Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Muerte y corrupción de menores en La Habana

 

Llegué a Cuba en 1996 para cumplir un sueño: ser corresponsal. Compartía casa en Miramar con un médico cooperante en Cuba, que llevaba una vida misteriosa, y que de la noche a la mañana huyó del país. Su chófer se quedó conmigo y quiso instruirme en las diversiones cubanas que frecuentaban. La dueña de nuestra casa confesó y supe que habían sido denunciados por una de las jóvenes de las que abusaban. “La niña murió”, fue el mensaje que dejaron para el médico. Entonces comencé la investigación, con ayuda del ex cónsul Pedro Riera, desenterrando algo mayor -y peor- que un simple crimen aislado.

 

Fernando L. Quintela, El Mundo

 

Aterricé en La Habana, Cuba, en los primeros días del año 1996. Había pedido un permiso no retribuido en mi empresa, El Mundo, para cumplir uno de mis sueños: ser corresponsal en un país de América Latina. Tenía 28 años. Mayor para algunas cosas, novato para la mayoría. Quería hacer carrera por esa vía.

 

Me dirigí a la casa en la que me iba a alojar el tiempo que iba a pasar en el país de la lucha, de la resistencia, de la justicia, del compañerismo. El comunismo más capitalista, opresor y corrupto que he conocido.

 

En esa casa, en el barrio de Miramar del distrito Playa, alquilé una habitación con un baño compartido con el habitante de la otra habitación: un médico español que desarrollaba tareas de cooperación en Cuba. Este médico, al que vamos a llamar Paco, ya entenderán por qué no doy su nombre, tenía a su disposición un chófer, al que vamos a llamar Lozano, también entenderán ustedes por qué. Tanto Paco como Lozano eran los dos tipos más sonrientes de la ciudad en esos días. Lozano, además, jugaba siempre con su parecido físico con el mítico Jack Nicholson para ganarse a quienes serían sus víctimas. Lozano no vivía en la casa de Miramar. Acudía cada mañana a primera hora para que la dueña de la casa le sirviera el desayuno y a partir de ahí… a trabajar.

 

Lozano conducía un Lada 2107 marrón con matrícula HM (conductor particular en Cuba), y cuando recogía a Paco se ponía al volante del Mitsubishi gris con placa que empezaba por HK (conductor extranjero residente en Cuba) y que era propiedad de la organización no gubernamental para la que trabajaba. Lo que se conocía como una organización humanitaria.

 

Apenas tres días después de mi llegada, la dueña de la casa, a la que llamaré María, ya entenderán por qué, me pidió de forma precipitada que hiciera mis maletas y me fuese unos días a otra casa en el popular barrio de El Vedado, y que ya “me avisarán de cuándo puedo volver, porque vienen unas gentes muy importantes de España y la casa tiene que quedar libre”. De repente, de Paco y Lozano, ni rastro. Y yo me fui a aquella nueva habitación, donde por cierto me contagié de hongos en los pies.

 

Nada que contar sobre labores humanitarias

 

Las personas importantes que llegaban desde España eran los máximos responsables de la ONG para la que trabajaban Paco, el médico, y Lozano, el chófer. Me llamaron, con la excusa de que contara en un artículo cómo se hacía entrega de un autobús destartalado a un colegio en un pueblo a 30 kilómetros de La Habana. Allí fui, pero no había nada que contar.

 

Me llevaron a comer, a cenar, a un concierto en Egrem, la Casa de la Música de la Avenida 35 del barrio de Miramar. Me devolvieron esa noche a mi nueva casa y a la mañana siguiente volvieron a recogerme; comimos un puerco asado mientras hablábamos de todo un poco. Pero había algo raro: Paco y Lozano no aparecieron en ningún momento. Pregunté por ellos y recibí un respuesta: “están con un asunto. Mañana volverán”, me contestó Fátima, nombre no real, ya entenderán por qué.

 

Al día siguiente, como si nada pudiera alterar la hoja de ruta de los ilustres visitantes, organizaron en el Solar de Leopoldina, una santera con galones en la ciudad, una rumba de cajón. Una actividad de la santería en la que se convoca a los vecinos del solar (al estilo de una corrala madrileña) y se canta, se baila, se bebe… y se invoca a los espíritus que la santera, en este caso, decida. Importante decir que Leopoldina, en este caso nombre real, tenía 93 años y estaba ciega. Se cantó, se bailó, se bebió… y Leopoldina entró en un trance que la llevó a moverse como una bailarina de 25 años durante un buen rato. Hasta que el Tato, otro santero del barrio de Atarés, un barrio marginado dentro de la marginación total que sufre el cubano, le cogió el relevo. El Tato, también nombre real, convulsionó al ser “montado” por uno de los espíritus convocados. Cuando uno de esos espíritus te monta, se mete en tu cuerpo y hace con él lo que le da la gana. Se supone. Como le pasaba a Whoopi Golberg en su consulta de pitonisa en la mítica Ghost. Acabamos la ceremonia a las seis de la mañana y habíamos empezado a las siete de la tarde del día anterior.

 

Paco y Lozano no aparecieron. El resto de la comitiva de las “gentes muy importantes” de la ONG, sí. “¿Dónde están Paco y Lozano? pregunté a Fátima, la cabeza de la organización, que llegó unas horas más tarde que el resto. “Quizá lleguen más tarde, están terminando un trabajo fuera de la ciudad”, me respondió.

 

“Tengo que regresar a España hoy mismo”

 

Amanecí “en la casa de los hongos” y a media mañana recibí una llamada. “Soy Paco, ven por favor casa que tengo que hablar contigo”. Fui corriendo porque me pareció por su tono de voz que algo pasaba. Llegué a la casa de Miramar, donde yo tenía esa habitación los primeros días. El médico me llevó al que fue y luego sería mi dormitorio y me pidió que me sentara. En la cama, no había sillas.

 

“Verás, te tengo que contar que hoy mismo, esta tarde, tengo que regresar a España y ya no voy a volver. Y quería decírtelo yo”. Paco estaba nervioso, se le había borrado esa sonrisa que no desaparecía nunca de su rostro. Desconcertado le pegunté “pero ¿por qué?, ¿así de repente?, ¿ha pasado algo?, ¿dónde has estado estos días?...”. Su respuesta fue, en un primer momento, tranquilizadora: “me reclaman con urgencia desde el hospital para el que trabajo y del que tenía una excedencia”, me contó Paco sin más explicaciones. “¿Cuál es ese hospital? Qué raro, tanta urgencia”, insistí. “Bueno, es un Centro de Salud en Madrid”, respondió. Volví al ataque: “Pero ¿cuál es tu especialidad para que esto sea así de urgente con todo lo que tienes que hacer aquí?”. Paco sólo dijo “soy médico de familia. Pero bueno, ya está, no me preguntes más porque esta tarde me voy”.

 

Esa tarde se fue toda la expedición. Sin despedirse y por la puerta de atrás. En La Habana quedó Lozano, el chófer cubano, y un logista de la organización. “Bueno, qué extraño pero yo a lo mío…”, pensé sin saber aún que aquello iba a ser parte de lo mío durante el año que estuve en Cuba, 1996.

 

La confesión: la verdadera ocupación de Paco y Lozano

 

Regresé a mi habitación de la casa de Miramar, y María, la dueña, me sentó en el sofá del salón y me dijo que tenía que hablar conmigo. “Mira Fernando, creo que eres una buena persona y por eso te voy a dejar que sigas alquilado en mi casa, aunque hay una cosa que no me gusta de ti, y es que eres periodista. Y es que no quiero líos con el CDR (Comité de Defensa de la Revolución), ni con el DTI (Departamento Técnico de Investigación), ni con nadie por las cosas que puedas descubrir y escribir”. Atónito, le pregunté que qué estaba pasando, le dije que si ella no estaba cómoda con mi presencia yo me iba y me buscaba otro lugar donde vivir. María se ablandó, se sintió en un momento de complicidad conmigo, y quizá buscando refugio me contó la realidad de esos días.

 

“Mira, Paco y Lozano no estaban resolviendo nada porahipallá como te dijeron. Estaban presos en la comisaría de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) de Playa. La cosa es que ellos tenían un apartamento alquilado en las Playas del Este, cerca de Guanabo, y ahí iban metiendo niños y niñas y hacían cosas con ellos. Les daban dinero y les hacían fotografías. Cuando hacían las fotos las llevaban a revelar a una casa de la calle 41, donde les recibía un amigo de Lozano y se encargaba él de hacer el revelado y las fotos. Lozano llevó unos carretes hace unos días y no estaba su amigo, pero le dejó un sobre al dependiente para que se lo entregara al compinche de ellos. El dependiente, al ver que eran carretes de fotos, decidió adelantar trabajo y los reveló. Cuando vio que lo que allí había eran niños desnudos y haciendo cosas, avisó a la Policía y los detuvieron. Estuvieron en el DTI de aquí abajo y luego se los llevaron a los calabozos de Playa. A mi me registraron la casa pero no encontraron nada. Nunca vi que hicieran nada aquí y no sabía nada de esas fotografías. Tremendo lío”. Yo no salía de mi asombro. Cómo teniendo las fotos como prueba del delito habían dejado en libertad a esos dos canallas y habían permitido que Paco se marchara del país.

 

María continuó con su ataque de sinceridad. O de desahogo. O de refugio. O de búsqueda de respuestas por el lío en que a ella misma la podrían habían metido sin comerlo ni beberlo. “Los jefes que vinieron de España negociaron con la Policía. Les dijeron que si dejaban libre a Paco prometían que no volvería a pisar la Isla. Si no lo hacían, se replantearían su presencia como organización en Cuba y dejarían de ayudar”. Yo, novato en estas lides, no me lo acababa de creer. “¿Pero no les habrán tendido una trampa? Pero María, si son dos tipos buenos…”.

 

María se fue sin decir una palabra y al poco rato volvió con un sobre grande con dos álbumes de fotos. Me los enseñó. En las imágenes, guardadas cuidadosamente en esos álbumes, estaban estos dos personajes en ese apartamento cerca de Guanabo. Y niños, y niñas menores. Y entre esas fotos de delito había entremezcladas algunas personales, de su vida cotidiana, de lo que podría ser una vida normal. Degeneración llevada a límite. Conciencia de impunidad hasta la médula.

 

Le pregunté a María cómo habían llegado a sus manos esas fotos. Me confesó que antes de irse Paco le había entregado el sobre cerrado y le pidió que lo escondiera y no lo abriera. María no se atrevió a llevarle la contraria. Podía haberse buscado un problema por el simple hecho de que en alguna fotografía apareciese su casa. Algo que no sucedió pero llevó a María al pánico.

 

“Te lo cuento para que sepas lo que hay y para que lo investigues si quieres hacerlo. El que no ha aparecido fue Lozano. No sé nada de él”, terminó María.

 

Tirando del hilo con el chófer

 

Lozano apareció un par de días después por la casa de Miramar. Como si nada. Se presentó a desayunar. Yo me hice el loco, le traté con la normalidad que había tenido con él anteriormente, o eso creo yo, porque quería empezar a averiguar sobre el asunto. Ese mismo día me propuso convertirse en mi chófer, ya que no estaba Paco y tenía que ganar dinero. Acepté y le dije que le pagaría 200 dólares al mes por llevarme y traerme por la ciudad. Quería tirar de ese hilo a ver a dónde me llevaba.

 

Lozano, camaján donde los haya, lejos de haber escarmentado, ni siquiera asustado, seguía ejerciendo de “conquistador” conmigo dentro de coche. Le daba igual a dónde nos dirigiéramos, él siempre hacía un recorrido por el malecón habanero. Paraba cada vez que veía una chica “cogiendo botella” (haciendo autostop), algo muy habitual en aquella época por la escasez de coches, gasolina y transporte público. El botellero negociaba un precio por el recorrido y punto. Pero Lozano paró delante de una niña, muy joven, 14-15 años calculo que debía tener. Fue delante de la casa de la Cariátides, al principio del Malecón. Le preguntó a dónde iba. “Voy al Cerro. Te doy 10 pesos”, dijo. Se subió al coche a pesar de que le dije que íbamos en sentido contrario, pero quería ver cómo actuaba. Y no tardó. Empezó por decirle lo bonita que era y acabó por ofrecerle llevarla gratis y darle comida si quedaba después con él. Pedí a Lozano que parase el coche y le dije a la niña que se bajase. Lozano, enfadado, me preguntó si es que yo era “mediopajarón” (homosexual). Seguimos el camino y quiso repetir otra vez la operación. Le pedí que me llevara a casa. Sin ponerle mala cara.

 

Una niña denuncia a Lozano

 

Lozano desapareció un par de días otra vez. Al tercero llegó otra vez a desayunar y me propuso llevarme a un barrio “donde no entra ni la Policía”: Palo Cagado. Le dije que sí sin saber qué hacer allí, pero algo surgiría. Salimos de la casa de Miramar y enfilamos el malecón, y al llegar a la altura del Hotel Nacional, donde hay una zona amplia para aparcar, detuvo el coche porque quería “consultar” conmigo. Y aquí vino su confesión en forma de “tengo un amigo con un problema”. Y me lo espetó. “Tu seguro que tienes amigos abogados en España y te quería pedir que les preguntaras algo. Si una niña de 14 años y sus padres te denuncian por algo y la niña no quiere denunciar… ¿los padres pueden ir adelante y mantener la denuncia?”. Ya estaba claro: de los menores identificados en las fotografías, uno de ellos, esa niña, había denunciado y decidido seguir con el caso. O ella o sus padres, que seguro así fue. Me imagino a esa niña muerta de miedo ante la justicia, aunque tuviera todo el derecho del mundo a pedir que ese canalla pagase por sus mierdas.

 

No le contesté, le dije que lo preguntaría. Quería ganar tiempo para ver cómo seguía desenvolviéndose el presunto abusador.

 

El crimen: “dígale a Paco que la niña murió”

 

Lozano volvió a desaparecer y esta vez ya no le volví a ver. Pero el asunto no se quedó ahí. Una semana después, un lunes a las cuatro de la tarde sonó el teléfono de la casa de Miramar. Contesté yo. “Me comunica con Paco por favor”, dijo un tipo al otro lado de la línea. “Paco se marchó a España, no creo que vuelva”, contesté. “¿Y usted habla con él?”, volvió a preguntar. Aquí vi una oportunidad de saber algo. Le contesté que claro que si, que hablaba con mi “amigo” casi cada día. Y me dio un mensaje, un mensaje que nadie querría oír nunca. “Dígale que la niña murió”. Y punto. Colgó.

 

Dejé el teléfono sin saber exactamente qué hacer. Di mil vueltas por la casa de Miramar pensando que aquello se me estaba yendo de las manos. Al final decidí contárselo a un amigo periodista, que luego resultó ser un miembro de la Seguridad del Estado, esos que se hacen pasar por lo que sea para informar. Voy a llamarle Rodrigo, nombre falso, más tarde sabrán por qué. Rodrigo me dijo “yo tengo una persona que te puede ayudar con este tema. Vete a tu casa, recojo a Pedro, este si es nombre real, y vamos a verte”. Me fui a casa nervioso.

 

Antes de la llegada de Pedro decidí llamar a otro amigo que sabía que conocía mucho al Comisario del DTI de Playa, donde habían estado encerrados Paco y Lozano. Era el Comisario Jerez, nombre real también. Le conté que estaba tratando de averiguar qué había ocurrido realmente con estos dos asquerosos. Me confirmó que efectivamente habían estado allí presos pero que el expediente se lo habían llevado sus superiores a Villa Maristas, la sede central de la Seguridad del Estado cubana. “Allí no tengo acceso posible, pero si averiguo te cuento”.

 

Llegó Rodrigo a la casa de Miramar acompañado de Pedro. Era Pedro Riera, ex cónsul de Cuba en México durante unos años y posteriormente encarcelado por “actitud contrarrevolucionaria”: había tratado de ayudar a su mujer enferma saltándose el protocolo de la Sanidad cubana y pagando con dinero del gobierno de la isla hospitales privados en México. Eso es lo que me contó, vaya usted a saber.

 

Como ex diplomático que había sido, seguía manteniendo contactos en muchos sitios. Le conté lo que quería investigar y no me hizo preguntas. Me dijo que me llamaría pero que me podía ayudar con la investigación. Se marchó en silencio con Rodrigo, quien no me volvió a hablar de ese tema.

 

Había un testigo

 

Pedro Riera me llamó, efectivamente, y empezaron una serie de citas en lugares diversos y a veces extraños: en el margen del Río Almendares, en un banco del parque de 26, en un paladar (restaurante) supuestamente de su propiedad, en otros paladares ilegales… Él era el que hacía las preguntas y las demostraciones de fuerza y poder al principio. Me enseñaba reseñas de prensa mexicana donde se hablaba de él, fotografías con la alta sociedad mexicana, apariciones en la prensa cubana, fotos con ministros…, y a la vez me iba sacando toda la información que yo tenía del caso: nombres, fechas, lugares, personas con las que había hablado del tema, etc. Lo que nunca supo ni le conté es dónde están las famosas fotografías, y que a día de hoy allí deben seguir. Yo no me atreví a sacarlas de Cuba ni a pedirle a nadie que lo hiciera por mi, luego entenderán por qué.

 

Pedro Riera me pidió dinero. 300 dólares cada vez que nos viéramos y me diera información. Pero él quería saber por dónde iba averiguando yo, hasta que un día me dio una clave que nunca pude llegar a confirmar: “hay un testigo que vio cómo tiraban un cadáver desde un coche plateado con matrícula HK, supuestamente el famoso Mitsubishi, en la ochovías". Así llamaban al único tramo de autopista que había en Cuba. Cuatro carriles de ida, cuatro de regreso. Ocho vías.

 

Ese testigo era clave para que yo pudiera avanzar en este farragoso asunto, pero no conseguía sacarle el dato. Y me planteó un cambio de papeles. Me citó a cenar en su casa, cerca de la Casa de la Moneda. Como me esperaba algo raro, el personaje no me gustaba un pelo, me llevé una minigrabadora. Entonces eran de cintas, pequeñitas, y grababan regular. Pero grabó.

 

“Tengo mucha documentación comprometedora para el Gobierno de Fidel”

 

Pedro Riera fue directo al grano. “Mira, yo he trabajado con la Seguridad del Estado y tengo mucha documentación muy comprometedora para el Gobierno de Fidel. Yo a esto no puedo darle luz desde aquí. Necesito marcharme de Cuba para poder hacerlo y para eso necesito un pasaporte español. Cuando esté en España yo lo cuento todo donde tu digas, me buscas una editorial o un periódico”. Yo no entendía qué era lo que quería de mi y él mismo me lo aclaró: “Habla con tu periódico en España, diles quien soy y que tengo muchos papeles. Que me den un adelanto de 50.000 dólares y tu con ese dinero vas a Jaimanitas (un barrio humilde al final de 5ªAvenida, justo antes de la Marina Hemingway) a una dirección que yo te doy. Con una fotografía mía y unos datos de dirección que sean reales de Madrid. Ellos te darán un pasaporte español con mi nuevo nombre. Cuando lo tenga, te doy los papeles de Villa Maristas del asunto de Paco y Lozano, que por cierto es hermano de un alto mando militar y está muy protegido”. No sé si Riera tenía realmente esa información por mil veces que lo asegurase, pero desde luego estaba utilizando el dato para tratar de conseguir su objetivo: salir de Cuba, escribir un libro y sacarse una pasta.

 

No me salían las palabras del susto que tenía encima, pero le dije que me dejara pensarlo. Quería consultarlo con Antonio Rubio y Manuel Cerdán, periodistas de investigación de El Mundo. Antonio fue muy claro: “Fernando, este tema lo puedes investigar y denunciar desde España y nosotros te ayudamos, pero hacerlo tu solo desde ahí es muy peligroso. Una vida no vale nada y te quitan de en medio sin problemas. En España las cosas son de otra manera”. Convencido por ellos, consulté también con el Comisario Jerez, y sus palabras fueron igual de claras: “Quintela, saca el pie de ese asunto que vas a acabar mal. Te están sacando información y te están tendiendo una trampa. Habla con alguien de tu confianza en la Embajada para que sepan donde estás siempre”. Si ya estaba asustado, el Comisario lo remató. Decidí no hablar aún con la Embajada.

 

Mientras tanto, Pedro Riera seguía insistiendo: su dinero y su pasaporte. Ya era una exigencia hacia mi. Llamé a Rodrigo, el periodista que me había puesto en contacto con Riera y que era otro de los chivatos de Villa Maristas. Le conté todo y le dije que no quería saber nada más del tema, que me quería olvidar. Si no lo investigaba la Policía y estaba protegido el asunto por las autoridades cubanas, meter los pies en el barro estando solo y sin apoyo en Cuba me daba mucho miedo.

 

Una peligrosa cena para zanjar el asunto

 

Rodrigo me dijo “tranquilo, organizo una cena con él y zanjas el asunto. No tiene que molestarse. Tiene que entenderlo”. Y me citaron dos días después en una casa particular, un paladar ilegal donde estábamos cenando Rodrigo, Pedro, otras dos personas que no recuerdo quiénes eran, y yo. El menú era el mismo para todos, ya lo habían encargado: langosta grillada con arroz. Cervezas, mojitos, y esas cosas. Durante la cena, yo no fui capaz de acabarme esa langosta ilegal, su venta y consumo estaba prohibido fuera de los circuitos oficiales, no se habló del tema. Al acabar, me pidieron entrar en un salón con una mesa de comedor y un espejo que ocupaba una pared entera. La casa estaba en la Calle 6 de Miramar. Un chalet.

 

En esa mesa Pedro me preguntó por qué no quería seguir con el tema. Acojonado, le dije que en mi periódico no interesaba al no tener en mis manos los documentos de las detenciones, acusaciones, etc y que además yo no iba a ir a Jaimanitas a buscarle un pasaporte falso. Le dije que si algún día llegaba a España hablaría entonces con él. Me lo quería quitar de encima. Me dijo que ok, que no pasaba nada pero que yo tenía ya mucha información y que no podíamos perder el contacto. Me fui a la casa de Miramar a tratar de dormir.

 

A las ocho de la mañana siguiente tenía un desayuno con un empresario hotelero de la isla, o sea un funcionario cubano, que quería que le hiciera un reportaje de los hoteles. La cita era en el Hotel Comodoro y debía acudir con Rafael Lezca, del CPI. Pero me desperté, me levanté y me caí al suelo. No veía y no oía nada. Pasaron unos minutos y recuperé la vista, pero borrosa, con un dolor de cabeza terrible y el oído que iba y venía. No sabía qué me pasaba, me dolía mucho el estómago también.

 

Llamé de inmediato a un médico en España, mi hermano mayor. Le conté lo que me pasaba y me dijo: “no me cuelgues el teléfono y ponte delante de un espejo. Tápate un ojo y luego destápalo y dime cómo reacciona la pupila”. La pupila derecha no reaccionaba, estaba dilatada y paralítica. Mi hermano me dijo que fuera, mejor si me llevaba alguien, inmediatamente a un hospital y que me viera un neurocirujano. Me presenté en el Cira García de La Habana, hospital privado, sólo para extranjeros.

 

Me ingresaron en la habitación 104, comencé a devolver y a tener unas diarreas tremendas y me hicieron dos veces un lavado de estómago. La pupila, los mareos, el oído, no mejoraba. Me hicieron todo tipo de pruebas y recorrí La Habana entera en una ambulancia hasta el hospital público Hermanos Ameijeiras, en Centro Habana, en el que entré en camilla por el sótano por un pasillo tan negro y tenebroso que sólo acentuaba mi miedo. El doctor que me acompañaba, Félix Izquierdo Albert, para rematar la historia, me dijo “procure no moverse ni hacer ningún esfuerzo. Puede tener usted un aneurisma intracraneal y morir en cualquier momento si eso revienta”. Me hicieron un escáner cerebral y me devolvieron en la ambulancia al Cira García.

 

Mi padre, también médico en España, no estaba de acuerdo con el diagnóstico, y habló con el neurocirujano cubano. Era viernes y hasta el lunes siguiente yo me quedaba allí a expensas de cualquier cosa.

 

Diagnóstico en España: envenenado

 

El domingo mi padre me advirtió: “si mañana te dicen que te quieren hacer una arteriografía con contraste niégate y pide el alta voluntaria bajo mi responsabilidad. Coges un avión y te vienes a España”. Mis pupilas ya funcionaban y el oído también, así que el lunes cuando efectivamente el Dr. Félix me dijo que me iban a hacer esa prueba les dije que adiós, que me iba. El médico cubano se enfadó mucho y me advirtió de que en cualquier momento podía palmarla.

 

Dejé pasar unos días y me fui a España. Me hicieron una revisión a fondo y la conclusión, sin absoluta certeza por los días que habían pasado, es que me habían envenenado.

 

Comida con Fidel Castro

 

Volví a La Habana, y pocos días después de llegar tuve una comida, con otros periodistas, con el Comandante en Jefe Fidel Castro. En el Palacio de la Revolución.

 

Vino a hablar conmigo y estuvimos un rato charlando. Me pidió mi opinión sobre distintos temas y se la di con la sinceridad más inocente. Uno de los temas era la, según Castro, excelencia del sistema de salud cubano y, con toda la rabia y naturalidad del mundo le conté mi experiencia y además le dije que me había ido sin pagar los 2,500 dólares que me querían cobrar por 4 días de ingreso por no estar de acuerdo con la factura (casi 1,400 dólares eran de apenas cuatro llamadas de teléfono y además me habían hecho pruebas sin mi consentimiento, en algunas de ellas obligado, como la prueba conocida como Elisa, que determina el positivo o negativo del VIH). Su respuesta, con su mano derecha sobre mi hombro izquierdo fue: “ha hecho usted muy bien”. Se retiró de mi lado y no me volvió a dirigir la palabra.

 

A Fidel Castro le pareció muy bien pero al día siguiente, por la mañana, tenía a dos esbirros en la puerta de la casa de Miramar reclamado el pago de la factura bajo amenaza de expulsión inmediata. Pagué.

 

Retirada de acreditación como corresponsal permanente

 

Volviendo al núcleo central, largas semanas más tarde me citaron en la sede del CPI (Centro de Prensa Internacional), órgano dependiente del MINREX (Ministerio de Relaciones Exteriores), para mantener una “conversación amistosa”. En ese despacho había dos militares con todos sus galones a la vista y me invitaron a contarles por qué estaba ofreciendo pasaportes falsos. Y antes de poder responder me retiraron mi acreditación como corresponsal permanente. Les conté mi verdad, la verdad, y le pedí que me dejaran aportar una prueba.

 

Esa misma mañana regresé al CPI pero ya no me recibieron los militares, sino una funcionaria que se encargaba de las relaciones con corresponsales extranjeros. A la vez que grababa mi conversación con ella, por si acaso, le entregué la grabación de Pedro Riera en la que me pide el dinero y me encarga que vaya a por un pasaporte para él. Esta funcionaria, conocida como “la china”, apodo real, se quedó sin palabras.

 

Los abusadores, impunes, el periodista, fuera de Cuba

 

Esos días si acepté el trasladarme a vivir a casa del diplomático español. Me pidió que no contestara llamadas, le informase de cuándo salía y a dónde iba, y llamase también cuando estuviera de regreso.

 

Yo me tuve que marchar de Cuba, Paco y Lozano quedaron impunes y, eso sí, Pedro Riera fue detenido y encarcelado, según me contó un hermano suyo en una llamada telefónica desde Londres una vez que yo ya me había ido de Cuba. Y ya no quise saber nada más de él.

 

Mire usted, si crímenes tan bestias como el de corrupción de menores y un supuesto asesinato quedan tapados y la documentación protegida o eliminada por un sistema de gobierno como el cubano, cuando llega el momento de contarlo lo mejor es utilizar algunos nombres no reales. Aunque ellos saben quiénes son y llevarán esa losa toda su vida. Aunque se están tomando cañas. Bueno, si es que tienen vergüenza.