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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Los nuevos banqueros del régimen castrista

 

Elías Amor Bravo, Valencia, y Tomás G. Muñoz, Málaga, en Unión Liberal Cubana

 

No somos nosotros quienes lo dicen. Son ellos mismos. En un artículo en Granma hoy, la vicepresidente del Banco Central de Cuba, ante la inminente entrada en vigor del Decreto-Ley 289, que autoriza la realización de determinadas actividades financieras hasta ahora prohibidas, ha declarado que "esto es algo nuevo, no solo para los solicitantes, sino también para los trabajadores del banco. Habrá prácticas de trabajo que hace muchos años no se implementan". Tal vez sería conveniente preguntar a Fidel Castro qué piensa de este paréntesis absurdo en la historia de la banca cubana, que ahora se pretende corregir. Seguramente, el no estaría de acuerdo con este tipo de medidas. Pero eso ya, por suerte, es otra historia.

 

No cabe la menor duda que la reforma anunciada va a suponer retos importantes para la economía castrista, en la que la profesión de banquero o financiero, esencial en cualquier país del mundo, se había convertido en una especie de actividad administrativa de escasa relevancia social. Por ello, esta nueva generación de banqueros y profesionales del sector financiero cubano que inician un camino casi desconocido tienen por delante retos de gran importancia, no tanto para impulsar las nuevas actividades y funciones que tienen que realizar, para hacerlas bien, sino para alcanzar un papel dentro de la sociedad que merezca su esfuerzo y dedicación.

 

No se trata de polemizar sobre la cuestión relativa a la improvisación. Cuando un sector ha estado adormecido durante más de medio siglo, desde que los “revolucionarios” decidieron que había que acabar con la banca en Cuba, no es extraño que aparezcan dificultades para su desarrollo. Tampoco hace falta tanta preparación, planificación y estudio “detrás de cada norma, indicación, instrucción de trabajo”. Como saben los banqueros, la actividad financiera es una relación casi personal que conduce al éxito o al fracaso, y de éste, se aprende para no volver a cometer los mismos errores.

 

Esta nueva generación de banqueros del régimen castrista debe saber que antes de 1959, Cuba contaba con un sistema financiero modélico, que se había beneficiado de las prácticas mercantiles del vecino del Norte, y que había girado en torno a una red de bancos nacionales, con niveles de participación extranjera, capaces de financiar las actividades productivas y el consumo, en condiciones de rentabilidad. Las más modernas técnicas que existían en aquella época se ponían en marcha en el sector bancario cubano, en el que un sinfín de profesionales de gran valía desempeñaba sus funciones con notable éxito.

 

Muchos de ellos, como consecuencia de la rapiña comunista y del exilio posterior, pudieron aplicar sus conocimientos en otros países, en los que escalaron rápidamente a posiciones de liderazgo sectorial. Historias de este tipo existen muchas y muy significativas, que la miopía del régimen comunista ha ocultado y tratado de borrar de la historia de Cuba, pero que volverán a hacerse realidad con la recuperación de las instituciones democráticas y de nuestra memoria colectiva.

 

Coincidimos, pues, con la vicepresidente del Banco Central de Cuba que la aplicación del nuevo Decreto-Ley puede suponer un impulso financiero al desarrollo de las actividades por cuenta propia y otras formas de gestión no estatal en el país, a la producción agropecuaria y a las acciones en la construcción, mediante esfuerzo propio. La relación que existe entre los mecanismos financieros y la economía real ha sido bien estudiada por la Economía, y no me cabe la menor duda que este tipo de estímulos pueden y deben funcionar en la aletargada economía castrista.

 

La cuestión es si esta economía se encuentra preparada para recibir este empujón, cuando los procesos de liberalización sectorial y productiva, absolutamente necesarios para dinamizar la economía, no se están produciendo, y las autoridades siguen hablando de una “actualización del socialismo”. No se ha puesto énfasis en la privatización de la economía, el marco de derechos de propiedad sigue siendo muy limitado, prácticamente no existe. Y el mercado, como instrumento de asignación de recursos, sigue estando sometido por las decisiones, casi siempre erróneas, de la planificación central.

 

Por ello, tenemos dudas sobre la capacidad del estímulo financiero para aumentar la base de la economía, propiciar su crecimiento y despliegue, así como la necesaria acumulación y mejora de la rentabilidad, esencial para que aumente la escala de la producción.

Cuesta trabajo realmente entender hasta dónde llegan las reformas anunciadas.  Mucho nos tememos que, si no hay un Banco Central fuerte, con capacidad de dirección y autonomía del poder político, en Cuba sucederá lo mismo que hace aproximadamente 20 años en los antiguos países del bloque socialista.

 

Esta es una de las reformas más importantes que ha venido introduciendo el régimen desde hace un año. Tal vez porque va a dar respuesta a los sectores sociales más dinámicos, aquellos que pueden generar valor añadido, empleo y beneficios. La confianza en los prestatarios debe servir para mantener relaciones estables de colaboración entre la banca y las formas de organización productiva no estatales, sobre todo con los cuentapropistas.

 

Si ello fuera posible, y toda esta reforma no se dirigiera a fijar nuevos mecanismos de control sobre la producción y los agentes que empiezan a impulsar actividades al margen de la esfera estatal, podríamos estar hablando del origen de un proceso de transformación radical de la economía castrista. Pero tenemos algunas dudas al respecto, y por ello, antes de opinar, vamos a observar cómo evolucionan los acontecimientos.

 

No obstante, proponemos que estas reformas vayan acompañadas de algunas medidas que se echan en falta:

 

PRIMERO: Es necesario establecer un seguro a los depósitos que realicen los agentes a partir de ahora, y no esperar a que los bancos comiencen a quebrar (como fatalmente pasará).  La quiebra de bancos en Bulgaria, Rumania y otros países del Este, encueró económicamente a muchos ahorradores y cuentahabientes, con grave perjuicio para las economías.

 

SEGUNDO: Es necesario establecer controles (no simplemente legales, que están en papel mojado), sino que los auditores del Banco Central de Cuba, con plenos poderes, estén presentes en el día a día de esos bancos, ejerciendo funciones inspectoras reales, y no meros seguidores de directrices ideológicas.

 

TERCERO: Es imperativo disponer de un marco legal (Código de Comercio, Commercial Code o como quieran llamarlo), que regule los derechos y deberes, en este caso, de los bancos, sus acreedores y depositantes. Mientras que ese marco legal no exista, todo queda en un horizonte de arbitrariedad en el que el poder político es el que toma las decisiones finales.

 

CUARTO: Una agencia liquidadora de los bancos que quiebran.

 

Por último, dada la gravedad de la crisis mundial en la actualidad, mantenemos nuestras dudas de que haya bancos internacionales que deseen establecerse en Cuba. Por lo tanto,   no habrá nadie que lleve técnicas modernas de fondeo o de riesgo al sistema financiero cubano que muestra signos más que evidentes de atraso y bajo nivel tecnológico y experiencia.  Y, aunque el Banco Central podría llamar a varios ex banqueros cubanos del exterior con amplia experiencia internacional, y usarlos como asesores, tenemos nuestras dudas de que lo vayan a hacer.  Los del Banco Central se las saben todas.