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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Raúl Castro cumple siete años gobernando en el caos

 

En el verano de 2006 heredó un país que su hermano le había dejado en números rojos. La economía interna era un auténtico desastre  

 

Iván García, Especial Diario Las Américas

 

LA HABANA.- Rendir cuentas de su gestión como gobernantes nunca estuvo entre las prioridades de los hermanos Castro. Los caudillos modernos se consideran por encima del bien y el mal.

 

Si Fidel Castro gestionaba la nación como si fuese una bodega particular, con planes económicos descabellados, saltándose el presupuesto estatal, desangrando las finanzas, recursos materiales y sacrificando vidas humanas en guerras en África y planes subversivos en América, a Raúl Castro le ha tocado la difícil tarea de salvar y perpetuar la revolución.

 

Pudiera parecer una misión imposible. El 31 de julio de 2006, “Castro II” heredó un país en números rojos. La economía interna era un auténtico caos. En bancarrota y con un cartel de poderosos burócratas corruptos, que tras bambalinas manejaban los hilos del comercio interior.

 

Los cubanos, cansados y sin futuro, vivían de campaña en campaña. El factor ideológico era una de las claves del barbudo. La nación se movilizaba y la industria se paralizaba, para sembrar plátanos burros en el campo, pedir el regreso de Elián González o la libertad de cinco espías presos en Estados Unidos.

 

Cuba era lo más parecido a un manicomio. Fidel, líder histórico de la revolución, transformó a la tercera economía del continente en un lodazal.

 

Poco o nada funcionaba bien. El transporte público era ineficiente y la producción casi nula. Las personas iban al trabajo a holgazanear o robar. Lo mejor, la sanidad y la educación, comenzaron a retroceder.

 

DESCONTENTO NACIONAL

 

Los cubanos no estaban, ni están contentos. Las quejas no hay manera de exponerlas públicamente. Los medios son una caricatura administrada por el régimen.

 

La solución de muchos es huir en balsas de goma, como polizontes en un barco o avión comercial, secuestrando una lancha de pasajeros o casándose con un residente de Europa o Canadá que a veces triplicaba la edad del cónyuge.

 

El panorama que tenía ante sus ojos el “camarada Raúl” el 31 de julio de 2006, cuando su hermano le traspasó el poder, era bien feo. Cuba estaba rota, apagada.

 

Los cubanos eran ciudadanos de cuarta categoría en su patria. Prohibido era la palabra de moda. No teníamos derecho a vender nuestras casas y autos adquiridos después de 1959. No podíamos alojarnos en un buen hotel y para viajar al extranjero, una comisión del Ministerio del Interior debía aprobar tu salida.

 

El general vino, para decirlo en términos beisboleros, de lanzador de relevo. A mediados de la década de los años 90, las empresas militares controlaban el 80% de la economía nacional por medio de un entramado en sectores claves.

 

COMUNISTA DE CORAZÓN

 

Las diferencias entre una gestión de Gobierno y otra y se vislumbrarían desde sus inicios. Fidel Castro jamás aprendió a escuchar. Dirigía el país como un campamento militar. Meteorólogo de ocasión, genetista de ganado vacuno o director técnico de la selección nacional de béisbol. No tenía amigos, sólo adulones y socios de conveniencia.

 

Para el “comandante”, la democracia fue una aberración creada por liberales ebrios. Los pueblos necesitaban líderes de su estirpe. Después de sus estudios en un colegio jesuita, se convirtió en un ególatra incorregible.

 

Raúl es otra cosa. Comunista de corazón, sin mucho talento político, le gusta trabajar en equipo y sabe escuchar. Pero también es un autócrata duro y puro.

 

Contaba Juan Juan Almeida, hijo de un comandante guerrillero y quien una temporada vivió en casa de Raúl Castro, que el general llegaba del trabajo, tomaba un trago de vodka en strike y se sentaba a charlar con sus hijos y nietos.

 

Ojo, que fuera cariñoso con su familia no significaba que quisiera al pueblo. Estuvo enrolado en la juventud socialista y sentía admiración por el dictador soviético José Stalin.

 

En su oficina colgaba un lienzo de proporciones desmesuradas del carnicero georgiano. Aquéllos que barruntaron que “Castro II” sepultaría el socialismo real y encaminaría a la isla dentro de los cánones de la democracia occidental, puede que se hayan equivocados.

 

¿REFORMAS?

 

Las tímidas reformas de corte económico de Raúl Castro demuestran el temor del régimen a perder el control. Todo es lento, predecible y calculado. Al comunista le disgustan las sorpresas.

 

Se rodeó de un equipo de coroneles y generales reconvertidos en tecnócratas. Dos de sus hombres de confianza, Abdel Yzquierdo, ministro de Economía, y el zar de las reformas, Marino Murillo, son militares que ahora visten impecables guayaberas blancas, pero hace años trabajaban en la gestión del perfeccionamiento empresarial en las fuerzas armadas.

 

Antes de iniciar sus propuestas económicas, Raúl Castro arrasó el liderazgo. Todos los hombres leales a su hermano fueron jubilados discretamente o enviados a la cárcel por corruptos. El vicepresidente Carlos Lage y el canciller Felipe Pérez Roque recibieron bajas deshonrosas.

 

El 26 de julio de 2007, Raúl Castro enumeró públicamente los problemas económicos y advirtió que Cuba necesitaba reformas estructurales. Poco después, en febrero de 2008, fue elegido presidente.

 

En abril de 2011 es designado primer secretario del partido comunista. En su gestión ha introducido una veintena de medidas económicas. Según el reconocido economista Carlos Mesa-Lago, algunas reformas han sido estructurales y otras no, porque no cambian la naturaleza del régimen.

 

SIN IMPACTO REAL

 

Para Mesa-Lago, las reformas de “Castro II” son positivas pero lentas, enfrentan excesivas regulaciones y son insuficientes. La gente de a pie está en coincide con el economista cubanoamericano.

 

Richard, vendedor de discos pirateados, aplaude la compraventa de autos y casas. “Los cubanos que tienen dinero pueden hacer turismo. También son positivas la ampliación del trabajo por cuenta propia y la reforma migratoria. Lo negativo es que todo está diseñado para quienes tengan un pequeño negocio no acumulen mucho dinero”.

 

Siete años más tarde, en Cuba se respira una atmósfera menos ideológica. Los discursos y las cansonas campañas se han reducido al mínimo.

 

CONTINÚA LA REPRESIÓN

 

En lo político, Raúl Castro ha movido pocas fichas. En 2010, tras la muerte por una huelga de hambre del disidente Orlando Zapata y luego de las marchas de las valerosas Damas de Blanco exigiendo la libertad de sus esposos, padres y parientes, “Castro II” inició un diálogo con la jerarquía de la Iglesia Católica cubana.

 

Como resultado, y gracias a la mediación del canciller español Miguel Ángel Moratinos, se logró la liberación y destierro de cientos de presos políticos. Ha sido el único paso positivo. Porque la represión contra la disidencia no se ha detenido.

 

Ahora mismo, los opositores Sonia Garro y su esposo Ramón Muñoz llevan año y medio tras las rejas año sin ser enjuiciados. Están en un limbo, en condiciones deplorables. En todo el país las golpizas a los disidentes han subido de tono. Se suceden innumerables detenciones de pocas horas. La vigilancia y acoso a periodistas independientes no ha cesado.

 

En este verano, más de 400.000 cubanos se buscan la vida sin la ayuda del Estado. Con impuestos exagerados y sin un mercado mayorista, los “cuentapropistas” a la carrera aprenden lo básico del capitalismo.

 

A la ciudadanía se le ha soltado la lengua. Ya es habitual escuchar críticas subidas de tono contra el régimen en un viejo taxi particular o una parada de ómnibus.

 

Tras siete años bajo el mandato de Raúl Castro, hay cosas en Cuba que han cambiado. Otras, como los bajos salarios y la unificación de una sola moneda, aún tienen que ser abordadas por el régimen.

 

Pero el futuro sigue siendo una mala palabra. Sin transformaciones profundas, el país continuará a la deriva. Es como construir una casa encima de un pantano.