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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Los lectores de tabaquería portan una tradición que tiene 150 años

 

Isabel Sánchez, AFP

 

LA HABANA -- Sentada en una tribuna de madera frente a un micrófono, Grisel lee cada día el periódico, un poema o un pasaje de novela para 600 obreros que, entre tanto, cortan, escogen, despalillan y tuercen con destreza las hojas del exquisito tabaco cubano.

 

Ella es uno de los casi 300 “lectores de tabaquerías” que cultivan y entretienen a los torcedores en las fábricas de Cuba, una tradición vigente desde hace 150 años, propuesta a la UNESCO como patrimonio oral e intangible de la humanidad.

 

Surgida en 1865 en una fábrica de La Habana para distraer a los trabajadores en su monótona y larga jornada, la singular actividad, que durante un siglo fue pagada por los mismos operarios, se extendió rápidamente y llegó incluso a promover luchas sociales, según la historia recogida en el Museo del Tabaco.

 

“La lectora es muy importante para nosotros, nos amplía nuestro acervo cultural. Su lectura nos marca hasta el ritmo de producción: según el turno que va leyendo uno mide si lleva 60, 70 puros”, explica Julia Curbera, mientras acomoda las hojas con la habilidad de casi 30 años, de sus 47, como torcedora.

 

Frente a las mesas enfiladas de los obreros, Grisel, una ex maestra de 55 años, se acomoda las gafas y empieza a leer la portada del diario comunista Granma, que en esta jornada trae informes del presidente venezolano Hugo Chávez, la producción de mangos y los llamados a trabajar del Gobierno de Raúl Castro.

 

“Muchos de nosotros no llegamos ni a noveno grado (colegio) y esto nos ayuda a superarnos y mantenernos actualizados, porque pasamos aquí 10 horas, sin saber lo que ocurre afuera”, destaca Irse Martínez, un cuarentón que hace puros desde hace 16 años.

 

La voz agradable, diáfana y segura de Grisel resuena por los altoparlantes en cada piso del antiquísimo edificio de la fábrica H. Upmann, en Centro Habana, donde se elabora la prestigiosa marca Montecristo.

 

“Gano 315 pesos (unos 14 dólares al mes), pero me siento muy recompensada, porque sé que soy útil, ellos me necesitan”, asegura Grisel a la AFP, en una pausa de la lectura.

 

Como todos los lectores de tabaquería, fue seleccionada para leer en H. Upmann, por los trabajadores en una votación, tras ser probada entre varios candidatos, hace ya unos 20 años.

 

Lee tres sesiones de media hora al día. Entre una y otra, prepara la lectura, conversa con los obreros y aprovecha para fumar el purito que le hace especialmente Hugo Zulueta, mientras por los parlantes suena música o la radionovela.

 

“Aquí sentados elevamos nuestro nivel de educación. Me gusta mi trabajo, pero es el día entero haciendo lo mismo y la lectura lo hace más ameno, me distrae y relaja”, dice Hugo, de 41 años, 18 de ellos en el sector.

 

Desde sus mesas, los torcedores escuchan desde clásicos de la literatura universal, artículos políticos, sociales o legales, hasta recetas de cocina o consejos sexuales.

 

Algunas obras las proponen ellos y las escogen también en votaciones en toda la fábrica.

 

Poemas de Pablo Neruda, novelas como “Doña Bárbara”, de Rómulo Gallegos, son muy apreciados. Pero sin duda la más aclamada y leída es “El Conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, que dio el nombre a la reconocida marca de habano.

 

Grisel interpreta una voz diferente para cada personaje. Jesús Pereira, lector de la fábrica Partagás, es famoso por impostar la de una mujer y hacer sonidos especiales, como un disparo, un portazo o el trote de un caballo.

 

Los lectores tienen una relación y comunicación particular con los obreros. Lázaro Wong, de 45 años, corrige a Grisel cuando pronuncia mal el nombre de algún jugador de béisbol. Franklin Zapata, de 27 años, le pide que lea temas eróticos y de humor.

 

Se ríen, corrigen, comentan. Y el veredicto es contundente: un golpe sobre la mesa con la chaveta -cuchilla curva para cortar las hojas- aprueba cada lectura, tirarla al suelo es la absoluta reprobación.

 

Grisel ha bajado del estrado llorando encarnando a uno que otro personaje. Adora y vive su trabajo. La chaveta le dice “sí” desde hace dos décadas.