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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Raúl Castro y la juventud de sus ancianos

 

Para ser joven hace falta algo más que proclamarlo

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

Como no tiene ningún logro que mostrar, Raúl Castro dijo que ese engendro que en estos momentos él dirige “sigue siendo una revolución de jóvenes”, como lo eran los que atacaron el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

 

Ser joven, más que por edad biológica, puede ser una condición del espíritu que no necesariamente se marchita con el paso de los años. De manera que no habría nada extraño en personas de la tercera edad que se sientan jóvenes. ¿Será ese el caso de los dirigentes cubanos?

 

Y, también, por el contrario, tengamos en cuenta que ha habido jóvenes, biológicamente hablando, que desde siempre fueron decadentes, amargados, incapaces de atisbar un lado agradable de la vida, o de reírse alguna vez con un chiste del recientemente fallecido Guillermo Álvarez Guedes. Las frustraciones, odios y envidias les corroen. Pongo un ejemplo: ¿alguien ha escuchado alguna anécdota, narración o testimonio que mencione a Fidel Castro haciendo un chiste o “tirando un pasillo” de baile, en cualquier lugar, momento o circunstancia? A pesar de tratarse de dos acciones que son parte intrínseca del código genético de cualquier cubano en cualquier época, joven o anciano, hombre o mujer, profesional o analfabeto, del campo o la ciudad, generales o doctores, obispos o embajadores.

 

En honor a la verdad, no es el caso de Raúl Castro: en los años sesenta le gustaba “arrollar” en las congas santiagueras en tiempos de carnaval. Igualmente, en muchas ocasiones trata de hacer chistes, aunque sabemos que esa no es su especialidad.

 

Entonces, ¿Raúl Castro puede ser considerado eternamente joven, mientras su hermano mayor, ahora con casi 87 años, nunca fue joven? No hay que ir tan rápido hacia las conclusiones, que quedan otros puntos por revisar.

 

La verdadera jerarquía del poder en Cuba, aunque muchos “cubanólogos” no lo sepan, así como tampoco muchos corresponsales extranjeros acreditados en la Isla, se determina por el orden en que se anuncian los integrantes del Buró Político al terminar los congresos del Partido. Quien quiera decir otra cosa o señalar que eso son invenciones está en todo su derecho, pero no necesariamente tendrá razón.

 

Y en el Sexto Congreso -ese de lineamientos y actualización- los primeros cinco en el orden de presentación fueron Raúl Castro, Machado Ventura, Ramiro Valdés, Abelardo Colomé (Furry) y Esteban Lazo, cinco “casi adolescentes” que acumulan entre ellos trescientos ochenta y ocho años de edad.

 

El próximo en la lista era el ahora defenestrado Ricardo Alarcón (76 años), seguido por el aparente delfín Miguel Díaz-Canel (52). A continuación los generales “Polo” Cintras Frías, Ramón Espinosa y Álvaro López Miera, y el insípido Salvador Mesa Valdés: entre los cuatro superan los doscientos ochenta años.

 

Entonces, considerando en la lista a los primeros diez miembros del Buró Político en activo en estos momentos resulta una suma conjunta de 720 años, a un promedio de 72 per cápita, gracias a que la presencia de Díaz-Canel ayuda a reducir la cifra. Si él no fuera incluido, los otros nueve “jovencitos” del Buró Político promedian más de 76.2 años per cápita.

 

Añádase a la lista altos funcionarios del gobierno muy cercanos a Raúl Castro, como los generales Antonio Enrique Lussón y Ulises Rosales del Toro, o los “civiles” Ricardo Cabrisas y “el gallego” Fernández, que entre los cuatro aportan unos trescientos diez años de edad al “círculo infantil” de Raúl Castro. 

 

Con esa selecta tropa para dirigir el país, que de conjunto supera mil años, Raúl Castro, pretende que lo que él llama revolución cubana siga siendo “una revolución de jóvenes”. Pero visto que lo de jóvenes no puede ser por edad, se podría pensar que lo considera así por la actitud que adoptan ante la vida.

 

Características de los jóvenes en general son la apertura hacia nuevas ideas, la rapidez con que actúan, la flexibilidad de pensamiento, el interés por lo desconocido, la disposición a experimentar nuevos proyectos, la serenidad con que se arriesgan, y hasta cierta irreverencia hacia teorías que no se corresponden con su imagen del futuro.

 

Y parece que ninguna de esas características pueden encontrarse ni en Raúl Castro ni en ninguno de los primeros diez miembros del Buró Político, que siempre asienten mansamente, sonríen metódicamente, aplauden acompasadamente, y actúan ovinamente cada vez que se habla de que hay que avanzar “sin prisa pero sin pausa” aunque se esté al borde del abismo. Y cada vez que escuchan la frasecita repiten: “sin prisa pero sin pausa”. Sería lo mismo a la inversa, “sin pausa pero sin prisa”: nada cambia, ni la prisa ni la pausa.

 

Y dicen fundamentar su proyecto político en una ideología del siglo 19 que ya en el 20 había quedado obsoleta y en el 21 solamente la enarbolan las lumbreras intelectuales que dirigen países “revolucionarios” de América Latina, mientras Fidel Castro se dedica, según ilustres visitantes, a buscar nuevas fuentes de alimentación para la humanidad, después de haber destruido todas las existentes en Cuba antes de su funesta aparición.

 

Esa comparsa en el poder mantiene y defiende posiciones trogloditas: reaccionarias, conservadoras y retrógradas. Entonces, si esa camarilla ni por edad, ni por actitud, ni por ideología, ni por comportamiento, ni por pensamiento, ni por resultados, ni por acciones, ni por correr riesgos, dan la impresión de ser o de que les interese ser jóvenes, ¿a que viene esa pretensión extemporánea de Raúl Castro y la gerontocracia cubana de hacerse dueños también de los conceptos de juventud y de futuro?

 

Mejor que en vez de intentar deformar la realidad dejaran paso a las nuevas generaciones, que lo harán mejor, porque es imposible hacerlo peor. Y si les queda espíritu para algo, que se dediquen a contar chistes o intentar “pasillitos” de baile.

 

Aunque algunos de ellos, si lo intentaran, serían tremendamente aburridos. Casi tanto como Fidel Castro.