentido, pues esa dirigencia dejó de serlo cuando después de expropiar a capitalistas y terratenientes, despojó también a los trabajadores independientes hasta de sus más modestos medios de labor para convertir a todos los obreros cubanos en meras tuercas de la maquinaria estatal. Por el contrario, son ellos los que con toda justicia merecerían el calificativo que injustamente nos endilgaban en prisión: contrarrevolucionarios.

 

Hay argumentos ridículos para restar importancia al hecho como que Wilfredo no era un verdadero disidente sino un “opositor” que deseaba el total desmantelamiento del sistema. Pero ser opositor, de cualquier gobierno que sea, es un derecho legítimo reconocido internacionalmente. Opositores fueron también los miembros de la actual dirigencia histórica durante el batistato, quienes, a propósito, no llegaron al poder tirando flores sino bombas que estallaban en los cines y otros lugares públicos con víctimas inocentes. El Colegio José de la Luz y Caballero de Antilla donde aprendí mis primeras letras fue destruido por las llamas por participar en un desfile que los insurgentes boicoteaban. ¿Cuántas bombas había puesto Soto García? ¿Practicaba, acaso, la violencia? Todo lo contrario. Su posición era pacífica, y defender cualquier proyecto sobre la Cuba futura , estemos o no de acuerdo, es una opción legítima que merece todo nuestro respeto. Esperemos, no obstante, los consabidos expedientes penales que “probarán” que Soto era un “vulgar delincuente”.

 

Siendo partidario de la reconciliación nacional entre todos los cubanos, nada me agrada denunciar un hecho como éste. Pero a la meta de una Cuba moralmente superior no se llega velando la verdad, sino enfrentándola.