Cubanálisis El Think-Tank

REPRODUCCIÓN DE UN ARTÍCULO SOBRE CUBA

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Mirando al pasado desde el presente escenario

 

Dimas Castellanos, el Blog de Dimas

 

“La historia se vive hacia delante, pero para su comprensión hay que mirar hacia atrás. Kierkegarder”

 

 

La interacción entre la incapacidad administrativa, la ineficiencia económica, la desesperanza, la corrupción generalizada y el éxodo masivo, han convertido a la actual crisis de Cuba en la más profunda de su historia. La presencia combinada de esos factores –suficiente para desintegrar cualquier conglomerado humano que aspire a existir como nación– constituye una alerta para todos los que se ocupan o preocupan por el presente y el futuro de nuestro país.

 

Agotadas todas las posibilidades de subsistir sin cambiar, el gobierno cubano está dando pasos hacia un conjunto de reformas que, aunque tímidas, insuficientes y contradictorias, al romper el inmovilismo, pudieran evolucionar en dirección de la democratización del país, única vía capaz de salvar a la nación cubana de su desaparición.

 

Ante el nuevo escenario un análisis retrospectivo arroja luz sobre un hecho que se repite en nuestra historia, me refiero al ciclo integrado por 1- el arribo al poder, 2- las intenciones de no abandonarlo, 3- la respuesta violenta de los que se oponen y 4- después de unos cuantas pérdidas humanas y materiales, el regreso al punto de partida, con la peculiaridad de que el resultado ha sido una marcha hacia el pasado, al punto que en materia de libertades cívicas nos encontramos a nivel de los años anteriores a 1878.

 

El retroceso de un país que ocupó uno de los primeros lugares en estándar de vida en América Latina y que llegó a consensuar una de las constituciones más avanzadas del mundo para su época, tiene que resultar de causas esenciales. Para ese análisis, por fortuna, contamos con un caudal de estudios, observaciones y prácticas realizadas por figuras ilustres de nuestra política y de nuestra cultura, de las cuales citaré brevemente algunas observaciones de ocho de ellos.

 

1- El padre Félix Varela (1778-1853), quien evolucionó desde la autonomía hasta devenir precursor de la independencia y del buen trato a los esclavos hasta elaborar un proyecto para la abolición de la abominable institución de la esclavitud, una vez inmerso en dichos propósitos comprendió que la formación cívica constituía una premisa para alcanzar tales objetivos y en consecuencia eligió la educación como camino para la liberación. Varela no solo bautizó a la cátedra de Constitución del Seminario San Carlos como institución de la libertad y de los derechos del hombre, sino que la concibió como un medio para enseñar virtudes cívicas. Es decir, derechos y virtudes unidos. Para ello introdujo la ética en los estudios científicos, sociales y políticos. Su obra Cartas a Elpidio, la dirigió a los jóvenes porque consideraba que si había alguien dispuesto a oír y deseoso de pensar con su propia cabeza, esa era la juventud. En ella, el padre Varela destaca la idea vital de ejercitar la virtud, la fuerza, la fortaleza, como medios de reafirmar un valor, un ideal moral, que los consolide como hombres y mujeres capaces de mirar alto y lejos. Por ello -decía- se impone, primero, empezar a pensar; propósito en que puso todo su empeño y por lo que José de la Luz y Caballero lo definió como nuestro verdadero civilizador.

 

2- José de la Luz y Caballero (1800-1862), quien después del padre Varela y de José Antonio Saco asumió la dirección de la Cátedra de Filosofía del Seminario San Carlos, consciente de los esfuerzos de algunos cubanos para liberarse de España, arribó a la conclusión de que, antes de la revolución y la independencia, estaba la educación, entendió la política como proceso y se pronunció contra la inmediatez que nos caracteriza. Hombres más bien que académicos –decía– es la necesidad de la época. A ese credo se consagró. En 1848 fundó El Salvador de La Habana, un colegio donde transcurrieron los últimos años de vida. En él todo lo valioso que acumuló de su tío materno José Agustín Caballero, de sus relaciones con el Padre Félix Varela y con los más insignes hombres de su época, lo amalgamó con los últimos adelantos de la pedagogía de la época, lo enriqueció con su sapiencia, lo adaptó a las condiciones de Cuba y lo entregó a sus alumnos, entre ellos a Mendive, el maestro de José Martí.

 

3- José Julián Martí Pérez (1853-1895), retomó el inconcluso proceso de conformación de la nación cubana para conducirla hasta una república moderna. Para ese fin realizó un estudio crítico de los errores de la anterior contienda independentista, donde el regionalismo, el caudillismo y el egoísmo, entre muchos males, dieron al traste con los propósitos de aquella guerra. De su análisis resultó un sistema de principios caracterizados por el carácter participativo y democrático, la inclusión de todos los componentes en el análisis, la unión de los diversos factores, y el papel del tiempo en la política. Desde esa proyectó la fundación de la república, que en su ideario era forma y estación de destino, a diferencia de la guerra y del partido, concebidos como eslabones mediadores para arribar a ella, pero en los cuales tenían que estar presente los gérmenes de la democracia. Martí insistía en que el Partido no trabajaría por el predominio de clase alguna; sino por la agrupación, conforme métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero. A pesar de su esfuerzo durante años, los males que dieron al traste con la Guerra Grande asomaron nuevamente. En el Diario de Campaña, 14 días antes de su muerte, Martí anotó: “…Maceo tiene otro pensamiento de gobierno, una junta de los generales con mando, por sus representantes, –y una Secretaría General: –la patria, pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima al ejército, como secretaría del ejército”.

 

4- Enrique José Varona (1849-1933), quien dedicó 50 años de su vida a la política, consideraba que nada será bueno ni perfecto, mientras los hombres no sean buenos y perfectos. Y decía: las leyes valen lo que valen los hombres que las aplican. Un postulado que apunta de nuevo a la ética y a la educación como punto de partida. En Mis consejos, escrito en 1930, Varona se quejaba de que la República había entrado en crisis, porque gran número de ciudadanos han creído que podían desentenderse de los asuntos públicos. Este egoísmo cuesta muy caro. Tan caro, que hemos podido perderlo todo. Varona, convencido de la necesidad de vivir de otro modo, comprendió que había que aprender de otro modo y decepcionado por los resultados obtenidos, se dedicó a la Pedagogía para formar ciudadanos.

 

5- Cosme de la Torriente y Peraza (1872-1956), convencido de lo inútil de la violencia para fundar pueblos y conformar naciones, encaminó sus pasos hacia la conciliación y el diálogo como cimientos ético-culturales de la acción política. Cosme decía a los líderes del Directorio Estudiantil, en 1931: Lo que entiendo como siempre he entendido, dada la situación internacional de Cuba y la complejidad de nuestros problemas, es que mucho mejor que una revolución, siempre de dudoso éxito, es llegar a una inteligencia o a una conciliación que permita un compromiso o convenio que restablezca la paz moral en la República y el orden jurídico destruido. Su vida es un modelo paradigmático del rechazo a la violencia para la solución de conflictos. Haciendo un uso efectivo de la diplomacia desempeñó un papel determinante en la recuperación de la soberanía de Cuba sobre Isla de Pinos y en 1934, desde La Habana, dirigió las negociaciones que culminaron con la abrogación de la Enmienda Platt. En los años cincuenta del pasado siglo, convencido del daño que acarrearía si Cuba se enrumbaba nuevamente por el camino de la violencia, encabezó el Diálogo Cívico, dirigido a retomar el camino de la constitucionalidad y eludir la disyuntiva entre dictadura militar y violencia revolucionaria.

 

6- Gustavo Pittaluga (1878-1956), médico italiano, radicado en España que emigró a Cuba en 1937, sin ser cubano de nacimiento estudió y conoció a nuestro país mucho más y mejor que la mayoría de los aquí nacidos. En su obra Diálogos del Destino, planteó que Cuba es un pueblo que ha querido crear una nación. Que es capaz de crearla. Pero que no la ha creado todavía, pues el signo específico de una nación es tener conciencia de su destino. Y Cuba no la tiene. Y agregaba: Ningún ideal se realiza por completo. Pero sin la visión de ese ideal no hay ruta, no hay brújula, no hay obra fecunda para el porvenir. Para él la violencia era el signo precursor del destino de Cuba. En su criterio la solución de los conflictos solo se podría alcanzar desde la política y el entendimiento, o se impondría nuestro signo precursor: la violencia, lo que se confirmó con el golpe militar de 1952, al poner frente a frente a las dos vertientes políticas de la violencia: la tradicional y la revolucionaria.

 

7- Fernando Ortiz Fernández (1881-1969), uno de los pensadores más destacados del siglo XX cubano, hurgando en nuestras raíces llegó a la conclusión siguiente: No creemos que haya habido factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores; que esa perenne transitoriedad de pospropósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, culturas y anhelos, todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiado, “aves de paso” sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado. En La crisis política cubana: sus causas y sus remedios (1919) destacó, entre nuestras limitaciones sociológicas: Falta de preparación histórica del pueblo cubano para el ejercicio de los derechos políticos; incultura en los dirigidos que les impide apreciar en su justo valor a los hombres públicos; cultura deficiente en las clases directoras, que impide refrenar sus egoísmos y hacerlos compaginables con los máximos intereses de la nación; desintegración de los diversos elementos sociales en razas y nacionalidades, de intereses no fundidos en un ideal supremo nacional; debilidad psicológica del carácter cubano, la impulsividad, característica de esa índole psicológica, que nos lleva con frecuencia a actuaciones intensas, pero rápidas, precipitadas, impremeditadas y violentas.

 

8- Jorge Mañach Robato (1898-1961), en sus ensayos, debates y comparecencias públicas, señaló características negativas de los cubanos: “Nuestro carácter nervioso e inquieto por temperamento fisiológico: frívolo, actualista e imprevisor. Respecto a las desavenencias permanentes entre cubanos, decía: “Cada persona tiene su pequeña aspiración, su pequeño ideal, su pequeño programa; pero falta la aspiración, el ideal, el programa de todos; aquella suprema fraternidad de espíritus que es la característica de las civilizaciones más cultas. Y añadía, el individualismo inhíbito en nuestra raza hace a cada uno quijote de su propia aventura. Los esfuerzos de cooperación generosa se malogran invariablemente. Los leaders desinteresados no surgen. En los claustros, en los gremios intelectuales, en las academias, en los grupos, la rencilla cunde como la yerba mala por los trigales de donde esperamos el pan del espíritu. Todo es un quítate tú para ponerme yo. La cultura es un naufragio, y el esfuerzo un arisco sálvese quien pueda. Se ansía vagamente un estado mejor; pero no se lucha en cruzada de todos por realizarlo.

 

Las observaciones críticas de estos pensadores nos ayudan a comprender las raíces del ciclo repetitivo que una y otra vez nos ha conducido a la supremacía de la violencia sobre las soluciones políticas y nos permiten establecer la similitud de tres períodos de la historia política cubana del siglo XX: De 1902 a 1933, de 1933 a 1952 y de 1952 a la actualidad.

 

En el primer caso, de los generales de la Guerra de Independencia, con excepción del Dr. Alfredo Zayas, surgieron casi todos los mandatarios que ocuparon la presidencia entre 1902 y 1933. En ellos se repitió el siguiente esquema: Arribo al poder, intenciones realizadas o malogradas de permanecer un poco más en la poltrona presidencial, respuesta violenta de los que reclamaban la rotación, solicitud de intervención extranjera, restitución del orden y nuevas elecciones. Así ocurrió con los intentos frustrados o consumados de reelección desde Estrada Palma hasta Gerardo Machado.

 

En el segundo caso, curiosamente, casi todos los que ocuparon cargos públicos de 1933 a 1952 surgieron de instituciones cívicas o militares que emplearon la violencia durante la Revolución del 30, la que terminó con el derrocamiento de Gerardo Machado: Grau San Martín, Eleuterio Pedraza, Carlos Mendieta, Miguel Mariano Gómez, Federico Laredo Bru, Fulgencio Batista, Carlos Prío, Eduardo Chibás, Antonio Guiteras, Carlos Hevia, Sergio Carbó y otros muchos.

 

En el tercer caso, después de 12 años con mandatarios elegidos en las urnas, Fulgencio Batista en 1952 dio un Golpe de Estado, suspendió la Constitución, disolvió el Congreso e instituyó un gobierno provisional. Provocando, en consonancia con nuestra carencia de cultura democrática, el asalto al Cuartel Moncada, las sublevaciones militares como la de Matanzas y de Cienfuegos, el desembarco del Granma y el Asalto al palacio presidencial; manifestaciones de la supremacía que asumió la violencia sobre los esfuerzos de conciliación de la Sociedad de Amigos de la República, del Diálogo Cívico y de las gestiones del Episcopado.

 

Es decir, en los tres períodos mencionados, los presidentes electos fueron precedidos por contextos de violencia y los gobiernos resultantes sucumbieron nuevamente ante la violencia, en una marcha en dirección contraria al progreso social.

 

El gobierno revolucionario, emergente de la victoria militar en 1959, junto a las primeras medidas de carácter democrático y popular inició un proceso de concentración de la propiedad en manos del Estado y del poder en manos del Jefe de la revolución; proceso que comenzó en la Sierra Maestra en mayo de 1958, donde se acordó aplicar una política de mando único, centralizada en la figura de Fidel, quien fue nombrado Secretario General del Ejecutivo del M-26-7 y Comandante en Jefe de todas las fuerzas revolucionarias, incluyendo a las milicias urbanas.

 

Ese proceso continuó después de la toma del poder hasta agregar a los cargos de Comandante en Jefe, los de Primer Ministro y Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba. De forma paralela el entramado de asociaciones juveniles, femeninas, obreras, campesinas, profesionales, de empleadores, etc., fueron disueltas o subordinadas al los objetivos del Estado. La autonomía universitaria, que había sido refrendada en el artículo 53 de la Constitución de 1940, despareció de facto con la reforma Universitaria en 1962. La prensa escrita, radial y televisiva, la enorme red de cines existentes, la producción de libros y las instituciones culturales, quedaron bajo el control del Partido Comunista. Proceso que desembocó en el sistema totalitario y en la profunda crisis estructural en que nos encontramos, cuya explicación está estrechamente relacionada con los señalamientos críticos de los pensadores citados:

 

La idiosincrasia del cubano, cuya raíz está en los europeos que vinieron con la intención de enriquecerse para regresar y en los africanos que fueron traídos en contra de su voluntad; ni uno ni otro con la intención de arraigarse, como sucedió con los colonos que arribaron a Norteamérica. A ello se una el carácter nervioso e inquieto, inmediato e imprevisor, que con frecuencia nos lleva a actuaciones intensas, precipitadas, impremeditadas y violentas, pero de corta duración.

 

La carencia de una cultura democrática y de una casi inexistente formación cívica, que se manifiesta en la conducta de gobernantes y gobernados. Una de sus expresiones es el rechazo de la mayoría de la población a la política, lo que permite que la misma quede en manos de minorías que pueden tomar, de forma inconsulta, decisiones que afectan a todos y que facilita la exclusión.

 

La ausencia de la conciencia común de destino, lo que explica el carácter inconcluso de la nación cubana, pues cada uno tiene su pequeña aspiración, su pequeño ideal, su pequeño programa; pero como dice Mañach, falta la aspiración, el ideal y el programa de todos.

 

De lo anterior, si no queremos agregar nuevos episodios a esa fatídica marcha atrás, se impone la imperiosa necesidad de cambiar, empezando por nosotros mismos, pues como la historia la hacen los hombres, sobre todos aquellos que aspiran a ser sujetos de los cambios, no habrá futuro para nuestra sociedad. Tal conclusión nos conduce a la tesis martiana de conformar, desde los pocos espacios existentes, los gérmenes de la democracia para la futura Cuba, que repito empieza por los individuos, para lo cual resulta de capital importancia el rechazo al empleo de la violencia.