Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Réplica, después de la “batalla”

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

Me he tomado algún tiempo para replicar a los muchos comentarios que acompañan al post “Fantasías y realidades de una rebelión virtual”, pero he tenido buenas razones para hacerlo. Las reacciones de los lectores ante lo que podría tomarse como una ducha de agua fría fueron diversas, sin embargo eran de esperarse; no me defraudaron ni me sorprendieron. La verdad es que tanta participación demuestra que el tema tratado resultó interesante a muchos… ¡Ya quisieran los señores de ciertos “lineamientos” que se han difundido por acá que los cubanos mostraran semejante interés en debatirlos! Gracias, sinceramente, por alimentar con sus ideas este pequeño foro.

 

Ha habido de todo, “como en botica”, según decía mi abuela. En algunos comentarios se transparentan ciertas malas interpretaciones que supongo se deban a una lectura hecha aprisa. Están también los que opinan respetuosamente de forma contraria a mí, que nos ofrecen la oportunidad de incorporar perspectivas distintas sobre cuestiones que nos afectan a todos; en tanto algunos de los que coinciden con la no pertinencia o con las pocas posibilidades de lograr una manifestación o alzamiento popular al estilo egipcio en la Isla, no solo aportan argumentos, sino que también sugieren otras vías de acción. Las ofensas, por supuesto, no me molestaré siquiera en responderlas.

 

En general, analizando las coletillas con que me honraron los lectores, no pude evitar sentirme como aquel amiguito perverso de la niñez, que con malévola intención no solo declaraba que los Reyes Magos no existen, sino que –además– con maligno placer nos llevaba de la mano a comprobarlo, mostrándonos el escondite en que nuestros padres, casi con la misma ilusión que nosotros (o acaso más ilusionados aún), mantenían ocultos nuestros juguetes nuevos hasta la esperada llegada de los camellos. Si bien sentíamos entonces un pasajero rencor por el rompe-ilusiones que quebraba con su limpia estocada un hermoso sueńo de la infancia, acabábamos agradeciéndole por habernos sacado del engaño. Más aún, pasado el trago amargo del desencanto teníamos la ventaja de negociar directamente con nuestros padres los juguetes cada ańo, según las posibilidades, sin pasar por el engorro de escribir la socorrida carta –también cargada de mentiras– a Melchor, Gaspar y Baltasar a fin de demostrar que éramos merecedores de su gracia.

 

Utilizo esta parábola también con toda intención, porque casi siempre ante coyunturas difíciles nos comportamos con la inmadurez propia de un nińo que no quiere ver la realidad. He aquí que en esta ocasión yo fui el amigo perverso que abrió el clóset y mostró los juguetes escondidos cuando, conociendo nuestra realidad, aseguré que en Cuba no se produciría manifestación alguna. Ciertas reacciones fueron tan ardorosas en su irritación que hasta me acusaron de atentar contra la feliz consecución del alzamiento con mi actitud “pesimista”, sin considerar que no se trata de lo que yo quiera o no, sino de la realidad cubana tal cual es. Los que así piensan están sobreestimando mi limitadísima (casi nula) influencia en la opinión de un pueblo que mayoritariamente no tiene acceso a Internet y –en consecuencia– no conoce mi blog. En realidad considero que soy más útil ayudando a sembrar la semillita de la civilidad que fomentando revoluciones de dudoso desenlace. En todo caso, la civilidad promueve hombres, en tanto las revoluciones desatan bestias. Pueden apostar que si hipotéticamente tuviera el poder de incidir sobre el pensamiento y la acción de mis coterráneos, jamás los hubiese convocado a ningún ejercicio que pudiera desembocar en violencia; de la misma manera que nunca he sugerido a los cubanos que viven en el exterior que dejen de ayudar a sostener al régimen con las remesas que envían a sus familiares o con sus viajes a la Isla. No soy tan irresponsable. Entiendo las poderosas razones de los que tienen aquí a sus padres, hijos o hermanos, si bien conozco también de algunos pancistas de esta orilla que viven sin hacer el menor esfuerzo, esperando el maná que les llega del sacrificio de sus familiares en el exterior. Lo dicho: hay de todo.

 

Hago una digresión en este punto para colocar una banderilla insoslayable. Para mi satisfacción personal, y para responder a un dardo que me ha lanzado alguien y que no me toca, sostengo que soy una de esas cubanas que no recibe remesa alguna, ni de personas ni de instituciones, y cada día me congratulo más por ello. El dinero que percibo dimana de mi propio trabajo, aunque –dadas las circunstancias de Cuba– no suelo trabajar solo por dinero, sino también por la satisfacción de ayudar a los cambios haciendo lo que considero útil para ello. No acepto ningún tipo de limosna absolutamente de nadie, así pues, no existe la menor posibilidad de restregarme dádiva alguna en la cara. Esto no significa, sin embargo, que no haya aceptado las recargas que algunos amigos solidarios han hecho a mi cuenta de móvil, las tarjetas de internet que me han obsequiado y otros artículos como memorias flash, discos, etc, que han apoyado mi labor como blogger. Nunca estaré lo suficientemente agradecida por esto.

 

Otra de las razones por las que demoré en escribir esta réplica, posiblemente innecesaria a juzgar por la experiencia que nos ofreció a todos la vida, fue dejar pasar la fecha de la supuesta sublevación a la que se estuvo convocando desde tantos días antes y a viva voz, dándose tanto la oportunidad a los rebeldes para prepararse como al régimen para impedirla. Tal como de antemano sabíamos muchos, el 21 de febrero no hubo aquí alzamiento alguno. Y estaba claro que no lo podría haber, no solo por las limitaciones que expuse en aquel controvertido post y que numerosos comentaristas también han expresado, sino porque una buena parte de los que quizás se hubiesen incorporado a una manifestación estaban detenidos en las unidades policiales, o recluidos por la fuerza en sus casas de las que no los dejaban salir los cuerpos represivos; sin contar el despliegue de los testaferros del régimen en toda la zona de la Avenida de las Misiones (frente al que fuera Palacio Presidencial) –locación seleccionada para el inicio de las acciones–, con la tarea de impedir cualquier intento de manifestación.

 

A propósito, iguales medidas se tomaron en toda la Isla desde días previos al 23 de febrero, para evitar la conmemoración pública del primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata Tamayo. Ha habido detenciones en prácticamente todas las provincias. En lugares como Banes, por ejemplo, el pueblo estaba literalmente tomado por la policía política y se colocaron efectivos militares en puntos estratégicos. La casa de Reina Luisa Tamayo fue rodeada desde todos los lugares de acceso por soldados con armas largas. Ha sido impresionante el temor del gobierno ante la estatura simbólica de Zapata, que ellos mismos, paradójicamente, han ayudado a acrecentar con tan desmedido despliegue.

 

Pero, volviendo al tema original, hubiese preferido que la pasión no cegara el buen juicio de algunos lectores. Se puede no estar de acuerdo en ciertos criterios o posiciones (celebro entusiásticamente la falta de unanimidad), pero insisto en que no debemos confundir nuestros deseos con la realidad. Yo vivo aquí, ¡cuánto no desearé los cambios! No sé si en alguna parte del mundo ocurrirá exactamente lo que la gente quiere; yo me permito la duda. No pretendo sentar cátedra sobre pensamiento político puesto que no tengo capacidad para ello, sino intercambiar criterios ofreciendo mis puntos de vista, pero me es imposible compartir generalizaciones absurdas como aquella que sostiene que “todas las dictaduras son iguales” –verdaderamente espeluznante el ejemplo de Pinochet, benefactor económico de Chile al librarlo de la ruina comunista, pero sobre el que pesan a la vez miles de muertes y desapariciones–, ni puedo considerar como una “minúscula suma” la muerte de “10, 20, 30, o quizás 100 cubanos”, en especial cuando los que parecen considerarlas una especie de dańo colateral está a salvo de todo riesgo. Realmente prefiero no etiquetar semejante actitud: no sonaría agradable el epíteto.

 

Para terminar, yo no he elegido “esperar”. A mi manera, hago cuanto me es posible para contribuir a los cambios en Cuba. No estoy sentada esperando, estoy haciendo, como están haciendo mis compańeros de ruta, y también los que más allá de los arrecifes nos apoyan y animan. En lo personal, preferiría para Cuba un proceso de cambios graduales y ordenados cuya sinergia dimanara de la madurez y coherencia que fuesen alcanzando todos los componentes sociales. No sería un proceso de 15 días, pero tampoco cabe esperar que sea muy prolongado. Después de 52 ańos de totalitarismo cualquier atisbo de apertura aceleraría los cambios. Más de un siglo de improvisaciones y parches han demostrado hartamente su ineficacia y si queremos lograr al fin una democracia sólida y duradera, también  necesitamos tener ciudadanos –tal como diría Estrada Palma en los inicios de la tambaleante y trunca República. Yo no tengo respuestas pero sí esperanzas, lo que niega cualquier presunción de pesimismo sobre mí. Tengo también la voluntad y la perseverancia para continuar, en la medida de mis muchas energías y de mis escasos talentos, haciendo mi labor pequeńita de pólipo horadando el muro. Créanme, este es un ejercicio de pura fe que se nutre del más rotundo optimismo.