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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Raúl Castro no tiene prisa… ni prosa

 

¿Le sobra el tiempo o se considera inmortal?

 

Eugenio Yáñez, en Cubaencuentro

 

Como si le sobrara tiempo, Raúl Castro no muestra prisa por avanzar en la solución de los problemas de Cuba.  Tras medio siglo de fracasos, dice que “El resultado alcanzado no nos satisface, pero tampoco nos desanima en lo más mínimo”.

 

Poco original el general. Ahora la palabra del día es gradualidad. “La gradualidad no es un capricho -dijo-, ni mucho menos el deseo de retrasar los cambios que debemos efectuar; todo lo contrario, se trata de una necesidad para asegurar el orden y evitar vacíos que nos conducirían directamente a errores que desvirtúen los objetivos propuestos”. Teniendo en cuenta ese enfoque, todo parece indicar que continuará fracasando “gradualmente”.

 

Tampoco muestra mucha prosa el general: para decir lo que dijo en el último cónclave del siempre unánime “parlamento” cubano, no hace falta oratoria ni prosa de lujo: basta una grabadora que repita, una vez más, lo que se viene diciendo hace 10, 20, 30, 40, 50 años en la Cuba de los Castro: la culpa la tiene el imperialismo, o el totí, o la tienen otros, o no la tiene nadie, pero nunca la tendrán los gobernantes cubanos. ¡Faltaría más!

 

Según Raúl Castro, la “desaceleración” de la economía cubana, eufemismo para decir que Cuba será el país con menos crecimiento en América Latina en el 2014, está provocada por factores internos (incumplimientos en las exportaciones, condiciones climatológicas adversas, insuficiencias de gestión) y externos (crisis internacional, bloqueo de EEUU).

 

Sería bueno saber cuál de los cinco factores mencionados tiene que ver con que en Cuba no se produzcan ni siquiera suficientes calabazas o boniatos a precios asequibles a los salarios de los cubanos.

 

Dicen y repiten en La Habana que pretenden un socialismo próspero y sustentable, aunque nadie hasta ahora haya explicado las características de ese supuesto socialismo. Hace escasamente tres meses, cuando se reunió la Asamblea Nacional para refrendar la Ley de Inversión Extranjera, se dijo que la economía cubana debería recibir unos 2,500 millones de dólares anuales en inversiones extranjeras y crecer a un ritmo entre 5 y 7 por ciento anual para ese socialismo próspero y sustentable.

 

Sin embargo, y a falta de inversiones extranjeras en los primeros meses del año, el plan de la economía cubana para 2014 contemplaba un insignificante crecimiento del PIB del 2.2%, bastante lejos del 5-7% deseado, aunque con el raquítico crecimiento del 0.6% logrado durante el primer semestre del año, fue necesario ajustar la previsión del 2014. Lo dijo Raúl Castro: “Para alcanzar al cierre del año un crecimiento del Producto Interno Bruto del 1,4%, se requerirá trabajar más y mejor en el segundo semestre y potenciar el empleo de las reservas de eficiencia que no explotamos adecuadamente”. No está automáticamente garantizado ese potenciar en el empleo de reservas de eficiencia en un país donde se incumplen los planes y donde lo menos presente en la producción y servicios de las instituciones estatales es precisamente la eficiencia.

 

Dicho con otras palabras, al menos este 2014, lo de socialismo próspero y sustentable, de acuerdo a las cifras ofrecidas por el mismo gobierno y su máximo dirigente, quedará diferido hasta quién sabe cuando. ¿Tal vez hasta las calendas griegas?

 

Si tareas relativamente sencillas, como eliminar el invento súper-ineficiente que son las empresas estatales de Acopio, que llevan años y años destruyendo la riqueza del país sin que nadie decida cortar el nudo gordiano y eliminarlas de una vez por todas, ¿qué puede esperarse para poner en práctica la separación de funciones entre órganos locales de gobierno y consejos de administración, o entre funciones ministeriales y empresariales?

 

Ya en la década de los ochenta del siglo pasado discutíamos sobre esos temas en cursos, seminarios y estudios de casos para dirigentes estatales y empresariales en ministerios, órganos locales de gobierno y empresas, así como en cursos de postgrado para profesores de la enseñanza superior. Prácticamente todos los presentes estaban de acuerdo en la necesidad inexcusable de acometer esas tareas para elevar la efectividad y eficiencia de la dirección y gestión en el país. Las diferencias fundamentales de opiniones se daban en cómo llevar a cabo ese proceso, pero en sentido general se sabía que, en la forma en que se organizaba y dirigía la economía del país en aquellos momentos, era imposible obtener resultados aceptables, y mucho menos avanzar.

 

En las bibliotecas universitarias en La Habana y provincias deben quedar rastros suficientes de todo aquel esfuerzo colectivo que se realizaba hace más de veinticinco años. De ahí que la “gradualidad”, más de un cuarto de siglo después, suene a burla o cinismo, pero de ninguna manera a estrategia bien fundamentada.

 

Peor aún será con la unificación monetaria. Lo que se desee, cuando se aplique en el famoso Día Cero, chocará con un escollo insalvable: ¿con qué contabilidad se valorarán activos y pasivos de empresas, unidades presupuestadas, cooperativas agropecuarias y no agropecuarias, campesinos privados y cuentapropistas? Porque la contabilidad que funciona en Cuba, puro surrealismo se considera “no confiable”.

 

De manera que habrá que seguir esperando por la “gradualidad”, porque Raúl Castro quiere avanzar sin pausa pero sin prisa… y además sin prosa para convencer.