Cubanálisis   El Think-Tank

CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Los “Peter Pan” que no emigraron

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

En una conversación reciente durante una visita vespertina a un amigo de mi generación, que aquí llamaré Miguel, me hizo una revelación que me sorprendió: “Nunca he podido superar la opresión que me inspiran los domingos”. Inquirí por la razón de tan raro rechazo a un día feriado que usualmente compartimos en casa con la familia, y me explicó. Cada domingo, desde que tenía 11 años hasta los 17, estaba obligado a regresar a la beca. El domingo quedó así grabado en su memoria como el día en que inexorablemente, se alejaba a regañadientes de su casa y de sus padres, abuelos y hermanos menores, en una mano el perchero del uniforme impecablemente lavado y planchado por la madre y cubierto con esmero con un nylon para resguardarlo del polvo; en la otra, el maletín que –al abrirlo, ya en su feo albergue de becario– dejaba escapar el familiar olor del pan con bisté que también el desvelo materno había puesto allí para paliar su hambre y consolarlo por la separación, al menos en esa noche dominical.

 

“No puedo evitar esos recuerdos tristes cuando miro a los becados de ahora dirigiéndose al punto de recogida, también con los percheros y los uniformes. Cada vez que pienso en todo el tiempo que me robaron, en la separación forzosa de la familia, en el sacrificio que se hacía porque nos decían que si estudiábamos íbamos a vivir mejor y que donde se podía estudiar de verdad era en las escuelas en el campo con un sistema pedagógico perfecto, siento una impotencia insoportable”.

 

Yo, que nunca estuve becada porque nací varios años antes que mi amigo y por eso tuve la posibilidad de acceder a escuelas urbanas durante toda mi enseñanza media y el bachillerato, trataba de imaginar los sentimientos de un niño en el inicio de su adolescencia, separado de sus mayores justamente cuando más necesitaba de ellos. En mi caso, había tenido que ir a las Escuelas al Campo, pero al menos eran etapas relativamente breves, si bien en condiciones de trabajo forzoso, promiscuidad de albergues sucios y letrinas más sucias aún. El vivió la permanencia prolongada en las becas de la revolución durante seis cursos completos. Mi amigo me cuenta que pasaba la semana en la beca soñando con la llegada del sábado -por aquellos tiempos había clases de lunes a sábado-, cuando empezaba el “pase” al mediodía y estaría en su casa, en su cama, en sus espacios, gozando al fin de la privacidad y de un baño limpio, de la sazón de la madre, del cariño y la protección familiar.

 

Dejo hablar a la memoria de mi amigo: “Yo era un niño de esos sanos, que jugaba todavía con juguetes. Mi tío me había traído de la RDA un tren eléctrico que nunca pude disfrutar lo suficiente porque estaba en la beca. Me pasaba la semana entre los matreros aquellos, de todos los orígenes, fingiéndome guapo y repitiendo palabrotas o alardeando con vulgaridades que jamás escuché decir en mi casa. Era una manera de sobrevivir en la beca porque allí estábamos todos mezclados: los de familias decentes y funcionales junto con los marginales, los hijos de hogares violentos, de padres alcohólicos o delincuentes. Si lo pones en perspectiva, las becas eran una jungla donde perecían los más débiles, presa de las bromas y de los trajines de los fuertes abusadores. El que se ponía blandito cogía un sopapo, en el mejor de los casos. En los albergues se imponía una filosofía de presidio, con grupitos y castas claramente diferenciados. Los albergues y los baños eran los espacios más peligrosos porque allí teníamos menos controles y menos vigilancia de los profesores. A mí me salvó siempre el carapacho grande este que Dios me dio, que había que pensarlo dos veces antes de meterse conmigo, pero en realidad siempre fui un muchacho tranquilo y evitaba los problemas. Yo había crecido en un ambiente familiar armónico, era muy educado. Fueron seis años traumáticos para mí. Sin embargo, nunca contaba nada en casa porque no quería preocupar a mis padres. En la beca fingía ser un guapetón más; en casa fingía que estaba contento con la beca. Cuando vives la adolescencia de esa manera, llega un momento en que no sabes qué hay de falso y qué hay de cierto en tu vida; te creas una especie de coraza y tomas distancia hasta de tu familia porque aprendes a sobrevivir sin ellos y, como no están contigo en los peores momentos, llegas a prescindir de su ayuda y de su consejo. Cuando finalmente terminé la etapa de internado y regresé al seno de la familia, ya no era el mismo. Mira, es como si algo muy entrañable de tu pasado se hubiese roto sin remedio. Eso es lo que percibo dentro de mí cuando recuerdo aquellos tiempos: una sensación de desarraigo, de pérdida, de fatalidad”.

 

Miguel habla fluidamente, es un hombre calificado e inteligente. Yo he transcrito aquí una reconstrucción aproximada de su discurso, que no grabé (las conversaciones entre amigos nunca se graban, por supuesto), pero él puede dar fe de mi apego a sus experiencias personales y a sus recuerdos. Conozco muchos adultos que fueron becados en su adolescencia, pero pocos reconocen tan sinceramente como él las profundas huellas que aquellas experiencias dejaron en sus vidas. Suele ocurrir a quienes sufren de violación o agresiones, a las mujeres abusadas por sus maridos, u otros eventos humillantes, que raramente las víctimas reconocen abiertamente el daño sufrido, como si de alguna manera fueran culpables de haberlo pasado, como si hablar de ello constituyera una muestra de debilidad o los hiciese involuntarios cómplices de sus verdugos al hacer aflorar recuerdos que prefieren mantener sepultados. Hay quienes, incluso, narran sus experiencias de becarios como una etapa risueña y feliz, como lo mejor que les pudo haber ocurrido? éstos ni siquiera tienen conciencia de lo que perdieron. En lo personal, creo que hay que vivir en un hogar muy hostil o represivo para preferir una beca; no puedo menos que compadecerme de quienes encontraron en la separación familiar su mejor opción.

 

Para dar punto final al tema Miguel sonrió, medio cómplice, medio divertido. La naturaleza del cubano lo empuja a bromear hasta con las cosas que nos causan dolor: otro recurso de sobrevivencia que hemos aprendido. “¿Sabes qué? Yo te aseguro que hubo dos operaciones Peter Pan: la que coyunturalmente separó a 14 mil niños de sus padres para enviarlos a EEUU; y la que ha estado separando a centenares de miles de sus familias durante décadas para enviarlos a las becas del gobierno. No puedo decir cuál es peor, pero me inclino a pensar que la de acá adentro lo es”.

 

Creo que coincido con él.