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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Para acceder al ciudadano

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

La tarde del pasado viernes 30 de marzo tuve la ocasión de asistir a la conferencia que impartiera el empresario y político cubano-americano, Carlos Saladrigas, en la Cátedra Félix Varela del antiguo Seminario San Carlos y San Ambrosio, en La Habana Vieja, bajo el auspicio de la revista Espacio Laical. Más allá de la posibilidad que ofrecieron las redes informales haciendo circular el anuncio de este encuentro, es preciso reconocer la amplia variedad de asistentes que colmaron la sala y la galería aledaña, lo que obligó a mantener las puertas abiertas a fin de que todos pudiesen participar de la conferencia y posterior debate.

 

El ambiente fue tranquilo y respetuoso, lo que demuestra que las diferencias no solo pueden convivir con la civilidad, sino que –además- son consustanciales a ésta. Representantes de sectores oficialistas –como académicos, profesores universitarios, politólogos, etc.–, así como numerosos representantes de la sociedad civil independiente genéricamente etiquetados como disidentes u opositores, compartimos espacio y micrófono sin atacarnos o agredirnos, sin descalificarnos ni ofendernos mutuamente, evidenciando que un contexto de debate respetuoso solo es posible en espacios no controlados por el gobierno. En tal sentido, hay que agradecer a Espacio Laical la inclusión de actores habitualmente excluidos de todos los foros públicos dentro de la Isla y que, lamentablemente, salvo excepciones, no suelen ser tampoco invitados habituales a los eventos auspiciados por las instituciones religiosas.

 

Con nuestras diferencias, fue una experiencia sin precedentes para mí asistir a un foro plural de diálogo y no de confrontación. Así, hablaron tanto los defensores de un “socialismo participativo y democrático” como reconocidos opositores, entre ellos el economista Oscar Espinosa Chepe y el periodista Reinaldo Escobar. No faltaron los defensores del gobierno, como el profesor Alzugaray, quien postuló la “legitimidad” del gobierno cubano, aunque sin ofrecer los fundamentos de lo que puede considerarse legítimo; o los reclamos de Pedro Campos, quien asegura que el trabajo asalariado constituye “la esclavitud actual”. También intervinieron otros socialistas, como el poeta Félix Guerra, pidiendo “una oportunidad” para el socialismo, como si más de medio siglo de experimento destructivo de la nación no hubiesen sido suficientes y estuviésemos dispuestos a apostar otros cincuenta años a favor de la obsolescencia y la ruina; y Félix Sautié, reclamando el fin de la crítica, como si todos estos años de prohibición a las opiniones críticas no hubiesen sido una demostración vívida de lo enferma que puede resultar una sociedad sin críticos o como si alguien estuviese suficientemente calificado para establecer qué, quiénes, dónde y cuándo está permitido el cuestionamiento.

 

Hubo de todo, desde condenas a la política del gobierno estadounidense hasta añoranzas de lo que fue el proyecto revolucionario, y hubo también referencias a los familiares emigrados. El toque sensiblero no puede faltar jamás en un encuentro entre cubanos, sobre todo cuando -como corresponde a los eternos bandazos de nuestra alegre volubilidad- tener familiares en la diáspora ha dejado de ser pecaminoso o bochornoso (algo que nunca debió ocurrir) para convertirse en una especie de fuente de legitimación (que tampoco ha de serlo).

 

Quizás por eso resultó tan refrescante escuchar otras propuestas, como la que hiciera el amigo y colega Reinaldo Escobar al reclamar la despenalización de la discrepancia; o la intervención del joven que puso sobre el tapete, entre otras cuestiones, la imperiosa necesidad de tener acceso a Internet para todos los cubanos y las prohibiciones del gobierno a fin de entorpecer la libre circulación de información e ideas en la Isla. Otros jóvenes que no conozco y que, al calor del debate no dijeron sus nombres, se refirieron también a la falta de autonomía de los cuenta propia que se han acogido a las “reformas” raulistas, así como al absurdo que supone poner un límite a las posibilidades de prosperidad de quienes se esfuerzan por generar sus propios ingresos. Sin dudas, las opiniones inteligentes y audaces pusieron el toque más positivo del encuentro.

 

Saladrigas, por su parte, tuvo una postura conciliadora, racional y respetuosa, lo que hay que agradecer sin dudas. No obstante, quedó claro que no es posible en un tiempo tan breve y en un espacio reducido debatir en su totalidad todo el controvertido tema de Cuba y su diáspora, menos aún el espectro de acuciantes problemas que hoy aquejan a los cubanos. Es de desear que estas oportunidades de discutir amplia y abiertamente en un marco de civismo y buena voluntad se multipliquen en este y en otros espacios, y que a corto plazo toda la sociedad tenga la posibilidad de opinar, aprobar o discrepar, más allá de postulados ideológicos o intereses políticos.  Y ojalá que pronto podamos superar también los estrechos límites de las cátedras religiosas para acceder a ese altar mayor de toda sociedad libre: el ciudadano.