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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Los aguafiestas

 

Daniel Morcate, El Nuevo Herald

 

Todo les iba saliendo según el libreto al régimen de los Castro y a la Iglesia Católica. La isla se vestía con sus mejores galas, en la medida en que esa pobre isla, harapienta y hambreada, puede vestirse de galas; se remendaban calles de La Habana y de Santiago para que la comitiva papal no vaya a caer en una zanja abierta por el tiempo, la escasez y la indiferencia oficial; en El Cobre se restauraba el santuario de la Virgen de la Caridad, para conmemorar su aparición hace 400 años, y se construía una bonita casa de siete habitaciones y aclimatada, para que Benedicto XVI pase una noche sin sufrir los clásicos sofocones tropicales; se levantaban tarimas bien decoradas para sus homilías; y cubanos católicos “del exterior” se alistaban para peregrinar a su tierra. Pero en eso isleños azorados y rebeldes se tomaron templos e hicieron demandas que no figuraban en el programa del régimen ni en el de la Iglesia. La dura realidad de Cuba se había entrometido de repente en los planes elaborados para negarla, escamotearla, maquillarla. Así de terca suele ser la realidad.

 

Con la visita del Papa la Iglesia busca el espacio que le regatea el régimen. El régimen, la legitimidad que no se gana con democracia, respeto a los derechos humanos y libertad. Muchos cubanos se huelen que hay poco o nada para ellos en ese tinglado. De ahí que hombres y mujeres desesperados ocuparan iglesias para exigir que, durante su visita, el Papa conceda audiencia a las Damas de Blanco; y que les pida a los Castro libertad para los presos políticos, derecho pleno a la propiedad privada, acceso a la libre información, eliminación de los requisitos totalitarios para salir y entrar a Cuba y la instalación de un gobierno provisional. Demandas justas y oportunas porque La Habana, la Iglesia cubana y el Vaticano habían decidido ignorar a los opositores durante la visita papal.

 

Una de las últimas imágenes que me llevé al huir de Cuba hace 40 años –todos los exiliados somos fugitivos– fue la de paramilitares que golpeaban con cavillas envueltas en cartuchos a jóvenes que trataban de entrar a la Iglesia de San Isidro en Holguín, mientras un sacerdote contemplaba el feroz ataque con impotencia. Pero los tiempos cambian. La semana pasada el propio Obispo de Holguín, Emilio Aranguren, dirigió el desalojo de los ocupantes de esa iglesia, según testigos, aunque Aranguren lo niega. Y el cardenal Jaime Ortega no tuvo empacho en solicitar a la policía castrista que desalojara a la fuerza a 13 opositores que habían llevado sus reclamos a una iglesia habanera. Luego vinieron las racionalizaciones cínicas. La Iglesia dijo haber tenido en cuenta que los ocupantes pidieron “ser visitados por las autoridades” y que se les había desalojado sin violencia. Los ocupantes denunciaron la patraña. Y narraron la violencia que padecieron a manos de esbirros que los insultaban mientras los detenían.

 

En Cuba y fuera de ella apologistas de la Iglesia, como el arzobispo de Miami, Thomas Wenski, criticaron a los opositores cubanos y sostuvieron que “un templo debe ser respetado y no puede ser manipulado para fines ajenos por nadie”. Pero, ¿de qué sirve un templo, sea de la religión que sea, si desde él no se puede exigir pacíficamente respeto a los derechos humanos, libertad y democracia, sobre todo en una tierra sometida a una brutal dictadura desde hace 53 años? Y si esos fines le son ajenos, ¿entonces para qué sirve la Iglesia? Se entiende el valor eclesiástico de cualquier visita papal a Cuba. Pero la Iglesia no está exenta del principio universal de que los medios son tan importantes como los fines que se persiguen. Y los medios que ha utilizado la Iglesia cubana, con el beneplácito del Vaticano, para evitar que le aguaran la fiesta papal han sido deplorables.

 

Al remedar los métodos represivos del régimen que también padece, la Iglesia cubana ha incurrido en una enorme responsabilidad por el destino de las personas a las que la dictadura amenaza con procesar criminalmente. La justeza de los reclamos que hacen esos cubanos humildes y pacíficos contrasta con la brutalidad de sus represores y con la villanía con que jerarcas de la Iglesia “resolvieron” su protesta. De los Castro no podíamos esperar otra cosa. Pero de la Iglesia sí. Y ésta debería rectificar su lamentable actuación, disculparse por su rol en los desalojos e interceder por la seguridad de los desalojados. Sería un conveniente ensayo para la conducta que debería observar frente a la turbulencia política que presagian la intransigencia de la tiranía y la audacia de una oposición cada vez más decida a enfrentarla.