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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Lo “prohibido” y lo “obligatorio”

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

En numerosas conversaciones con cubanos, tanto emigrados como de “adentro”, éstos últimos con los que comparto la experiencia de vivir diariamente bajo las condiciones sui generis de esta Isla, sale a relucir una frase acuñada a lo largo de décadas, cuya credibilidad se sustenta más en la propia repetición por su uso y abuso en el habla popular que en la realidad misma: “En Cuba lo que no está prohibido es obligatorio”.

 

Debo admitir que en lo primero hay bastante acierto. Si algo abunda en Cuba son las prohibiciones en todas sus variantes: las que verdaderamente lo son -contenidas en leyes, decretos, regulaciones y otras disposiciones de distintos niveles, todas dirigidas a inhibir a los individuos y controlar cada actividad social o personal-, las que nos impone la naturaleza coercitiva del sistema aunque no estén legalmente sancionadas (por ejemplo, que los estudiantes varones no puedan usar melenas, que no se transmita por la radio o la TV algún tipo de música, que no se reúnan personas en un determinado lugar, etc.) y las que nos inventamos nosotros mismos, o sea, las prohibiciones autoimpuestas propias de sujetos sometidos desde la cuna al temor, al adoctrinamiento, a la vigilancia permanente y a la dudosa moral de la supervivencia cotidiana que obliga a vivir gracias a las ilegalidades, es decir, violentando interdictos establecidos por el poder más allá del sentido común. Es natural que las transgresiones abunden más allí donde existe una mayor cantidad de tabúes.

 

Ahora bien, lo “obligatorio” es harina de otro costal. Más bien se trata de toda una leyenda que, ya sea por desconocimiento o por un sinnúmero de razones (irracionales), inconscientemente sirve a muchos cubanos para justificar su modo de actuar y atrincherarse en el marasmo cívico que nos asfixia. La lista se “obligaciones” sería infinita, pero algunas de las más socorridas se resumirían en: la pertenencia a organizaciones que son pura entelequia, como los Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas, Milicias de Tropas Territoriales, Central de Trabajadores de Cuba, Organización de Pioneros de Cuba, Federación Estudiantil de la Enseñanza Media, Federación Estudiantil Universitaria, etc., todas ellas con pago de una cotización y con asistencia a diferentes rituales marcados por las efemérides, también supuestamente con carácter “obligatorio”.

 

Pero también muchos cubanos parecen considerar obligatorio votar por el Delegado, asistir a las asambleas de rendición de cuentas y a reuniones, gritar consignas, cantar el Himno Nacional, saludar la bandera, honrar a los mártires del santoral revolucionario, firmar compromisos políticos y otros documentos, y un larguísimo etc.

 

En realidad, existe la suposición de que no cumplir con estas “obligaciones” traería como consecuencia algunas represalias, como pudiera ser la pérdida del puesto de trabajo, la no aceptación de nuestros hijos en algunos centros de estudio, no poder optar por determinados servicios como el círculo infantil, el semi-internado para hijos de madres trabajadoras, etc. Sin embargo, muchos hemos comprobado por experiencia propia que nada de lo antes mencionado es realmente obligatorio, sino que constituye la respuesta general a la prohibición fundamental que pesa sobre esta nación: está prohibido ser libres.

 

¡Ay, cubanos! Si alguna vez el coraje que mueve a tantos a desafiar los peligros del mar en una fuga casi suicida, a crear una nueva vida lejos, a sobrevivir en condiciones tan precarias dentro de la Isla y a triunfar contra todos los obstáculos fuera de ella, se volcara en vencer el temor al régimen, ¡qué diferente sería todo!… Si tantas energías se dirigieran a cambiar nuestra propia realidad, haríamos desaparecer en poco tiempo el mundo de prohibiciones que nos ha encadenado por medio siglo y dejaríamos de sentirnos obligados a ser eternamente esclavos. No es obligatorio, pero tampoco está prohibido.