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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

Las Fuerzas Armadas y el futuro de Cuba

 

Vamos, es tiempo todavía, pronto ya será tarde, recorramos la eternidad posible que nos das como un dios. ¡Despierta! Largamente has estado durmiendo y te he esperado. Fina García Marruz, Palabras para el Otoño.

 

Martí convocó a los cubanos a una “guerra necesaria”, sin odios, para alcanzar la independencia; ahora urge una convocatoria a una paz necesaria, también sin odios, para alcanzar la concordia nacional.

Eliseo Alberto,  Informe contra mí mismo.

 

Lenier González Mederos, Espacio Laical Digital

 

Introducción

 

Abundan en la esfera pública cubana, dentro y fuera de la Isla, visiones simplistas sobre la problemática nacional y sus desafíos de futuro. Se trata de actores que, ubicados en posiciones disímiles del arco político, ponen de lado las complejidades inherentes a la situación cubana y explayan discursos fantasiosos e irreales, donde muchas veces se superpone a la realidad el plano de las preferencias ideológicas personales. Aunque me declaro un individuo respetuoso de las ideas ajenas (sobre todo cuando son defendidas con valentía y coherencia, a sabiendas de las implicaciones que ello tiene) siempre preferiré a aquellos que, sea cual sea su preferencia ideológica, asumen el presente sin dramatismo desmesurado y anteponen a la gritería estéril la capacidad de hacer propuestas viables y gestar consensos de cara a la transformación del país real.

 

El desafío de soñar y trabajar por el logro de una república inclusiva de matriz martiana exige hoy un “pragmatismo creativo” que logre facilitar la articulación de las múltiples agendas grupales presentes en los escenarios cubanos, mediante una adecuada ponderación de la correlación de fuerzas internas y el logro de una metodología positiva de interacción social que contribuya a la despolarización del campo político. En este contexto, resulta crucial identificar aquellos actores sociales e institucionales que poseen un rol destacado en la sociedad cubana y propiciar, en torno a ellos, el debate necesario con el objetivo de crear sinergias que miren al futuro. Es posible rastrear en la esfera pública cubana estos debates, sobre todo vinculados a la multiplicidad de actores de la sociedad civil (oficial, independiente y opositora), a actores institucionales (como la Iglesia Católica , el Partido Comunista de Cuba (PCC) o el sistema institucional de medios de comunicación subordinado al Departamento Ideológico del PCC) o a los nuevos actores políticos moderados del exilio (como son los casos del Grupo de Estudios Cubanos y Cuban Americans for Engagement (CAFE)), entre otros.

 

Al margen de estos debates ha quedado la que, a mi juicio, es una de las instituciones más importantes y cohesionadas a tener en cuenta: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Si una entidad tiene en sus manos la posibilidad de influir en los derroteros futuros de la nación será este cuerpo bien organizado del cual forman parte decenas de miles de hombres y mujeres en calidad de oficiales profesionales; centenares de miles de soldados y efectivos de la reserva; y una masa incalculable de familiares de estas personas, las cuales, indirectamente, poseen un ligamen muy fuerte con la institución. Si tuviésemos la posibilidad de dar un salto en el tiempo y mirar a Cuba dentro de 200 años, yo me atrevería a afirmar que allí estarán, incólumes, dos instituciones cubanas que habitan nuestro presente: la Iglesia Católica y las FAR. Las líneas que siguen intentarán explorar algunos desafíos de la institución castrense de cara al futuro de Cuba. Esos desafíos no son diferentes a los de la nación cubana, de la cual forman parte de forma indisoluble.

 

I

 

Las FAR, como gran conglomerado militar-económico-político, será una pieza clave en el futuro de Cuba. La institución nace luego de la derrota del ejército constitucional de Fulgencio Batista. La exitosa transformación del Ejército Rebelde en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, bajo el mando del Raúl Castro, fue una clara garantía para la posibilidad de instaurar un nuevo régimen político en Cuba, más allá del aparato institucional de la segunda república (1933-1958). Los mismos criterios de rigor y de milimétrica organización que utilizó Raúl Castro para desplegar, en una amplísima región, el Segundo Frente Oriental, fueron utilizados luego para dar consistencia a la institución castrense revolucionaria.

 

Ha sido, además, una organización cohesionada, organizada, y con capacidad militar demostrada, que fue capaz de librar varias guerras en África, donde llegó a desplegar un ejército expedicionario de decenas de miles de efectivos sin ser derrotado. Como diría el profesor Jorge I. Domínguez, de la Universidad de Harvard: Cuba fue el único país del bloque soviético que acometió semejante empresa con éxito. La última iniciativa de este tipo realizada por un país miembro del Pacto de Varsovia-la invasión soviética a Afganistán- terminó en un desastre total.

 

Otros dos datos de peso que vale la pena mencionar es el inmenso aparato económico que ha desarrollado la institución desde hace más de 20 años, que la ha llevado a tener un poderoso sistema empresarial. Este hecho propició el surgimiento de una clase empresarial emanada de la propia institución. Además, es posible palpar en el interior de las FAR un núcleo ideológico marcado por un nacionalismo pragmático, que avanza más allá del marxismo-leninismo.

 

En la actualidad el corazón del poder político cubano está atravesado por las lógicas y los valores institucionales aprendidos en las FAR por muchísimas personas dedicadas a tareas de gobierno. Un elemento de peso a tener en cuenta es el elevado número de militares que integran el Consejo de Ministros, casi todos vinculados estrechamente a Raúl Castro mientras fue ministro de Defensa. Fueron esos cuadros, provenientes de las estructuras de mando y del aparato económico de las FAR, los que sustituyeron a los funcionarios y cuadros más jóvenes asociados al ex presidente Fidel Castro y a la llamada Batallas de Ideas, quienes quedaron completamente fuera de las estructuras de poder. Esta recomposición de la élite de poder cubana, la más drástica operada durante la Revolución, marcará, sin dudas, el futuro de la nación.

 

De los 15 miembros del Buró Político elegidos en el VI Congreso del PCC, 10 fueron militares. Con la muerte del general Julio Casas Regueiro ahora son nueve. Dos tercios del máximo órgano de poder del país corresponde a personas vinculadas a las FAR, incluyendo a cuatro de sus generales más importantes, a quienes corresponderá, dentro de muy poco tiempo, tomar decisiones cruciales sobre el destino de Cuba: Leopoldo Cintra Frías (ministro de las FAR y una leyenda viva de las guerras africanas); Abelardo Colomé Ibarra (ministro del Interior, quien alcanzó los grados de comandante, con apenas 20 años, en el Segundo Frente Oriental); Álvaro López Miera, (viceministro primero de las FAR, jefe de su Estado Mayor, muy cercano y querido por Raúl Castro, pues siendo casi un niño se incorporó a las filas del Segundo Frente), y Ramón Espinosa Martín, (viceministro de las FAR, muy respetado por la organización, casi de relojería suiza, que supo imprimirle al Ejército Oriental, bajo su mando durante muchos años).

 

II

 

En medio del amplio consenso en torno a la necesidad de transformar el modelo sociopolítico cubano, las Fuerzas Armadas tienen ante sí la responsabilidad histórica de servir de garantes, en el siglo XXI, de la seguridad nacional y de los intereses de la nación cubana. Para los cubanos patriotas esos intereses están comprometidos con el logro de la estabilidad nacional, necesariamente ligada, en nuestro caso, al desarrollo económico, la justicia social y la democratización política.

 

El país está abocado al desmantelamiento radical del modelo de socialismo de Estado que lo rige. No solo porque sea poco eficiente económicamente, imponga restricciones tangibles a la participación ciudadana, o sea repudiado por un segmento de la población, sino porque la crisis estructural de ese modelo sociopolítico ha puesto en peligro la propia hegemonía ejercida por las élites pos-revolucionarias. Es por ello que las reformas impulsadas por el gobierno de Raúl Castro, aunque lentas y crípticas, tendrán carácter irreversible. Precisamente a esa crisis sistémica se refería el Presidente cubano cuando, en 2011, advertía en un cónclave partidista que “se bordeaba” el precipicio. Esta afirmación pública -quizás la más dramática y sincera hecha por un dirigente cubano después de 1959, en la que se reconoce públicamente la posibilidad real de la derrota- buscaba aplicar presión sobre sectores de la oficialidad disconformes con las reformas en curso, así como intentar articular el consenso en torno al Presidente y la agenda de cambios.

 

Se trata de un conjunto de transformaciones que, hasta el momento, no ha tocado la institución del partido único. Dicha fuerza política se encuentra inmersa, desde hace años, en una profunda crisis estructural, producto de la ruptura evidente entre su petrificada identidad marxista-leninista (adosada mecánicamente a toda la sociedad y el Estado) y las identidades políticas y sociales plurales en la sociedad civil cubana. Detrás de la inmensa armazón simbólica y burocrática del PCC aún queda vivo un núcleo de ideas vinculadas con el nacionalismo cubano, que podrían haber servido de fundamento para su reinversión como fuerza política de cara al siglo XXI.

 

El mayor desafío del presidente Raúl Castro consistía, al menos en una primera etapa, en reformar el PCC y hacer transitar el país hacia un régimen bipartidista de oposición leal, que permitiese negociar el diferendo con Estados Unidos, preservar los logros sociales del proceso revolucionario, y facilitar la inexorable inserción de Cuba -desde lógicas autóctonas- en las redes de producción de la economía mundial capitalista y en el sistema institucional interamericano. Siempre afirmé que Raúl Castro, por la cohesión que su figura imprime a las élites políticas cubanas, era la persona idónea para acometer esta tarea trascendental. Ya hoy es temporalmente imposible que el liderazgo histórico de la Revolución cubana lleve a vías de hecho esta empresa, consistente en permitir un marco de libertades en el país que permitiera fraguar un pacto patriótico amplio en torno al nacionalismo cubano.

 

Las Fuerzas Armadas, dada la imbricación que tienen en el ejercicio del poder político, económico y de seguridad nacional, se toparán con el desafío de la reforma institucional en el futuro próximo. La reconstrucción institucional del país es un reto que debe ser asumido sin dilaciones, y estará relacionado con un corrimiento de los marcos de lo que ha sido concebido en Cuba como revolucionario y contrarrevolucionario, para remover las estructuras antidemocráticas del actual sistema político. Llegado este momento, las FAR deberán saldar la tensión entre mantener un poder descomunal para sí, que usurparía el quehacer político civil que debe regir una república, o en su defecto, facilitar la reforma de la institucionalidad republicana mediante un diálogo nacional ampliado, en una esfera pública lo suficientemente abierta e inclusiva.

 

Solo saldando primero el escollo de rearticular el consenso político nacional (incluyendo en ese proceso a fuerzas políticas de la emigración establecida en Miami), el país podrá asumir otro desafío de peso: reconstruir sus relaciones con Estados Unidos, potencia imperial situada a solo 90 millas de sus costas, y donde habita un conglomerado plural de cubanos. Las FAR poseen una sólida relación de cooperación bilateral con el Comando Sur del Ejército de Estados Unidos, que ha incluido conversaciones en torno a la Base Naval de Guantánamo y simulacros conjuntos de fuerzas de ambos países para frustrar operaciones de tráfico de drogas. Solo con valentía y creatividad política se podrá desarmar el inmenso aparato legal que, tejido pacientemente durante más de 50 años por diversas generaciones de políticos exiliados, juzga legítimo conferirle prerrogativas al gobierno norteamericano sobre los asuntos soberanos de Cuba. En el exilio cubano, dentro y fuera de Estados Unidos, existen fuerzas organizadas con agendas patrióticas que han avanzado más allá de la revancha contra el gobierno de La Habana y la simple recuperación de propiedades.

 

Epílogo

 

El sacerdote jesuita y cardenal alemán Karl Rahner, uno de los más grandes teólogos católicos del siglo XX, afirmaba: “El cristiano del siglo XXI será místico o no será”. Parafraseando al padre Rahner podríamos decir: “La Cuba del siglo XXI será un país de grandes pactos nacionales o no será”. Favorecer procesos de acercamiento entre sectores de la nación -en la Isla y en el exilio- comprometidos con el desarrollo económico, la preservación de la plena soberanía política y económica del país, y la socialización de la riqueza creada en favor de las grandes mayorías nacionales, resulta hoy un imperativo histórico. Pero para ello será imprescindible desarmar el modelo de socialismo de Estado de corte soviético, y avanzar en la reconstrucción creativa de un orden republicano más democrático e inclusivo, que dé cabida a la pluralidad política nacional. Las Fuerzas Armadas, como la Iglesia Católica, tienen la responsabilidad patriótica y moral de velar y facilitar el mejor de los futuros posibles para Cuba. Su mayor desafío consiste en avanzar más allá de sus intereses institucionales particulares, y constituirse en servidoras de los intereses de la nación. Por ello serán juzgadas ante la historia.