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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Placer de hombres y dioses: hablar. Una sencilla nota.

 

Pablo de Cuba

 

Si sacamos del final de la frase anterior la palabra “hablar”, quedamos en el inicio de la obra del filósofo y poeta romano Titus Lucretius Carus intitulada “De rerum natura” (La naturaleza de las cosas).

 

Y es precisamente, de forma simple y no por ello ausente de academia,  esa naturaleza de las cosas es la que determina la realidad, el contexto y la efectividad de cualquier vínculo a establecer en este defectivo pero originario mundo en el que vivimos precisamente, entre humanos.

 

Son relaciones humanas que se protegen, para el bien y solo para éste, entre las naciones que superan el hombre aislado pero lo tienen como centro de su función e interés de su actividad y tenedor único del atributo de la soberanía e integrante de lo llamado pueblo en determinado territorio de este mundo, es decir, las relaciones de pueblos y Estados.

 

Dichas relaciones a diario las vivimos aun sin percatarnos por la agonía latente de los avatares que transcurren dentro de la denominada vida moderna.

 

Sin ir más allá y menos aun someternos a cualquier otro placer terrenal que aun desborda las pasiones turbulentas de políticos y príncipes, vemos como se agota lo absurdo de un criterio en el medio de un plano de análisis siniestro y tramoyista de un falso respeto mutuo y de estadísticas baldías de libelos ya no gritados en amaneceres.

 

Esa naturaleza de las cosas es la que describe, entre otras cosas y favor a la redundancia, los elementos que de forma inherente e intrínseca integran determinadas relaciones sujetas a una vida propia en su existencia indivisa. Son, inclusive, las que describen lo que subyace en un vínculo simple o integrado que se establece solo si ambos intereses coinciden y también en lo posiblemente contrario conceptualmente pero nunca funcional e ideológicamente constitutivo por lo que se rechazan en caso contrario, no obstante se toleren con esa naturaleza y que existen aún de forma muchas veces independientemente de la voluntad humana.

 

Forzar cualquier relación en su adecuación y vigencia, la convierte per se un símil al intento de contar los pasos de Sísifo. Es ir contra todo sin pensar que hay muchos colores pero que al fin, se reduce a eso, al color.

 

Sin embargo esa simple naturaleza de las cosas es la que, a su vez y sin importar credo o imposición de cualquier dogma que emane de lo humano, hace que, desde sus inicios, descarte el establecimiento de cualquier relación en la que la voluntad humana solo queda jugando un papel, así de sencillo, de mera espectadora de una realidad que supera cualquier vocación de grupo y cae en la excelencia  de la supervivencia de las naciones.

 

Así son la naturaleza de las cosas de estas ya agotantes, incumplidas, forzadas y por demás poco serias relaciones que se pretenden establecer, contra natura, entre los gobiernos de los Estados Unidos de América y la República de Cuba. Exigencias banales y capitulaciones inconclusas, pero de resultados, nada. Ni en lo más mínimo se ha cumplido en lo espetado,  que es cambiar el nombre de las respectivas oficinas de intereses por embajadas, lo cual se ha pretendido que se estableciese, y eso contra reloj,  por una Cumbre de esperanzas redundantes, muchas marchitas y por demás gastadas y además utilizadas como escenario para legitimar lo ilegítimo de un gobierno que es precisamente el cubano, que, a su vez, es parte de este dialogo contrario a las simples pero determinantes cosas. Ese es la naturaleza del panorama de hoy en estos in-profusos diálogos.

 

Y lo insano es que ahora, al parecer, el gobierno cubano quiere dialogar, o mejor dicho tratar de imponer por creación contraria a la existente, un nuevo concepto de interpretación sobre normas supranacionales, es decir, de ius cogens, de normas de Derecho imperativo que no admiten ni la exclusión ni la alteración de su contenido, de tal modo que cualquier acto que sea contrario al mismo será declarado como nulo a pesar de cualquier voluntad de una nación en su interpretación y alcance. Estas normas son las que comúnmente nombramos y alegamos en su reconcomiendo como derechos humanos.

 

Inconsistente razón de estos empeños actuales que ya rozan con lo ridículo. Expectativas dañinas se están engendrando con peligrosos resultados de decepción fundados en una demagogia política de bajo calibre en una época donde no se está “pariendo una era nueva” y ya el desgaste del conflicto abruma.

 

Dos sistemas de naturaleza contraria en su propia existencia  y contenido. Distantes en la evaluación, garantía de disfrute  y respeto del atributo más digno del ser humano en su existencia: la libertad. De ahí, y por lo contrario, es más factible analizar sobre la naturaleza de la nada. Del vacío.

 

El desacierto abunda, además del desmedido ego y la terquedad en infértiles caprichos que no hacen otra cosa que legitimar la existencia de males ya con marcada tendencia de perpetuidad dañina.

 

Lo pensable es que, a estas alturas, están apagando las expectativas de algo necesario y que se espera sea de forma fértil. El establecimiento de estas relaciones supera la necesidad histórica y se desgarra en la utilidad de la existencia de un pueblo alejado en el medio del azul caribe. No solo Dios sabe de esta necesidad inaplazable. También la conocen los humanos.

 

Por suerte y la seguridad de este pasaje lo determina sus actuantes. Serán los pueblos de ambas naciones los que, al fin del agotamiento del absurdo empeño, superen la simpleza del análisis de los políticos y exacerben sus glorias para un bien común alejado de los parlamentos de insipiencia colmados de un infecundo irrespeto al intelecto y la inteligencia del simple ser creador de las riquezas que simplemente se basa y actúa sobre la simple naturaleza de las cosas: el hombre.

 

Cuba es una realidad compleja agravada por un gobierno inadaptado a un escenario simple de coexistencia humana: el reconocimiento de que el Estado es para el hombre y no viceversa y de que la nación no es un partido. Somos seres humanos y no caprichos de entelequias ideológicas, jurídicas o de infaustos contratos sociales.

 

En suma, ha quedado demostrado, ya por los siglos de los siglos, la real existencia y condición humana, falible e indivisa ante ellos mismos y sus propios dioses,  donde cada vez se carece del activo más preciado que procrea interminables e indescriptibles maravillas y que es la conducente a esa simple naturaleza de las cosas: la sabiduría.

 

Nada nos cuesta usarla, ya invertimos nuestra propia existencia en lograrla, ahora dispongamos de ella.