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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Los futuros economistas de Cuba

 

Jorge A. Sanguinety, en www.cubanet.org

   

MIAMI, Florida.- En la formación de economistas cubanos el país tiene dos problemas de fondo. Uno es que antes de la revolución casi no había formación de economistas en Cuba. En la Universidad de La Habana se estudiaba algo de economía como un apéndice a la carrera de Ciencias Comerciales.

 

Posiblemente de ahí que los cubanos no saben distinguir entre un economista y un contador, lo cual es una profunda muestra de ignorancia. De hecho, pocos no economistas saben lo que hace un economista, situación que es común en muchos países pero que llega a su máxima expresión en Cuba. En los años cincuenta se creó la carrera de economía en la Universidad de Villanueva de donde creo que se graduó una sola persona. Había una carrera de economía en la Universidad de Oriente y creo que otra en la Central de Las Villas. Hasta 1959 muchos de los que se podían llamar economistas cubanos, formados como tales, se habían graduado o habían estudiado en universidades extranjeras. El primer programa integro de formación de economistas de la Universidad de La Habana se inauguró en 1962, con un programa inicial muy ecléctico que rápidamente se inundó con materiales marxistas muy ideológicos, por un lado, y con asignaturas de matemática por otro. Entre ambas concepciones existían algunas asignaturas improvisadas como evaluación de proyectos, comercio internacional y contabilidad.

 

La brecha entre la formación que se estaba impartiendo en La Universidad y la que se necesitaba en los organismos del estado para “planificar la economía” era inmensa, y se hacía ostensible en la Junta Central de Planificación, dónde yo trabajaba. Posiblemente de la contaminación ideológica de la carrera, ya formalizada bajo el Instituto Juan Noyola, parte la percepción generalizada que el estudio de la economía no es más que el estudio de la ideología imperante que no admite formas de pensamiento crítico e independiente. De esto hay innumerables anécdotas ilustrativas.

 

Los que estaban a cargo del programa de estudios en la Universidad  de La Habana, especialmente Carlos Rafael Rodríguez y el economista mexicano (que dejó la CEPAL para radicarse en Cuba) Juan Noyola, no pudieron impedir que el programa se degradara en uno de tipo ideológico, pero el verdadero problema de fondo (el segundo que apunté arriba) era que nunca se había desarrollado una teoría económica del socialismo, sobre la cual fundamentar la práctica y la política de la planificación, o sea, cómo reemplazar la economía de mercado que Marx llamó capitalismo. Algunos de los economistas cubanos que han alcanzado algún renombre y respetabilidad técnica y analítica en la isla, a pesar de las condiciones académicas imperantes en Cuba, lo han hecho con un gran esfuerzo y dedicación, pero sus contribuciones se ven restringidas continuamente.  De hecho, no parecen tener una gran influencia en la política pública del país, ni siquiera en estos tiempos de crisis y de reformas.

 

Este enorme vacío conceptual se hizo evidente en Cuba en 1961 cuando comenzaron los trabajos para formular el Plan Cuatrienal 1962-1965 en los diversos organizamos del estado. El método de planificación que se siguió estaba basado en llenar los formularios de las metodologías de planificación aplicados en algunos países de Europa Central, transportados y explicados por consultores de esos países residiendo en La Habana, e implementados por economistas latinoamericanos contratados por Cuba y por otros funcionarios cubanos que combinaban una cierta formación con alguna improvisación. Por mal preparado, dicho plan fue abandonado sigilosamente por el gobierno cubano. En tales circunstancias las empresas, ya casi todas estatizadas, no tuvieron otra alternativa que tratar de seguir produciendo lo que habían hecho en el pasado, bajo nuevas condiciones de administración, suministros, mercados, financiamiento, etc. Poco a poco, irían recibiendo “directivas” centrales sobre lo que debían producir, pero la JUCEPLAN no sabía cómo compatibilizar las metas que el gobierno trazaba (léase Fidel Castro), con las posibilidades materiales, financieras, organizativas, administrativas y humanas para hacerlo.

 

En presencia de todo esto, los economistas que trabajaban en Cuba tenían poca influencia. Los procesos productivos eran en gran medida caóticos. Todo el mundo lo sabía, pero nadie podía hablar abiertamente de los problemas. Muchos funcionarios estaban bien conscientes del origen de la desorganización económica del país, desorganización que hizo que Cuba dependiera desde muy temprano de la ayuda soviética para equilibrar la oferta agregada de bienes y servicios con la demanda agregada, ambas ya muy distorsionadas por la turbulencia institucional y revolucionaria predominante.

 

No se destaca en esta situación una autoridad económica independientemente de la presencia abrumadora de lo político en las decisiones del gobierno, todo en la figura de Fidel Castro. Por medio de su discurso, lo económico se representa por medio de cifras de producción física. El discurso público y único no incluye valores expresados en términos monetarios. Fidel Castro jamás habla de agregados, que tenían que ser expresados en términos de valores. No hay alternativas que discutir o evaluar. Todas las decisiones aparecen como que ya están tomadas. Lo económico deja de ser reconocido como parte de la naturaleza del nuevo orden e intuitivamente el ciudadano espectador va tomando nota sin entender el significado de lo que es económico. Existe la carrera de economía como existen muchas otras para tener al ciudadano ocupado con una expectativa razonable, pero engañosa, de mejorar en la vida. Pero en realidad no hay un sentido de propósito de desarrollo económico por parte del gobierno. Su agenda internacionalista y la mentalidad de estado permanente de sitio no es compatible con una sociedad donde esa figura abstracta y enigmática del economista tenga sentido.

 

Recordemos que en 1968, bajo la llamada Ofensiva Revolucionaria, se cerraron las escuelas de contabilidad en Cuba porque, como el país estaba construyendo el comunismo, el dinero no sería necesario y no había por qué aprender a contarlo y registrar las transacciones “mercantiles”. Esta situación cambia en alguna medida con la catástrofe que significó la zafra azucarera de 1970 y su secuela. El gobierno finalmente parece que toma en serio la economía, pero ya el daño está hecho. A pesar de nuevos esfuerzos Cuba no consigue liberarse de los susidios soviéticos y aún persiste en construir una economía socialista que nadie, ni el propio Marx llegó a diseñar.

 

Cuba está sufriendo ahora el legado de estos disparates acumulados. Por suerte hay algunos cubanos más alertas, que parecen comprender esta situación. Ellos representan la base sobre la cual construir una profesión necesaria para la reconstrucción y democratización del país, por eso hay que trabajar con ellos, pero hay que hacerlo inteligentemente, evitando las condiciones que traicionen los objetivos de largo plazo. Mi experiencia reciente me indica que es posible trabajar en esa dirección pero se requiere un esfuerzo colectivo (no monumental), bien concertado, para que tenga frutos.