Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Otro esfuerzo inútil

 

Uno se pregunta si valía la pena que se invirtieran recursos en una reunión de la que se ha prescindido con semejante desparpajo durante tanto tiempo

 

Abel German, Valencia, en Cubaencuentro

 

Cuba es un triste ejemplo de la inutilidad de ciertos esfuerzos. Medio siglo de sacrificios, ¿a qué han conducido? Entre otras cosas, a un VI congreso del Partido Comunista único que acaba de aprobar hace pocas semanas unas 313 medidas que, si se miran superficialmente, pueden alentar algunas esperanzas, mas, si se miran a fondo, revelan cómo, pese a su gran deterioro, la maquinaria del régimen se mueve, pero con el fin de acomodarse en el mismo sitio.

 

(Aquí se impone un paréntesis: Esas medidas se publicaron el lunes 10 de mayo, casi tres semanas después de la clausura del congreso. Que el 1º de este mes cientos de miles de cubanos desfilaran para apoyarlas sin conocerlas ciertamente, únicamente desvela el cinismo mutuo que condiciona la relación masas/régimen en la Isla.)

 

Volvamos al congreso. Se ha escrito mucho, quizá demasiado, sobre este evento, unos en un sentido, otros en otro. Y aun se escribe. Pero en conjunto me queda la sospecha de que algo huele mal. Una vez más. Y por eso he decidido arrojar otro poco de agua sobre este mojado.

 

Observemos, para empezar, el ordinal: sexto. Si las cuentas no me fallan, de 1965 (año en que el Partido asumió el nombre actual) a la fecha, eso sale más o menos a un congreso cada siete años y seis meses como promedio. Y sucede que entre este y el quinto median catorce largos y difíciles años entre los cuales se hallan los de la enfermedad y renuncia de Fidel Castro y la sustitución por su hermano que, sin que mediase congreso alguno, anunció los “cambios estructurales y de concepto” que fuesen necesarios y que, con siempre sospechosa unanimidad, el congreso acaba de aprobar. Catorce años. Uno más que los que Stalin tardó en convocar un nuevo congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética a partir de 1929. Todo un indiscreto récord.

 

Esto hace que uno se pregunte, entre otras cosas, si valía la pena. Si valía la pena que, en medio de una crisis tan despiadada, se invirtieran recursos y dinero en una reunión de la que se ha prescindido con semejante desparpajo durante tanto tiempo; una reunión de la que incluso se conocían con antelación sus conclusiones, a tal punto que ni siquiera, como indico más arriba, ninguna de las partes (el régimen y la población) manifestaron prisa porque se publicasen. Al menos no tanto como por aplaudirlas. Un evento así, ¿vale la pena por otras consideraciones que no sean las estrictamente políticas que, por supuesto, si benefician a alguien es solo al régimen?

 

Pensemos: El V Congreso, celebrado del 8 al 10 de octubre de 1997, únicamente vino a ratificar lo que venía a ratificar: el socialismo, el partido único como fuerza dirigente y el liderazgo de Fidel Castro. Lo que, por lo demás, había sido ratificado también en el IV, celebrado en 1991, que a su vez, etcétera.

 

Mas, si vamos a comparar, el VI Congreso se parece más al IV que al V. Ambos están enmarcados en una situación de crisis extrema, ambos incluyen en sus lineamientos lo que ellos consideran “importantes cambios” y en ambos la expectación generada es idéntica. (Se sabe que los humanos solemos tropezar hasta seis veces con el mismo congreso.)

 

Y todos, del primero al sexto, tienen un denominador común: han buscado consolidar el sistema socialista con su partido único y legitimar al líder para conducir al país a donde lo han conducido. Lo demás es secundario. Quiero decir: las ahora tan ponderadas reformas económicas de Raúl Castro, si bien un poco más audaces que las que su hermano, por la misma razón, propició en 1991, no solo son insuficientes, son, además y sobre todo, un bulo cuyo fin es estrictamente político. O sea, que puede tomarse si acaso como coartada para perpetrar el castrismo unos años más, hasta que desaparezca el último “cuadro histórico”.

 

Lo que nos lleva, por otra parte, a las variaciones introducidas en la composición de la cúpula partidista y de Gobierno respecto a la edad, el género y la raza, y que tampoco aportan algo interesante. Además de no ser de calado —puesto que el poder continúa en manos tan viejas, blancas, masculinas y conocidas como las de Machado Ventura, Ramiro Valdés y el propio Raúl Castro—, me parecen simplemente una (por decirlo de algún modo) anécdota estadística. O, más exactamente, una maniobra de distracción que, como el resto, nada más pretende garantizar la continuidad del régimen, no su modificación.

 

De ahí que de reformas sociales casi ni se hablase. Salvo que incluyamos en esta categoría la reducción del paternalismo estatal. Pero es que esto, aun cuando representa un relámpago de realismo forzado por los hechos, en la práctica también significa otra cosa. Concretamente, que la sociedad debe arreglárselas por sí misma para solucionar sus propios problemas además de los del Estado y el Partido, sin que ello le reporte más libertad, aunque solo sea para buscar las fórmulas y los estímulos que le permitan avanzar por ese camino (el de la liberalización económica). El paternalismo promete desaparecer, sí, pero solo allí donde no se comprometa el monopolio del poder tal como está concebido.

 

La libertad para viajar (es un ejemplo) queda pendiente de “estudio”. Aunque reconozco que quitar el candado de la reja, así sin más, podría desencadenar una estampida. Al menos en intención. No olvidemos que ello exige la voluntad del receptor; y los cubanos, posibles inmigrantes pobres como somos, no solemos alentar semejante disposición.

 

Y algo parecido sucede con el concepto de propiedad, el uso de la tierra, el sistema impositivo, etc. En cada uno, bien la posible inoperancia, bien la presencia estatal y partidista, se mantienen. Y es que la decisión de impedir la acumulación de capital en manos privadas —o, lo que es lo mismo, esa obcecación que los lleva a imposibilitar la reaparición del capitalismo en la Isla a como dé lugar; o, lo que sigue siendo lo mismo, esa obstinación porque se cumpla el infame precepto de su infame Constitución que establece la irreversibilidad, pase lo que pase, del llamado “socialismo cubano”; para decirlo con una imagen “frutal”: ese deseo de que, por fin, el olmo dé peras; o el mango calabazas, que también es milagro—, esa intención, digo, funciona como un freno.

 

Las palabras de Raúl Castro en la clausura del VI Congreso, pese a sus numerosas contradicciones (o quizás por ello) no dejan lugar a dudas.

 

Advierte, entre otras advertencias, que el objetivo es muy simple; a saber: “…lograr, con el concurso de todos, la actualización del modelo económico a fin de garantizar el carácter irreversible del Socialismo en Cuba” (el subrayado es mío). Y la idea (que es del General) es cristalina: el congreso no busca garantizar el estado de bienestar del pueblo, sino que el llamado socialismo sobreviva. En el mejor de los casos, uno —el estado de bienestar— sería solo el medio para lo otro —la sobrevivencia del socialismo en Cuba—, nunca al revés. Y aquí las prioridades son reveladoras. Por algo, si no, se busca curar el socialismo con remedios capitalistas. Y, por cierto, ¿se ha pensado en qué podría suceder si se curase, aunque solo fuera un poco, con dichos remedios?

 

Además, el propio Raúl Castro recordó otro aspecto vital de su Constitución para lograr ese propósito: el derecho que la “revolución” tiene de defenderse. ¿De quienes? Desde luego, no de Estados Unidos -ese fantasma de la retórica del régimen ya tan poco convincente-, sino de otros cubanos que, desarmados y pacíficamente, imaginan soluciones diferentes y las expresan. ¿Y cómo? Con actos de repudio, detenciones puntuales, palizas policíacas, exclusión, calumnias… acoso. La violación continua de sus derechos humanos más indispensables.

 

También es curioso que algunos vean una feliz rectificación en la decisión de reducir el tiempo posible de mandato de los dirigentes actuales y futuros a una única reelección (diez años). Es cierto que ello impedirá que alguien vuelva a eternizarse en el poder como han hecho los viejos jerarcas de la llamada “generación histórica” que ahí continúan y que, si la naturaleza no interviene, aún podrán hacerlo durante otra larga década. Pero -en el supuesto de que más adelante (como ha sucedido con otras) no borren la iniciativa de un plumazo- mis preguntas son:

 

¿Y qué?

 

¿Acaso ya el daño no está hecho?

 

¿Acaso la afirmación de que un país culto e inteligente, con más de once millones de habitantes, carezca de individuos capaces de sustituir a una dirección tan incompetente como la actual, no explica demasiadas tristes cosas?

 

¿Es que puede imaginarse una Cuba próspera y libre si persiste el sistema de un partido único respaldado por una Constitución que contempla la absurda irreversibilidad del orden establecido, por más desordenado que éste sea?

 

¿O es que la solución que debemos contemplar ―si consideramos la mejor de las hipótesis― es la de un país con una economía floreciente gobernado por la dictadura de un partido, o de otro dictador, que para el caso es lo mismo?

 

Si los instrumentos y el programa se mantienen, ¿qué más da que cambien las caras del director y de los músicos? ¿Incluso qué más da el talento?

 

El VI Congreso habrá sido pues otro esfuerzo inútil de la larga lista de esfuerzos inútiles que constituye eso que llamamos “la más reciente historia de Cuba”. Y el único provecho que cabe esperar de él vendrá (si viene) de su fracaso.