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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Morir muchas veces, o epitafio pre-mortem

 

Miriam Celaya, SinEVAasión

 

De no ser porque el señor F en los últimos cinco años se ha venido metamorfoseando lenta, pero inexorablemente, en cadáver viviente, podría afirmarse que ahora mismo está transitando por otra de sus numerosas muertes. La primera, acompañada de una Proclama firmada por el propio pre-occiso, fue la más impactante, debido a que tuvo el efecto de hacer pública y palpable la condición mortal del hasta entonces Invicto comandante. En aquel entonces se generó un revuelo expectante en el cual no faltaron los más disímiles sentimientos, desde las euforias aderezadas con pantagruélicas borracheras de celebración anticipada, hasta algún que otro doliente sincero, de esos que nunca faltan en la geografía humana de esta Isla. La mayoría de la gente decía que “ya era hora, aunque yo no le deseo la muerte a nadie…”, apegados a la creencia general que nos han enseñado desde la infancia: desear la muerte ajena es precipitar la propia. No había en ello, pues, un verdadero interés en la salvación del Mesías venido a menos, sino la precaución de mantener alejados de sí mismos los malos agüeros. Es sabido que en este pueblo la superstición siempre ha superado a la veneración.

 

Después, cada vez más esporádicamente, al señor F lo han asomado a la prensa (o se ha hecho asomar, nunca se sabe), para demostrar que sigue vivo. No han sido muy convincentes las imágenes, pero hemos podido ver que en efecto seguía existiendo un anciano balbuceante con su conocida fisonomía, aunque visiblemente más deteriorado en cada ocasión, ahora vestido de paisano, en mangas de camisa o con ropas deportivas, sin la apostura de antaño, debatiéndose penosamente en las redes misteriosas de una acelerada decrepitud. Detrás de una anunciada “mejoría” en su convalecencia, los cubanos corrientes solo recibiríamos como pruebas de su vida y lucidez dos dudosas señales: las “Reflexiones…” y los festivos comentarios de ese otro comparsa menor, Hugo Chávez, vocero extraoficial de Punto Cero.

 

Fue así que comenzó a producirse la muerte espiritual de F antes que la física. Del imaginario popular se han ido desdibujando los discursos encendidos y vibrantes, el uniforme impecable con sus charreteras únicas e irrepetibles, la omnipresencia, la eterna barba rala, los dedos ganchudos con uñas ligeramente proyectantes aferrados con fuerza a la tribuna o agitándose amenazadoramente a impulsos del impenitente orador. Inconscientes de ello o no, los cubanos siguieron sobreviviendo en sus cotidianos zarandeos, arañando el día a día, ajenos al difuminado genio desfalleciente. Nada en nuestras vidas era sensiblemente mejor o peor, y ante las escasas presentaciones de prensa u otras espectrales y raras apariciones públicas, ha predominado más un sentimiento de morbosa curiosidad ante la decadencia del veterano depredador dominante apartado de las fanfarrias que tanto amó, que un interés real en conocer la palabra del “guía del pueblo”. De hecho, sus palabras se iban tornando casi ininteligibles, cuando no incoherentes.

 

Hace aproximadamente una semana algunos medios de prensa y corrillos informales hacen circular rumores sobre una supuesta muerte (“ahora sí definitiva”) de F. Otros aseguran que se encuentra en estado de coma, o que “está muy grave”, que ha sufrido una recaída (sin posibilidades en esta ocasión de otra “resubida”), que padece un acelerado mal de Alzheimer, que tenido eventos de paros cardio-respiratorios, que recién sufrió un derrame cerebral, etc, etc. Se dice, en fin, que el Yayabo no sale más. Desde los palacios de la casta verdeolivo no se han confirmado ni desmentido los rumores.

 

Es de suponer que, a estas alturas del partido y con la jugada cerrada en tres y dos en el cierre del complicado cuadro de la realidad nacional, la desaparición decisiva del patriarca quizás podría mover grandes intereses más o menos ocultos, pero para el cubano común no significaría mucho. Al menos a los efectos de nuestras pequeñas vidas, a corto o mediano plazo nada se movería demasiado.

 

Quizás la importancia más contrastable de lo que –no obstante– deberá ser todo un acontecimiento, por lo muy dilatado de la espera, es que a los efectos nacionales serviría para acabar de dilucidar de una buena vez la supuesta vocación reformista del General-Presidente, coautor y heredero de la ruina nacional. Porque algunos optimistas intangibles (como los llama un amigo cercano) aseguran que solo la permanencia física de F en este mundo ha sido un freno para que el hermano menor libere sus mágicas medidas y las acciones renovadoras de ese proyecto nacional que siguen llamando socialismo; reformas audaces que, a su vez, salvarían esta entelequia que –pese al inmovilismo que la signa– siguen llamando “revolución”. Hay fieles que aseguran tozudamente que la censura de F, y no la falta de voluntad política del General, es la verdadera responsable del fracaso del VI Congreso del PCC. Cada quien defiende sus propias ilusiones.

 

Pero no hay que olvidar que en el mundo terrenal las cuentas se cobran a los vivos y no a los difuntos. Esta, o alguna otra vez, será real e irrebatible una de las muchas muertes de F. Si finalmente ya estamos en vísperas del mayor espectáculo de duelo público que se haya verificado en esta ínsula, veremos cuáles serán las causas a las que se atribuirá entonces el muy probable fracaso de la cacareada Conferencia Nacional de enero próximo. Quizás el género “epitafio político” llegue a convertirse en el próximo best seller de la literatura cubana.