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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Miénteme más, que me hace tu maldad feliz…

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

La visión de las manifestaciones de duelo de los venezolanos que apenas cinco meses atrás votaron por la presidencia de quien ahora mismo protagoniza el final de su propia y absurdamente dilatada muerte, despierta a la vez respeto y compasión. Respeto, porque toda expresión de pesar auténtico lo merece, más allá de nuestras particulares ideologías. Compasión, porque las multitudes luctuosas que en Caracas desfilan ante nuestros ojos se comportan como la amante engañada, que aún ante la evidencia de infidelidad insiste en negarla.

 

Tal como anunciara el pasado viernes 1ro de marzo en su cuenta de twitter el líder de la oposición venezolana, Henrique Capriles, ha quedado al descubierto que Nicolás Maduro y demás miembros del gabinete de gobierno mentían sobre el estado de salud del mandatario. El estado irreversible de la gravedad del presidente y su inminente muerte se mantuvieron ocultos en los informes y partes médicos amañados, turbios y llenos de incongruencias, destinados a mantener a toda costa el control político pese a la ya inevitable extinción del caudillo.

 

Por otra parte la prolongada ausencia y la invisibilidad del presidente resultaban tan escandalosas que numerosos sectores de la oposición exigían una fe de vida, factor este que debió influir decisivamente en la declaración pública de su muerte. Resulta curioso que a partir de las crecientes manifestaciones de la oposición y ante lo justo de su reclamo se precipitaron los partes. Apenas en un par de días ajustaron al programa previsto la gravedad extrema por “el surgimiento de una nueva infección respiratoria” y casi de inmediato la defunción de Chávez. Probablemente, tal como ha ocurrido en la historia con la muerte de otros caudillos, nunca sepamos con exactitud en qué fecha murió el presidente venezolano. De hecho, la serenidad de sus hijas durante el velatorio sugiere un conocimiento muy anticipado del suceso, más allá de que lo esperasen como un desenlace lógico.

 

Pero hay otras grandes mentiras en esta saga. También en su momento Chávez mintió con alevosía cuando se declaró curado como por milagro, tras dos operaciones del mismo mal, para poder aspirar a la reelección y asumir la campaña electoral que lo colocaría nuevamente en la presidencia de Venezuela. Mintió con todas sus energías y a costa de su propia vida, por mantenerse en el poder, dando pruebas de una irresponsabilidad mayúscula, porque a fin de cuentas los electores, sin saberlo, votaron mayoritariamente por un prospecto de cadáver. Si, como sostienen algunos, el finado caudillo seguía orientaciones de La Habana, la aceptación de tal injerencia solo demostraría un engaño mayor a su pueblo.

 

De la noche a la mañana el rey ha quedado desnudo y resulta obvio que “la derecha, la oligarquía, el imperio y los enemigos de Chávez” decían la verdad. Sin embargo, decenas de miles de venezolanos lloran su muerte. Muchas veces antes en la historia otros pueblos han llorado a sus dictadores para después olvidarlos rápidamente. Los pueblos son veleidosos, porque necesitan perdurar por sobre todos los conflictos coyunturales. A fin de cuentas, también una buena parte del pueblo venezolano miente –quizás de buena fe– cuando asegura que defenderán con sus vidas el socialismo estilo chavista, paradigma de justicia del siglo XXI.

 

Así también el cadáver embalsamado de Hugo Chávez, que tendrá un lugar permanente en el nuevo Palacio de la Revolución será, además de una retorcida y enfermiza percepción de culto, una manera de mantenerlo entre los vivos, aunque sea de mentiritas.

 

Por mi parte, cuando por estos días he visto pasar por la pantalla de mi televisor tantos rostros llorosos, tantas consignas y tantos testimonios de fidelidad al chavismo, no he podido menos que recordar aquel viejo bolero que muchos años atrás tocaban las victrolas en los bares de mi Habana Vieja: “Y qué más da, la vida es una mentira… Miénteme más, que me hace tu maldad feliz”.