Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

¿Qué hay detrás de la “actualización del socialismo”?

 

Raúl Castro lo que intenta es ganar tiempo para alejar la posibilidad del cambio real

 

Abel Germán, Valencia, en Cubaencuentro

 

Los entusiastas de los cambios, obsesionados con que el quid de la solución para los problemas en Cuba está en que se den pasos hacia el capitalismo a como dé lugar, no dan señales de percatarse del riesgo implícito en esa simplificación. Subestiman el hecho de que el capitalismo es, además de un sistema económico, un sistema político y social, y debe verse como ese conjunto si no queremos alienar el sentido común y encallar en más de lo mismo, pero en peor. Y, sobre todo, subestiman la circunstancia en la que se producen tales movimientos que, si nos atenemos al lenguaje oficial, se hacen únicamente para “actualizar el socialismo”. Esto es, para entronizar al régimen en un tiempo presente de crisis global.

 

En verdad las medidas que se comienzan a aplicar son necesarias e inaplazables. Las fórmulas socialistas han demostrado fehacientemente su ineficacia incluso en condiciones normales, así que esa necesidad y esa urgencia solo vienen a demostrar algo que ya se sabe: la “histórica” incapacidad del régimen; el “histórico” error que durante medio siglo ha venido cometiendo, y que ha sido perceptible incluso pese a los subsidios foráneos que han alimentado los delirios y experimentos castristas en diferentes etapas, y a las justificaciones que, como el embargo comercial estadounidense, el enemigo exterior ha puesto generosamente en sus manos.

 

Para ilustrarlo: ese millón de empleados que hoy sobra en las empresas estatales, ¿es una novedad? ¿Acaso no ha sobrado desde el principio? ¿Acaso ése no ha sido el porqué del “milagroso” pleno empleo que, junto con la sanidad y la educación, el régimen ha enarbolado como una de sus conquistas?

 

2011 comienza pues como estaba previsto: Medio millón de trabajadores quedarán en la calle sin que exista la infraestructura objetiva y subjetiva necesaria que garantice su absorción por el llamado “trabajo por cuenta propia”. A lo que puede añadirse el mensaje enviado por la retirada de los productos de higiene y aseo personal de la “Canasta Familiar Normada”. Esto —según el cálculo hecho por el economista Oscar Espinosa Chepe— significará para la economía individual un gasto suplementario realmente serio. Espinosa Chepe lo explica con el siguiente ejemplo: si antes una persona invertía en la adquisición de esos productos unos 19,60 pesos anuales, ahora, considerando la diferencia de precios del producto subsidiado y el producto “liberado”, tendrá que invertir 209 pesos; 10,7 veces aquella cantidad. En circunstancias —agrego yo— 10,7 veces más adversas.

 

Y así ocurrirá también con la electricidad y otros artículos. Y todo, por supuesto, sin que haya una contrapartida salarial, al contrario. Todas las medidas se implementarán bajo la sombra de ese despido masivo, de esa inflación y de ese abandono a su suerte de los trabajadores por el Estado, hasta ahora paternalista.

 

Sin embargo, hay dos aspectos que resultan aún más reveladores: por un lado, el contenido de esos cambios; por otro, su coexistencia con las decisiones presupuestarias para el futuro inmediato. El contenido —nadie debiera dudarlo— es específicamente económico, y es el que cambia. Mientras que la decisión de afectar el presupuesto de sectores tan sensibles como la salud y la educación, pero no los de la “defensa” y la “seguridad del Estado” —tampoco nadie debiera dudarlo— es, sí, una decisión económica con connotaciones políticas, pero de política autoritaria; un mensaje de fuerza dictatorial que no cambia. Ambos —ese contenido que cambia y esa decisión que no— conforman un binomio que devela, mejor que cualquier otra cosa, el significado de las medidas.

 

Y no es todo. También están en cuestión los actores y la coyuntura en que esto se produce. Después de medio siglo de experimentos fallidos, ¿no sería lógico que los actores que tanto se han equivocado abandonasen el escenario? ¿No resulta contradictorio que los mismos que han llevado la obra a la ruina, ahora —cuando ya ha trascurrido más de medio siglo de fracasos— pretendan corregir los errores, haciéndolo de un modo que, sin duda alguna, parece conducir al mismo sitio que otros intentos del pasado? Además, por el momento en que asumen este “cambio”, ¿no parece simple oportunismo?

 

Entretanto los medios de propaganda del régimen realizan su trabajo. En primer lugar resaltan las altas cifras de desempleo registradas, por ejemplo, en España. Si lo que pretenden es que la población compare (y, lógicamente, es lo que deben pretender), la comparación podría parecer atinada. Pero en realidad es una falacia. No sólo la diferencia está en los caminos respectivos recorridos por Cuba y España (es decir, en el precio pagado por sus pueblos para vivir el presente que viven), sino también en las causas de ese presente. En España estas son: un modelo económico errado al centrarse durante años en la construcción descontrolada; el efecto dominó de una economía globalizada y la falta de control reinante en la gestión de las finanzas a nivel mundial. Mientras en Cuba podemos hablar de dos causas muy diferentes: 1) la ineficacia del modelo económico impuesto por los dirigentes del país y 2) la obcecación ideológica que, en el fondo, ha enmascarado las ansias de poder de una persona que ha asfixiado toda iniciativa opuesta a su voluntad personal. Ineficacia que salió a la luz hace veinte años con la desaparición del campo socialista y que ahora la grave crisis que afecta al mundo simplemente ha agudizado. O sea, mientras en un caso (España) las causas se localizan en los efectos adversos de una libertad mal utilizada, en el otro (Cuba) se localizan en su contrario: un totalitarismo también mal utilizado.

 

Y hay más. Es cierto que la crisis está trayendo consecuencias políticas preocupantes en el mundo democrático. El Gobierno español (para continuar con el referente) obedece ciegamente las órdenes del mercado y, para tratar de reducir el desempleo, impone medidas que lo que reducen son los derechos de los trabajadores. Pero los sindicatos luchan por impedirlo y el Gobierno, aunque advierte que impondrá esas medidas con o sin consenso, dialoga con ellos. Y si no se lograse el acuerdo, los sindicatos tienen el derecho a movilizarse y presionar al Gobierno. Hay pues un pulso en el que el poder del Gobierno lleva la ventaja, pero la fuerza de los trabajadores tiene al menos una oportunidad.

 

En Cuba, por supuesto, ocurre algo muy diferente. La Central de Trabajadores de Cuba (CTC), un sindicato oficialista que, por serlo, no puede representar a los trabajadores, hace lo que le corresponde: ejercer como parte del poder del Gobierno al que realmente pertenece. Así que, lejos de hacer lo que los sindicatos españoles, no solo declara el apoyo incondicional a las medidas del régimen, sino que además promete dedicarse a concienciar a los trabajadores para que las aplaudan. De modo que, si el pueblo no busca otras vías de lucha, continuará a expensas de los caprichos del régimen que proseguirá con las medidas económicas de un capitalismo de crisis: despidos; inflación; abandono a su suerte de los desempleados; “trabajo por cuenta propia” limitado, controlado y sin medios objetivos para desarrollarse; etc., a la vez que no se producirá cambio político alguno que dé libertad a los ciudadanos para poder adaptarse a las nuevas reglas y tener alguna oportunidad de ganar algo en el juego.

 

Sin embargo, eso no es lo único que debe preocuparnos. Está además el sentido de todo esto; el hecho mismo de que el paralelo anterior sea posible. Contradicciones aparte, esa pretensión ajena (por no decir antagónica, que niega) al marxismo, debiera bastar para deducir cuál es la Cuba que la actual dirección del país tiene en sus canosas y agotadas cabezas. Imagen que no podemos desdeñar, como que, hoy por hoy, nos guste o no, es la que ha comenzado a fraguarse con decisión en la realidad cubana, mientras que las demás (las que piensan la era post castrista) pertenecen al territorio de lo especulativo; es decir, a la irrealidad.

 

¿Y cuál es exactamente esa Cuba que, sin duda alguna, Raúl Castro comienza a construir destruyendo? Siempre que me hago esta pregunta, pienso con un escalofrío en China: un país totalitario de semiesclavos, cuya competitividad económica es totalmente incongruente con las posibilidades y los intereses culturales, históricos y democráticos de Occidente. Por supuesto, que Raúl Castro consiga reproducir en Cuba, aunque sea como caricatura, semejante engendro es, precisamente por lo antedicho, una posibilidad remota, por no decir imposible; pero la intencionalidad (que es de lo que escribo) existe. ¿Qué si no puede significar esa “actualización” del llamado socialismo cubano que comienza con despidos de obreros; cese del paternalismo estatal; aumento de la inflación e iniciativa privada controlada, limitada y sin cobertura, como receta para resolver los problemas microeconómicos, mientras que la gran economía continúa controlada por el Estado —o sea, con el lado malo—, al tiempo que ignora las libertades, incluso muchas económicas —o sea, el lado bueno del capitalismo?

 

Además, esa Cuba que Raúl Castro pretende construir con su “actualización” está en la Constitución creada por ellos. Y no es otra, en resumen, que una Cuba donde él y sus sucesores puedan continuar ejerciendo el poder hasta el fin de su tiempo, sin los riesgos ni las responsabilidades de la democracia.

 

Pequeño resumen

 

Luego, señores entusiastas de los cambios, no nos hagamos ilusiones. Detrás de la llamada “actualización del socialismo cubano” no hay nada que deba entusiasmarnos. Nada. Al contrario. A diferencia de (para concluir con la comparación anterior) José Luis Rodríguez Zapatero, que actúa a sabiendas del precio electoral que tendrá que pagar por hacer lo que considera beneficioso para España, Raúl Castro actúa por puro oportunismo político, precisamente para ver si puede irse sin pagar. Pretende crear aunque solo sea un mínimo de expectativas que sirva de cortina de humo que distraiga el creciente malestar de los ciudadanos y oculte ésa, su verdadera intención.

 

Dicho de otra manera: Raúl Castro lo que intenta es ganar tiempo para que el cambio real no se le precipite mientras él y sus allegados estén en el poder (es decir, vivos); y, de paso, intentar que la gravedad de los cargos que pesan sobre los llamados líderes históricos disminuya. Porque sabe que la Historia, tal como han ido las cosas, difícilmente los absolverá.