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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Me parece bien

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

La cosa pinta mal con esto de la venta de ropas, así que muchos comerciantes habaneros que pagan una licencia como sastres o costureras están preocupados por lo que se les viene encima. Desde el pasado 28 de septiembre de 2013 entró en vigor la disposición oficial que establece que solo podrán vender prendas de vestir confeccionadas artesanalmente, so pena de recibir una fuerte multa y el decomiso de todos las confecciones industriales que oferten.

 

Hasta el momento, los numerosos pequeños comercios privados de Centro Habana han seguido abiertos y vendiendo diariamente la misma ropa importada, sin que haya ocurrido ningún operativo oficial. Pero entre ellos circula una ansiedad sombría y saben que solo es cuestión de tiempo antes que las hordas de inspectores y la jauría uniformada caigan sobre ellos.

 

Anaís, una de las decenas de vendedoras de prendas de vestir que han abierto un negocio privado en Centro Habana, anda ya por sus 4 décadas de vida y antes de tener una licencia como trabajadora por cuenta propia ya sabía ganar dinero por su propia cuenta, y de hecho lo hacía comerciando con ropas importadas, ya fueran procedentes de los almacenes y tiendas estatales como introducidas por cualquiera de las múltiples redes de contrabando que han proliferado por esta Isla desde que las prohibiciones se instauraron como método de gobierno. Por eso se encoge de hombros ante la nueva amenaza oficial: “En cuanto me entere que están desembarcando los inspectores por esta calle (y seguro me voy a enterar con tiempo), cierro, voy para la oficina y entrego mi licencia. A mí no me van a joder. Ya saqué toda la mercancía que tenía en mi casa y la llevé para un lugar seguro, así que la seguiré vendiendo ‘por detrás’. ¡Total, eso es lo que he hecho siempre! Con licencia o no, yo no me muero de hambre. A ver quién pierde más”.

 

Apenas a media cuadra de Anaís, un matrimonio de mediana edad se queja. El hombre es más retraído y dialoga con monosílabos o se limita a asentir, aprobando lo que dice su mujer; ella es más locuaz, tal vez porque se siente más confiada hablando con otra mujer madura como ella, o quizás porque necesita hacer catarsis. Les digo quién soy y a lo que me dedico -algo para lo cual no se expenden licencias en Cuba-, pero ellos no se asustan en lo más mínimo. “Solo no pongas los nombres”, me piden. Claro que no, ni siquiera se los pregunto. En realidad no es necesario, yo solo estoy hurgando en lo que no dicen los medios, en lo que subyace más allá de las leyes, las regulaciones y las cifras. Me interesan más las personas y sus razones que las disposiciones gubernamentales y la propaganda de sus voceros. La vida está en las calles, muy diferente y distante de los que dictan las leyes y de lo que muestran los medios.

 

La mujer me cuenta que hace un par de años sacó una licencia como modista y empezó a vender allí, en el portalito de casa de su hermana y un tiempo después, cuando prohibieron las ventas en portales, pasó a la sala de la misma casa. Le fue bien, así que pudo invertir dinero en más mercancía y su esposo también sacó licencia como sastre. Ninguno de los dos sabe ensartar una aguja, pero ella conocía de este negocio: antes ya “vendía alguna ropita que me caía, tú sabes; pero siempre con el susto de que me cogiera la policía. Una vez me quitaron una mochila llena de camisetas y tuve que pagárselas al dueño de mi propio bolsillo”. Así que cuando vio una oportunidad de ganar dinero legalmente sacó una licencia. La funcionaria que la atendió nunca le dijo que no se podría vender ropa de confección industrial, aunque “es cierto que el permiso decía que era para confecciones artesanales”. Sin embargo, recuerda, “desde el principio aquí todo el mundo vendía ropa importada y nunca nadie nos advirtió nada ni los inspectores nos pusieron multas ni nos decomisaron la mercancía. En lugar de eso dejaron que uno se embullara y gastara dinero en el local, en los estantes de exhibición, en percheros y todas estas cosas, y que invirtiéramos entrando ropa por el aeropuerto, que en definitiva había que pagarla. Ahora dicen que los cubanos no pagamos aranceles; ¿y entonces por qué razón hay que pagar en el aeropuerto?”. Le explico que las leyes aduanales ponen sus límites. Entonces el que me responde es el hombre: “Ese es el problema. En este país hay demasiados límites y demasiadas cosas prohibidas”.

 

La historia de otro joven cuentapropista es similar, solo puntualiza que cuando sacó su licencia él preguntó expresamente a los funcionarios de la ONAT si en verdad solo podría comerciar con ropa de confección artesanal, a lo que le respondieron con una frase típica, llena de guiños cómplices: “Esto es Cuba, tú sabes que siempre se puede más. Hay que nadar y guardar la ropa”. El joven echa a reír: “Yo no quiero guardar la ropa, quiero venderla y ganar dinero”.

 

En un total de siete comercios privados que visité el sentimiento es de incertidumbre y descontento. La totalidad de los entrevistados opina que la solución sería tener un mercado mayorista en el país para que se legalice la venta de confecciones industriales, pero sabemos que eso no va a ocurrir.

 

El quid del asunto radica en que en apenas un par de años los negocios privados han hecho una exitosa competencia a las tiendas recaudadoras de divisas, cuyas ventas han descendido notablemente a medida que los cuentapropistas se multiplicaban. Una mayor variedad en la oferta, precios más aceptables, mejor calidad y un trato amable, son elementos que distinguen al propietario privado respecto del establecimiento estatal, ventajas éstas que el gobierno no está en condiciones de alcanzar, menos aún de superar.

 

Por otra parte, un número significativo de estos comerciantes privados no son antiguos trabajadores estatales que han quedado “disponibles”, sino que ya se dedicaban a las ventas ilícitas antes de poseer una licencia, es decir, que están entrenados en las actividades de contrabando y supervivencia al margen de la legalidad, de manera que -como me dijo el joven cuentapropista, mi último encuestado- el gobierno solo le está dejando el camino abierto a los delitos: “Aquí mucha gente sabe ‘luchar’, que para eso no hay que tener licencia. ¿Quién va a sacar una licencia para vender la misma ropa chea que venden en las ferias y que todas son iguales?, ¿y acaso van a tener policías para controlar a tanta gente?”.

 

Es evidente que con la implementación del trabajo por cuenta propia el gobierno ha abierto una caja de Pandora que ahora no puede cerrar sin enfrentar las consecuencias. De cualquier manera, pese al carácter represivo de las nuevas disposiciones y de la tozudez oficial al negarse a otorgar licencias como comerciantes, el saldo sigue siendo negativo para las autoridades. Lo que fue antes ya no será. Mientras, hay más y más cubanos descontentos en las calles. Dadas las circunstancias, me parece bien? a ver si de una buena vez florece entre la gente la conciencia de la autonomía y de los derechos en Cuba.